El profesor (El profesor 1) Chapter 41 #2
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Chapter 41 #2

Será cabrona. Sabe perfectamente que anoche no dormí en la residencia.

—¿Qué pasó? —pregunta Adam enseguida—. ¿Insomnio?

Me ruborizo al recordar mi supuesto insomnio, revolcándome con el señor Woods.

—Algo así...

—¡Es la hora! —anuncia la italiana mientras nos hace un gesto con la mano.

◆◆◆

Dos horas después, tras varias clases en las que apenas he prestado atención porque no he conseguido dejar de pensar en un jodido moreno de pestañas infinitas, me despido de mis compañeros a la salida de la facultad.

Camino deprisa hacia la residencia mientras organizo mentalmente las tareas que debo terminar para tener la noche libre.

Quizá lea un rato. O tal vez me refugie en una de esas películas empalagosas que Berta detesta.

De hecho, esta noche pienso castigarla precisamente con una, se lo merece después de dejarme en evidencia delante de Adam.

Estoy a punto de llegar a la entrada de la residencia cuando una voz femenina me obliga a detenerme.

—¡Espera!

Me doy la vuelta y aprieto las carpetas contra el pecho. Estoy a escasos metros de la puerta cuando descubro, estupefacta, que quien acaba de llamarme no es otra que… Lorraine.

La señora Woods acaba de bajar de un lujoso Maserati después de que un hombre, que bien podría ser su chófer, le abriera la puerta.

¿También tiene chófer?

Me quedo inmóvil en mitad de la acera mientras ella se acerca con paso decidido. No puedo evitar fijarme en el impecable traje celeste que lleva puesto. Ajustado, elegante, perfectamente confeccionado. Siempre viste igual, como una auténtica dama. Aunque sé que no lo es.

—Espera —repite mientras levanta una mano.

Ojalá alguien me ahorrara el mal rato que está a punto de darme. Y ojalá desapareciera una de las dos. Ella o yo. A estas alturas me da exactamente igual.

—Hola —saluda con una amabilidad irritante.

—Hola.

—¿Cómo estás?

La miro sin salir de mi asombro. ¿Es este el aperitivo antes del plato principal? En otras palabras, ¿antes de llamarme zorra por acostarme con su marido?

—¿Qué quieres? —pregunto, cruzándome de brazos, sin la menor intención de participar en otra de sus funciones teatrales.

—Hablar contigo.

—Pues habla. Tengo prisa.

—Veo que cada día eres más desvergonzada.

Su comentario me resulta profundamente ofensivo.

¿De verdad cree que va a intimidarme?

—Te advierto que no voy a permitir que vuelvas a faltarme al respeto. —Levanto un dedo y doy un paso hacia ella.

—Querida Aylin... —Su voz se vuelve sorprendentemente suave—. Qué engañada vives. ¿De verdad no te das cuenta?

Su tono condescendiente y esa actitud de superioridad consiguen que me entren unas ganas inmensas de darme la vuelta y dejarla hablando sola. Sigue intentando manipularme, como siempre.

—¿Por qué has venido? —pregunto mientras noto cómo la ansiedad empieza a instalarse en mi pecho.

—Para darte una última oportunidad de retirarte.

Sonrío. No, esto no es la maldita fiesta de Bram y hoy me va a escuchar.

—¿Y si no quiero?

Le sostengo la mirada, muy harta de su actitud.

—Sigues creyendo que lo vuestro es real, ¿verdad?

Vaya. Sabía que diría eso.

—No. Lo que creo es que, si tienes que reprocharle algo a alguien, deberías empezar por tu marido, Lorraine.

—Lo que hable con mi marido es asunto mío.

Aprieta los labios con rabia, yo ni siquiera pestañeo. Y no sé por qué demonios sigo aquí perdiendo el tiempo.

—¿Piensas que está enamorado de ti? No lo conoces —alza la voz en mitad de la calle.

Miro alrededor, avergonzada por la escena, antes de acercarme un paso más.

—No importa —replico—. Yo confío en él.

—Eres mucho más ingenua de lo que imaginaba. ¿No ves que solo te está utilizando?

—Déjame decirte una cosa... —respondo con una frialdad que hasta a mí me sorprende. Cuando Lorraine aparece, despierta mi lado más cruel—. Creo que la engañada eres tú. Tu marido está feliz conmigo.

—¡Qué estupidez!

Su carcajada resuena con una frialdad casi diabólica.

—No pienso seguir perdiendo el tiempo contigo, ¿vale?

Me dispongo a marcharme, echando humo, pero su voz vuelve a alcanzarme y hace que me detenga en seco.

—No sé lo feliz que lo haces tú, pero sí lo feliz que está conmigo. Me lo dijo anoche, en mi cama. Cenamos juntos. Oh, pobre. ¿Te dijo que tenía una reunión, cierto?

Intento no derrumbarme. Me limito a llevarme una mano al cabello y a apartarlo del rostro con una calma que no siento. Al mismo tiempo, noto cómo un nudo me oprime la garganta. Cierro los ojos durante apenas un segundo.

—¿Y ahora qué? ¿También quieres saber cuántos orgasmos me dio?

La sangre se me hiela y el corazón parece detenerse.

Tal vez tenga razón.

Al principio daba por hecho que seguían acostándose. No podía ser tan ingenua. Sin embargo, con el paso de los días vi a Álex tan pendiente de mí, tan absorto en todo lo relacionado conmigo, que he terminado creyendo que quizá... quizá yo significaba algo diferente para él.

No. No puedo permitirme pensar así y tengo que mantener la cabeza fría. Él no estaría con otra mujer y mucho menos con ella. Me dijo que ahora mismo yo era la única en su vida.

—No necesito conocer los detalles de tu vida privada —respondo con repugnancia.

—Te lo digo por si se te había olvidado que eres la amante.

—Sabes perfectamente que no te quiere —replico, procurando mantener la serenidad—. Y tú tampoco lo quieres a él.

—¿Querer?

Una carcajada brota de sus labios, no entiendo qué demonios le hace tanta gracia. Nada de esta situación tiene la menor gracia.

—Señorita Vega... —Su voz adquiere un tono casi dócil—. Brian y yo nos entendemos a nuestra manera. Nadie me conoce como él, y nadie lo conoce a él tanto como yo.

Le sostengo la mirada.

—Por eso cambió la cerradura de su piso, ¿verdad? —pregunto, incapaz de ocultar el nerviosismo. Solo espero que él no me haya mentido.

Durante un instante observo una leve vacilación en sus ojos. Entonces sucede. La maldita rubia me agarra del brazo con brusquedad y me clava una mirada que roza la demencia.

—¡Una cerradura no significa absolutamente nada! —escupe entre dientes—. Lo nuestro está muy por encima de una puta cerradura.

Permanezco en silencio. No porque me falten respuestas, sino porque empiezo a comprender que discutir con una mujer como ella no tiene ningún sentido. Es capaz de arrasar con cualquiera, pero yo no se lo permitiré.

—¡No me toques!

De inmediato intento zafarme de su mano, pero continúa hablando.

—Brian es mucho más cruel de lo que imaginas. Tanto, que obligó a su amante a abortar. La muy estúpida se enamoró de él y se quedó embarazada. Nunca te dará lo que buscas, ¿vale? —me grita en la cara, con rostro endemoniado—. ¡Nunca!

La miro horrorizada, incapaz de hablar. Siento la vista nublada y un sonoro pitido en el oído.

—¿Y sabes qué? Si no desapareces de su vida, acabarás igual que Beth. Embarazada y con depresión.

Se me corta el aliento y parece que estoy flotando en otra dimensión.

—Eso si antes no te tiras de un puente —añade.

Dios. Mío.

Me doy la vuelta con rapidez. No pienso escuchar una sola palabra más.

El mundo empieza a girar. Tengo la cabeza completamente embotada y el corazón amenaza con salírseme del pecho. Aprieto el puño con fuerza mientras el sonido de sus tacones alejándose resuena sobre la acera como un martillo. Ni siquiera me ha dado la oportunidad de defenderme.

Maldita sea.

—¡Quedas advertida!

Levanto la vista justo a tiempo de verla girarse una última vez para gritarme antes de recuperar aquella pose altiva de femme fatale y subir al Maserati.

Permanezco inmóvil, las piernas me tiemblan y contengo las lágrimas con todas mis fuerzas.

Lorraine Woods ha venido hasta la residencia, eso significa que sabe dónde vivo. ¿Y qué demonios ha querido decir?

Las llaves resbalan de mis dedos y caen al suelo con un tintineo metálico, ni siquiera soy capaz de recogerlas a la primera. Empiezo a morderme las uñas, completamente dominada por la ansiedad.

¿Beth? ¿Se refería a Elizabeth Stuart?

Sí, debe haber hablado de la abogada inglesa.

La mujer que, según los rumores, se quitó la vida arrojándose desde un puente hace dos años.

Rebe me contó que el profesor estuvo implicado en aquel escándalo y que llegó a ser considerado sospechoso antes de que finalmente, lo declararan inocente. Todo encaja.

Llego a mi habitación casi sin saber cómo y, en cuanto cierro la puerta, me dejo caer sobre la cama.

Empiezo a frotarme las manos una y otra vez, incapaz de detenerme.

Es el ejercicio que me enseñó mi psicóloga después de lo ocurrido en mi adolescencia.

Siempre hago lo mismo cuando me domina el miedo.

Oh, Dios...

¿Qué está pasando?

¿Fue Álex capaz de obligar a Beth a abortar? ¿Sería realmente capaz de hacer algo así?