El profesor (El profesor 1) Chapter 41
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Chapter 41

—V eamos los ingredientes... —comento en voz alta—. Huevos, harina de maíz. ¿Y dónde estará la harina?

Me encuentro en la cocina del profesor Woods, después de una noche de lo más divertida y lasciva. Llevo puesta una de sus camisetas grises, que me queda enorme, y rebusco por todos los armarios con la intención de prepararle el desayuno que más le gustaba de niño, ese que le recuerda a Colombia.

—¿Cómo se llamaba esa torta?

Frunzo el ceño durante unos segundos.

Vale, arepa.

Después de inspeccionar una despensa prácticamente vacía y una nevera repleta de fruta y verdura —el profesor come bastante más sano de lo que imaginaba—, consigo reunir los ingredientes siguiendo una receta de YouTube, mi fiel aliado en todo.

Preparo la masa, la dejo reposar y aprovecho para cortar el chorizo, el tomate, el queso y el aguacate. Después doy forma a las pequeñas tortas de maíz y las coloco en una sartén, mientras en otra preparo los huevos revueltos con el embutido. Solo espero que todo salga bien. Quiero sorprenderle.

Cuando las arepas empiezan a inflarse, sonrío satisfecha.

Miro un instante hacia las escaleras, comprobando que Álex sigue sin aparecer, y aprovecho para exprimir unas naranjas.

Mientras el zumo cae en la jarra, echo un vistazo al chat del grupo.

Bram vuelve a insistir con la fiesta del sábado y, tras pensarlo unos segundos, termino confirmando mi asistencia.

Ya encontraré la manera de decírselo a mis padres.

Dejo el móvil sobre la encimera y vuelvo al desayuno. Sin embargo, un intenso olor a quemado me hace fruncir el ceño. No me da tiempo a reaccionar porque, justo cuando voy a darme la vuelta, escucho una voz.

—¿Qué demonios...?

Identifico a Álex cerca de la isla de la cocina y, cuando dirijo mi vista hacia la vitrocerámica, detecto una enorme llama en la sartén y también veo con estupor que las tortitas están carbonizadas.

—¡Mierda! —Suelto un grito.

Álex se adelanta y quita la sartén del fuego rápidamente. Tira deprisa un paño sobre la sartén y reduce las llamas, pero no hay ni rastro de las tortitas, están muy chamuscadas.

Por mi parte, apago la vitro temblando. Por poco, quemo su cocina.

Después lo miro con el corazón acelerado.

Él se apoya con una mano en la encimera y lleva la otra a la cadera.

Viste nada más que los pantalones del traje negro y lleva la camisa enteramente desabrochada.

Seguramente se la estaba abrochando conforme entraba en la cocina, pero no le ha dado tiempo.

—¿La has tomado con mi cocina? —pregunta suspicaz.

Apenas puedo hablar, en cambio, me centro en el desastre que acabo de provocar. Y lo peor es que él parece enfadado. Me mira fijamente, con esa cara endemoniada y con los brazos cruzados sobre su pecho.

—Estoy bromeando. —Las comisuras de sus labios se arquean de un modo adorable. En el mismo momento en el que sonríe, coloca una mano en mi cadera y me acerca a su desnudo torso. Suspiro cuando noto su abrasadora piel y mi vello se eriza.

¿Por qué será, Aylin?

—Buenos días.

—Buenos días, pequeña traviesa.

Me sonríe y juro que se ve guapísimo. Dios. Tremendamente atractivo. Tiene un aura especial esta mañana.

—No sé cómo ha pasado, estaba haciendo zumo y yo...

—Y tú has pensado deshacerte de mi cocina —puntualiza y, con la otra mano, empieza a limpiarme la cara—. Espera... —Se acerca más y queda concentrado en algo.

—¿Qué?

—Tienes algo aquí —dice sacudiendo mi cabello—. Tu pelo está lleno de harina.

Empiezo a tocarme, un tanto avergonzada. No sé en qué momento me he podido pasar las manos llenas de harina por el pelo. Él sigue cerca de mi cara y noto palpitaciones en el pecho.

¿Cómo es posible que siempre me haga temblar? ¿Incluso recién levantado?

—Quería prepararte el desayuno y, de repente…

—No pasa nada. ¡Tú eres mi desayuno! —exclama en mi oído y besa mi mejilla de manera inesperada.

Vale, este hombre está para comérselo. Ya no tengo ni una jodida duda.

—¡Vaya! ¿Qué es esto? —pregunta alegre cuando observa los platos de comida sobre la isla.

No le respondo, solo agarro la jarra de zumo y dos vasos.

—¿Has hecho arepas? —Se sienta en una silla alta, delante de los platos y me mira asombrado.

—Sí. Solo faltan los frijoles. No tenías y, además, no creo que sea buena idea comer frijoles en el desayuno.

Me llevo una mano a la boca mientras él mira los platos embobado. Coge una arepa, la analiza con atención y después se la lleva a la boca.

—Ahm, está esponjosa. Te ha salido muy bien. Se parece mucho a la de mi tía.

—¿De verdad?

—Sí, está buena —dice mientras mastica con ganas.

Me siento halagada y vuelvo a sonreír, orgullosa y feliz.

—Entonces no se te dan bien solamente las Finanzas, por lo que veo. También la cocina —añade y tira de mi cadera. Me hace un hueco y me sienta sobre su pierna.

—No diría lo mismo después de quemar casi la mitad del desayuno.

—Lo podré soportar. Todo se ve muy sabroso —sigue hablando—. Gracias.

Me mira a los ojos durante un largo instante y percibo que ese «gracias» que acaba de pronunciar no es un simple gracias. Está cargado de agradecimiento. Como resultado, no puedo resistirme más al ver su cautivador rostro y le deposito un beso apretado en la boca.

—De nada —murmuro—. ¿Quieres café?

—Siéntate. El café lo haré yo.

Me sienta rápidamente sobre la silla y enciende la cafetera.

—Estoy pensando que Lorraine nos podría encontrar en cualquier momento. Sé que tenéis un matrimonio liberal, pero no me sentiría cómoda si ella… ya sabes.

Bajo la vista al suelo. No puedo olvidarme de la vergüenza que pasé cuando esa mujer abrió la puerta y nos encontró juntos en el ático.

—No te preocupes, Lorraine ya no entrará aquí. Cambié la cerradura —contesta para mi sorpresa, al mismo tiempo que coloca dos tazas de café frente a mí.

—¿De verdad?

Tomo la taza y le doy un mordisco a una tortita. La saboreo y aplaudo mi logro en silencio.

—Sí, no tienes por qué preocuparte. Por cierto, hoy tenemos mucho trabajo. Debemos continuar con la edición del libro.

Asiento, preguntándome cómo irán las reformas en la universidad. Ayer abrieron la planta baja, pero algunos aularios siguen en reforma tras el incendio.

—Estaré en el despacho solo media hora. Te encargaré las cosas que tienes que hacer. ¿Decías que mañana te irás a Long Island?

—No, pasado mañana —le respondo tras dar un sorbo al café—. El viernes.

—Ok, mañana te necesito —añade mientras toma mi mano entre las suyas.

—¿Y eso? —inquiero ilusionada.

Adoro sentir que descubriré algo nuevo a su lado con cada instante que pase. Aprieto mis dedos contra los suyos con una sonrisa, a la espera de su respuesta.

—Hay algo más que me gustaría probar contigo.

Súbitamente, mis mejillas se sonrojan.

—¿Qué?

—Ya lo verás.

—No me digas que serán unas esposas esta vez —suelto, con una risita, pero empiezo a temblar.

—No quieras saber tantas cosas... —Me corta en seco y me guiña un ojo.

—Es solo una cosa, no son «tantas».

—Aylin… —Me da un beso casto en la boca—. Paciencia. Es algo que no sé si te gustará, una verdadera prueba de fuego —avisa crispado—. Necesito tener claro que estás preparada.

Me quedo pensando por un momento.

—¿Entonces a qué hora nos vemos? —pregunto deprisa y me humedezco los labios.

Y sí, ya sé que la curiosidad mató al gato, pero…

—Te avisaré, no te preocupes. —Mira el reloj, ajetreado, mientras mi alma da un brinco—. Esta tarde estaré en la agencia. Tenemos una reunión importante y no te podré llamar. Es muy tarde ya, ¡debemos irnos!

—No pasa nada, de todas maneras, estaré ocupada. Llevo atrasados los estudios —digo sumamente agobiada.

—Tú puedes con todo. —Me guiña un ojo—. Confío en ti. ¿Y tú, confías en mí?

Me mira impaciente a la vez que sus dedos se mueven veloces sobre los botones de su camisa. Me percato de su sospechoso análisis, como si todavía hubiera algo de lo que dudara o algo que no le convenciera.

—Confío en ti. —Acaricio su rasposo mentón y no puedo evitar mirarlo maravillada. Además de sentir la necesidad de tocarlo a cualquier hora del día.

—Necesito que lo hagas.

—¿Por qué insistes tanto con ese tema?

—Porque debes confiar en mí si quieres pasar la siguiente prueba.

◆◆◆

He viajado en el coche de Álex hasta la universidad, aunque me ha dejado una calle más abajo. He tenido que recorrer los últimos metros a pie. Ninguno de los dos quiere que alguien descubra lo nuestro; sería peligroso tanto para él como para mí y no podemos permitirnos un solo paso en falso.

Unas horas más tarde, aprovechamos el descanso para reunirnos, como siempre, en los bancos de delante de la facultad. Solo falta Rebe, que hoy no ha venido a clase. Lleva varios días con un fuerte cuadro viral que, muy probablemente, le haya contagiado Berta.

—Lyn, dijiste que este fin de semana irías a Long Island, ¿verdad? —pregunta Adam mientras se sienta a mi lado.

Todos sostenemos un pequeño vaso de espresso y compartimos la misma expresión de agotamiento. Esta semana han empezado los temidos exámenes de prueba. No son los oficiales, pero los simulacros exigen el mismo nivel y todos sabemos que toca dar la talla. Nos esperan semanas muy duras.

—Sí. La verdad es que llevo varias semanas sin ver a mis padres. Tú tienes suerte por ser de Boston.

—Eso dice siempre mi hermana, Mia.

—¿Dónde estudia?

—En Los Ángeles.

—¡Guau! California está lejísimos.

—Ni que lo digas. Por cierto, la presentación de ayer en Finanzas os salió muy bien —añade con una sonrisa.

—Nos costó bastante sacarla adelante. —Me encojo de hombros—. A vosotros tampoco os salió nada mal.

—Esperemos a ver las notas antes de cantar victoria. Woods es muy engañoso.

Tiene razón. El profesor es engañoso y nadie podría imaginar cómo es realmente detrás de esa coraza. No puedo evitar sonreír mientras mi mente viaja inevitablemente hasta la noche pasional que pasé en su casa.

—¡Lyn! —interviene Berta—. Vente a almorzar con nosotros.

—Creo que voy a pasar. Estoy agotada. —Hago una mueca de cansancio—. Prefiero comer algo y echarme una siesta.

—Ya veo que anoche dormiste poco...