Chapter 40 #2
Cuando siento su torso pegado a mi espalda, me aguanto una lágrima que está a punto de caer por mi mejilla. Me siento asfixiada y sin poder hablar. Siento un intenso sufrimiento en el pecho; es como si mi alma estuviera enferma y mi mente demasiado nublada para pensar con claridad.
¿Es así el amor?
—¡Ah, Aylin…! —suspira profundamente en mi oído—. Cuando lo único que has recibido han sido abandono, insultos y golpes, sencillamente... dejas de sentir.
Me estremezco, pero no le interrumpo. Solamente me dejo llevar y disfruto de su abrazo y del tambor de su corazón, cuyos latidos firmes siento en la espalda.
—Cuando nunca le has importado a nadie, ni siquiera a tus propios padres, tu corazón ya no existe… —habla en mi oído, con voz rota—. Está muerto.
—No está muerto. —Me vuelvo bruscamente hacia él, quedándonos de frente—. Está latiendo… —susurro—. ¿Lo notas?
Coloco una mano en su pecho y le sonrío.
—Es pura supervivencia. —Me atraviesa con los mismos ojos de hielo—. Y yo… soy incapaz de sentir.
Su convicción me está destrozando el alma y, desgraciadamente, me doy cuenta de que, por más que insista, él no cederá ni me escuchará. Ni a mí ni sus propios latidos.
—Pero tú... —continúa perturbado.
—¿Yo qué? —pregunto, reprimiendo el llanto.
Mi mirada está nublada de lágrimas y estoy deseando escuchar de sus labios algo que me dé esperanza y me indique que debo ser paciente.
Algo que me incentive para seguir a su lado.
Algo que me haga pensar que él podría ser aquel hombre cuyo rostro borroso veo en mis sueños, aquel que me esperará en el altar y me jurará amor eterno.
—Tú eres sencillamente preciosa. —Me mira hipnotizado mientras me acaricia la mejilla—. Eres la diosa que necesito. La pieza que faltaba.
El color de sus ojos ha cobrado intensidad y brilla. A él lo invade la ilusión y a mí la decepción. Joder. No me puedo venir abajo ahora. Y, lo más importante, no puedo hacer caso omiso de que haya mencionado a sus padres.
—Echas mucho de menos a tus padres, ¿cierto? Debe ser duro que fallezca alguien a quien ames tanto —Bajo la vista pensando en papá. No soportaría que algo malo le ocurriera.
Carraspea y reflexiona por un instante.
—No. No los echo de menos.
Se aleja de mí y camina hacia la terraza. Observo que sus rasgos se han vuelto inexpresivos, de repente. La misma mirada gélida y facciones duras de siempre. Sin duda, está volviendo a ser de nuevo otra persona. Y yo me maldigo por haber hecho esa estúpida pregunta.
¿Pero qué iba a saber?
Corro detrás de él con el miedo de haberlo fastidiado todo en la garganta. La terraza entera está acristalada y las luces de Boston brillan como puntos de luz en la oscuridad ofreciéndonos un paisaje de cuento.
—Perdón, ¿vale?
—No lo pidas. No es tu culpa… —dice distante—.
En Miami me preguntaste por un momento de mi pasado que aún me duela.
Son muchos momentos, Aylin —responde para mi sorpresa apoyando los antebrazos en una baranda de hierro—.
Tengo más recuerdos malos que buenos. En realidad...
no tuve una infancia feliz. Ni siquiera normal.
Sonríe amargamente mientras su mirada se pierde en un punto en el horizonte. Me conmueve su confesión, aunque podía suponer algo. También me apoyo en la baranda y no hablo. Solo lo escucho. Quizá eso sea lo que necesite de mí en estos momentos.
—Antes me encantaba la playa, podía pasarme un día entero nadando y buceando. Era un niño, tenía menos de ocho años. Pero un día... —Se detiene y mira el suelo por un momento, enderezando su espalda.
—Estoy aquí. —Le acaricio el hombro.
—Me estaba bañando con mi primo y, de repente, empezó la tormenta —continúa cohibido, pero decidido—. Éramos pequeños, no nos dimos cuenta. Seguimos dando brincos y jugando en el agua, solo que la cosa se puso muy fea.
—¿Qué ocurrió? —Pongo más atención que nunca.
—Sabía nadar, pero las olas me asfixiaban. —Se lleva una mano al cuello—. Me revolvían y no me dejaban salir. Finalmente, el socorrista logró llegar a mí y gracias a él estoy vivo.
—Me gustaría darle las gracias a ese socorrista. Si no fuera por él, no te hubiese conocido.
—Mi primo jamás salió.
—Oh, Dios… —murmuro llevándome la mano a la boca—. Lo siento.
Sigue hablando distante, con la mirada fija en las luces de la ciudad, como un bloque de hielo.
—Denunciaron a mis padres por negligencia y estuvieron con juicios unos meses. Al final les quitaron mi custodia.
—¿Y por qué? —Me sorprendo.
—Ellos también estaban en la playa en ese momento.
—Tal vez no se dieron cuenta.
—No lo hicieron porque se habían metido varias rayas de cocaína —especifica.
Se me hiela la sangre.
—¿Consumían?
—Sí, desde que tengo uso de razón. Lo peor de todo es que...
—tose y regula su voz, que ahora mismo suena muy rota— cuando llegamos a casa, mi padre estaba furioso por la denuncia.
No podía creer que no hubiera sido capaz de nadar y enfrentarme a aquellas olas.
Para él, tenía que ser fuerte. Invencible.
—¡Pero no fue tu culpa! —bramo indignada.
—Me arrastró hacia un barril de plástico lleno de agua que había en el patio —sigue—.
Me agarró del pelo y sumergió mi cabeza un buen rato.
Me… me… —Se relame los labios, nervioso, y aprieta uno de sus puños contra la baranda—.
Me obligó a estar quieto, pero fue demasiado rato. Quedé casi inconsciente.
Suspiro con un nudo en la garganta. Estoy completamente en shock.
—Mientras tanto, él me gritaba que era un idiota al haber dejado que las olas me ganaran. Y que, gracias a eso, él iba a tener problemas con la ley. Por mi culpa.
No puede ser verdad.
No.
—Luché contra sus brazos una y otra vez…
Mi corazón se rompe tras semejante confesión.
—Joder, Álex. Maldita sea, fue muy cruel.
Sin pensármelo, lo abrazo apenada y furiosa, al mismo tiempo. Siento que las lágrimas no tardarán en brotar de mis ojos.
—No me gusta dar pena. —Se separa de mí con delicadeza y vuelve a mirar al horizonte.
Y el silencio vuelve a instalarse entre nosotros.
Permanecemos inmóviles, contemplando las luces de Boston al otro lado de la cristalera.
Él sigue con la vista perdida en la ciudad, muy distante.
Yo estoy intentando imaginar cómo habría sido aquel niño antes de que la vida le arrebatara la inocencia.
Me resulta imposible reconciliar esa imagen con el hombre frío, calculador y aparentemente invulnerable que tengo delante.
Poco a poco noto que su respiración deja de ser tan pesada y la rigidez de sus hombros disminuye apenas unos centímetros.
No digo nada durante unos instantes porque a veces el silencio también puede abrazar. A veces, las palabras simplemente no son necesarias para sanar. Pero la compañía y los ratos felices que pasas con una persona, lo son. Y yo pienso darle muy buenos recuerdos de ahora en adelante.
—Me gustaría preguntarte algo más… —me lanzo.
Él baja la vista hacia mí. Todavía queda un poco de tristeza en sus ojos, aunque ya no parecen perdidos.
—¿Qué?
—¿Podríamos usar su jacuzzi, señor Woods? —pregunto con un deje travieso mientras señalo la enorme bañera de hidromasaje, capaz de albergar a ocho personas, que reina en una esquina de la amplia terraza.
Muevo mi dedo índice sobre sus marcados pectorales y lo miro con deseo.
—Por supuesto, señorita Vega.
Una tenue sonrisa termina abriéndose paso en su rostro y la tensión que endurecía sus facciones empieza a disiparse. Justo eso era lo que pretendía. No puedo borrar todo lo que ha vivido, ni cambiar su pasado, pero sí regalarle unas horas en las que deje de cargar con él.
Sonrío satisfecha y me doy la vuelta con la intención de acercarme al jacuzzi, imaginando ya el agua caliente y las burbujas. Sin embargo, apenas doy dos pasos cuando él atrapa mi mano y me obliga a girarme hacia él.
Su expresión ha cambiado otra vez. Ya no hay dureza ni dolor, solo una serenidad extraña. Enlaza sus dedos con los míos.
—Quédate a dormir conmigo esta noche.