El profesor (El profesor 1) Chapter 40
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Chapter 40

E stamos sentados en el amplio sofá del salón, cenando tras haber pedido comida a un restaurante árabe. He averiguado que tenemos eso en común, nos gusta la comida con muchas especias, y no nos ha costado trabajo ponernos de acuerdo sobre la cena.

En la mesa del salón hay de todo: varios tipos de kebab, cuscús, falafel e incluso tabulé.

También hemos hecho una ensalada con espárragos, otro gusto que ambos compartimos, para mi sorpresa.

Estamos disfrutando de la comida y tomando unos enormes vasos de Coca-Cola.

Me encanta poder compartir estos momentos con él.

—¿En qué estás pensando? —pregunta Álex al mismo tiempo que cubre su cuerpo con una camiseta de manga corta.

Ya es de noche y está refrescando, pese a que su piso está acondicionado para mantener una temperatura óptima.

—En nada.

Me encojo de hombros y tiro de su camisa blanca que he usado para salir del apuro, pues mi vestido me resultaría bastante incómodo. Él se sienta en el sofá, a mi lado, tras colocarse un pantalón de chándal. Al instante acaricia mi pierna y me mira sereno.

—Cuéntamelo, anda.

Insiste en colarse en mi mente mientras me atrae hacia su cuerpo. Me acomodo sobre su pecho, disfrutando del vaivén de sus dedos en mi cabello, y envuelvo su cintura con mis brazos.

—Estaba pensando en que prefiero mil veces este momento que ir a un restaurante elegante. Me gusta más la intimidad que tenemos ahora mismo.

—Yo también —responde.

Alzo la vista, ya que no esperaba semejante respuesta.

—¿De verdad?

—Sí —dice—. ¿Por qué te sorprende tanto?

—No sé, siempre vas vestido muy elegante y tienes toda la pinta de preferir comer en un restaurante de lujo, a comer acurrucado en el sofá de tu casa.

—Te equivocas. —Fija su mirada en la cristalera—. Esto me recuerda a Colombia. A mi infancia.

—¿Colombia?

—Sí. Crecí a unos pasos del mar —relata—, en Cabo de Vela.

Un paraíso. Me acuerdo de cuando mi tía nos sentaba a mí y a mis dos primos en una pequeña mesa, en su humilde cocina.

—Sonríe distraído y mueve una mano, señalando la mesa—.

Siempre nos daba de comer frijoles, huevos fritos, chorizo y arepa. La arepa me encantaba.

—¿Qué es? —pregunto y levanto mi cabeza, con demasiada curiosidad.

—Un tipo de pan, muy popular en Colombia y Venezuela. Un pequeño pan redondo, que puedes rellenar con lo que se te antoje.

—Tiene que estar muy bueno —digo—. ¿Echas de menos Colombia?

—No sabría decirte. Me vienen a la mente fragmentos.

—¿Qué fragmentos?

—Principalmente de cuando jugaba con mis primos. La hermana de mi padre vivía al lado.

—¿Y cuándo viniste a Estados Unidos?

—Creo que tenía unos diez años —contesta, a la vez que le da un sorbo a su vaso de Coca-Cola.

—Viniste con tus padres... —continúo.

Hundo mi cuchara de plástico en el cuscús. Está delicioso.

—No, solo con mi madre.

Lo miro sorprendida y dejo de masticar.

—¿Se separaron? —digo con delicadeza, intentando no hacerle preguntas incómodas, como siempre hago. Me he dado cuenta de que debo darle tiempo para abrirse conmigo.

—No —responde distraído—. Fue después de que mi padre falleciera.

Lo miro atónita y le toco el hombro intentando consolarlo.

—Lo siento mucho.

—No lo sientas, fue hace muchos años.

—¿Estaba enfermo?

—Más o menos. Fue un accidente.

Entonces carraspea y cambia su vista a otro lado. Dudo si he hecho bien en preguntárselo, puesto que, al segundo siguiente, evade el tema completamente.

—¿Qué vas a hacer en el fin de semana? —Se vuelve hacia mí.

—Ah... —titubeo, pero finalmente le respondo; no quiero forzar la situación—. Viajaré a Long Island para ver a mi familia.

—¿Cuándo te vas? —Abre sus párpados, asombrado, y se pasa la mano por el cabello.

—El viernes, después de clases.

—La próxima semana no hagas planes, ¿vale? —añade y coge mi mano.

—¿Por qué?

Adoro sentir que descubriré algo nuevo a su lado con cada instante que pasa. Aprieto mis dedos contra los suyos con una sonrisa, a la espera de su respuesta. Sé que está preparando algo para los días libres que vamos a tener en la universidad.

—El lunes por la tarde nos vamos de viaje. —Me mira con la misma ilusión que yo a él—. Así que, prepare las maletas, señorita Vega.

Juntamos más nuestros cuerpos y nos acurrucamos los dos en el sofá gris aterciopelado.

—¿Y a dónde me quieres llevar?

—Si te lo dijera, no sería una sorpresa.

—Pero necesito saberlo.

—No lo creo —habla con cabezonería—. No puedes ser tan curiosa, debes dejar que las cosas fluyan.

—Pero… ¿y si tuviera otros planes? —Lo miro con atención, deseando saber cómo reacciona.

—Esa opción no existe para mí.

—Pero, ¿y si…?

—Te secuestraría, ¿vale? —afirma convencido y aprieta sus dedos contra mis brazos.

—¿Te convertirías en un delincuente por mí? —Me oculto la boca con una mano, frenando una carcajada—. Yo te veo un hombre bastante legal.

Aleteo las pestañas en un modo inocentón.

—Ajam, «legal». —Frunce el ceño—. Si tú lo dices...

Me lanza una enigmática mirada y arquea la comisura de sus labios con suavidad.

—Por cierto... —continúo—. ¿Cómo puedes trabajar en tantas cosas a la vez? Es decir, ¿de dónde sacas el tiempo?

Pienso que debería aprovechar esta oportunidad para saber más cosas sobre él, aunque le haga preguntas triviales. Lo veo más abierto y dispuesto a compartir conmigo detalles de su vida y eso me pone de buen humor.

—Sencillamente, me organizo bien. En realidad, en la universidad doy clases solo seis horas semanales. A lo que más tiempo le dedico es a la agencia y a la investigación.

—¿Y aquel sitio?

Analizo sus facciones y espero que se olvide de que minutos atrás me ha dicho que todo es confidencial y que, según él, ahora mismo estoy en prácticas. Me sigo preguntando para qué exactamente.

—Bueno… —Mueve los labios un poco agitado, pero lo sorprendente es que me responde—. La verdad es que no paso tanto tiempo allí. Me encargo de los asuntos necesarios y listo.

—¿Y cuáles son aquellos asuntos necesarios?

—Gestionar, por ejemplo.

—¿Puedo preguntarte algo? —digo cohibida, bajando la mirada.

Su rostro se crispa de inmediato, aun así, no niega. Me lanzo sin pensármelo dos veces.

—¿Cuál es la verdadera relación entre Lorraine y tú? —Me inclino sobre él, rezando en mi cabeza para que me cuente de una vez por todas por qué siguen casados.

—Aylin… —intenta hablar, pero le freno.

—O sea, tú dijiste que no la amas y queda claro que no tenéis muy buena relación. —Muevo las manos—. Doy por hecho que ella sabe de lo nuestro, ya que en la fiesta de la casa del senador Sander me dijo que no me hiciera ilusiones contigo.

—¿Qué más te dijo?

—Que jamás podré darte lo que ella te da. Y que… te estoy distrayendo.

—No deberías hacerle caso, ¿vale?

—Eso no es tan fácil, ella es tu esposa y, si al menos comprendiera vuestra relación… —digo esperanzada intentando tocar su mano.

—No lo comprenderías —musita en el silencio de la noche y retira su mano deprisa.

Se está cerrando otra vez en él mismo. Nada nuevo.

—Inténtalo.

Alzo el mentón, deseando mostrarle que, al igual que comprendí sus peculiares gustos sexuales, también soy capaz de comprender el motivo por el cual sigue anclado en un matrimonio falso.

—Lorraine... —dice con voz carrasposa—. Me dio el cariño que nunca recibí. Me lo dio todo.

Álex me aparta un tanto irritado y se levanta, dando unos pasos hacia la cristalera de la terraza. Termina colocándose delante de los enormes ventanales y se cruza de brazos. Me da la espalda.

Pienso en sus palabras y reconozco que me encantaría que la realidad fuera otra. Confieso que estoy deseando con todas mis fuerzas que me diga que ella ya no es importante para él, o incluso que quiera pedirle el divorcio.

«Estoy soñando con los ojos abiertos», me regaño. Su actitud me demuestra que eso nunca pasará.

—Y, aun así, nunca la has amado.

—Así es.

—Pero ella a ti…

—Ella tampoco. Son las normas que seguimos, y nos va bien así. Nuestra doctrina es lo que nos mantiene unidos y el amor no está incluido en nuestros ideales.

Dios mío. Habla como si pertenecieran a una secta. Me pongo de pie con mis terminaciones nerviosas entumecidas, por lo descabellado de su afirmación, y me acerco a él.

—¿Hablas en serio? —Arrugo el entrecejo, suspicaz—. ¿Piensas que no puedes amar a nadie porque unas normas o una jodida doctrina te lo impiden? —Sigo con mi verdad por delante—. Álex, ¡nunca en mi vida he escuchado semejante estupidez!

Ahora mismo estamos los dos de pie, delante de la cristalera de la terraza, inmersos en nuestra cómplice, pero a la vez distante, mirada.

—Sabía que no lo comprenderías.

Compruebo que empieza a alterarse por la forma en la que aprieta la mandíbula y se revuelve el cabello con una mano. Incluso parece derrotado.

—En el amor no hay normas. No puedes dictarle a tu corazón a quién querer, ¿entiendes?

—Yo sí —me responde con una turbia mirada—. Por eso te dije que controlaras tus sentimientos. No quiero hacerte daño.

«Demasiado tarde».

Pestañeo con los ojos vidriosos cuando me percato de su evidente gesto de rechazo. A continuación, mi corazón empieza a latir con más fuerza y me siento estúpida. Estoy recibiendo una vez más un duro azote de realidad.

Aun así... lo sigo analizando perpleja. No sé por qué su mirada me da la impresión de que no es totalmente sincero. No me puedo creer que la duda se haya convertido en mi mayor enemigo.

—Siento que tenga que ser así, ¿vale?

—Todo controlado —musito en voz baja.

Le doy la espalda. Le estoy mintiendo y no puedo permitir que sepa que, en realidad, me he encariñado con él más de lo que debería. No puedo confesar que se ha convertido en alguien demasiado importante para mí en tan poco tiempo. Mi confesión lo ahuyentaría.

—¿Te conformas con esto que te estoy ofreciendo?

Su voz suena sincera cuando me empieza a acariciar los brazos, de arriba abajo, con movimientos constantes. Después, estrecha mi cuerpo desde atrás, proporcionándome un cálido abrazo. Posiblemente quiera recompensarme por sus duras palabras.