Chapter 39 #4
La punta del cuero recorre después su espalda, dibujo varios círculos lentos, sin prisa, permitiendo que se acostumbre al contacto. Noto cómo sus hombros empiezan a relajarse y su respiración cambia. Empieza a acompasarse con mis movimientos.
Bien. Ahora sí.
Aprieto el mango y dejo caer un primer azote. Es controlado no fuerte, lo suficiente para sorprenderla y no para hacerle daño. Su cuerpo da un leve respingo, no porque le haya dolido. Es porque no lo esperaba.
Tenso la mandíbula.
—Y ahora te diré algo, Aylin...
Espero un instante antes de continuar y observo su respiración. Sigue siendo profunda, no intenta apartarse y no lucha contra la cuerda, solamente permanece pendiente de mí.
El segundo golpe llega un poco más firme. Ella se estremece y abre los ojos de golpe. Deslizo otra vez la punta de cuero por su piel mientras continúo observando cada gesto y cada respiración. Cada pequeño temblor.
—La próxima vez que vayas a un restaurante con un hombre sin consultármelo... no seré nada considerado.
Aprieta los ojos y deja escapar un sonido amortiguado por la mordaza. El tercero nace de un sitio completamente distinto. Ya no es disciplina, son mis malditos celos. El cuero impacta sobre sus nalgas y la piel adquiere un tono rosado casi de inmediato.
Maldición.
Suelto la fusta.
La sujeto por la cintura y la acerco bruscamente hacia mí. Mis dedos presionan la zona enrojecida casi por instinto. Necesito comprobar cuánto he marcado su piel.
—No sabes de lo que puedo ser capaz cuando me desobedecen.
La miro fijamente. Ella me sostiene la mirada, ni siquiera ahora baja los ojos.
Por Zeus...
No deja de sorprenderme.
Tiro de sus bragas con dos dedos y empleo tanta fuerza que se las arranco con un solo movimiento. Las echo a un lado, dejándola completamente expuesta.
Me agacho hasta apoyar una rodilla en el suelo.
Le acaricio las caderas y el abdomen, examinando sus reacciones.
Empieza a agitarse incapaz de permanecer quieta.
Tiembla bajo mis manos y yo disfruto viendo cómo cada fibra de su cuerpo responde a mí.
Lamo su abdomen y desciendo un poco más, con besos tortuosos.
Acaricio las ligas apretadas en sus muslos y me paso la lengua por los labios, hambriento. A continuación, la obligo a colocar una pierna sobre mi hombro mientras tomo el vibrador de la isla.
—Me vuelves loco, Aylin. —Alzo la vista con el corazón desbocado.
Necesito observar su rostro. Necesito escuchar sus gemidos de puro placer. Mi pequeña está completamente húmeda y me impregno de ella con unos intensos lamidos antes de pulsar el botón de encendido. Aylin baja la mirada con curiosidad y yo aprieto un poco más su pierna contra mi hombro.
—¿Preparada?
Apoyo el cabezal sobre su clítoris y aumento gradualmente la intensidad. Voy alternando las distintas velocidades mientras la recorro con la lengua, incapaz de contenerme.
Ella empieza a agitarse, y los sonidos que escapan de su garganta quedan amortiguados por la mordaza.
Música para mis oídos.
Su cuerpo entero se sacude bajo mis manos y disfruto contemplando cómo cada músculo tiembla de deseo. Sí, joder. Me encanta notar los espasmos en sus muslos y su rostro enrojecido.
—Ya veo que te encanta, cielo. Esta variable nunca falla.
De repente, siento un impulso extraño de ponerme de pie y hacerla mía ya. No es normal, siempre me tomo mi tiempo con el preámbulo, pero con ella…
«¿Qué cojones me está pasando?»
Nunca me había costado tanto mantener la cabeza fría.
Nunca.
Cuando percibo que está al límite, interrumpo deliberadamente la tortura. No. Todavía no. Me incorporo con un movimiento seguro y vuelvo a tomar el látigo. Ella no aparta los ojos de mí. Pero ahora su mirada está más turbia.
—Hiciste muchas travesuras en Miami.
Estoy tan excitado que las palabras brotan solas. También mi mano, que vuelve a deslizarlo sobre su piel.
—Muchas… —murmuro.
Sin previo aviso, dejo caer un duro azote. Esta vez la punta golpean sus senos. Ella da un leve respingo hacia atrás, y entonces me doy cuenta de que está temblando. Podría apretar más, pero le haría daño.
Demonios. Le quité la virginidad hace apenas una semana.
Un temblor extraño me recorre y suelto el látigo de inmediato. Ha sido suficiente. Me apresuro a retirarle la mordaza mientras sostengo su rostro entre las manos, con un nudo en la garganta. La tiro sobre la encimera.
—¿Te he hecho daño? —pregunto, consumido por un miedo infundado—. Créeme, esto no es nada comparado con lo que tenía ganas de hacerte. Voy a parar, ¿vale? —balbuceo, completamente desconcertado.
Ella permanece unos segundos mirándome con una serenidad que me aturde.
—¡Di algo! —le suplico mientras acaricio sensualmente sus brazos.
—Lo sabía… —Se humedece los labios con calma, sin perder esa expresión enigmática—. Sabía que serías incapaz de hacerme daño.
—Pero... —murmuro.
Las palabras dejan de salir. Es como si ella misma me hubiese puesto a prueba a mí y ahora sintiera que el oxígeno no me llenara los pulmones. No puedo hablar. Solo soy capaz de acercarla a mí y acorralarla suavemente contra la isla de la cocina, rodeándola con los brazos.
—¿No te ha dolido?
Observo las leves marcas rojizas que han quedado sobre su piel.
—Un cosquilleo —añade—. Estoy preparada.
Exhalo el aire aliviado y toda la tensión desaparece de golpe.
—Has dicho que no existen límites, ni palabras de seguridad. Quiero saber más sobre eso… —susurra con ese brillo de curiosidad que muestra a menudo.
—No es el momento…
Siento mi polla golpeado contra la bragueta de mi pantalón. Ni yo mismo sé cómo me he controlado, y eso rara vez me pasa.
—¿Y esto? —pregunta de repente, señalando con la cabeza sus manos, todavía inmovilizadas por la cuerda.
—¿Y si te desato después?
—¿Después de qué? —Frunce ligeramente el ceño.
—Después de que terminemos esta conversación —señalo—. Además, debo decirte algo: no estás preparada. No me conoces.
—Tú tampoco me conoces. Si me conocieras, sabrías que aprendo rápido.
La miro pensativo, deslumbrado por su réplica. No tengo dudas de que aprenderá rápido. Acto seguido, acaricio con suavidad el interior de sus brazos y, sin pensarlo más, la levanto hasta sentarla sobre la fría encimera de la isla.
—Eres muy valiente, pequeña. —Me adueño de sus labios en un beso lento—. Y eres mía.
—Hoy seré tuya, pero porque yo quiero. —Su voz firme, junto a mi oído, me provoca un escalofrío—. No lo olvides.
Su ansiosa boca se desliza por mi cuello y ya no puedo seguir conteniéndome.
Oh, joder. ¿Qué es todo esto?
Cada célula de mí queda invadida por una explosión de sensaciones que arrasa con el poco autocontrol que me quedaba.
Entonces la sujeto con firmeza por la cintura y la acerco todavía más.
Separo sus piernas y la embisto con dureza.
Aprieto mis labios en su cuello y mis dedos en el nacimiento de su cabello.
Cierro los ojos disfrutando de su deliciosa humedad.
Mis caderas cobran más ritmo y siento cómo sus músculos se expanden a mi paso. Empujo duramente mientras ella arquea la espalda y busca mis labios con desesperación. Gruño al sentir cómo responde con la misma intensidad, aferrándose a mí a pesar de tener las manos inmovilizadas.
—Señorita Vega, no me obligue a amordazarla de nuevo —murmuro cuando un gemido escapa de su garganta y deja caer la cabeza hacia atrás.
Todavía me cuesta creer lo que tengo delante. Atada y completamente entregada a mí.
El calor entre nuestros cuerpos contrasta con el frío de la encimera. Sus muslos me rodean dominantes, intentando impedir que exista un solo milímetro de distancia entre los dos.
Observo sus labios entreabiertos, su respiración acelerada, su pecho subiendo y bajando sin control. Y esos ojos... esos malditos ojos azules clavados en mí como si yo fuera el único hombre sobre la faz de la Tierra.
—Acabas de cumplir una de mis fantasías.
—¿Cuáles son las demás?
Sonrío apretando sus muñecas atadas.
—Paciencia... —Mi voz sale más grave de lo habitual mientras le muerdo el mentón—. Si te las contara ahora, saldrías corriendo.
Rozo su mejilla con los nudillos. Sus ojos brillan y eso termina de volverme completamente loco.
—¿Sabes qué es lo peor? —susurro junto a su oído—. Que ya no hay vuelta atrás.
Ella sonríe apenas un instante, aunque sus cejas arqueadas me indican que no lo entiende. Es normal.
—Hazlo dentro, Álex. —Aprieta los muslos contra mi cintura cuando intento apartarme—. Estoy tomando anticonceptivos.
«¡Ahhh, diablos!», maldigo para mis adentros.
Sus palabras terminan de derribar el último muro que aún intentaba mantener en pie.
Entonces la abrazo con fuerza mientras la noto convulsionar a mi alrededor.
Escucho su grito gutural en mi oído. Escondo el rostro unos segundos junto a su cuello y vuelvo a buscar sus labios con pasión como si quisiera devorar cada milímetro.
Finalmente estallo en su interior disfrutando de cada segundo.
Cuando todo termina, permanezco abrazándola sin querer romper aquel instante. Nuestras respiraciones, todavía agitadas, se acompasan poco a poco y nuestras miradas permanecen unidas durante largos segundos, incapaces de separarse.
Beso con suavidad su frente húmeda y cierro los ojos. Reconozco, muy a mi pesar, que me ha ganado. Me encanta sentir cómo tiembla entre mis brazos, cómo respira contra mi pecho, cómo, por un momento, todo el ruido de mi cabeza desaparece.
Porque ahora mismo ella es lo único que consigue devolverme la paz. Lo único que logra hacerme sentir, aunque solo sea durante unos instantes, que el mundo vuelve a estar en equilibrio.
Para vivir este capítulo con mayor intensidad, te recomiendo escuchar
Don´t mess with my mind, de EMO.