Chapter 39 #3
Se da la vuelta y se quita el abrigo de un tirón, frustrada. Lo deja caer sobre el sofá. Mi vista se desvía un instante hacia la prenda, porque ha quedado medio arrugada.
—Quiero que me lo enseñes todo —insiste.
Esta chica no tiene ni idea de dónde pretende meterse.
—He dicho que no —recalco mis palabras mientras aprieto el puño.
—¿Solo puedes hacerlo con Lorraine? —Cruza los brazos, muy seria.
La observo suspicaz. ¿Está celosa?
—¡Estás jugando con el demonio, Aylin! —suelto, sintiendo cómo todos los músculos de mi maldito cuerpo se tensan de golpe. Sin embargo, ella permanece imperturbable.
—Estamos aquí para eso, ¿se te olvida?
¡Mierda!
Acorta la distancia que nos separa y se planta frente a mí.
—Soy toda tuya —añade serena.
Su respiración roza mi barbilla cuando levanta la cabeza para sostenerme la mirada con esos ojos azules, tranquilos e increíblemente inocentes.
—¿No tienes miedo? —pregunto.
—Mentiría si dijera que no… —susurra, con los ojos clavados en los míos—.
Pero me he perdido tantas cosas durante estos años, que creo que te has convertido en un reto.
No quiero seguir anclada al pasado… —Sus ojos se vuelven vidriosos—.
Tú me demostraste que puedo disfrutar del placer y que… no todos los hombres son malos.
¿Por qué me está haciendo esto?
¿Cómo es posible que piense eso de mí?
Me jode que piense que no soy malo porque si supiera la mitad de las cosas, pensaría que soy un demonio.
Si ella supiera la verdad, me odiaría. Sin embargo, aquí está, dispuesta a conocerme.
Confiando en mí ciegamente. Y quizá… haya llegado el momento de que descubra la verdad, que mi mundo no es para ella.
Mis ojos descienden desde su pecho agitado hasta detenerse en sus caderas.
—Quítate la ropa —ordeno, seco—. Solo el vestido. Lo demás te lo quitaré yo.
Ella asiente y empieza a deshacerse del vestido sin apartar la vista de mí ni un solo instante. Mientras tanto, desabrocho dos botones de mi camisa con la incómoda sensación de que me falta el aire.
Camino hasta el imponente mueble del salón, junto al sofá.
Abro uno de los cajones y saco varias cosas que podrían hacerme falta.
Dudo unos segundos entre unas esposas y una cuerda.
No, las esposas no. Después de lo que vivió durante la adolescencia, sería un error.
La cuerda es mucho más versátil. También más indulgente si sabes usarla.
Cuando vuelvo a mirarla, el vestido ya descansa a sus pies.
Me quedo contemplándola unos segundos y tengo que reconocer una verdad incuestionable. Es preciosa.
No tardo en coger también un látigo y una mordaza. Es una correa de cuero con una bola de silicona diseñada para amortiguar los gemidos. Después tomo un vibrador, todavía dentro de su funda protectora y perfectamente desinfectado.
—A ver si después de esto sigues tan dispuesta a conocerme —le digo, todavía irritado.
—Ponme a prueba.
Cruza las piernas y se observa las uñas con gesto desafiante, permaneciendo inmóvil en mitad del salón. La combinación de seda, encaje y aquellas ligas hace que me resulte imposible apartar la vista de ella.
—No sabes en lo que te estás metiendo, ¿verdad?
Mientras hablo, deslizo una mano por su piel.
Tiro con suavidad de su sujetador y sus pechos quedan expuestos.
Los acaricio sin apartar los ojos de los suyos.
Después la sujeto por la cintura y la conduzco en silencio hasta la isla de la cocina.
Atrapo sus manos y tomo la cuerda. Junto sus muñecas y comienzo a inmovilizarlas con movimientos rápidos, dominado por la impaciencia y el enfado.
La fibra se desliza entre mis dedos con la facilidad que da la costumbre.
Ella no dice nada. Se limita a observar atentamente cada movimiento de mis manos.
Cuando termino el primer nudo, deslizo un dedo entre la cuerda y su piel.
Hay espacio suficiente. No debe cortar la circulación.
Después tomo una de sus manos entre las mías y presiono ligeramente la yema de sus dedos con el pulgar.
El color vuelve enseguida. Bien. Alzo la vista hacia ella.
Sigue respirando con normalidad. No intenta apartarse, no encoge los hombros, solo me mira.
—¿Estás bien? —pregunto con un hilo de voz.
No me sale de la cabeza el tema del chico ese que se llamaba Brian. Temo que atarla despierte algo que no quiero.
—Perfecta. —Esboza una sonrisa irónica—. Y también deslumbrada por tu habilidad con los nudos.
No puedo evitar que una de mis comisuras se eleve con ironía.
—Aylin... —Suavizo la voz.
No quiero hacerle daño.
Por Zeus.
No quiero, me niego. Solo quiero que disfrute..., aunque sé que, una vez empiece, me costará un infierno detenerme.
—Sigue —murmura.
Muy bien. Terca ella, terco yo.
Levanto sus brazos hacia la barra metálica situada en el techo falso, justo encima de la isla de la cocina.
Suelo colgar sartenes, pero hoy la convertiré en mi rincón de juegos.
Antes de fijar la cuerda definitivamente, tiro apenas unos centímetros.
Observo sus hombros, la tensión es mínima.
Puede soportarla sin problemas, aun así...
—Si notas demasiada presión en los hombros, dímelo.
Ella vuelve a asentir sin apartar la vista de mí. Termino de asegurar la cuerda y compruebo una vez más los nudos. Después ajusto la iluminación, dejando el ambiente sumido en una luz mucho más tenue. Ella continúa en silencio, limitándose a observar todo cuanto hago.
—Debo inmovilizarte también los pies.
—Adelante.
Me arrodillo con intención de hacerlo, pero cambio de idea casi al instante. No, sería demasiado para una primera vez. Necesito que pueda cambiar ligeramente el peso del cuerpo si empieza a cansarse.
Me levanto despacio y tomo la mordaza. La sostengo unos segundos entre los dedos antes de acercarme. Nuestros ojos vuelven a encontrarse. Espero. Le doy una última oportunidad para echarse atrás. Pero ella no retrocede. Ni un milímetro.
—Abre la boca.
Lo hace.
Me sorprende comprobar que no ofrece la menor resistencia.
Sigo. Ajusto la correa tras su nuca sin prisas, comprobando que no quede demasiado tensa.
Después deposito un beso en su frente y deslizo los dedos por su espalda.
El suspiro que escapa de sus labios despierta algo dentro de mí.
No es normal la intensidad con la que me está golpeando esta situación.
Verla tan vulnerable. Tan indefensa. Tan condenadamente entregada.
—Aylin... —susurro mirándola fijamente—. En mi mundo no hay límites, ni palabras de seguridad. Debes saberlo.
Parpadea despacio, ya no puede responderme con palabras.
—Ahora estás a mi merced, señorita Vega —murmuro junto a su oído.
He disfrutado innumerables veces en El Templo, con muchas mujeres y con sumisas entregadas por completo. Pero lo que estoy sintiendo ahora mismo no se parece a nada de lo que haya experimentado antes. Es una sensación imposible de describir, algo que me deja completamente sin palabras.
Acaricio su pecho con un arrebato que apenas consigo contener.
Mis manos descienden hasta sus muslos y separo ligeramente sus piernas.
Bajo la boca hasta sus senos con unas ansias que me consumen y los succiono con avidez.
Mientras recorro su sedosa piel con la lengua, deslizo las manos hasta sus muslos y, esta vez, le separo las piernas de una sacudida.
La observo atentamente porque quiero verlo todo. Su respiración, la tensión de sus músculos, el instante exacto en que deja de pensar y empieza simplemente a sentir.
Se retuerce apenas unos centímetros y cierra los ojos durante un segundo. No. Vuelven a abrirse enseguida, me sigue mirando.
Joder...
Me incorporo despacio y vuelvo a recorrer su cuerpo con la mirada mientras termino de quitarme la camisa.
La dejo cuidadosamente sobre una silla. Después tomo la fusta y la hago girar una vez entre los dedos.
El cuero produce un sonido seco al cortar el aire.
Llevaba demasiado tiempo echando de menos aquella sensación.
Aylin permanece inmóvil frente a mí, suspendida por las muñecas, llevando únicamente aquella delicada lencería y las ligas. Durante unos segundos no hago absolutamente nada, solo la observo. Así, completamente expuesta y completamente consciente de que la estoy observando.
Verla delante de mí me recuerda quién soy realmente. Aunque disfrute del sexo, esto juega en otra liga. Nada puede compararse con contemplarla entregándose voluntariamente a mi control. Eso... Eso es puro poder y lo que más me excita.
—Tenemos unas cuentas pendientes. —Aprieto otra vez el mango entre los dedos—. Y ha llegado el momento de castigarte, Aylin.
Ella alza la vista hacia la barra de la que permanece suspendida. Después vuelve a buscar mis ojos. No percibo miedo, hay incertidumbre y curiosidad. Incluso un punto de desafío.
Durante un breve instante permanezco inmóvil esperando porque si bajara la mirada, si apartara el cuerpo, o si detectara el menor rechazo... pararía.
Pero no ocurre.
Ella mantiene el contacto visual, una leve inclinación de cabeza termina de responder por ella.
Y sí... Tengo que reconocer que posee un valor extraordinario.
Hace menos de una semana era virgen y ahora está aquí, atada en mi cocina.
Confiando en mí de una forma que muy pocas personas serían capaces de hacer.
No tengo paciencia. Acerco lentamente la punta de la fusta a su cuello.
No golpeo, solo dejo que el cuero roce su piel.
Desciendo lascivamente hasta la clavícula, después continúo hacia el pecho.
Sigo bajando por el abdomen hasta llegar a sus muslos sin apartar los ojos de su rostro.
Inclino ligeramente la cabeza, no quiero perderme una sola reacción.
Mi preciosa chica contiene la respiración y sus pupilas me siguen constantemente. Cada vez que rodeo su cuerpo, gira apenas unos centímetros el cuello para no perderme de vista.