Chapter 39 #2
La libero y asiento, aunque la tensión entre nosotros siga intacta. Salimos del coche y caminamos hasta el ascensor. Para mi desgracia, justo antes de que se cierren las puertas entran otras tres personas.
—¿Te acuerdas? —Gira apenas la cabeza cuando me coloco detrás de ella.
Noto su aliento rozándome el cuello y no puedo evitar recordar aquel ascensor y aquella noche en Miami. La noche que perdió la virginidad.
—No me tientes... —mascullo mientras intento comportarme como un ciudadano ejemplar.
Rodeo su cintura y la acerco hacia mí, empujando con suavidad su trasero contra mi pelvis.
—Me gustan demasiado los ascensores —añado.
—Eso no es ninguna novedad. —Se lleva la mano a la boca para contener la risa y aprieta mi brazo, haciéndome entender que estamos llamando la atención.
Pero de pronto, el ascensor emite un estruendoso chirrido y se detiene en seco. El gran plafón del techo comienza a parpadear bruscamente a causa del bloqueo.
—¿Qué ocurre? —pregunta una voz.
Los dos observamos, sorprendidos, cómo una de las tres personas que viajan con nosotros pulsa varios botones del panel. Un segundo después, el foco termina por fundirse y la luz de emergencia se enciende.
—Seguramente sea un cortocircuito —comento.
—Si es una avería, no nos sacarán de aquí hasta dentro de media hora, como mínimo —añade otro.
—Álex... —Me mira inquieta y suspicaz.
—Esta vez no he sido yo.
Esbozo una sonrisa, o al menos lo intento, y aprovecho para rodearle un poco más la cintura, completamente embriagado por su aroma.
—Señorita Vega... —musito casi en un susurro mientras esperamos—. Tengo una idea.
—¿Qué idea?
Acerco los labios a su oreja. La tenue luz de emergencia nos envuelve en una penumbra suficiente como para pasar bastante desapercibidos.
—¿Qué haces?
—Nada...
Vigilo de reojo a las tres personas que nos dan la espalda —uno de ellos mi vecino del sexto—, y me acerco un poco más. Sé que es una temeridad, precisamente por eso me fascina.
—Ya te he dicho que no podré aguantarme.
Siento los acelerados latidos de su corazón al mismo tiempo que uno de los vecinos habla por teléfono para informar de la avería. Por suerte, sigue habiendo cobertura.
—Aquí no.
Su voz suena firme, aunque percibo perfectamente la tensión que la recorre. A mí, en cambio, lo prohibido me excita hasta el punto de notar cómo me palpitan las venas. La oscuridad, la cercanía, la espera… todo juega a mi favor.
La abrazo con más firmeza y apoyo la barbilla sobre su hombro.
Con absoluta discreción, empiezo a subir el bajo de su vestido mientras mantengo la vista al frente.
Después la elevo apenas unos centímetros con el brazo, acercando su cuerpo al mío hasta que su culo choca contra mi bragueta.
Sostengo su cintura con firmeza y deslizo la mano por la curva de sus nalgas.
Juego con su piel disfrutando de cada reacción.
—No podemos... —susurra.
—Sí podemos.
Ella contiene la respiración y deja escapar un leve sollozo, apenas audible, mientras gira ligeramente la cabeza para mirarme con los ojos muy abiertos.
—¡Estás loco!
Intenta bajar la parte delantera de su vestido. La trasera, en cambio, permanece ligeramente levantada. Me bajo la cremallera del pantalón con cuidado, sin ningún movimiento brusco que pudiera delatarme.
—Shhh… tranquila.
Me deslizo en su interior despacio, a través del agujero de las bragas. Sus dedos abandonan mi antebrazo y terminan apretando mi muñeca ahogando un gemido. Aprovecho para besar lentamente su mejilla y abrazarla por la cintura. Siento cómo su respiración se acelera de inmediato.
—No te preocupes, el ascensor funcionará en breve.
—Como si eso fuera lo que me preocupara ahora… —gime otra vez cuando me hundo en ella por completo.
Ella mira al frente, claramente nerviosa. Agradezco la semioscuridad que nos envuelve y la conversación telefónica del vecino, que continúa amortiguando cualquier sonido.
—Tenía muchas ganas de verte. —Rozo su oreja con la boca, disfrutando de la reacción inmediata de su cuerpo.
—Yo también…
Tiembla atrapada contra mí cuando me alejo un poco y vuelvo a hundir mis caderas contra ella, midiendo la fuerza.
Se amolda a mi cuerpo de manera instintiva; me delata que me desea por mucho que intente aparentar calma.
Mantiene la caja de lencería apretada contra su vientre, aferrándose a ella. Por suerte, nos sirve de escudo.
—¡Listo!
La luz vuelve de golpe.
Observo las expresiones de alivio de mis vecinos mientras el ascensor reanuda la marcha. Me aparto con total naturalidad y me subo la cremallera. Aylin aprovecha para colocarse discretamente el vestido, todavía sonrojada.
—Está todo bien, ¿vale? —Le aprieto suavemente la cintura.
Yo sigo conteniendo una sonrisa. Ella, en cambio, parece sumida en un auténtico estado de shock.
—Te ayudo —digo mientras le quito la caja de las manos cuando las puertas se abren y salimos al pasillo. Debo ocultar mi erección.
Introduzco la llave en la cerradura y le hago un gesto para que entre primero. Los sensores detectan nuestra presencia y las luces del ático se encienden de inmediato.
—¡Dios mío! —Se lleva las manos a la cabeza y me mira completamente descompuesta—. ¿Por qué lo has hecho?
—¿El qué? —pregunto encogiéndome de hombros mientras dejo la caja sobre el sofá. Al hacerlo, observo de reojo que ha quedado ligeramente torcida. Entonces la deslizo unos centímetros hasta alinearla con el borde del respaldo.
—¡Álex! —exclama, todavía alterada—. Lo acabamos de hacer en un ascensor, con gente delante.
—¿Y no te ha gustado?
—Sí, pero... —Se detiene en seco y lanza el bolso en la mesita.
Sus ojos siguen muy abiertos. Me observa casi histérica mientras me quito la chaqueta con calma. Antes de dejarla sobre el respaldo del sillón, la doblo.
—¡Di algo!
—¿Quieres una copa? —pregunto mientras me dirijo a la barra del salón, meditando qué decirle y qué es mejor callarme.
—¡No quiero una jodida copa!
—Las vistas son espectaculares, ¿verdad? —comento, intentando desviar su atención.
—Di algo, por favor... —Se lleva una mano al pecho, todavía alterada—. Te lo suplico.
—Solo puedo decir que...
Sigue cada uno de mis movimientos con la mirada. Me detengo en mitad del salón y empiezo a remangarme la camisa. Compruebo que ambas mangas quedan exactamente a la misma altura.
—...te he puesto a prueba.
—¿Qué?
Me arreglo un gemelo en la manga, sin mirarla.
—Álex... —dice con incertidumbre—. Si lo del ascensor ha sido una prueba, déjame decirte que no estoy de acuerdo.
—¿Por qué? —Alzo por fin la vista hacia ella.
—Porque no creo que vaya a aprender nada aquí... ni en aquel ascensor. —Mueve las manos con nerviosismo mientras mira a su alrededor.
—¿Y dónde aprenderías entonces?
—En ese sitio —suelta irritada.
No entiendo de dónde sale tanto enfado.
—Querías conocerme. Pues este soy yo —le respondo tranquilo—. Quizá un día me apetezca follarte en ese sofá, otro en el suelo, otro comprando el pan, y cualquier otro día sobre mi escritorio, en la universidad.
—No mientas. Dudo que salgas a comprar el pan.
—Te sorprenderías.
Empieza a hablar atropelladamente, como siempre hace cuando los nervios se apoderan de ella.
—¡No me estás entendiendo! Creo que en ese sitio podría ver a qué te dedicas y así...
Doy varios pasos rápidos hasta alcanzarla y la sujeto por los brazos.
—¡Aylin! —Alzo la voz y frunzo el ceño, contagiándome de su propia irritación—. Este soy yo. Y no me vengas con caprichos, ¿entendido? Este soy yo. Aquí y en ese sitio .
—No estoy de acuerdo.
—No estás preparada, ¿vale?
Joder. No esperaba que un simple y disimulado acercamiento en un ascensor desataría su enfado. ¿Cómo demonios va a soportar lo demás?
—Pero... —Su tono se suaviza un poco—. ¿Por qué piensas que no estoy preparada?
—Por cómo has reaccionado. ¿Te parece si hablamos de esto en otro momento?
—¿Y por qué no ahora? —Su voz vuelve a sacarme de mis pensamientos—. He venido para eso.
Le suelto los brazos y le doy la espalda, con la cabeza llena de dudas.
—No es tan fácil ir allí. Hay ciertos pasos que hay que seguir —explico mientras me quito la corbata.
—Eso lo tengo claro, sé que no es un club cualquiera —responde enseguida, sin dejarme terminar.
Me giro hacia ella, desconcertado. No entiendo nada. Cualquier otra mujer, con su forma de ser, habría salido corriendo hace rato. Debo reconocer que le sobra valentía.
De repente, me agarra del brazo.
—Álex, ¿qué demonios está pasando? Me hablas de ese sitio, me preguntas si estoy dispuesta a cometer una locura y, sin embargo, no puedes darme ni un solo detalle. Y, para colmo… —se encoge de hombros—, descubro que guardas una cuerda y un pasamontañas en el coche.
Ha vuelto a sacar ese lado salvaje y obstinado que, muy a mi pesar, me encanta.
—Si te lo dijera ahora mismo, tendría que matarte después.
Me cruzo de brazos y la miro fijamente. Durante un instante parece debatirse entre creerme o pensar que estoy bromeando.
—No estás hablando en serio. —Sus facciones se relajan y acaba dedicándome una sonrisa.
Esta vez soy yo quien se queda embobado mirándola.
—No es un simple hotel —respondo frustrado mientras camino hasta el bar.
—Lo suponía —replica—. ¿Qué más?
Sirvo whisky en una copa y permanezco unos segundos en silencio, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. No sé por qué me está obligando a hablar de esto.
—Cualquier información que conozcas sobre nosotros, como comprenderás, puede perjudicarte. Cuando considere que estás preparada, tendrás que firmar un documento. Pero no es el caso.
—¿Qué documento?
—Un acuerdo de confidencialidad. Y eso significa que no puedo darte más detalles.
—Pero... —baja la vista, confundida—. ¿De qué me estás hablando? ¿No es un sitio donde practicáis BDSM? ¿Crees que tan poca cosa podría asustarme?
—¿Qué sabes tú de eso? —La miro con atención, aunque cada vez me cuesta más mantener la paciencia—. ¿Quieres que te lo diga yo? Nada. No sabes nada.
Me desespera que sea tan terca y que crea que lo tiene todo bajo control.
—Puedo aprender.