El profesor (El profesor 1) Chapter 39
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Chapter 39

M e quedo esperando en la acera de enfrente mientras tomo un café en una cafetería cercana a la residencia.

Es el tercero del día. Llevo sin pegar ojo desde las seis de la mañana, y todo gracias a que Jack es un auténtico inconsciente, aunque sea mi hermano.

Tuvo la brillante idea de trasladar la mercancía a otro punto y todo estalló.

Lorraine tampoco ayuda. Es otra persona que intenta manipularme y, en el fondo, siempre lo supe desde el mismo instante en que la conocí. Ayer volvió a hacerlo, recurriendo a sus habituales juegos de seducción.

Consulto la hora. Todavía faltan quince minutos para recoger a Aylin. No la veo desde hace días y la impaciencia me consume.

Está anocheciendo. Me quito las gafas de sol y dirijo la vista hacia el coche, aparcado a unos metros.

Aprovecho para aprobar un informe desde el móvil y revisar los mensajes.

Estoy bastante más tranquilo que ayer, y nuestro infiltrado respondió como esperaba.

Consiguió solucionar el problema y, por ahora, la mercancía está a salvo.

Agradezco que no hayamos tenido que recurrir a los tiros, eso sí, el muy cabrón nos ha pedido el triple de lo habitual.

Casi parece que está deseando que las cosas salgan mal para poder cobrarnos más.

Vuelvo a mirar el reloj mientras muevo una pierna con impaciencia, sin apartar la vista de la entrada de la residencia. Y entonces aparece. Ahí está, sale por la puerta y comienza a caminar por la acera de enfrente.

Apoyo el puño en el mentón mientras la observo acercarse con ese inconfundible balanceo de caderas, tremendamente sensual.

Lo mejor de todo es que ni siquiera es consciente de ello.

Aylin ignora por completo el efecto que provoca en un hombre.

La forma despreocupada en que mueve las manos, cómo inclina la cabeza, o ese gesto de apartarse el rebelde cabello del rostro.

No sabe que me encanta la manera en que arquea una ceja cuando algo la desconcierta o cómo frunce esos labios de seda cuando está concentrada.

Dejo el dinero sobre la mesa y le hago una señal con la mano antes de cruzar la calle. Mi atención se desvía enseguida hacia su ropa, necesito comprobar si me ha hecho caso con lo de la lencería.

Lleva un vestido verde oscuro, ligeramente holgado, aunque suficiente para insinuar la armonía de sus curvas.

Lo combina con unos tacones negros y un abrigo fino del mismo tono.

Entonces reparo en el paquete que sostiene entre las manos, debe ser la caja de la lencería.

Sin duda piensa devolvérmela; como si no la conociera.

—¡Hola! —saluda apresuradamente, regalándome una de sus mejores sonrisas.

—Hola —respondo mientras le abro la puerta del coche.

Me reprimo a la hora de besarla, ya habrá tiempo. En su lugar, barro los alrededores con la mirada hasta localizar el vehículo de mis hombres, estacionado a unos metros. Están cumpliendo las órdenes al pie de la letra. No confío en que los italianos no vuelvan a atacar. No soy tan estúpido.

—Te dejo esto aquí atrás —comenta mientras señala la caja.

Me prometo no discutir.

—Lo normal sería que la aceptaras. Pero tú te lo pierdes. —Le guiño un ojo.

—Lo normal para ti.

Intento concentrarme en la carretera, pero presiento que va a ser imposible.

No puedo evitar preguntarme si lleva puesto aquel conjunto negro con la abertura.

La observo de reojo, inquieto. Ahora mismo no sería capaz ni de diseñar una estrategia de inversión para el cliente más importante de la empresa.

—Dejémoslo—añado—. Ya sabes que a mí no me va demasiado lo normal.

Se sonroja ligeramente.

—Bueno, yo en realidad soy bastante normal.

—Pues no sé hasta qué punto. —Sonrío para mis adentros—. Solo a ti se te ocurriría dejar plantado al rector de una universidad tan importante como la de Miami.

—¿Cómo? —pregunta con ese tono de niña pequeña que adopta cuando finge enfadarse—. Recuerda que no tenía ni idea de que me iban a premiar. Estás siendo injusto —me reprocha mientras me toca el brazo.

«¡Quieto ahí!», ordeno mentalmente. Creo que me estoy volviendo irremediablemente demente, ahora mismo estoy hablándole a mi propio pene.

—Y tampoco quiero recordarte que, de vez en cuando, te da por convertirte en una superheroína de Marvel —añado—. ¿O ya has olvidado que casi te matas cayéndote desde un quinto piso?

—¿De verdad te debo recordar que hace unos días escalaste Harvard?

Su carcajada consigue arrancarme una sonrisa, es imposible olvidar todas las locuras que ha hecho la señorita Vega en tan poco tiempo. Y las que he hecho yo. En realidad, mi vida a su lado ha incrementado la dosis de adrenalina de mi rutina habitual.

—Es más, me recuerdas a Berta. Solo ella dice que parezco salida de Marvel.

—Lo eres.

—Si lo pensamos bien, el héroe fuiste tú, así que no te quites mérito, señor Woods.

Su risa vuelve a atraparme. Mira por la ventana mientras intenta serenarse.

—¿A qué precio? —Frunzo el ceño al recordar el lamentable momento en que me quedé con el culo —y con otras cosas— al aire.

—Debes saber que hoy he trabajado mucho. Te he mandado al correo…

—Aylin...

Tomo su mano y hago que se detenga.

—¿Qué? —Sus ojos centellean al encontrarse con los míos.

—No quiero hablar de trabajo. Al menos hoy.

—Deseo concedido —responde con una sonrisa tan dulce que dan ganas de comérsela—. Y, a todo esto, ¿a qué restaurante vamos?

—A uno que está cerca de casa. Por cierto, estás espectacular. —No dejo de admirarla.

—Gracias —responde con esa timidez que consigue incendiarme por dentro.

Siempre pensé que me atraían las mujeres atrevidas hasta que apareció ella.

—¿Y qué te apetece cenar?

—No lo sé. La verdad es que no tengo mucha hambre.

—Entonces... ¿qué te parece si vamos a casa y pedimos comida? —sugiero.

—¿Tú tampoco tienes hambre?

Giro la cabeza y la miro intensamente. No lo puedo evitar.

—Yo solo tengo hambre de ti.

Entreabre los labios, aturdida, pero no añade nada más. Tan solo desvía la mirada.

Mi atrevida respuesta la ha dejado sin palabras, seguramente está nerviosa.

Puedo percibirlo pues mi olfato nunca me engaña.

Sé reconocer cuándo una mujer tiembla de deseo y ella es un libro abierto.

La persona más transparente que he conocido jamás.

Quizá esa naturalidad sea lo que más me guste y envidie de ella, en igual medida. Porque yo no puedo ser así.

Dejo atrás el restaurante donde íbamos a cenar y continúo hasta el edificio, situado a apenas un kilómetro más lejos. Cinco minutos después entramos en el aparcamiento subterráneo del residencial de Back Bay.

—Jamás pensé que volvería a este sitio —murmura, absorta en sus pensamientos.

—¿Estás bien? —pregunto al apagar el motor.

No sé si está nerviosa o si tiene miedo.

—Sí. —Asiente con docilidad—. Estoy bien. ¿Y tú? ¿Cómo estás, Álex? Después de lo ocurrido en la universidad, no sé mucho de ti.

Su mano busca la mía y su pregunta me descoloca. Muy poca gente me pregunta cómo estoy realmente. Ni siquiera Liam, mi mejor amigo, suele hacerlo. Supongo que siempre he dado la impresión de que nada puede derrumbarme y todos asumen que estoy bien. O, simplemente, no les interesa saberlo.

—Estoy bien.

—Creo que estarás todavía mejor cuando veas tu sorpresa —Levanta un dedo con aire misterioso y sonríe.

—¿Mi sorpresa?

Los engranajes de mi cabeza empiezan a girar. O tal vez se detienen porque creo que ya sé de qué se trata.

—Te has puesto la lencería —afirmo mientras me humedezco los labios sin soltar su mano, protegidos por la penumbra del coche.

Solo imaginar aquel conjunto negro ajustado a su cuerpo basta para que una descarga eléctrica me recorra de arriba abajo. Encima lo lleva bajo ese vestido. Interesante.

—Ya lo comprobarás. No te adelantes a los acontecimientos —responde con dulzura antes de alargar la mano hacia la puerta.

—Lo quiero comprobar ahora.

Me mira sorprendida , pero no le doy tiempo a reaccionar ; la atraigo hacia mí con un brazo. El impulso la devuelve contra mi pecho y las ganas de besarla me consumen.

Devoro sus labios, ahogando cualquier respuesta. Ella me corresponde sin vacilar, transformando el asombro en un beso. Se amolda todavía más a mi cuerpo mientras llevo mi mano a su cintura, jodidamente impaciente.

Necesito sentirla, las malditas horas se me han hecho eternas. Y mi amigo no tarda en reaccionar, creciendo con descarada rapidez bajo el pantalón. Y ni siquiera hemos llegado arriba.

Mis dedos acarician su ropa interior con una lentitud casi tortuosa.

El tejido de seda resbala bajo las yemas y un escalofrío me recorre de arriba abajo.

No alcanzo a distinguir el color entre la penumbra del coche, pero deseo con todas mis fuerzas que sea aquel conjunto con el que llevo fantaseando casi una semana.

La mantengo atrapada contra el asiento mientras su respiración se mezcla con la mía.

No estoy para rodeos. Deslizo la mano con decisión y busco la abertura de la entrepierna.

La encuentro. Bien. Presiono dos dedos, y eso hace que su cuerpo se tense al instante.

La acaricio despacio disfrutando del tacto de su expuesta piel antes de seguir explorando.

El roce resulta casi tan excitante como ella misma.

—¿Contento? —pregunta antes de darme otro beso.

—Gracias... —susurro contra su boca.

Desciendo lentamente hasta su cuello. La siento estremecerse entre mis brazos y su pulso late con fuerza. El inconfundible aroma a coco que desprende su piel termina por hacer desaparecer la poca paciencia que me quedaba.

Quiero que me necesite tanto como yo la necesito.

Que esta noche se entregue por completo.

Que se olvide, aunque solo sea por unas horas, de todos sus principios.

—Será mejor que subamos, ¿no? —murmura con la voz temblorosa.

—No sé si podré aguantar hasta llegar arriba.

Intenta apartarme mientras dirige una rápida mirada al aparcamiento, comprobando que no haya nadie.

—Álex, por favor... —me frena con suavidad.