El profesor (El profesor 1) Chapter 38 #2
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Chapter 38 #2

Les señalo con la cabeza. Los tortolitos están muy juntos y no pasa desapercibido el posesivo brazo del moreno de ojos verdes sobre los hombros de mi amiga. Ella lo mira de vez en cuando con las mejillas encendidas, como si ambos compartieran un secreto que solo ellos conocen.

Esbozo una ligera sonrisa y prefiero centrarme en Adam, que parece mucho más pendiente de mi llegada.

Sus dientes, increíblemente blancos, destacan sobre el bronceado que aún conserva.

Me sorprende que siga tan moreno, señal de que continúa escapándose a la playa, aunque en Boston las temperaturas ya hayan empezado a bajar. Estamos a las puertas de noviembre.

—¿Cómo vas con todo? ¿Preparada para la presentación del jueves? —me pregunta.

—Creo que sí —respondo, acordándome de la exposición de Finanzas—. Erik ha hecho un buen trabajo con el proyecto. ¿Y tú, cómo lo llevas?

—Creo que bien —dice poco convencido—. Tiene pinta de que Woods será muy severo con la nota.

—Woods es un hijo de puta —agrega Bram.

Lo miro al instante, sorprendida por el comentario tan tajante que acaba de soltar. Una cosa es que el profesor sea exigente y otra muy distinta que el novio de Berta lo describa de esa manera.

—¿Por qué piensas eso? —pregunto.

—Por nada. —Se ríe—. Conozco a los tipos como él, llámalo sexto sentido.

Da un sorbo a la cerveza y, acto seguido, gira la cabeza hacia mi amiga para plantarle un beso algo brusco en la mejilla.

—B tiene razón —interviene Adam—. Se le ve venir.

—¡No os extrañe que suspendamos todos! —dice Berta—. Creo que el ogro disfruta suspendiendo a los alumnos.

—Bram, tu padre es amigo del profesor Woods, ¿verdad?

Recuerdo el momento en el que vi a la rubia agarrada del brazo del senador Sander. Obviamente, debo actuar con cautela, no puedo decirle a Bram que, minutos después, vi a su padre cepillándosela en un dormitorio de la primera planta.

—Sí —contesta—. Íntimos amigos.

—¿Y de qué se conocen?

—Por negocios.

—¿El senador frecuenta AmExpress Co? —continúo interrogándolo.

—¿Qué? —Adam frunce el ceño y presta atención.

—Hablo sobre la agencia financiera que dirige el profesor —le explico.

—¡Oh, oh, oh! —exclama Bram con un gesto teatral; incluso pienso que encaja muy bien con Berta—. ¡No me digas que aquel capullo te interesa!

—¿Cómo?

Se me corta el aliento y solo espero que la insensata de mi amiga no le haya contado nada. Mi mirada va de Bram a Berta y de Berta a Bram, intentando averiguar si él sabe algo. La observo con suspicacia cuando su expresión se vuelve seria y niega con la cabeza de forma casi imperceptible.

—¡Cómo le va a interesar un hombre mayor que ella y, encima, casado, chico! —Berta fulmina a Bram con la mirada, incluso más molesta que yo.

—Ok, bebé. —Su novio asiente y junta los labios como si le lanzara un beso.

—El profesor Woods no tiene tanto atractivo como dicen. —Me río intentando aparentar tranquila, aunque por dentro tenga el corazón en un puño.

—Lyn se merece otra cosa —añade Adam.

Veo de reojo cómo Bram le guiña un ojo a su amigo.

«¡Menudo almuerzo!»

Suspiro para mis adentros, intentando averiguar cómo demonios salir de esa conversación.

—Oye, por cierto, el sábado hay fiesta en mi casa —interrumpe Bram, algo que agradezco profundamente. Él mismo acaba de sacarme del apuro en el que me ha metido.

—¿De qué? —quiere saber Adam.

—Del ascenso de mi padre.

—¡No me digas! —Berta le aprieta el brazo—. ¡Enhorabuena!

—Sí. El viejo ya es senador de Massachusetts con pleno derecho. Ha terminado el periodo de prácticas.

—Yo este fin de semana no voy a estar —comento al recordar la conversación con mis padres—. Me voy a Long Island.

—¡No jodas, ragazza !

—No puedo dejarles plantados otra vez, Berta.

—Pero puedes volver antes de Long Island —propone Adam mientras le da un mordisco a un trozo de pizza de pepperoni.

—Pensaba volver el domingo.

—¿Sabéis que la próxima semana solo tenemos clases el lunes? —comenta Bram.

—Sí, es verdad. Tendremos casi una semana libre —asiente Adam.

—Ah, y... —Estoy a punto de decir algo cuando, de repente, el móvil vibra sobre la mesa—. Perdón.

Me disculpo y abro el chat, deseando descubrir quién me escribe. Es Álex y, para mi sorpresa, siento una alegría inmediata al ver su nombre en la pantalla.

¿Cómo le estará yendo en Nueva York?

Leo nerviosa.

¿Qué tal la tarde, pequeña?

«Pequeña».

Vuelvo a leer esa palabra. Suena tan jodidamente bien que hasta me lo imagino delante de mí pronunciándola antes de besarme la coronilla, dejando aflorar ese lado suyo que tan pocas veces muestra.

Levanto la vista hacia Adam para asegurarme de que no ha alcanzado a leer la pantalla. Respiro aliviada. Mis amigos siguen inmersos en la conversación, hablando de los planes que tiene cada uno para la próxima semana.

Almorzando. Espero que la reunión haya ido bien . —Tecleo con rapidez.

Sí. Todo ha salido según lo planeado.

Me alegro. —Escribo.

Permanezco unos segundos contemplando la pantalla, incapaz de contener la sonrisa. Procuro que pase desapercibida delante de los demás.

Estoy en el jet, de vuelta. En dos horas, como máximo, estaré en Boston.

—Entonces, ¿vas a ir a la fiesta? —escucho la impaciente voz de Berta.

Levanto la cabeza y los miro sin responder.

—No es por nada, pero yo creo que deberíamos ir. Va a haber gente importante: dueños de grandes empresas, políticos... Y, si nos dejamos ver un poco, nos vendrá bien para el currículum, ya sabéis —añade Adam, mirándome fijamente.

—Yo pienso lo mismo —dice Bram—. Deberíais aprovechar la oportunidad. Vendrá la prensa también.

—¡Yo voy por la bebida! —chilla Berta.

—La bebida es lo importante, y os aseguro que no faltará —añade su novio.

Los cuatro nos reímos y no me queda más remedio que asentir con la cabeza, aunque apenas les estoy prestando atención. Mi mente sigue viajando a miles de kilómetros, junto al profesor.

¿Sabes? El jet me recuerda a ti. Espero de verdad que lo hayas pasado bien en Miami.

No podría confirmártelo. Empezó mal, pero terminó bien.

Te mereces todo eso, y más. Pronto tendrás unos días libres en la universidad.

Siento cómo el corazón empieza a latirme con fuerza. Me emociono como que una niña pequeña con una bolsa de caramelos.

Lo sé. Me acabo de enterar. La próxima semana solo tenemos clases el lunes.

Escribiendo...

Estoy preparando algo.

Vaya. ¿Una sorpresa? —pregunto.

Viajaremos de nuevo. —Sigue tecleando—. Y también estrenaremos el jet. Tengo ganas de tenerte aquí, a trece mil metros de altura. Me imagino que estás aquí conmigo… encima.

Creo que será mejor que te centres en el trabajo —le regaño, lanzando una rápida mirada a mis amigos.

¿No te excita pensarlo? —pregunta con descaro.

Mi imaginación hace el resto. Visualizo los asientos de cuero del jet. Lo imagino debajo, embistiéndome mientras su boca me devora tal y como lo hizo en Miami.

Virgen Santa.

Lo echo de menos y mis neuronas acaban de irse oficialmente de vacaciones. Solo espero que los demás no noten cómo me estoy ruborizando, porque el corazón me golpea el pecho con tanta fuerza que estoy convencida de que debe de reflejarse en mi cara.

¿Tú qué crees? —respondo, cohibida y terriblemente acalorada.

Ahora mismo me estoy desabrochando la camisa.

No te emociones demasiado. Resérvate para esta noche —le digo con una sonrisa traviesa.

¿Me estás subestimando?

Hasta puedo imaginarlo al otro lado de la pantalla, arqueando una ceja con esa suficiencia tan suya.

¿Podría hacerlo?

¿Estarás lista para las ocho? Te invito a cenar y después vamos a mi casa.

OK

Te voy a pedir un favor.

Contengo la respiración y vuelvo a fijar la vista en la pantalla.

Me encantaría que llevaras puesto el conjunto de lencería negro.

No puedo evitar pensar en la caja que me envió. Se trata del conjunto negro, el que lleva una abertura en las bragas. Ese conjunto es el único de ese estilo y, por cierto, sigo teniendo pendiente devolvérsela.

Con una condición.

Álex responde con un simple signo de interrogación.

Quiero que me muestres tu otro lado. Tu lado oculto. —Escribo casi sin pensarlo.

Dependerá de cómo te portes. —Llena la pantalla de emoticonos con gafas de sol, tan engreído como siempre—. ¿Algo más, señorita?

Te devolveré la lencería que me enviaste y no quiero que insistas para que me la quede. —Continúo escribiendo.

Es un regalo.

Insisto. —Tecleo con rapidez, decidida a no ceder.

Señorita Vega, ahora mismo estoy duro. Por su culpa.

Usted se lo ha buscado enviándome lencería sexy.

Escribiendo...

Sabe perfectamente que la lencería no tiene nada que ver.

Guardo el móvil, sintiendo cómo el calor me baja hasta las puntas de los dedos de los pies. Carraspeo y oxigeno mis pulmones mientras noto las mejillas ardiendo.

Cuando levanto la vista, descubro que los tres me observan en absoluto silencio.

Berta intenta disimular, entreteniendo a los chicos, aunque está claro que se huele perfectamente con quién acabo de hablar.

Al parecer, llevan un buen rato sin decir una palabra.

Todos están pendientes de mí y ni siquiera me he dado cuenta de cuándo ha terminado su conversación.

—¿Qué? —pregunto con un ligero temblor en la voz.

Joder. Qué vergüenza.