Chapter 38
H an pasado dos días desde el incendio en Harvard y el campus sigue completamente revolucionado.
Las clases continúan, sí, pero nada parece igual.
Parte del edificio principal permanece acordonado por la policía y todavía hay varias plantas precintadas.
Nadie sabe con certeza qué ocurrió aquella tarde.
Algunos hablan de un fallo eléctrico y otros, de una explosión.
Incluso circulan rumores sobre un atentado.
Yo únicamente sé lo que viví, un disparo desde el exterior, después las plantas inferiores bloqueadas y caos. Y cuanto más lo recuerdo, menos sentido tiene.
Cierro el portátil que tengo abierto sobre el escritorio. Estoy en mi habitación en la residencia y reviso por última vez las anotaciones de la investigación. Después guardo varios documentos en una carpeta azul y, sin querer, vuelvo a abrir la conversación con Álex.
Desde el lunes apenas hemos intercambiado unos cuantos mensajes.
Estaré fuera unos días, tengo un viaje urgente a Nueva York.
No vayas a clases, ¿vale? Necesito un favor: comprueba las respuestas de las encuestas y calcula los resultados.
Te llevará un tiempo, no tienes por qué terminarlo todo.
En tu correo encontrarás un formulario, escribe los resultados de las encuestas ahí. Quiero tu opinión cuando vuelva.
Nada más. Ni una explicación. Ni una sola palabra de cariño. Soy idiota, pero esperaba un escueto besos o te echaré de menos.
Suspiro y cierro el chat. Sé perfectamente que insistir no serviría de nada y mi dignidad está por encima de todo esto.
Al fin y al cabo, ¿qué pensaba? Desde el principio me dejó claro que no esperara flores y corazones.
Simplemente soy su asistente y debo continuar con mi tarea, aunque ahora sienta un maldito vacío en mi interior.
Intento distraerme con el formulario, pero justo entonces suena el teléfono. Me alegro de que sea Berta, teníamos una conversación pendiente.
—¿Dónde estás?
—En la residencia. Estoy terminando unas cosas de la investigación.
—¿En serio? —se ríe—. La universidad medio carbonizada y tú sigues trabajando.
—El profesor me ha mandado varias tareas, se nos está echando el tiempo encima.
—Pues el profesor ya puede darte una matrícula de honor, por no decir que se vaya a tomar por culo.
Sonrío mientras ordeno varios papeles y le doy un mordisco a un Donuts que me acabo de comprar.
—No exageres.
—Oye... —Su tono cambia de repente—. ¿Has visto todo lo que se está diciendo por la universidad?
Levanto la cabeza.
—¿Ahora qué?
—Pues que lo del incendio no fue un accidente.
Frunzo ligeramente el ceño.
—La gente habla demasiado.
—¡No, espera! Pamela dice que vio a varios hombres armados merodeando por ahí.
Mi sonrisa desaparece. Hombres armados. Durante una fracción de segundo vuelvo a escuchar el cristal estallando sobre nuestras cabezas.
—Hay más —sigue casi sin aliento—. También dicen que unos estudiantes de tercero vieron a un hombre con un pasamontañas escalando el edificio.
Mi respiración se detiene un instante mientras aprieto con fuerza el teléfono.
—¿Un hombre con un pasamontañas?
—Sí, hija. —Me la imagino poniendo los ojos en blanco—. Ya sabes cómo es esta universidad. Dentro de dos días dirán que Batman estudió aquí.
Sonrío acordándome del enmascarado.
¿De verdad él arriesgó su vida por mí? ¿Fue capaz de escalar la Escuela de Negocios solo para llegar a la azotea y así ponerme a salvo?
Impensable y al mismo tiempo… inquietante.
«¿Qué escondes, Álex?», pienso.
—En fin… —Se ríe—. Lo bueno es que nadie salió herido, podía haber sido peor. Ya sabes, unos psicópatas enmascarados disparando a estudiantes. ¡Qué miedo, joder!
—No seas dramática —le riño mientras me confirmo a mí misma que él me debe una explicación.
—Yo solo te cuento los cotilleos. Y bueno, cambiando de tema... —Mantiene el suspense por unos segundos—. ¿Te vienes a almorzar conmigo y con Bram? Hemos reservado en un restaurante italiano.
—Mejor os dejo solos.
—En realidad... —explica—. Adam también quiere ir, se lo ha dicho a Bram. Si tú vas, él irá también.
—Berta... —bufo agobiada—. No quiero que Adam se haga ilusiones conmigo.
—Ya lo sé. De todas maneras, te recuerdo que Woods está casado, cariño. No puedes limitarte tanto —confiesa mi amiga con mucha franqueza. Tiene razón, pero no es necesario que me lo recuerde.
Le doy un sorbo a una taza de café y pienso que estoy muy ocupada con el trabajo como para detenerme ahora a ir a comer. Sé que después de almorzar tocarán las cervezas, como siempre pasa, y yo no estoy para eso.
—¿Lyn? —insiste esta al notarme callada—. ¿Estás bien?
Sonrío mientras tacho una línea dos veces. Doy pequeños golpes con el bolígrafo y después lo aprieto en la mano. No, no estoy bien, pero aun así, intento sacar mi mejor voz.
—¿Por qué dices eso?
—No quiero que sufras, ¿vale?
—Solo estoy un poco agobiada con la investigación —respondo intentando disimular.
—Eso puede esperar. —Su alegre voz me tienta.
—Debo continuar, ¿ok?
—¡Uy! —Su exclamación hace que mire al techo—. ¡Tú me escondes algo, te conozco! ¿Qué tal con el profe?
—Bien. —Bufo.
—Entonces presiento que estás tan bien porque Woods te ha dicho que se divorciará —continúa con un hilo de emoción en la voz.
Me sale una risita falsa y miro el reloj preocupada.
—Por una vez, no tienes razón, Berta. De hecho, él me dejó claro que no iba a separarse de su esposa. Tampoco quiero que lo haga.
Al decir esto, tiro el Donuts a la basura. Se me ha quitado el hambre.
—¿Lo ves? Woods es un mujeriego —exclama.
Respiro profundamente decepcionada e intento ajustar mi voz para que Berta no se preocupe más por mí.
—Debes seguir con tu vida. No puedes dejar de ver a Adam solo porque estás teniendo una aventura con el profesor. —Me anima, pero no lo necesito. Es evidente que seguiré con mi vida.
No sé por qué, de repente, me encuentro mal y siento que esto me está afectando más de lo que debería. Así se siente una cuando le dicen la verdad en sus narices, imagino. Una verdad de la que quiero huir.
—Lyn... —habla en un tono extraño.
—¿Qué?
—¿Lo quieres?
Me quedo de piedra, pensativa. Inspiro y espiro para aclarar mis ideas.
—Es una aventura nada más, así que quédate tranquila.
—¿Me estás diciendo la verdad o te estás intentando convencer a ti misma de que es solo una aventura? —su pregunta es como un golpe bajo a mi cordura y a esto que siento por dentro.
Aun así, soy consciente de que ni un par de semanas ni un buen sexo harán que me enamore tan pronto. Si se tratara de otra persona, le daría la razón. Cualquier chica podría enamorarse de un hombre tan cautivador como el profesor Woods, pero no yo. Yo que casi soy alérgica a los hombres.
Wall Street es mi gran amor.
—No me jodas —contesto nerviosa—. No voy a ser tan imbécil para enamorarme de un hombre casado.
Sin querer, lanzo una mirada al ramo de rosas azules casi marchitas del jarrón; las rosas que él me regaló. Se ve que mi jodida memoria está empeñarme en contradecirme porque, de repente, recuerdo sus palabras: Sus ojos tienen exactamente el mismo color que el océano.
Me abanico con una mano calculando que las rosas necesitan un poco de agua, y es como si mi subconsciente quisiera mantenerlas con vida para siempre.
—Bueno, si tan claro lo tienes demuéstralo haciendo tu vida normal. —La pesada de mi amiga sigue con su estelar escena de actuación.
Vale, Berta no parará. Enseguida miro el reloj.
—De acuerdo, iré —replico rendida—. ¿A qué hora?
—¿En una hora?
—Perfecto. —Sonrío—. Y, Berta…
—Dígame, señorita «exsanturrona que se está espabilando» —sigue con voz atropellada, como ella es, puro nervio.
—¿Sigues negando que sientes algo por Bram?
—¿Estás de broma o qué? —Se ríe sonoramente—. Amiga, yo disfruto el presente. Y, mientras dure, perfecto; de lo contrario, ¡otro en la lista!
Se carcajea con la misma locura de siempre. Berta es la persona más alegre que he conocido jamás.
—Sigues igual de loca.
—Te quiero, baby —susurra con voz melosa.
—Yo también te quiero.
Colgamos.
Me alegro muchísimo por ella. Hasta podría afirmar que, oficialmente, la italiana tiene novio.
Jamás la había visto así con un hombre y, aunque a veces percibo comportamientos extraños en ella —como desaparecer durante horas o decirme que ha estado en Staten Island para descubrir después que no era cierto—, imagino que simplemente prefiere no darme demasiados detalles sobre sus escapadas con Bram.
Parece un buen chico y estoy convencida de que será el hombre perfecto para ella.
En cuanto a mí, si antes del viaje a Miami sentía una enorme curiosidad por Álex, ahora mismo me tiene completamente intrigada.
Ojalá fuera solo intriga o curiosidad lo que despierta en mí, pero es mucho más.
Tengo la inquietante sensación de que cada vez quiero saber más de él.
Quiero todo de él. No, no lo quiero, lo necesito.
Y eso, definitivamente, es malo. Muy malo.
Termino de completar el formulario con los resultados de las encuestas. Alzo la barbilla, orgullosa de mí misma, convencida de que he aprovechado la mañana.
◆◆◆
Media hora más tarde, salgo a la calle y paro un taxi.
Le indico el nombre del restaurante donde me esperan Berta, Bram y Adam.
Vuelvo a mirar el móvil, pero sigo sin tener noticias de Álex.
Estará muy ocupado con la reunión; además, ayer me dijo que se celebraría en Nueva York, así que doy por hecho que no regresará a Boston hasta bien entrada la tarde.
Apenas media hora después llego al restaurante que Berta me ha enviado. Entro con prisas, localizando enseguida a mis amigos sentados en una mesa al fondo.
—¡Hola! —saludo alegre antes de dejarme caer en una cómoda silla, al lado de Adam.
—¿Qué tal? —pregunta Bram.
—Bien, aunque no tanto como vosotros.