Chapter 37
EL PROFESOR .
Una vez que mis pies tocan el suelo, apenas tengo tiempo de estabilizar a Aylin cuando ella se aferra a mi camisa con las piernas todavía temblando.
Respira tan deprisa que parece incapaz de hablar.
Mantengo una mano firme sobre su brazo unos segundos más, únicamente hasta asegurarme de que no va a desplomarse.
Alrededor, el campus es un caos.
Las sirenas de los bomberos ensordecen el ambiente. Varios agentes acordonan la zona mientras ambulancias y coches patrulla invaden los accesos principales de Harvard. Decenas de estudiantes observan el edificio desde la distancia, nadie parece observarnos.
Mejor.
Todavía con el pasamontañas cubriéndome el rostro, quedo camuflado por el equipo SWAT que acaba de llegar al sitio. No me detengo a observar más, necesito salir de aquí cagando leches y ponerla a salvo.
La conduzco deprisa hacia una pequeña zona ajardinada situada junto a un parque, lejos del grueso de curiosos y periodistas que empiezan a congregarse alrededor del edificio.
—¿Qué coño ha sido eso? —susurra con la respiración entrecortada.
No respondo, antes necesito asegurarme de una cosa.
Recorro la zona con la mirada. Izquierda.
Derecha. Ventanas. Árboles. Azoteas. Ningún objetivo visible.
Ningún cañón apuntando hacia nosotros, y tampoco miradas indiscretas.
Solo entonces me llevo ambas manos al pasamontañas y me lo retiro deprisa.
El aire frío golpea mi rostro empapado de sudor.
Aylin me observa como si todavía no terminara de comprender lo que acaba de ocurrir.
—¿Cómo...?
No la dejo terminar.
—Vamos.
Seguimos caminando hasta alcanzar el aparcamiento. Localizo mi vehículo enseguida. Abro el maletero y procuro interponer mi cuerpo entre ella y el interior. No puedo dejar que vea lo que guardo.
—¿Qué haces?
No contesto. Desengancho el mosquetón de la cuerda y empiezo a recoger el material con movimientos rápidos y precisos.
Doblo la cuerda exactamente por donde corresponde.
Unas dos vueltas. La coloco en su compartimento, cierro el cierre de seguridad del mosquetón y lo deposito en el mismo lugar del que lo saqué. Solo entonces cierro el maletero.
—Álex...
Levanto la vista, ella tiene la cara completamente pálida.
—¿Cómo has podido subir hasta la azotea si tienes vértigo?
Durante un instante permanezco callado.
—Tener vértigo no significa que no vaya a hacerlo. Estabas en peligro.
Frunce ligeramente el ceño.
—Pero tú...
—Entreno todos los días y… —desvío la mirada— practiqué escaladas en mi época de estudiante.
Mi respuesta suena mucho más seca de lo que pretendía, pues no pienso darle más explicaciones.
Su mirada desciende hasta mis manos. Los nudillos presentan varias rozaduras y la piel de las palmas está levantada en algunos puntos. Sigo el recorrido de sus ojos y cierro los puños casi por instinto.
—¿Te has hecho daño?
—No.
Abro la puerta del copiloto mientras vigilo el perímetro.
—Sube.
Rodeo el coche y me siento al volante. Arranco sin perder un segundo. El rugido del motor ahoga durante unos instantes el sonido lejano de las sirenas. Ninguno de los dos habla. Aprieto la mandíbula mientras conduzco con la vista fija en la carretera.
Un disparo y después varios focos de incendio.
Demasiada coordinación para ser una casualidad.
Alguien sabía exactamente dónde estaba y apuesto que tenían un objetivo.
Me quería a mí. La idea me atraviesa como una daga, así que miro fugazmente el retrovisor.
Nadie nos sigue, pero no consigo relajar un solo músculo.
Menos de cinco minutos después detengo el coche frente a la residencia universitaria. Aylin gira lentamente la cabeza hacia mí, sin entender nada.
—No…. —niega, al ver mi intención.
Pero no le doy ni siquiera la oportunidad de protestar. Sé exactamente qué va a preguntar. Qué demonios ha ocurrido en Harvard. Por qué llevaba un pasamontañas. Por qué no me quedo con ella. No puede obtener ninguna de esas respuestas, en cambio, desbloqueo las puertas.
—Entra y no salgas de la residencia hasta que yo te llame.
—Pero...
—¿¡Me has oído!?
Asiente y toca la maneta para salir, aún en shock.
Sin embargo, un arrebato me atraviesa y tiro de su brazo haciéndola girar.
Le planto un beso apretado en la boca. Necesito hacerlo, al precio que sea.
Cierro los ojos por un instante e intento controlar la respiración cuando nuestras frentes chocan y busco sus labios completamente desesperado.
—Me he vuelto loco…
—Estoy bien —susurra y me rodea el cuello con los brazos—. Joder, he pasado mucho miedo al no verte, Álex. —Me besa frenética—. No sé en qué momento has desaparecido de mi lado.
—He saltado desde la segunda planta y me he agarrado a un árbol para frenar la caída —le explico con el aliento aún desbocado—. No había manera de llegar hasta abajo. He ido al coche a por la cuerda, era la única manera de llegar a ti.
—Por Dios… —murmura—. ¿Por qué has puesto tu vida en peligro? ¿Y por qué llevas una jodida cuerda y un pasamontañas en el maletero?
Es mejor que no sepa que eso es lo menos peligroso de mi maletero.
—Debo irme. —La alejo de mí.
—Llámame.
Ella sale del coche todavía desorientada y cierra la puerta con cuidado. Antes de que pueda volver a acercarse, bajo apenas unos centímetros la ventanilla.
—Te llamaré, te lo prometo.
No espero respuesta, tan solo piso el acelerador y me alejo de la residencia con demasiada impaciencia.
Pero no antes de asegurarme por el espejo retrovisor de que Aylin está dentro y a salvo.
A continuación, saco el teléfono móvil. Un mensaje entrante de Lorraine me recuerda que tenemos una charla pendiente.
Te espero en el ático. No tardes, es algo de vida o muerte.
Diez minutos . —Tecleo deprisa.
Antes de guardar el teléfono, echo un último vistazo hacia el edificio principal de la facultad.
Las sirenas siguen resonando por todo el campus.
Bomberos, ambulancias y patrullas de policía continúan entrando por los accesos mientras los estudiantes permanecen agrupados detrás del cordón de seguridad.
El humo todavía escapa por varias ventanas y una sensación desagradable me oprime el tórax.
No ha sido un ataque al azar, al igual que la emboscada a Jack, tampoco lo fue.
Recorro el lugar con la mirada una última vez y detecto a Morrison a unos metros.
Es un compañero de trabajo que imparte Actividades Comerciales y que ahora mismo está hablando con el rector.
Menudo hipócrita. El muy cabrón no desperdicia ninguna oportunidad para poner verde a Brighton y ahora se las da de amiguito.
Sabe que tiene posibilidades de ser elegido como el próximo rector y sé a ciencia cierta que ansía llegar al poder.
Acelero mientras sigo buscando cualquier detalle fuera de lo normal, cualquier rostro sospechoso en medio del caos, cualquier movimiento extraño. Nada.
Recibo una llamada entrante de Carlyle, mi socio de la agencia, pero no le respondo. Mi cabeza sigue en otra parte. Acelero con más fuerza aún y, de camino a mi dúplex en Back Bay no consigo quitarme de la cabeza lo ocurrido en Harvard.
Repaso cada detalle una y otra vez. El incendio, la rapidez con la que todo se ha descontrolado, y el disparo en la ventana de mi oficina. Demasiadas coincidencias.
¿Un francotirador?
Aprieto el volante durante buena parte del trayecto, intentando ordenar las piezas, pero ninguna termina de encajar. Solo hay una conclusión que no deja de repetirse en mi cabeza: van a por nosotros.
También pienso en las pocas ganas que tengo de volver a ver a Lorraine.
Sé que, teóricamente, es mi mujer y siempre hemos tenido un matrimonio liberal; de hecho, sería imposible sernos fieles mutuamente.
Cuando amas la vida promiscua y accedes a participar en orgías, ser fiel es imposible.
Y la verdad es que lo llevábamos bien hasta hace dos años.
Una vez que llego a Back Bay, escribo un mensaje rápido mientras pulso el botón del ascensor. Este empieza a crujir y se pone en marcha.
Quiero a Aylin Vega rodeada de seguridad. Con mucha discreción.
Abro la puerta desganado y tiro las llaves sobre una pequeña cómoda que hay al lado de la entrada.
Estoy muy irritado únicamente con su sola presencia.
De repente, veo a Lorraine asomarse por la puerta acristalada de la terraza con su cínica sonrisa, sujetando una copa de vino en la mano; en la otra tiene un cigarrillo.
Su pelo rubio y su vestido de cuero extremadamente ajustado hacen que se vea muy atractiva, he de reconocerlo.
Sabe muy bien que el cuero en una mujer me vuelve loco, y por eso lo hace.
—Te esperaba.
Le da una calada a su cigarro de manera seductora mientras camina a mi encuentro. Me pregunto si sabe lo que ha ocurrido en la universidad.
—¿Qué hay tan urgente que no podía esperar hasta el jueves?
Doblo mi chaqueta despacio y la coloco en el sillón.
—No me digas que pensabas acudir a la asamblea del jueves. ¿Quieres una copa? —pregunta y se dispone a verter whisky en un vaso que coge del bar.
—Les dije a Jack y a Liam que iría.
—Tenemos problemas —explica inquieta.
—¿Qué problemas?
Arrugo la frente, rezando en mi interior que no venga con malas noticias. Estoy hasta los cojones de imprevistos.
—Han localizado el cargamento de Plymouth.
No respondo de inmediato.
Aprieto tanto los dientes que hasta me duelen las encías.
Un puto ataque doble. Durante un instante vuelvo a escuchar el estruendo del disparo atravesando el cristal de mi despacho.
Demasiadas imágenes mezclándose unas con otras.
Por un lado, se han hecho con nuestro cargamento y por otro, han intentado quitarme del medio, poniendo en peligro a decenas de personas inocentes.
¡Se han atrevido a ir a mi maldito puesto de trabajo!
Examino a Lorraine en silencio durante unos segundos, pero parece que ella no sabe aún lo ocurrido en Harvard. Yo no pienso contárselo.
—Jack dijo que todo estaba en orden.
—Esta madrugada han dado el aviso. Ha habido un chivatazo y estamos metidos en un lío. —Aletea la mano con la misma preocupación que yo—. Tú eres el único que puede intervenir.
Desvío la mirada hacia la terraza.
Un chivatazo.
La palabra resuena dentro de mi cabeza.
—¡Maldita sea! —exclamo—. Él estaba al cargo en mi ausencia. ¿Cómo diablos ha dado lugar a esto?
Me llevo una mano a la barbilla e intento averiguar cómo arreglarlo, ya que todo depende de mis órdenes.
—Douglas intentó intervenir, pero ya sabes que no recibe los mismos favores que tú.
Le lanzo una mirada endemoniada. Sería mejor que esta mujer cerrara el pico ya.
—Por cierto... —continúa—, debemos tenerlo todo en orden antes del sábado. Tenemos invitados especiales, ya sabes, el gobernador de California y el ministro de Exteriores —añade.
—Teníais que haber pensado en eso antes —replico furioso.
—¿Sabes qué? —Agita la mano, indignada—. Si no te hubieses perdido con tu zorra por ahí, lo tendríamos todo bajo control.
¿Qué? No puede ser que absolutamente todo dependa de mí y que esté rodeado de ineptos.
No aguanto más esa lengua que suelta veneno, así que la alcanzo de unas zancadas y agarro su melena con una mano.
Retuerzo los dedos en su cabello con rabia y me acerco a su cara.
Me entran ganas de estamparle la cabeza contra la pared.
—Vuelve a hablar así de Aylin y juro... —Tenso los labios—, ¡juro por nuestro dios Zeus que no volverás a verme en tu puta vida!
La suelto de un empujón.
—Ah, ya no es la señorita Vega... —Se ríe jocosamente—. A ver, dime. ¿Qué te ha hecho?
Se arregla el cabello con movimientos elegantes y me fija con una mirada llena de odio.
—No te reconozco, Brian.
Juro que me entran ganas de echarla a patadas de mi casa.
—¿Dónde está ese hombre fuerte que conocí? —Juega con mi mente—. Te estás ablandando, y eso te pasará factura. Sabes que te van a romper el corazón, tarde o temprano.
—No sé de qué hablas —murmuro mientras la aparto de mí cuando coloca una mano en mi brazo.
—¿Seguro? —Se ríe como con un brillo extraño de dolor en su mirada—. Pues a mí me parece que te estás enamorando.
—Lorraine… —murmuro a dos centímetros de su cara; hasta su aliento me da asco—. El amor no es bueno, te vuelve débil. El amor es una puta enfermedad —afirmo mirándola fijamente—. ¿Acaso se te ha olvidado el decálogo? Porque a mí no.
La fulmino con una mirada diabólica. No puede estar aquí dándome charlitas de mierda, insinuando que sea un traidor.
—Largo… —susurro, sin poder controlarme más.
—Debes hacer la llamada ya, Brian.
Ella ni se inmuta, simplemente se cruza de brazos y espera. Frunce los labios, igual de preocupada que yo, y sus facciones cambian.
—¡Diablos! —La miro con los ojos salidos de las órbitas mientras le doy la espalda—. Falto unos jodidos días y dais lugar a esto.
—Estamos juntos, te guste o no. —Oigo sus pasos detrás cuando avanza hacia mí—. Además, Jackson te ha llamado y no se lo has cogido.
Recuerdo el teléfono vibrando mientras corría hacia el coche para hacerme con la cuerda y el pasamontañas. Tenía que buscar a Aylin en la azotea, así que no le he contestado.
—Menuda mierda —maldigo.
—Tranquilo, seguro que tiene solución —dice extendiéndome una copa de whiskey.
La acepto, le doy unos sorbos y tecleo, con el pulso acelerado. Dejo que suene dos veces y cuelgo. Es la señal del llamamiento. Al cabo de un minuto, escucho el tono de llamada. Descuelgo ante la atenta mirada de Lorraine.
—Código —me indica una voz ronca desde el otro lado del teléfono.
—Álympos.
—¿Subcódigo?
—Guerra —especifico.
—Recibido. Noticias en treinta minutos.
—Recibido —digo.
Cuelgo y me llevo una mano a la barbilla mientras ordeno cada pieza del tablero.
Gambino.
No necesito demasiadas pruebas para sospechar de él. Si realmente sabe la verdad y ha decidido mover ficha, significa que esto ya no va de un cargamento ni de un ajuste de cuentas. Estamos entrando en una guerra.
Y, cuando una guerra estalla, pasamos automáticamente a estar en el punto de mira de todos. No solo de un hijo de puta como Gambino, sino también del FBI y de la maldita Interpol.