Chapter 36
E l corazón me golpea el pecho con violencia y no entiendo qué acaba de ocurrir.
Las alarmas comienzan a sonar por todo el edificio al mismo tiempo que otra detonación resuena en algún lugar del campus. Después otra. Y otra más.
Joder.
El despacho empieza a llenarse de un olor acre y de humo y fuera escucho gritos. Muchísimos gritos.
—¿Qué está pasando? —consigo balbucear.
Álex tampoco parece comprenderlo. Se incorpora apenas unos centímetros y observa el exterior sin exponerse demasiado.
—No lo sé…
Toma mi rostro entre sus manos y me mira. Sus facciones permanecen tensas mientras nos ponemos de pie. Sin embargo, no pierde la calma, simplemente intenta entender qué demonios está ocurriendo. Yo estoy desquiciada.
Entonces hace algo que me deja completamente desconcertada.
Se acerca a su maletín de piel, lo abre con rapidez y extrae una pistola negra.
Con la misma naturalidad con la que cualquiera guardaría un teléfono en el bolsillo, se la coloca en la parte trasera del pantalón y vuelve a cubrirla con la americana.
Parpadeo varias veces.
—¿Y esa pistola? —pregunto, incapaz de apartar la vista de él.
Ni siquiera parece darle importancia.
—Por precaución.
Antes de que pueda formular otra pregunta, alguien golpea la puerta con desesperación.
—¡Brian! ¡Hay fuego abajo! ¡Tenemos que salir!
Álex abre inmediatamente y ambos caminamos deprisa hacia el pasillo, que se ha convertido en un auténtico caos.
Me quedo atónita al ver que decenas de estudiantes corren de un lado a otro completamente desorientados.
Algunos lloran y otros intentan llamar por teléfono mientras profesores y personal de seguridad tratan de organizar la evacuación entre decenas de voces.
—¡Por las escaleras!
—¡No utilicéis los ascensores!
—¡Rápido, rápido!
Una chica pasa junto a nosotros con la cara llena de sangre. Otro alumno ayuda a un compañero que cojea visiblemente. El humo empieza a colarse por el extremo del pasillo y todo ocurre demasiado deprisa.
Álex me toma de la mano.
—No te separes de mí.
Asiento, no pienso hacerlo.
Empezamos a avanzar entre la multitud mientras el edificio entero parece venirse abajo a causa del pánico. Las alarmas no dejan de sonar y me agarro a su antebrazo cuando alguien tropieza delante de nosotros.
Otra persona cae y varias manos empujan desde atrás. Ni sé cuándo ni cómo, la masa de estudiantes se convierte en una auténtica avalancha.
—¡Cuidado!
Un grupo enorme irrumpe desde una de las aulas laterales y nos arrolla sin contemplaciones. Siento cómo los dedos de Álex resbalan de los míos.
—¡Álex!
Intento volver hacia él, pero el humo nos ciega y una corriente de estudiantes me empuja escaleras arriba.
—¡Apartaos!
—¡Seguid subiendo! —grita una voz grave—. ¡Abajo está todo bloqueado!
—¡Álex! —grito de nuevo, con el corazón en la garganta, olvidándome por completo de que no debería llamarlo así.
Pero, maldita sea… eso ya da igual.
Giro la cabeza a todos los sitios e intento ponerme de pie cuando alguien me embiste y caigo de rodillas. Empujo con los codos, consiguiendo subir unos cuantos escalones, rodeada de rostros aterrorizados, empujones y gritos. El humo cada vez es más denso y las rodillas me escuecen.
—¡Aylin!
Reconozco la voz de Josephine varios escalones más arriba. Levanta una mano para que pueda verla. Consigo abrirme paso hasta ella. Nada más alcanzarla, me agarra del brazo.
—¿Estás bien?
Asiento sin aire.
—¿Has visto a Berta?
Niega con la cabeza.
—No. Creía que estaba contigo.
Un escalofrío me atraviesa el estómago cuando muevo la cabeza y barro todo con la vista, pero ni rastro de ella o de él. ¿Habrá ido a pedir refuerzos?
El miedo me sacude mientras me dejo empujar por la manada de estudiantes.
No soy capaz de moverme hacia otra dirección, tan solo seguimos ascendiendo hacia la azotea donde me doy cuenta de que hay decenas de personas.
Algunos lloran y otros intentan llamar desesperadamente a sus familias.
Desde arriba se distingue una columna de humo negro elevándose desde las plantas inferiores del edificio.
A lo lejos comienzan a escucharse las sirenas, pero la policía aún no ha llegado. Solo espero que los bomberos no tarden.
¿Y él? ¿Dónde está él?
Mi respiración sigue completamente descontrolada así que saco el teléfono con manos temblorosas. Primero intento llamarlo, pero no responde. Muerdo mi labio con fuerza para contener las lágrimas y escribo un único mensaje.
Estoy en la azotea.
Pulso enviar. Tardo apenas unos segundos en levantar la vista.
—Dicen que todavía queda gente dentro...
—Han visto fuego en la planta baja y en la primera planta.
—¿Ha sido una explosión?
—Nadie puede salir.
Las conversaciones se mezclan unas con otras, nadie sabe realmente qué está pasando. Me aparto unos pasos del grupo buscando un poco de aire y toso ahogada. Necesito respirar y pensar con claridad. Necesito que Álex aparezca.
Abrazo mi propio cuerpo mientras observo el humo elevarse hacia el cielo y vuelvo a comprobar que tengo batería. También necesito saber dónde está Berta o me volveré loca.
Estoy a punto de pulsar el botón de la llamada, pero entonces una mano firme cubre mi boca desde atrás. Quedo paralizada y el primer impulso es revolverme y gritar. O clavarle las uñas a quienquiera que sea, ¿por qué no?
Pero la presión sobre mi boca aumenta ligeramente.
—Sh... —La voz apenas es un susurro grave.
No consigo reconocerla y mi respiración se acelera todavía más.
El desconocido tira con suavidad de mí hacia atrás, alejándome unos pasos del resto de estudiantes.
La mayoría continúan mirando hacia abajo, demasiado ocupados contemplando el humo y el despliegue policial como para reparar en nosotros.
Intento girarme, pero él no me lo permite. Su otra mano señala discretamente hacia el borde de la azotea y frunzo el ceño.
No entiendo nada, pero sí veo algo. Una cuerda negra asciende pegada a la fachada hasta perderse varios pisos más abajo. La sangre se me hiela.
¿Ha subido por ahí?
El desconocido asiente muy levemente, como si hubiera leído mis pensamientos. Lleva un pasamontañas negro que solo deja al descubierto sus ojos. Ojos oscuros y fríos, pero extrañamente serenos en medio del caos.
Mi corazón golpea con tanta fuerza que temo que pueda escucharlo.
Con un rápido movimiento, el hombre se lleva un dedo a los labios. Me pide silencio. Después señala a los estudiantes y finalmente me señala a mí.
Comenzamos a avanzar pegados al muro perimetral de la azotea, aprovechando que el resto permanece concentrado observando el incendio.
—Álex… —consigo susurrar cuando conseguimos apartarnos de la multitud.
Pero él no dice nada, solamente agiliza el paso vigilando el alrededor.
No puedo evitar fijarme en la firmeza con la que me sujeta el brazo.
Hay algo extrañamente familiar en ese gesto y…
maldita sea. Sé que es él. No sé cómo ha llegado.
No sé por qué lleva un pasamontañas. No sé qué leches está ocurriendo.
Pero sé que es él. Lo sé con la misma certeza con la que sé mi propio nombre.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —consigo susurrar.
No responde, ni siquiera gira la cabeza. No lleva la chaqueta de traje, tan solo la camisa, ni siquiera la corbata, pero su olor y esos ojos oscuros no me engañan.
Continúa avanzando apretando mi mano hasta detenerse junto al borde del edificio.
Se asoma apenas unos centímetros. Abajo, los bomberos acaban de desplegar el primer camión autoescala, pero todavía están demasiado lejos para alcanzar nuestra posición.
Los agentes de policía intentan despejar el perímetro mientras una multitud empieza a congregarse alrededor del campus.
Él observa durante apenas un par de segundos, parece medir distancias y calcular tiempos. Incluso elige el sitio menos concurrido. Acto seguido, con una rapidez casi mecánica, extrae de uno de los bolsillos de su pantalón un mosquetón de seguridad y lo fija a la cuerda con movimientos ágiles.
Mi corazón vuelve a acelerarse porque no parece alguien que esté improvisando sino alguien que ha hecho esto antes. Se vuelve hacia mí, señalándome el mosquetón. Tardo unos segundos en comprender lo que pretende.
—¿Quieres que...?
No termino la frase porque asiente.
Noto cómo el estómago se me encoge. Bajo la vista y calculo. Cuatro malditas plantas.
Las piernas empiezan a temblarme sin remedio.
Él percibe mi vacilación y mantiene los ojos fijos en los míos durante un largo instante.
Entonces sucede algo completamente inesperado.
Levanta una mano muy despacio y, con el pulgar, acaricia mi mejilla.
Solo un instante porque el gesto desaparece tan deprisa como ha llegado.
Pero me basta para sentirme mejor. Conozco esa caricia, la reconocería entre un millón.
Es él, no me cabe la menor duda y enseguida otra idea atraviesa mi cabeza como un relámpago.
«¿Y el vértigo?»
Él aprovecha ese breve instante para colocar el mosquetón alrededor de mi cintura. Lo comprueba con una meticulosidad casi obsesiva, unas tres veces. Solo cuando está completamente seguro levanta de nuevo la vista.
—No mires hacia abajo.
Mi respiración se corta. Obedezco durante exactamente medio segundo.
Después mis ojos se desvían hacia el vacío por puro instinto.
Las sirenas rugen cada vez más cerca y varias columnas de humo escapan por las ventanas inferiores y llegan al cielo, camuflándonos.
El campus entero se ha convertido en un hervidero de policías, ambulancias y estudiantes que corren de un lado a otro completamente desorientados.
Todo me da vueltas.
—No... —susurro con la voz rota.
Él vuelve a negar y después apoya una mano firme entre mis omóplatos. Me sostiene mientras nuestras miradas vuelven a encontrarse por última vez.
—Cierra los ojos.
Y, sin previo aviso, nos lanzamos. Un jadeo escapa de mi garganta cuando el vacío se abre bajo mi cuerpo. El arnés tira con fuerza de mi cintura y cierro los ojos deprisa mientras la cuerda se tensa con un chirrido seco.
El mundo desaparece bajo mis pies. Tan solo queda él abrazándome con más fuerza que nunca.