El profesor (El profesor 1) Chapter 35 #3
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Chapter 35 #3

—Álex... —suspiro cuando aparta la tela con impaciencia.

No llega a quitarme el sujetador, pero libera uno de mis pezones y comienza a acariciarlo con la lengua. Sus ojos permanecen clavados en los míos mientras lo atrapa entre sus labios.

—No me gusta cuando te pones así.

El brillo de su mirada resulta electrizante.

—¿Así cómo?

—Posesivo —gimo, observándolo con desconcierto.

—¿Posesivo? —Su mirada no titubea ni un segundo—. No. Simplemente no concibo un mundo en el que otro hombre crea que puede mirarte como yo lo hago.

Su boca vuelve a silenciar la mía con un beso profundo.

Al mismo tiempo, acerca aún más su pelvis y comenzamos a movernos el uno contra el otro, como si estuviéramos haciendo el amor a través de la ropa.

El roce continuo entre nuestros cuerpos despierta un deseo imposible de contener.

Mi humedad no tarda en aparecer y estoy convencida de que, si seguimos así unos minutos más, terminaré mojando su pantalón.

¡Qué maldita sensación! Todo mi cuerpo vuelve a reclamarlo.

—¿Te he dicho alguna vez que me encantan? —pregunta.

Levanta la cabeza solo unos centímetros mientras su lengua continúa recorriendo mis pechos. Cuando empieza a succionarlos, todas mis neuronas abandonan el edificio.

—Lo mejor sería parar... —consigo susurrar.

Resulta imposible mantener una conversación coherente mientras su boca sigue ahí. Pero, ¡por Dios! Tenemos que detenernos, estamos en su jodido despacho.

Su respiración acelerada vuelve a estremecerme y agranda los ojos cuando apoyo las manos sobre sus hombros.

—Vamos a parar. No es el momento.

—Siempre es el momento —responde con la voz tomada por el deseo mientras desliza los dedos por mi melena. Guía mi cabeza hasta la suya y me besa otra vez, como si quisiera convencerme de lo contrario.

Sin embargo, por mucho que mi cuerpo me pida seguir, mi cabeza no deja de recordarme dónde estamos.

—Álex... ¡no! —Consigo apartarlo.

Me levanto de su regazo y me coloco la falda y la blusa con toda la dignidad que soy capaz de reunir. Después camino hasta la silla situada frente a su escritorio y me siento, intentando recuperar la compostura.

—¿Qué estás haciendo?

Cruzo las manos sobre el regazo con una actitud deliberadamente formal. Desde el otro lado del escritorio, su rostro permanece ligeramente enrojecido y me observa perplejo.

—¿Dónde estamos? —pregunto.

Carraspea y arquea una ceja. Después se recuesta en la silla y cruza los brazos sobre el pecho.

—Tú, al igual que yo, sabemos dónde estamos. ¿O tienes amnesia? —Replica con una expresión burlona. La vena que sobresale en su sien delata que dista mucho de estar tranquilo.

Hago caso omiso de la provocación.

—No podemos ser tan poco profesionales.

—¿A dónde quieres llegar? —Se mueve inquieto en la silla, aunque intenta mantener esa actitud arrogante que tanto lo caracteriza.

—Álex... —Me inclino ligeramente hacia él—. Tengo clarísimo que no voy a acostarme contigo en tu despacho.

Baja la mirada unos segundos y esboza una sonrisa cargada de impotencia. Cuando vuelve a levantar la cabeza, me atraviesa con una expresión entre indignada e incrédula.

No lo entiendo. ¿De verdad pensaba que accedería a cualquier cosa que me propusiera?

—Me parece que no habría ningún problema. ¿Por qué ves un inconveniente en eso?

—¿Porque estamos en una universidad? —respondo encogiéndome de hombros.

—¿Me quieres volver loco o qué?

Su aparente calma desaparece por completo. Se levanta de golpe y apoya ambas manos sobre el escritorio, inclinándose hacia mí con una velocidad que me obliga a sostenerle la mirada.

—¿Sabes que llevo desde ayer por la mañana dándole vueltas a cuál sería tu respuesta? ¿Y ahora esto?

—Era necesario decírtelo.

—¡No, no lo era! —protesta mientras se inclina un poco más.

—Aunque yo también te desee, debemos separar nuestra vida privada del trabajo. Si vamos a seguir con nuestra relación, prefiero que sea en otro sitio. Aquí nos estamos exponiendo demasiado.

Permanece unos segundos en silencio antes de responder.

—Eso lo podría comprender —dice entre dientes—. ¿Y qué hay de lo otro?

Abro los ojos de inmediato.

Lo otro. Tiene razón, parece que sigue esperando mi respuesta.

—Ayer por la mañana te hice una pregunta y me estuviste evitando todo el día. ¡Y lo sabes! —me recrimina.

—No te evité —me defiendo—. No supe nada de ti después de que me dejaras en la residencia.

—Aylin, ¿para ti qué significa «no me presiones» y «necesito mi espacio»?

—Bueno... yo...

Bajo la vista. Fui yo quien le pidió tiempo después de que insistiera varias veces en saber si estaría dispuesta a probar cosas nuevas con él y si confiaba.

—Me dijiste que lo pensarías.

—Necesito más tiempo —respondo con sinceridad—. ¿Qué prisa hay?

—No pude dormir en toda la puta noche.

Lo observo con cierto escepticismo cuando se pasa una mano por la frente. Entonces reparo en las ojeras que ensombrecen sus ojos, parece realmente agotado.

Desvío la mirada, pensativa. Me apoyo en un codo e intento aclararme la garganta, plenamente consciente de que estoy a punto de meterme en un terreno del que quizá ya no pueda salir.

—Para poder aceptar... necesito detalles.

—Vale. —Asiente sin dudar—. ¿Qué quieres saber?

Su expresión se suaviza de inmediato y vuelve a sentarse con mucha más calma.

—Con «cometer una locura»... ¿a qué te referías exactamente?

—A probar ciertas cosas conmigo. Ya te lo dije.

Se lleva la mano a la barbilla. Por mi parte, empiezo a temblar. Ya sé por dónde van los tiros.

—¿Qué cosas?

—Varias.

Toma la pluma que hay sobre la mesa y empieza a hacerla girar entre los dedos. No, me equivocaba. No está tranquilo en absoluto porque ese gesto delata justo lo contrario.

—Pero podríamos empezar por una fusta —añade.

Su indecente propuesta no me sorprende en absoluto, lo que necesito son respuestas.

—¿Hablas de un látigo?

—Parecido.

—¿Tienes un cuarto rojo del dolor en tu casa? —pregunto, incrédula y, en cierto modo, asustada.

Una sonrisa  extraña asoma en su rostro, una inequívoca señal de que no esperaba ese comentario.

—Es usted muy graciosa, señorita Vega.

Lo miro con expresión bobalicona mientras un suave rubor se instala en mis mejillas. ¿Qué tiene eso de gracioso?

—Te he hecho una pregunta. —Mantengo la seriedad.

Mi respiración se acelera cuando lo veo levantarse de la silla. Rodea el escritorio con calma y sin perder aquella ligera sonrisa. Aparta unos archivadores de plástico y termina apoyándose en el borde de la mesa, muy cerca de mí.

Entonces toma mi mano entre las suyas. Yo cruzo las piernas, incapaz de anticipar la respuesta.

—Siento decepcionarte, pero mi casa es completamente normal. No suelo practicarlo allí. Contigo haría una excepción.

—¿Y dónde lo practicas?

—No importa.

—En aquel sitio... —tartamudeo mientras intento recordar el nombre—. El Templo , ¿verdad?

—No es el mejor momento para hablar de...

Desvía la mirada, como cada vez que le hago una pregunta incómoda. Y, naturalmente, no hay nada que despierte más mi curiosidad. No dejo que termine.

—Pues quiero que me lleves allí entonces —afirmo con total seguridad.

Me observa completamente desconcertado.

—No es tan fácil. —Se aclara la garganta—. Hay unas normas y no todo el mundo puede entrar. Es confidencial.

—¿No puedo ir a mirar, aunque sea?

—¿Y por qué querrías ir a mirar?

Aprieta mi mano con suavidad mientras me estudia con mucha curiosidad. Con la otra se arregla el pelo como si estuviese nervioso.

—Porque quiero conocerte mejor.

Durante unos segundos guarda silencio.

—Me conocerás poco a poco. Podríamos empezar por...

—¿Te conoceré yendo a tu casa para que me des unos cuantos azotes? —lo interrumpo con ironía.

—¿Unos cuantos azotes?

—Álex... —Retiro la mano de la suya y comienzo a frotarme nerviosamente los dedos sobre el regazo—. Sé que la única forma de conocer quién eres de verdad es yendo a ese sitio. Quiero ir a ese lugar.

«Tiene que ser un sitio donde practican BDSM», pienso para mis adentros.

—¿Lugar? —Bufa con una sonrisa apenas perceptible—. No es un bar ni un club cualquiera. Es mucho más serio de lo que imaginas, Aylin.

La diversión desaparece poco a poco de su rostro, ahora vuelve a mostrarse serio y reflexivo.

—¿De verdad estarías dispuesta a ir?

Se pone de pie cuando yo me levanto bruscamente de la silla. Entiendo perfectamente su reacción, hace apenas unos días le confesé lo que ocurrió con mi novio cuando era adolescente. Sin embargo, la necesidad de comprender quién es puede más que mi pasado.

—Lo prefiero. Y creo que... —le respondo mientras me acerco a la ventana, ausente— es la única forma de entenderte.

—¿No tienes miedo? —pregunta en un susurro al llegar junto a mí. Se inclina y me toma por los brazos, mirándome atentamente.

Abro la boca para responder, pero no llego a pronunciar una sola palabra.

Un estruendo ensordecedor hace estallar el ventanal del despacho en mil pedazos.

El cristal explota a nuestro alrededor y decenas de fragmentos diminutos salen despedidos por toda la estancia.

Una bala pasa a milímetros de su cabeza, atravesando el despacho a una velocidad impresionante.

Termina incrustándose en la pared del fondo con un golpe seco.

—¡Al suelo! —brama.

Su brazo rodea mi cintura y su cuerpo ejerce tanta fuerza sobre mí, que ambos caemos tras el escritorio.