El profesor (El profesor 1) Chapter 35 #2
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Chapter 35 #2

Unos minutos después dejo caer el bolígrafo al suelo con toda la intención.

Pongo mi mejor cara de inocencia y me agacho para recogerlo.

Mi escote queda expuesto durante un instante, también separo ligeramente las piernas.

Todo ocurre muy despacio, como si cada movimiento estuviera cuidadosamente calculado.

Antes de incorporarme del todo, levanto la vista hacia él. Solo un instante, pero lo suficiente para descubrir sus mejillas ligeramente sonrojadas. Está aflojándose el nudo de la corbata y tiene la mandíbula completamente tensa.

No puedo evitar sonreír. ¿Qué pensaba?

Puede que haya sido virgen hasta hace apenas setenta y dos horas, pero sigo siendo mujer y sé perfectamente cómo seducir. Lo que no esperaba era encontrarme con otra sorpresa. Cuando vuelvo la vista hacia Adam, descubro que está más rojo que un tomate y respira con dificultad.

¡Joder!

Acabo de darme cuenta de lo que he hecho.

¿En qué momento me he convertido en una calienta braguetas?

Los remordimientos aparecen de inmediato.

Aun así, cuando el móvil vuelve a iluminarse, la curiosidad puede conmigo.

Me apoyo sobre un codo y espero unos segundos antes de abrir el mensaje.

Quiero hacerlo esperar. Quiero bajarle un poco esos humos de «lo tengo todo bajo control».

Aunque, en el fondo, la primera torturada soy yo.

No aguanto más y leo.

Señorita Vega… si continúa, la sacaré de la clase ahora mismo. Y no tendré piedad.

«Aylin 1 - El profesor 0», celebra mi mente traviesa.

—Tienen solamente veinte minutos para esta tarea, así que céntrense, por favor —su voz resuena de repente por el aula. Tartamudea y se nota que está un poco nervioso.

Tras sus indicaciones, transcurren veinte minutos de trabajo intenso durante los que los cuatro nos concentramos al máximo para resolver el caso práctico de la mejor manera posible.

—Bueno, el tiempo ha terminado. Ya continuaremos el próximo día. —Esperamos atentos a sus últimas indicaciones—. Saben lo que tienen que hacer para mañana. He dejado una tarea en la plataforma y, para cualquier duda, les invito a enviarme un correo.

Cuando suena el timbre, salimos todos del aula.

Yo lo hago completamente trastornada y con las rodillas temblándome.

Aprovechamos el cuarto de hora que tenemos antes de Marketing para tomar un café y charlar un rato.

También se nos unen Rebe, Mary Anne y Bram, y este último aprovecha la ocasión para besar a Berta y dedicarle unas cuantas caricias.

—Esta noche vamos al cine, ¿verdad? —pregunta Rebe, como siempre llevando la iniciativa—. Por cierto, Lyn, ¿qué tal el fin de semana? Lo tenías muy calladito, ¿eh?

—Muy aburrido, la verdad. Esto de viajar por trabajo es un coñazo —respondo con toda la naturalidad de la que soy capaz, rezando para que, por una vez en la vida, consiga disimular bien.

—¿Entonces lo pasaste bien? —pregunta Adam suspicaz. Aun noto el morado que hay en uno de sus pómulos, aunque ya no es tan visible.

Me limito a asentir mientras doy un mordisco al sándwich. Esta mañana ni siquiera me ha dado tiempo a desayunar. Berta me mira divertida, solo espero que no me deje en evidencia, igual que ha hecho hace un rato en clase.

—¿A qué hora quedamos? —pregunta la italiana.

—Sobre las siete y media —responden varios a la vez.

La idea me parece perfecta para un lunes por la noche. Salir con mis amigos me ayudará a despejar la cabeza y a volver a centrarme tanto en los estudios como en la investigación del libro. Después del fin de semana que he vivido, lo necesito.

◆◆◆

Minutos más tarde, miro el reloj para comprobar que voy bien de tiempo. Como cada día, me dirijo al despacho de Álex. La mañana se me ha hecho eterna, noto el cansancio acumulado del fin de semana y las pocas horas que he dormido. Aun así, si soy sincera, no podría haber salido mejor.

Ayer regresamos a Boston después del almuerzo y, como él tenía varios asuntos urgentes que atender, me dejó en la residencia. Desde entonces no volví a saber nada.

Mientras camino hacia su despacho, no puedo evitar pensar en ello, me habría gustado recibir al menos un mensaje de buenas noches. Uno solo.

Recuerdo que, después de leer un rato, me quedé mirando el teléfono durante casi veinte minutos, esperando que apareciera alguna notificación de él, pero nunca llegó. Al final me dormí imaginando mil escenarios distintos.

«Tonta... ¿por qué iba a escribirte?», me reprendo a mí misma. «No es tu jodido novio».

Respiro hondo, necesito volver a poner los pies en la tierra. La realidad es que tenemos mucho trabajo por delante con el libro y el tiempo empieza a echársenos encima. Ese pensamiento consigue devolverme parte de la ilusión y sonrío impaciente mientras llamo a la puerta.

—Entra.

—Hola —saludo con suavidad.

Álex permanece sentado frente al ordenador, terminando un documento.

En cuanto cierro la puerta procurando no hacer ruido, se levanta y empieza a caminar hacia mí.

Hay algo distinto en él porque entrecierro los labios y parpadeo varias veces sin apartar la vista de mi rostro.

Es como si hoy desprendiera todavía más misterio de lo habitual y tengo la sensación de que esa prodigiosa cabeza está maquinando algo.

Se detiene frente a mí. Después se inclina lentamente hasta quedar muy cerca.

—Sabe, señorita Vega...

Su voz adquiere un tono peligrosamente sensual.

Él da un paso hacia delante, yo retrocedo. Su inesperada seriedad me desconcierta y siento un escalofrío cuando su respiración roza mi frente.

—...me parece que... —Da otro paso y vuelvo a retroceder— hoy, en clase, se ha sobrepasado.

¿Qué juego es este?

De repente, la puerta frena mi retirada y mi espalda choca contra ella justo cuando él extiende un brazo por encima de mi cadera y gira la llave. Hasta el clic me produce un escalofrío.

—¿Por qué lo dice? —pregunto con la expresión más inocente que soy capaz de poner cuando comprendo perfectamente cuáles son sus intenciones.

Un intenso escalofrío me recorre de arriba abajo. Sin darme cuenta, le sigo el juego. Debo admitir que esa faceta seria y enigmática me desarma. Me conmueve y me despierta demasiadas cosas.

—Porque... —Se humedece los labios— me ha puesto jodidamente duro, señorita. Usted ha jugado sucio.

Sin embargo, lo que más me excita no son sus palabras, sino aquella voz. Ese tono grave e intrigante que solo Álex sabe utilizar con tanta precisión. Y el resultado es...

—Profesor... —murmuro, completamente abrumada—, ya se lo dije, el aprendiz superará al maestro.

El resultado es que soy incapaz de resistirme. Esta vez soy yo quien acerca el rostro al suyo con descaro, procurando mantener la misma seriedad, aunque por dentro haga verdaderos esfuerzos por no echarme a reír.

Él acepta el reto de inmediato y nuestras frentes se rozan al instante.

Sus manos se apoyan sobre mis caderas y nuestros labios quedan separados por apenas unos centímetros.

Los dos inspiramos profundamente. Todos mis sentidos se agudizan mientras cierro los ojos y me dejo arrastrar una vez más por aquella irresistible atracción que parece consumirnos.

Volvemos a inspirar y a espirar.

Sin concedernos un segundo más, Álex termina por unir su boca a la mía en un beso brusco, impaciente y arrebatador. El mismo beso que ambos llevábamos deseando desde que nos despedimos ayer, en la calle Stanford.

Nuestros labios se funden al mismo tiempo que nuestros cuerpos se abrazan y nos alejamos de la puerta.

—¡Ven! —ordena mientras tira de mi mano hasta su silla.

La aparta con brusquedad y se sienta, atrayéndome sobre él en un solo movimiento. La sacudida hace que separe automáticamente las piernas y termine acomodada sobre sus caderas. Acaricio su mejilla y sujeto su mandíbula entre mis manos.

—Por fin te tengo solo para mí… —Su suspiro parece liberarlo por completo.

Mientras sus manos descienden por mis muslos y empiezan a subir mi falda con impaciencia, siento que el corazón amenaza con escapárseme del pecho. Encontrarme sentada sobre él, en su despacho, en lugar de ocupar la silla de enfrente como cada día, resulta tan peligroso como malditamente excitante.

—¡Diablos! —Me mira con una intensidad abrasadora—. Hasta me he imaginado que te estaba teniendo en clase. Delante de todos…

—¿Cómo lo ocultaremos? —pregunto con la misma pasión.

Rozo sus labios con la yema del dedo y, un segundo después, nuestras bocas vuelven a encontrarse, incapaces de permanecer separadas.

—No podremos.

—No podremos, ¿verdad? —gimo.

Nuestras confesiones son una auténtica locura y, aun así, el familiar cosquilleo vuelve a recorrerme. Todo mi cuerpo responde a su presencia. Si pensaba que pasar una noche con él bastaría para calmar esta necesidad, estaba completamente equivocada.

Sus besos. Sus caricias. Su manera de mirarme. Todo en él resulta adictivo. Como si fuese una droga destinada a joderme la vida.

—Me cuesta tanto estar cerca de ti sin tocarte, Álex.

Sus brazos se anclan alrededor de mi cintura y presiona mi pecho contra el suyo, permitiendo que sus labios alcancen la piel sensible de mi cuello. Debajo de mí noto cómo su erección sigue creciendo. Solo la bragueta de su pantalón y mi ropa interior nos separan.

—Ese chico... —Me roza la oreja con los labios y su respiración acelerada me estremece—. Mantenlo alejado, Aylin.

—¿Qué?

—No puedo ni quiero verlo cerca de ti —murmura.

Alzo ligeramente la barbilla para dejarle espacio mientras continúa recorriendo mi clavícula con los labios.

Todo mi cuerpo tiembla. El calor vuelve a instalarse en mi vientre y el deseo nos consume a los dos.

Álex pega todavía más sus caderas a las mías, rozando su dureza contra mi entrepierna mientras sus manos acarician lentamente mi trasero.

—Es solo un compañero... —suspiro completamente embriagada.

Él no pierde el tiempo y, mientras tanto, tira de mi blusa turquesa y alcanza mis pechos al bajarme el escote.

—No podría ser otra cosa. Eres solo mía. —Nuestras miradas vuelven a encontrarse.