Chapter 35
—Cariño, ¿qué tal el fin de semana?
—Muy bien —respondo sonriente.
«Bueno, mamá, ¿sabes? En realidad, este fin de semana me he revolcado con mi profesor de Finanzas. Ah, y no solo eso... también he estado a punto de morir. ¡Y no una vez, sino dos! En resumen, tengo el corazón a mil y la cabeza hecha un lío».
Todo eso me lo guardo para mí, así evito que a mi madre le dé un infarto.
—Te esperamos en casa el viernes —continúa—. Pero ¿estás bien? ¿Seguro?
Me conoce. Una madre siempre será una madre y, sin ninguna duda, tienen el olfato muy desarrollado.
—Sí, mamá —respondo—. Estoy genial, no te preocupes. Es solo que tengo muchas cosas que hacer, muchos exámenes y, bueno, ya sabes.
—¡Aylin, vamos!
Identifico a Berta a lo lejos. Tiene medio cuerpo fuera del aula y me hace señas porque la clase de Finanzas está a punto de empezar. Sigo en el pasillo intentando despedirme de mi madre, pero ella, como siempre, necesita terminar su exhaustivo interrogatorio. Juraría que ni siquiera me escucha.
—Tengo que colgar. Va a empezar la clase.
—¿Estás comiendo bien? —insiste.
—¡Sí, mamá! No tienes por qué preocuparte. —Suspiro—. Te dejo.
En el preciso instante en que cuelgo, noto una mano sobre mi espalda y doy un respingo.
—¿Por qué está aquí, fuera? —escucho una voz masculina detrás de mí.
—¡Ále...! Digo, señor Woods... —balbuceo, completamente sonrojada.
—Adelante.
—¿Qué tal su fin de semana? —pregunto intentando iniciar una conversación.
Mi pregunta parece cogerlo desprevenido. Se guarda una mano en el bolsillo y me observa de reojo, con una ceja ligeramente arqueada, mientras yo hago verdaderos esfuerzos por no echarme a reír. Me estoy dando cuenta de que empiezo a adorar cada uno de sus gestos, incluso cuando frunce el entrecejo.
—Un fin de semana muy productivo, sin duda. —Señala la puerta y me guiña un ojo discretamente mientras barre el pasillo con la mirada—. Entre, por favor.
Obedezco y camino hacia el aula. Él entra detrás de mí.
Inhalo el perfume masculino que desprende y, mientras avanzo procurando disimular, me entran unas ganas irrefrenables de lanzarme sobre él. Indiscutiblemente, su jodido perfume invita a cumplir los sueños más perversos.
Al entrar en clase, no puedo evitar preguntarme si las demás chicas también perciben la tensión sexual que flota en el ambiente cuando él está cerca.
«Pues sí», concluyo enseguida.
Solo tengo que observar a las aproximadamente treinta estudiantes que llenan el aula. Todas lo miran embelesadas. Algunas sonríen, otras se sonrojan y otras se pintan los labios en cuanto él cruza la puerta.
Álex y yo intercambiamos una breve mirada de complicidad antes de que me dirija a mi mesa. Sin embargo, noto que sigue observándome unos segundos más. Por mi parte, también tengo que hacer un enorme esfuerzo para apartar los ojos de él.
Nada más sentarme, Berta empieza a darme codazos. Le lanzo una mirada asesina mientras coloco las libretas, el estuche y la botella de agua, siguiendo el ritual de todas las mañanas.
—Uy... —dice la italiana con una sonrisa de auténtica conspiradora—. ¿Y esa química que hay entre vosotros? Me parece que lo vuestro no es solo un polvo.
Bajo la vista e intento ignorar el comentario. Aun así, me muerdo el labio con nerviosismo. Si ella lo ha notado... ¿Y si también lo han hecho los demás?
—Berta, ¡cállate! —murmuro.
—Buenos días a todos —saluda el profesor un instante después.
—Se nota que hoy está de buen humor. Fíjate qué relajado habla. Hasta parece que sonríe. —Berta continúa pinchándome mientras se inclina hacia mí—. Y, además, no para de mirarte.
Esta vez soy yo quien le clava un codazo en las costillas. Bastante fuerte.
—Yo también te quiero —murmura resentida.
—Bueno, como les comenté la semana pasada, hoy dedicaremos la clase a resolver las dudas relacionadas con la presentación de esta semana. —Álex mete las manos en los bolsillos y comienza a pasearse por el aula.
Intento no levantar la vista y me limito a escuchar el sonido pausado de sus pasos, que poco a poco se aproximan a mi mesa. Aprieto un bolígrafo azul entre los dedos y hojeo el libro para distraerme.
—Valoraré de manera muy estricta la disciplina, el esfuerzo y el nivel de precisión de sus proyectos en pareja. —Hace una breve pausa—. Recuerden: tienen que estar perfectos. No me vengan con medias tintas.
Mi corazón vuelve a acelerarse. Desde que empezó el curso, cada clase de Finanzas provoca el mismo efecto en mí.
Pero hoy todo se ha multiplicado. Sigo evitando su mirada porque sé perfectamente que, si la encuentro, acabaré sonrojándome.
Jamás imaginé que llegaría un momento en el que tendría que verlo en clase fingiendo que no es más que mi profesor.
—Bueno, dicho esto, hoy me gustaría proponerles unos casos prácticos. Trabajarán en grupos de cuatro o cinco personas.
—El profe no para de mirarte —susurra Berta—. ¿Va todo bien?
Asiento moviendo el pie con nerviosismo.
Dios mío, tengo más ganas que nunca de que termine esta clase. Sé lo poco disimulada que puedo llegar a ser y no quiero meter la pata.
—Oye, recuerda que todavía me tienes que contar todo. Anoche dormías como un tronco y no quise despertarte.
—Vale —respondo, ya desesperada—. ¿Trabajamos con Adam y Josephine?
—Ok.
Un pequeño murmullo invade el aula mientras todos comienzan a cambiarse de sitio para formar los grupos. Nosotras recogemos nuestras cosas y nos trasladamos a la primera fila, donde encontramos dos asientos libres junto a Josephine. Adam también se nos une.
—¡Hola! —nos saludan los dos.
—Oye, Lyn, pídele al profe la fotocopia del caso práctico —suelta mi retorcida amiga. Le dedico otra mirada asesina. Sin saberlo, me lo está poniendo muchísimo más difícil.
Ella, convencida de que me está haciendo un favor, simplemente me guiña un ojo antes de sentarse.
Camino hasta la mesa del profesor, bastante sonrojada, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano por mantenerme cuerda. Lanzo una rápida mirada al resto de la clase, pero, en realidad, nadie parece prestarme atención.
Álex está sentado tras su mesa y solo verlo consigue dejarme sin aliento.
Intento pensar en cualquier tontería para restarle importancia a la situación y no acabar hecha un flan.
Lleva su habitual traje oscuro, aunque hoy se ha quitado la chaqueta y la ha dejado sobre el respaldo de la silla. Teclea algo en el ordenador.
—La ficha del caso práctico, profesor —digo en voz baja, evitando mirarlo directamente.
—Aquí tiene.
Me la entrega y, justo cuando mis dedos rozan el papel, noto que los suyos permanecen un instante más sobre mi piel. Muy sutilmente, pero eso no evita que un cosquilleo me recorra el brazo. Reconozco que, en ese momento, me encantaría cogerlo de la mano y sentir su piel.
Finalmente, su voz grave y aquel roce deliberado consiguen exactamente lo que pretendían. Levanto la vista comprendiendo que ese era su objetivo desde el principio.
—Mira el móvil —murmura casi en un susurro.
Carraspeo y asiento discretamente mientras observo a mi alrededor. Adam es el único que parece fijarse en mí, el resto continúa concentrado en sus grupos. No hay peligro.
—Oye, vamos a repartir el texto —propone Josephine.
—Me parece bien —respondo mientras saco el móvil del bolso, incapaz de contener la curiosidad.
Adam me sonríe. Me recuesto ligeramente sobre el respaldo para evitar miradas indiscretas y abro los mensajes. Leo.
¿Estás bien? ¿Por qué me evitas todo el rato?
Está preocupado.
Porque no quiero que te pongas nervioso. Intento disimular. Yo estoy muy nerviosa.
Tecleo deprisa y envío el mensaje. Después, levanto la vista apenas un instante y lo veo sostener el móvil entre las manos. Vuelvo inmediatamente al texto del caso práctico para fingir que estoy completamente concentrada. La espera se me hace eterna, hasta que el teléfono vibra de nuevo.
No te preocupes. Por nada del mundo me pondría nervioso.
¿Habla en serio? Frunzo el entrecejo, incrédula.
«Aylin, eres muy tonta», resuena esa voz omnipresente dentro de mi cabeza.
Analizo su comportamiento y hasta llego a preguntarme si Álex padecerá una especie de alexitimia, esa incapacidad para expresar o identificar las propias emociones. La palabra, además, procede del griego y le queda como un guante. Hasta parece encajar con su propio nombre.
Vuelvo a leer el mensaje. En otras palabras, me está diciendo que ni siquiera mi presencia consigue ponerlo nervioso.
Y, si realmente lo hace, será tan poco que puede controlarlo sin esfuerzo.
Sin embargo, a mí me basta con tenerlo cerca para sentir que un terremoto me sacude de arriba-abajo. O un puto huracán.
¡Pues va a ser que no! Me conozco demasiado bien, cuando me entra la mala leche, ya no hay marcha atrás. Mi impulsividad suele imponerse a la cordura y, en ese instante, ese lado impulsivo me susurra una idea muy clara. El profesor Woods no puede controlarlo absolutamente todo.
Cojo el bolígrafo, muy decidida. Pienso demostrárselo, a él y a mí misma.
Sé que me está observando, por eso mantengo la vista fija en el texto mientras me llevo el bolígrafo hasta mis labios.
Con la otra mano comienzo a jugar distraídamente con un mechón de pelo, que termino colocando detrás de la oreja.
Después apoyo el bolígrafo sobre mi boca y lo muerdo, insinuándome.
Lo hago girar entre los dedos y lo deslizo apenas unos milímetros.
Finalmente, dejo que cuelgue ligeramente entre mis labios, sujetándolo con suavidad mientras la punta roza una de las comisuras de mi boca.
Frunzo los labios de la forma más sugerente que soy capaz de conseguir —o, al menos, lo intento— sin dejar de aparentar que estoy completamente absorta en el caso práctico. Ni siquiera lo miro, pero sé perfectamente que él sí me está mirando a mí.