El profesor (El profesor 1) Chapter 34 #2
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Chapter 34 #2

Salgo del balcón, titubeante y, en cierto modo, frío.

Posiblemente la preocupación haga que me sienta así.

Observo de refilón que Aylin se ha sentado en una silla y se lleva un puño a la barbilla mientras fija su mirada en el horizonte.

Está pensando y cuando ella piensa de ese modo, no suele significar nada bueno.

Es probable que ahora mismo esté maquinando la manera de preguntarme sobre Beth.

Me meto en la ducha, pero no antes de hacer una llamada y pedir el desayuno.

Diez minutos después, el agua templada y el repaso mental de todos los asuntos que me esperan esta semana consiguen relajarme un poco.

Me envuelvo una toalla blanca de algodón alrededor de las caderas, me pongo desodorante y salgo al balcón.

Antes me ha parecido escuchar la puerta, el desayuno ya debe de haber llegado.

Cojo una de las dos tazas de café que descansan sobre la mesa y doy un pequeño sorbo. Disfrutar del café y de la brisa mañanera me produce una sensación casi perfecta. Hasta que caigo en la cuenta de que ella no está ni en la habitación ni en la terraza.

—¡Aylin!

Alzo la voz mientras entro de nuevo en la suite y miro a mi alrededor con mucha inquietud.

Nada.

De repente, escucho un grito gutural procedente del exterior. Salgo de nuevo al balcón y busco desesperadamente su origen, pero Aylin sigue sin aparecer.

¡Por Zeus! ¿Qué está ocurriendo?

—¡Aquí!

Giro la cabeza hacia la derecha y me quedo petrificado. Está a unos tres metros de mí, con los pies sobre una estrechísima repisa que rodea la fachada del edificio. Permanece pegada a la pared como una lagartija, incapaz de apartar la vista del vacío.

Mi corazón empieza a golpearme el tórax con violencia. Más que nada porque cuando miro hacia abajo, me mareo y siento que los latidos se me van a parar. Odio la altura.

—¿Qué estás haciendo ahí? —le pregunto.

—Na...da...

La observo, estupefacto. Intenta avanzar hacia el balcón, pero apenas consigue mover los pies.

—¿Cómo que nada? —grito, incapaz de controlar la angustia—. ¡Estamos en un jodido quinto piso!

—¡Ahhh!

El nuevo grito me hace estremecer y… ¡maldita sea! No puedo seguir mirando hacia abajo.

Un escalofrío me recorre el cuerpo porque la maldita altura me paraliza. La señorita ha decidido subirse ahí no sé con qué demonios en la cabeza.

—¡Tranquila! ¡Ven despacio!

—¡No puedo! —Su rostro está desencajado—. Antes casi me caigo, Álex.

Aprieto la mandíbula cuando identifico varios arañazos en su pierna derecha, bajo la rodilla. Es normal que esté aterrada, si cae desde un quinto piso… Mejor no lo pienso, joder.

—¡Mueve el culo hasta aquí, Aylin! —bramo, furioso.

Ella no es la única presa del pánico.

—¡No puedo, ya te lo he dicho!

—¡No mires hacia abajo! —le grito pensando que en ni siquiera tengo una maldita cuerda. Con eso todo sería más fácil.

Vuelvo a extender los brazos hacia ella, pero seguimos demasiado lejos.

—¡Ahhhh!

Otro grito.

—¡Espera, voy! —inspiro profundamente—. ¡No se te ocurra moverte!

«No mires hacia abajo. Tú puedes, Brian».

Apoyo un pie sobre la estrecha repisa y después el otro. Me pego a la pared y agradezco que la superficie sea rugosa. Las pequeñas hendiduras me permiten clavar los dedos para mantener el equilibrio.

Sigo pensando que esto es una auténtica locura. He hecho cosas mucho peores en mi vida, pero caminar por un borde de apenas unos centímetros a más de diez metros de altura y sin ninguna protección... jamás.

—¡Ten cuidado! —dice con la voz quebrada.

«Ten cuidado...», repito con ironía.

—¡Todavía no entiendo qué cojones haces ahí!

Doy otro paso hacia ella y las piernas me tiemblan.

—Tenía que salvarlo... —murmura.

—¿De qué estás hablando?

No responde, pero enseguida descubro lo que aprieta contra el pecho. Se trata de un diminuto gato blanco que apenas mide lo mismo que una pelota de tenis. Solo alcanzo a distinguirlo por su pequeño maullido.

—¡Demonios, Aylin! —siseo, evitando mirar al vacío—. ¿Quieres decir que ahora mismo estamos jodidos por un gato?

Ella alza los hombros con una expresión culpable y yo decido terminar aquello cuanto antes. Avanzo otro paso. Los dos estiramos la mano, pero no llegamos.

¡Mierda!

Calculo la distancia aproximada que me separa de ella, y entonces intento desplazarme un poco más a la izquierda. Solo que, de repente, piso el borde mal y me desequilibro. Me tambaleo bruscamente.

—¡Cuidado! —me advierte, sumamente horrorizada.

Tenso los labios y aprieto más las manos en los surcos de la pared.

Me quedo pálido al instante. Parece que, por mis movimientos —o no sé por qué diablos—, la toalla blanca que traía envuelta alrededor de la cadera se desprende.

Es más, noto cómo se desliza sobre mis nalgas y muslos y, finalmente... cae.

Por Zeus.

Miro incrédulo hacia abajo, a la vez que hinco más los dedos en los surcos.

Observo, helado, que la tela está flotando en el aire.

Trago en seco y vuelvo a girar la cabeza hacia la pared, pero no antes de ver la cara embobada de Aylin observando cómo la jodida toalla toca el maldito suelo.

Enmudece y su mirada cambia de mis bolas a mi cara y de mi cara a mis bolas.

—¿Te das cuenta de que estoy en pelotas sobre una repisa a más de diez jodidos metros de altura? —le riño con demasiada dureza.

Ella sigue boquiabierta, mirando mi jodido culo expuesto.

—Sí... me doy cuenta —dice preocupada.

Veo que sigue mirando hacia abajo, en dirección a mis jodidas pelotas que, a decir verdad, ahora mismo están diminutas por el miedo que me está entrando.

—¡Acércate! —la invito a avanzar y le hago una señal con mi mano izquierda, intentando agarrarla.

Ella tiende la mano hacia mí y se desplaza unos pocos pasos, de manera que finalmente la agarro.

—Camina despacio, ¿vale?

La aprieto con fuerza e intento tirar de ella detrás de mí. Los dos seguimos avanzando por el borde, de vuelta al balcón, mientras el gato de las narices sigue maullando. Paso a paso, nos aproximamos a la parte más estable y suspiro aliviado cuando pongo el pie en suelo firme.

Me giro y la alzo en el aire agarrándola por la cintura, con gato incluido, antes de volver a bajarla al suelo. Ella se aferra a mi cuello, abrazándome emocionada y asustada a la vez.

—Gracias —susurra en mi oído—. Y perdón.

Se despega de mí y me mira a los ojos, expectante.

—¿Estás cabreado?

—¡Maldición! Por supuesto que lo estoy. Te aseguro que hoy no entraba en mis planes el exhibicionismo —hablo muy, pero muy enfadado.

De repente, se empieza a reír. ¡REÍR! A mí no me hace ni pizca de gracia.

—Álex, créeme que tu culo merece ser exhibido. Seguro que lo ha disfrutado más de una o uno mirando desde sus ventanas —continúa haciéndose la graciosa.

—¿En serio te estás riendo?

El gato maúlla.

Pongo los ojos en blanco.

«¡Tierra, trágame!», suplica mi subconsciente.

—¡Mira! Ha valido la pena.

Abre la mano. El gato, blanco como un copo de nieve, se estira y abre sus grandes ojos azules. Sus ojos son casi del mismo color que los de Aylin y son tremendamente puros. Igual que los suyos, sin pecados ni maldad. No como los míos.

Le aparto la vista. No le contesto, no estoy de humor.

—¿Verdad que es muy bonito?

Ella tira de mi brazo para captar mi atención y le da un beso en su pequeña cabeza. Después lo acaricia y me mira sonriente. Me encuentro más tranquilo. Ante una imagen que desprende tanta ternura, ¿cómo podría cabrearme?

—Deberías alegrarte. Hoy has salvado una vida —habla con dulzura.

Arqueo los labios y, a decir verdad, hasta me he olvidado de que sigo mostrándome al mundo en todo mi esplendor.

—Entremos. —Tiro de su codo mientras el gato bosteza—. ¿De dónde habrá salido? —pregunto inquieto.

Cojo una camisa y un pantalón, y me empiezo a vestir.

—Puede ser que venga de la habitación de al lado.

—Tenemos que preguntar —afirmo y me subo la cremallera del pantalón de traje.

—¡Espera! —exclama enérgica—. Voy a darle un poco de leche, me está lamiendo el dedo.

La persigo con la mirada cuando sale al balcón y agarra una pequeña jarra que hay en la mesa y un recipiente de cerámica de la bandeja. Después, vierte un poco de leche y lo deja en el suelo. El gato empieza a lamer y a mojar su hocico.

—Te lo he dicho —comenta con una sonrisa.

Cuando se acerca a mí, aprieto su cintura, sin poder apartar mi mirada de ella.

—¿Sabías que eres una mujer espectacular?

Se sonroja con suavidad y espero que diga algo, pero no me contesta.

—Me descolocas —continúo hablando tranquilo, y toda la furia que he sentido minutos atrás se ha desvanecido.

—Álex... —baja la mirada—. No viajaré más contigo. Te he estado provocando disgustos todo el rato, aunque tú a mí también. Pero bueno, en resumen... ¿Me puedes perdonar?

Su belleza y nobleza me embaucan.

—Quedas perdonada. —Aprieto más los dedos en su cadera—. Aun así, me muero de ganas de castigarte.

Hablo con honestidad, pero a la vez incauto, temiendo su reacción.

—¿Qué?

Levanta la vista muy sorprendida y sus ojos serían capaces de helar hasta la llama de un fuego.

—¿Me dejarás? —pregunto esperanzado—. ¿Te atreverías a cometer una locura?

Le lanzo una mirada sugerente, porque soy muy consciente de lo que supone la pregunta que le acabo de hacer. Y ella también lo sabe.

En el fondo, sé que debería ir más despacio, no debería precipitarme tanto.

Pero, ¡demonios!

Nunca he sabido tener paciencia cuando realmente deseo algo. Cada día que pasa me demuestra que ya no hay vuelta atrás. Debo arriesgarme y jugar todas mis cartas.