Chapter 34
Q uinientas calorías en cuarenta minutos.
Pienso frustrado que esto no funciona así y que debería haberlo hecho mejor.
Miro el Polar Grit X que llevo en la muñeca mientras camino, agotado, hacia la habitación del hotel.
El reloj marca las nueve de la mañana y, para mí, ya es demasiado tarde.
Estoy acostumbrado a salir a correr a las seis.
Después suelo tener media hora de boxeo y una ducha fría.
Frunzo el ceño, irritado por el mediocre resultado, aunque el calor que hace hoy también tiene buena parte de culpa.
Me llevo la botella de agua a la boca y vuelvo a darle vueltas al entrenamiento. Siempre quemo muchas más calorías. Siempre, salvo hoy.
El deporte va de la mano con el descanso y la alimentación, y estos últimos días no he respetado ni una cosa ni la otra. Mis labios se curvan apenas al recordar la noche con Aylin y, sin quererlo, mi mente revive algunos instantes de nuestra velada en la playa.
Ha sido un fin de semana intenso, incluso gratificante, pero no perfecto. Y yo siempre busco la perfección. Sé que, si hubiera tenido entre las manos una cuerda y mi juguete favorito, entonces sí, habría sido perfecto.
Me paso los dedos por la frente antes de entrar en la habitación con el mayor sigilo posible. Lo más probable es que Aylin siga dormida.
Cierro la puerta con cuidado y dirijo la vista hacia la cama. Anoche regresamos casi de madrugada y dormimos juntos, algo completamente fuera de lo habitual para mí. Rara vez me despierto por la mañana junto a una mujer. Por no decir nunca.
La verdadera razón por la que reservé una suite con dos habitaciones era precisamente esa: dormir solo. Le hice creer que la había elegido pensando en ella, pero la realidad es mucho menos romántica. Siempre pienso primero en mí y en mis propias necesidades.
Recorro la habitación con la mirada. No está en la cama, ni en ningún otro rincón de la suite. Sin embargo, el sonido del agua me indica enseguida dónde está. No avanzo más de un par de pasos cuando descubro algo que hace que todo mi cuerpo se tense.
Mi móvil está entre las sábanas, parcialmente oculto. Juraría que anoche lo dejé encima de la mesita.
Me quito la camiseta empapada de sudor y cojo el teléfono mientras una tormenta comienza a formarse en mi interior. Una mucho más intensa que la que descargó anoche sobre Miami.
Me quedo inmóvil y se me tensa la mandíbula. Un simple mensaje ha bastado para joderme la vida.
Es de Lorraine. Un mensaje corto y directo.
Ya veo que no te dignas a contestar mis llamadas. Pensaba que después de Beth habías aprendido algo.
¿Por qué me escribe ahora?
Me siento en el borde de la cama y releo el mensaje con calma. Sus palabras, aparentemente sencillas, vuelven a abrir una herida que nunca ha terminado de cerrarse. La rabia y el dolor regresan de la nada.
¿Por qué siempre tiene que escoger el peor momento para recordármelo? Hasta hace apenas unos segundos todo iba bien. Ahora siento esa insoportable sensación de vulnerabilidad que tanto detesto.
Levanto la vista hacia la puerta del cuarto de baño. El agua sigue cayendo y Aylin continúa dentro. No quiero que vea ese mensaje, bastaría para echar por tierra todo lo que hemos construido. A no ser que… ya lo haya leído.
Mierda.
Aprieto el teléfono con fuerza y me alejo de la habitación para asegurarme de que no pueda escucharme desde el baño. Salgo al balcón. Mis dedos golpean la pantalla con rabia. Agarro la barandilla con una mano y aprieto los dedos contra el metal.
—¿Qué quieres? —pregunto rudo tras oír su voz.
—¿Se te ha olvidado hasta saludar?
—Lorraine… al grano.
—Quería recordarte algo que creo que has olvidado.
Noto el resentimiento en su voz y recuerdo que esta jodida mujer necesita tener el control de todo.
—Olvídate de Beth —murmuro con la garganta contraída—. No nos merecemos ni siquiera pronunciar su nombre, y lo sabes.
—¿Qué pretendes, Brian? —pregunta con sarcasmo—. Vaya, esa adolescente ha necesitado solo unas pocas semanas para distraerte. Tú no eres así.
No puede estar más equivocada. Me atrapó desde el primer día.
—No metas las narices donde no te llaman.
—Soy tu mujer —suelta una risa breve y forzada.
Las dos palabras resuenan con una frialdad insoportable en mi tímpano.
—¿Sabe ella que ese diploma podrías habérselo entregado perfectamente en Boston?
—¿De qué mierda hablas? —Frunzo el ceño.
—Hablé con Brighton. Fue idea tuya llevarla a Miami.
Aprieto tanto la mandíbula que llega a dolerme.
—No vuelvas a investigarme.
—No hace falta investigarte. Empiezas a ser previsible.
Esa frase consigue exactamente lo que pretende. Cabrearme.
—¿Has terminado?
—Todavía no.
Otra pausa.
—¿Vas a traerla aquí?
Camino de un lado a otro del balcón, con los músculos tensos. No contesto.
—Vale, ese silencio ya es una respuesta.
Lanzo una rápida mirada hacia la puerta del baño. No pienso regalarle ni una palabra más.
—No lo hagas —continúa con una tranquilidad que me desquicia—. Ya tienes suficientes mujeres y… me tienes a mí.
Aprieto el móvil con tanta fuerza que noto el plástico crujir entre mis dedos.
—La quiero a ella.
—Ya la has tenido.
Silencio.
—No tienes ni idea.
—¿De verdad? —Su voz desciende hasta convertirse en un susurro—. Sabes que nunca podrá darte eso que necesitas.
Vuelve a intentarlo, siempre utiliza las mismas armas conmigo y si dijera que es una de las mujeres más astutas que conozco, me quedaría corto.
—Cariño... te echo de menos.
Permanezco inmóvil. No respondo, ni respiro.
—No vuelvas a escribirme.
Estoy a punto de colgar cuando vuelve a hablar.
—Brian...
Espero.
—Procura respetar el decálogo. No dejes que una mosquita muerta de veinte años te haga fracasar. Eres nuestro líder.
—¡Cállate la puta boca! —voceo girando la cabeza hacia el baño. No soporto que hable así de ella.
—Cállamela, cariño… —dice con voz sensual—. Cállame la boca como solo tú y yo sabemos.
Su tono cambia de forma deliberada y sé que lo hace a propósito. Sabe perfectamente el efecto que provoca en mí. Lorraine está poniendo a prueba mis límites, como siempre.
¿Me acaba de amenazar?
Maldita sea.
Corto la llamada.
Estoy sudando otra vez y esta vez no es por el entrenamiento. Es por la cólera que acaba de despertar en mí. Vuelvo a apoyar las manos sobre la barandilla y fijo la vista en la niebla que cubre la ciudad. Dentro de mi cabeza se libra una guerra feroz.
Lleno los pulmones de aire.
Inhalo. Exhalo.
Durante varios segundos continúo mirando la pantalla apagada del teléfono.
Todo mi jodido cuerpo reacciona cuando imagino las cuerdas en su piel.
Casi puedo escuchar el sonido de cada azote, uno detrás de otro.
Azotes que podría estar dándole ahora mismo a aquella descarada mujer de labios rojos. A mi esposa.
Pero, en el fondo, tengo que reconocer una verdad mucho más retorcida. Ahora quiero a otra. A una joven de rostro angelical y cuerpo de mujer. Un auténtico ángel caído del cielo. Quiero atarla a mi cama. Quiero verla desafiarme con esa mirada inocente y esa lengua afilada.
¡Por Zeus y por todos los jodidos dioses! Me retuerzo por dentro porque sé que necesito tenerla. Debo dominarla. Debo doblegarla.
A ella.
A Aylin.
La realidad es que quiero sacar de mi mente estos pensamientos. No quiero seguir dándoles vueltas. Me dijo que no estaba dispuesta a ir más allá, que no quería sobrepasar los límites. Y yo, como un perfecto necio, le prometí que la seguiría deseando igual.
Pero le mentí. Una mentira más entre cientos.
No tengo ningún derecho a engañarme, y a ella tampoco.
Siento que, si no intento nada más allá de «lo convencional», será algo parecido a comerme un plato de arroz muy vistoso, rico y con muchas proteínas.
Por supuesto que lo disfrutaré mientras me lo esté comiendo, pero cuando haya terminado, el resultado final será insatisfacción.
¿Por qué? Porque seguiré hambriento. Muy hambriento.
—¡Buenos días! —escucho su inconfundible voz.
Maldigo una vez más y me giro deprisa. La contemplo. Se ve alegre. Me mira desde el marco de la puerta del balcón, acaba de salir del baño, interrumpiendo mi tenebrosa reflexión. Observo que lleva puestos unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes.
—Buenos días —balbuceo.
Se acerca y me planta un beso en la boca mientras rodea mi cuello con sus brazos. Cuando sus labios rozan los míos, respiro su aroma con fuerza, preguntándome por qué narices huele siempre tan bien.
—Vaya, señor Woods, necesita una ducha. —Esboza una mueca graciosa y a la vez desagradable, señal de que mi sudor le ha llegado al olfato.
—Ya lo creo. —Me separo bruscamente.
—¿Has ido a correr?
—Un poco —suelto una broma y me señalo a mí mismo, chorreando.
—Estás muy gracioso esta mañana. Que sepas que te tengo envidia, a mí también me gusta correr —sigue, ajena a mis pensamientos—. Quizá alguna mañana podamos ir juntos, aunque yo suelo hacerlo por la tarde.
Se muestra relajada y habla con un tono de voz desenfadado. Yo, en cambio, la analizo embobado, a la expectativa de que me diga algo sobre el mensaje que ha leído en mi móvil. Mi sexto sentido me indica que sí lo ha hecho.
—¿Estás bien?
—Sí... —replica confusa—. ¿Por qué no lo estaría?
No respondo. Únicamente apago mi teléfono móvil deprisa.
—¿Quieres desayunar en la piscina o aquí, en la habitación?
—Aquí mismo. —Mira la pequeña mesa—. ¿A qué hora partimos hacia Boston?
—Dentro de una hora y media, más o menos.
—De acuerdo —responde con voz neutra, pero su expresión se transforma—. ¿Va todo bien?
Me pongo serio. No me gusta mostrar mis sentimientos. Lo considero un gran signo de debilidad y sumisión. Y la sumisión no entra en mi vocabulario.
—Sí. —Le guiño un ojo con rapidez—. Me voy a la ducha.