El profesor (El profesor 1) Chapter 33 #4
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Chapter 33 #4

Sin darme tiempo a reaccionar, me gira con brusquedad y me obliga a inclinarme sobre la mesa. Una mano se cierra sobre mi nuca mientras la otra me mantiene pegada a la madera. Siento el frío de la superficie contra mi mejilla y mis pechos, y eso hace que todos mis sentidos despierten de golpe.

¡Menuda locura!

Su respiración se desliza por mi nuca y arremete contra mí con un solo movimiento firme. Suelta un gemido grave que vibra contra mi espalda.

—Hay dos cosas que debes saber de mí. La primera es que me encanta follarte desde atrás. Acostúmbrate... —murmura con la voz quebrada por la tensión.

Acto seguido, descarga una palmada sobre mi trasero.

—¡Ah...! —suspiro.

Cierro los ojos y vuelvo a aferrarme al borde de la mesa, abandonándome por completo a todo lo que despierta en mí.

Sus golpes de cadera adquieren un ritmo firme, cada vez más intenso, mientras yo apenas soy capaz de pensar en otra cosa que no sea él.

Cada arremetida hace vibrar mi cuerpo mientras sus labios recorren sensualmente mi espalda, dejando un reguero de besos que contrasta con la contundencia de sus movimientos.

—¿Quieres otro? —pregunta con la respiración entrecortada.

Lo noto completamente tenso detrás de mí. Cada músculo parece al borde de romperse por la fuerza con la que me sostiene.

—Sí.

Ni siquiera sé si realmente quiero otro golpe. Lo único que tengo claro es que no quiero que deje de tocarme.

Sin apartarse de mí, descarga otra fuerte palmada sobre mis nalgas. El escozor se extiende inmediatamente por mi piel, pero, lejos de desagradarme, se mezcla con el resto de las sensaciones hasta convertirse en algo extrañamente placentero.

—Señorita Vega... la segunda cosa que debe saber es que me encantaría ponerle el culo rojo —gruñe junto a mi oído.

Sus palabras llegan acompañadas de una palmada todavía más firme, arrancándome un gemido que apenas reconozco como mío.

La mesa cruje y se tambalea bajo nosotros, incapaz de permanecer completamente estable.

Cada nueva arremetida parece despojarme de un poco más de cordura.

El placer asciende sin freno, devorando cualquier pensamiento coherente, hasta que termina por desbordarse.

Un estremecimiento sacude todo mi cuerpo y un gemido escapa de nuestros labios casi al mismo tiempo.

Respiro con dificultad.

Joder...

Durante unos segundos soy incapaz de moverme. El sudor brilla sobre nuestra piel. Cuando Álex termina por apartarse, sus brazos continúan rodeando mi cintura unos instantes más, como si todavía se negara a dejarme ir. Después deposita un beso lento sobre mi cuello.

Su aliento cálido me acaricia el oído y me vuelvo hacia él. Mi mente sigue completamente en blanco. Pero vuelvo a la Tierra cuando me doy cuenta de que, por segunda vez, no hemos usado protección.

¡Mierda! ¿Seré idiota?

—Álex… —murmuro con un hilo de voz.

—Quiero correrme dentro la próxima vez.

Sus palabras me dejan desconcertada y, durante unos segundos, soy incapaz de responder. Tampoco respirar. Mi corazón intenta recuperar un ritmo normal, pero mi cabeza sigue atrapada en aquella frase.

—No estoy de acuerdo, aunque hayas usado la marcha atrás. Yo no…

—No te preocupes —respira hondo, sin saber qué decir.

¿Acaso espera que esté de acuerdo? ¿Acaso piensa que soy una idiota a la que no le importaría quedarse embarazada? ¿Después de decirme que jamás dejará a su mujer, esa que según él no me llega ni a los talones?

—Hay formas de protegerse. De todas maneras… gracias. —Me da un beso en la mejilla y me gira hasta quedar frente a él.

—¿Gracias por qué?

Sigo abrazada a su pecho.

—Por existir.

Parpadeo confundida.

Un escalofrío me recorre el cuerpo mientras deslizo los dedos por su espalda y escucho el fuerte latido de su corazón.

No voy a permitir que esa conversación continúe.

No quiero que vuelva a jugar con mi cabeza.

Por la mañana me recuerda que esto no es más que una aventura, sin ningún futuro posible y ahora me da las gracias.

No quiero seguir dándole vueltas, no voy a permitir que la rabia arruine una noche tan especial como esta.

—¿Y si nos refrescamos un poco? —propongo con una sonrisa mientras señalo la lluvia, intentando cambiar de tema.

Él me besa la frente y dirige la vista hacia fuera.

—Sin ropa.

—¡Sí! —respondo entre risas.

—Señorita Vega… —Esboza una media sonrisa—. Te aconsejo que recuperes fuerzas para esta noche.

—Me parece que tú también las necesitarás —replico con una sonrisa provocadora.

Al instante rodeo su cuello y me aprieto contra él. Nos ayudamos a quitarnos la poca ropa que aún llevamos puesta y salimos del cobertizo. La lluvia cae con fuerza sobre nuestros cuerpos desnudos. Allí estamos los dos, en medio de la noche, con la lluvia como única testigo de nuestro desliz.

—Gracias por escucharme —digo conmovida al recordar que, por primera vez, he podido compartir mi secreto con alguien.

Por un momento parece que está dispuesto a decir algo más, pero no lo hace. Se limita a mirarme. Y, por extraño que parezca, esta vez el silencio me basta.