El profesor (El profesor 1) Chapter 33 #3
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Chapter 33 #3

Introduce la mano bajo mi ropa interior, me levanta las piernas con impaciencia y la desliza por ellas antes de dejarla caer sobre el banco cercano.

Su mano vuelve inmediatamente hasta mí y separa mis muslos con un movimiento firme.

Su boca devora mis pechos mientras introduce un dedo en mi interior.

—Dime que te morías por sentirme.

Su voz me estremece. Me aplasta suavemente bajo el peso de su cuerpo mientras mueve el dedo con ritmo y sus labios suben a mi boca nuevamente.

Pero cuando siento la presión que ejerce en mi interior al introducir un segundo dedo, me arqueo sobre la mesa, incapaz de tolerar la presión que siento contra mis músculos.

—¡Maldita sea! —gimo con un gruñido, aferrándome a su nuca.

Está completamente loco. Perdí la virginidad ayer.

—¿Quieres que pare?

Aprieto con más fuerza su cuello y acerco su rostro al mío. Él sigue besándome con aquel salvajismo que empieza a resultarme adictivo, sin apartar en ningún momento sus ojos de los míos.

—Oh, Dios…

Un estremecimiento vuelve a recorrerme al incrementar sus duras penetraciones.

—Quieres que pare, ¿eh?

Mi respiración ya es completamente irregular

—¡No! —suelto un sollozo de placer—. No quiero que pares.

Me lanzo a su boca arañando su espalda por la adrenalina que siento.

—Me encanta oírte gritar —murmura satisfecho—. Verte perder el control…

El placer termina por desbordarme. Cada uno de sus movimientos consigue arrancarme más gemidos que ya soy incapaz de contener.

—¡Quiero tenerte ya, Aylin!

Se aparta apenas unos segundos y se desabrocha el cinturón con rapidez. Después baja la cremallera mientras yo intento incorporarme ligeramente sobre la mesa. Sujeta una de mis caderas con firmeza e, incluso entre la penumbra del cobertizo, puedo adivinar que está completamente preparado.

Al instante, presiona uno de mis hombros para acercarme todavía más a él.

Con la otra mano guía su erección y, en un solo movimiento, arremete contra mí.

Un escalofrío me sacude de arriba abajo cuando empieza a marcar un ritmo firme e implacable.

Cada golpe de cadera hace que mi cuerpo tiemble sin remedio y que el aire abandone mis pulmones en un jadeo entrecortado.

Sus labios vuelven a apoderarse de los míos, ahogando mis gemidos en un beso desesperado, casi feroz. Me besa como si llevara demasiado tiempo conteniéndose y yo respondo con la misma ansiedad. Me doy cuenta de que me gusta hacerlo con él de cualquier manera y en cualquier sitio.

—¿Te duele? —pregunta con todos los músculos tensos mientras sus manos vuelven a clavarse en mi cintura.

Nuestras caderas chocan una y otra vez en un compás cada vez más intenso, provocando un roce tan placentero como ligeramente doloroso.

Me aferro al borde de la mesa para no perder el equilibrio, porque sus embistes son constantes, profundas y tan enérgicas que, por un instante, llego a pensar que la madera terminará cediendo bajo nosotros.

Sus dedos recorren lujuriosamente mis costillas y mi abdomen antes de atrapar el lóbulo de mi oreja entre los labios.

Cada roce parece perfectamente calculado para hacerme perder un poco más el control.

La euforia se apodera de cada fibra de mi cuerpo cuando sus dedos encuentran ese botón sensible y lo acarician con una precisión casi tortuosa, sin dejar de sostener el mismo ritmo.

El placer crece sin remedio y las primeras sacudidas empiezan a nacer en mi vientre. Ya no hay vuelta atrás.

—Sigue, voy a... —jadeo con los labios entreabiertos cuando vuelve a intensificar los golpes de cadera, obligándome a sentirlo todavía más.

—¿Correrte?

No soy capaz de responder. Solo tiro de su cabello y vuelvo a besarle con desesperación, completamente perdida entre sus brazos.

—Aún no —dice con absoluta seriedad.

Para mi sorpresa, reduce el ritmo hasta detenerse por completo.

¿Por qué lo ha hecho?

Abro los ojos sorprendida, pero él no dice nada, en cambio, se inclina sobre mí y vuelve a conquistar mi boca. Esta vez no es su cuerpo el que me embiste, sino su lengua, que invade la mía con la misma intensidad.

Rodea mi cintura y me levanta de la mesa en un instante, atrayéndome más a él.

—Dime, ¿qué quieres? —susurra mientras aprieta mi trasero entre sus manos.

—Ya te lo he dicho...

Lo miro completamente desconcertada. El ardor que siento en el vientre resulta casi insoportable y no puedo creer que haya detenido mi orgasmo justo cuando estaba a punto de alcanzarlo. Como respuesta, vuelvo a besarlo. Necesito que apague el incendio que ha provocado dentro de mí.

—Dímelo otra vez... —ordena con aquella voz ronca mientras sus dedos se hunden en mi nuca.

Su boca vuelve a reclamar la mía con autoridad. Incluso ahora, en mitad del caos, me recuerda al profesor que domina un aula con una sola mirada.

—Quiero que sigas, Álex... —respondo, completamente fuera de mí.

Una sonrisa apenas perceptible curva sus labios antes de rozarlos con los míos y dejar un pequeño mordisco en el inferior.

—¿Me lo ordenas? —pregunta con un tono juguetón, descaradamente provocador.

—Dudo que acates órdenes.

Una leve risa escapa de su garganta.

—Haré una excepción.