El profesor (El profesor 1) Chapter 33 #2
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Chapter 33 #2

En cuanto apoyo la cabeza sobre su pecho, me derrumbo.

Lloro sin intentar esconderlo. Lloro por la niña de quince años que creyó durante mucho tiempo que algo en ella hizo que provocara aquello.

La que empezó a creer que todos los hombres eran iguales y que no merecían su atención.

La que intentó tirarse delante de un coche al día siguiente, y que tuvo la maldita mala suerte de que el conductor frenara a tiempo.

Incluso soy esa chica que sueña con un hombre perfecto como mecanismo de defensa de su propia mente.

Mi única manera de no hundirme en la miseria.

—Joder… —murmura en mi oído—. Lo siento tanto, pequeña.

Esa palabra termina de desarmarme.

Pequeña.

Nadie me había llamado así y nadie me ha abrazado con tanta ternura y cuidado como él lo está haciendo ahora mismo.

—Se llamaba Brian —susurro contra su pecho con la voz completamente rota.

Él permanece inmóvil unos segundos y después exhala despacio. Acaba de comprender una pieza que llevaba tiempo sin encajar. Entonces, eleva mi mentón con dos dedos y me obliga a mirarlo.

—Para ti siempre seré Álex.

No puedo evitar sonreír entre lágrimas.

—Álex… —repito su nombre.

—Aylin... —Sus manos sujetan mi rostro con delicadeza—. Mírame.

Acaricia una de mis mejillas con el pulgar.

—Nunca… —hace una pequeña pausa. —Jamás te obligaría a hacer algo que no quisieras.

No necesito que añada nada más, ni juramentos, ni siquiera promesas. Hay una convicción tan firme en su voz que me hace creerle con los ojos cerrados. Incluso siento que, por primera vez desde que lo conozco, puedo bajar la guardia.

—Hoy, cuando te has puesto así, tan violento, yo…

—¿Puedes perdonarme?

Ya lo he hecho. No le respondo, solo apruebo porque sé que jamás me haría daño.

—Gracias por confiarme esto —dice mientras deposita un beso suave en mi frente.

—Ahora te toca a ti. —Acaricio su mentón con un dedo—. Cuéntame.

—¿Qué quieres que te cuente?

—Algo que tú quieras. Algo que no hayas podido sacarte de la cabeza. Algo que aún te duela.

No responde, solo aprieta más mi mano y mira el mar.

—Algún día —dice al cabo de un largo silencio—. Hoy quiero que dejemos descansar en paz a esa niña de quince años.

Nos unimos en un abrazo intenso. Permanecemos callados durante unos instantes, dando rienda suelta a las emociones que nos invaden y las cuales no podemos controlar. Es como si no pudiéramos alejarnos el uno del otro.

Pero, súbitamente quedamos interrumpidos por un ensordecedor trueno, seguido de una descarga de gotas. Después, comienza la lluvia torrencial, e incluso diría que el mismo cielo ha roto en llanto al ser testigo de nuestra conversación.

—¿Qué hacemos? —le pregunto.

Barro todo a nuestro alrededor con la mirada, a la vez que siento su brazo sobre mis hombros. Ya no hay nadie en la playa, pues serán las once de la noche y solamente queda un suave brillo que llega de las farolas, aparte de la tenue luz de la luna.

Álex me ofrece la mano y nos miramos desorientados, sin saber qué hacer. Estamos en plena playa y sin una zona urbana cerca. Echamos un vistazo al hotel, pero sus luces brillan a lo lejos. Está demasiado lejos.

—¡Ven!

Empezamos los dos a correr, bajo la descarga de truenos y lluvia.

—Álex… —advierto intranquila.

—¿Qué?

—¡No me gustan los truenos! —grito para que me pueda escuchar.

Este mueve sus labios, sin embargo, el sonido de la lluvia es tan intenso que no consigo oír nada. Renuncio a la conversación y, en cambio, solo corro a su lado y lucho contra el agua deslizándose por mi cara.

—Creo que esto nos servirá.

Me lleva a una especie de cobertizo que hay al lado de unos árboles, en la orilla de la playa.

La luz tenue de una farola que hay cerca y la propia luz de la luna dejan la escena en penumbra.

Podemos distinguir que es un pequeño espacio al aire libre donde se encuentra una mesa amplia de madera y un banco.

El cobertizo muestra un deteriorado techo de paja, que deja pasar el agua alegremente en algunos tramos, y también tiene unas columnas de madera.

Agradezco que la parte de atrás esté cubierta por una chapa metálica y que alrededor haya palmeras y plantas, así nos protegeremos mejor de la lluvia. Queda a la vista solamente la parte de delante, que se abre al mar.

—Espero que la tormenta no dure mucho —comento.

Me agacho y aprieto mi cabello con las manos, deshaciéndome de la abundante agua. Ambos estamos chorreando.

Sin previo aviso, un enorme rayo parte el cielo en dos. Este va seguido de un trueno muy agudo, que me hace gritar desquiciada, muerta de miedo. Es más, prácticamente en el momento en el que escucho el horripilante sonido, salto a sus brazos.

—¡Mierda! —Miro hacia el mar, con el alma en un puño—. Tengo miedo.

Rodeo su torso con los brazos. Odio las tormentas. Odio los truenos, siempre los he odiado.

—Me estás ofendiendo. —Sus labios se tuercen en una serena sonrisa—. No puedes tener miedo a nada ni a nadie conmigo a tu lado. ¿Has visto estos músculos?

Él responde a mi abrazo y habla altanero, aunque con aquella chispa graciosa que adoro en su voz. Me río cuando aprieta mi trasero.

—Ahm... —Carraspeo al darme cuenta de sus intenciones—. En realidad, tú tienes más peligro que la tormenta.

Asiente y me aprieta suavemente contra él. Sus dedos hacen trampa y noto que empieza a levantar mi falda vaquera lentamente, sin quitarme el ojo de encima.

—Señorita... —habla con un tono seductor.

—Dígame, señor...

Le sigo el juego, como siempre hago. Claramente, me estoy olvidando hasta de la jodida tormenta, tan solo me pierdo en sus ojos.

—¿Le gustaría una clase privada para olvidarse de los truenos? —me provoca.

Arqueo mis labios.

—¿Finanzas o…? —lo incito.

Me muerdo el labio, presa del vicio y del deseo que me invade con el tacto de sus manos en mi trasero.

—Me parece que hoy me desviaré del camino y…

Su respiración agitada. Él apretando los labios y tensando los ojos. Yo acariciando su ancha espalda…

—¿Y?

—Le enseñaré algo diferente.

De repente, me levanta sobre su pelvis, obligándome a separar mis muslos y a rodearlo con las piernas. Rozamos nuestra piel húmeda y eso provoca una sensación más intensa todavía en mi interior. Pese a que estamos los dos hechos un trapo, lo encuentro increíblemente atractivo.

¡Virgen Santa!

¿Cómo me puedo excitar en menos de un minuto? Y puedo asegurar que no es el agua de la lluvia.

—¿Cómo de diferente?

—Tanto que la hará gritar. Hummm… —gruñe con esa voz varonil que me enciende—. Mucho.

Camina conmigo hasta la mesa de madera y me sienta sobre ella. Después acerca sus labios a los míos y me regala un beso lento, casi delicado. Nuestras lenguas se encuentran y nuestras bocas comienzan a seducirse mutuamente. Se buscan, se muerden y se invaden.

—Le contaré un secreto. Besarla se ha convertido en mi debilidad —confiesa

—¿Solo besarme? —respondo mientras me mojo los labios, impaciente.

Desabrocho los botones de su camisa empapada, dominada por una necesidad casi irracional de sentir su piel.

Enseguida consigo quitársela y la deslizo por sus hombros.

Él la deja caer sobre el banco que hay a un lado antes de apartarme el cabello mojado del rostro.

Sus dedos ascienden hasta mi cuello mientras yo acaricio su torso firme, que brilla bajo la tenue luz del cobertizo.

«¡Jesús! Lo deseo tanto», suspiro para mis adentros.

—Señorita Vega... —Su boca vuelve a fundirse con la mía en un beso cargado de pasión mientras presiona su pelvis contra mis caderas—. ¿Se acuerda de que le dije que no siempre seré un caballero?

Los latidos de mi corazón se disparan y el intenso cosquilleo que nace entre mis piernas parece dictar sentencia.

Succiona mi labio inferior y vuelve a conquistar mi boca con una voracidad casi desesperada, intentando recorrer cada rincón con su lengua.

Aprieto los muslos contra sus caderas y clavo las uñas en su cuello mientras acompaño el ritmo de aquel beso interminable.

Sonrío entre un beso y otro, incapaz de dejar de devorarlo.

—No soy un hombre de palabras... —dice con la respiración entrecortada mientras hunde una mano en mi cabello—, sino de hechos.

Sin previo aviso, apoya una mano sobre mi pecho y ejerce presión hasta tumbarme sobre la mesa de madera en un abrir y cerrar de ojos. El hombre apasionado y descontrolado ha regresado y el dulce ha desaparecido.

—Joder… —suspiro, sobresaltada al notar la mesa contra mi espalda de golpe.

Un escalofrío me recorre la piel cuando se inclina sobre mí y agarra mi camisa con ambas manos. Empieza a tirar de la tela con precisión y los botones salen despedidos uno tras otro bajo la fuerza de sus manos, hasta dejar al descubierto únicamente la parte superior de mi bikini.

Lo observo desconcertada, es el mismo hombre de la noche anterior, pero parece impulsado por una intensidad mucho mayor.

—¿Sabes? —No tarda en retirar también el sujetador y su mirada queda fija sobre mis senos—. No he dejado de pensar en ti en todo el maldito día, Aylin.

Se inclina sobre mí y hunde los labios en mis pechos mientras me atrae más hacia él. Me mantiene completamente inmovilizada sobre la mesa del cobertizo. Mis rodillas rozan sus costillas y termino atrapándolo entre mis piernas.

—¿Y tú...? —Su boca asciende y desciende por mi cuello, obligándome a inclinar la cabeza hacia un lado—. ¿Has pensado en mí?

Su erección presiona mi entrepierna a través del pantalón.

—Ojalá fuera solo pensar... —Mi infiel corazón me traiciona—. Te he echado de menos, Álex.

Mi mente se nubla cuando vuelve a besar mis pechos con una ansiedad casi animal. Su lengua juega con mis pezones y sus manos descienden deprisa por mi abdomen.

Durante unos instantes me olvido de todo.

De mi pasado y de mi presente. Solo existimos él y yo, consumidos por aquella locura, mientras los relámpagos iluminan el cielo y la lluvia golpea el tejado de paja con una cadencia cada vez más intensa.

Algunas gotas consiguen atravesarlo y resbalan sobre mi rostro.

—Esto te sobra —murmura con voz grave junto a mi oído.