El profesor (El profesor 1) Chapter 33
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Chapter 33

É l no responde de inmediato. Mantiene la vista fija en el horizonte mientras hace girar lentamente la copa entre sus dedos.

Le doy un pequeño sorbo al champán y dejo que el dulzor invada mi paladar. El rumor de las olas llena el silencio y, por un instante, llego a pensar que no piensa contestarme.

—Si estamos aquí en este momento, doy por hecho que existe —afirma al fin—. Pero posiblemente no el nosotros que tú esperas.

—Lo sé. Estás casado.

Aparto la mirada y dibujo líneas distraídas en la arena con la yema del dedo. No es un reproche, es una realidad. Y, además, una realidad que jamás podré cambiar.

—Así es. —Acaricia mi dedo con suavidad, obligándome a detenerme—. No puedo ofrecerte nada más allá del placer.

—Aun así... —Se me traba la lengua—. Siento que tú...

—¿Qué?

Esto que hay entre nosotros es una aventura, Aylin. Una simple aventura, ¿vale?

Sus palabras regresan a mi memoria con una claridad dolorosa y, de pronto, me siento ridícula.

—¡Nada! —respondo demasiado deprisa—. No te preocupes, está todo claro. —Esbozo una sonrisa forzada—. Es obvio que no puedo ni debo pretender estar al mismo nivel que tu mujer.

Intento sonar fría. Intento parecer indiferente, por eso mantengo la vista baja, para que no descubra lo mucho que me afecta todo esto.

—No estás al mismo nivel. —Me obliga a levantar la vista—. Estás por encima. Eres pura, cariñosa, dulce, inocente, noble... todo lo opuesto a Lorraine.

Lo miro escéptica. No sé si me está regalando los oídos o si realmente cree cada una de las palabras que está pronunciando. Aun así, hay demasiadas cosas que no entiendo.

—¿Entonces? —insisto.

—Los lazos que siempre he tenido con ella han sido puramente físicos y profesionales.

—¿Qué te proporciona ella que yo no te puedo dar? —Me lanzo de cabeza al precipicio.

—Es muy complicado de explicar. Cuando conocí a Lorraine, lo hice en un contexto del que no estás preparada para que te hable.

—Ponme a prueba —digo sin titubear.

—No te puedo contar cosas que sé que te escandalizarán.

—Soy mayor de edad.

—¿Seguro?

—Anoche no lo dudabas tanto. Ni esta mañana —suelto insinuante.

Guarda silencio, sin embargo, el brillo divertido de sus ojos delata que mi comentario le ha hecho gracia. Después desvía la vista hacia el agua y permanece pensativo.

—Tiene que ver con tus gustos sexuales, ¿verdad? —prosigo al ver que no piensa responderme—. Lorraine satisface todo eso que me dijiste.

—No solo eso.

—Hazme entender. Dijiste que usabas juguetes y artilugios.

El profesor da un largo sorbo a su copa de champán, tan largo que la deja vacía. Acto seguido vuelve a llenarla hasta la mitad.

—¿Quieres?

—No, gracias.

—Como te dije ayer —continúa, y yo me convierto en todo oídos—, siempre me ha gustado probarlo todo. Y sí, me gusta jugar, azotar, atar...

—¿Azotar y... atar? —Pongo una mueca bobalicona.

—Me gusta ver a la mujer que tengo delante a mi merced, sometida ante mí. Verla pedir y suplicar por más. Tener el control, Aylin. Disfruto con ello.

—¿Eres una especie de Christian Grey? —pregunto incrédula.

¿Quién no se ha leído esa novela?

Me estremezco cuando los nervios vuelven a doblegarme. Todo aquello suena inquietante en su boca y, de pronto, mi imaginación empieza a llenarse de látigos, antifaces y sombras sugerentes que flotan delante de mis narices. Bebo mi copa de champán de un trago mientras él me observa con atención.

—No sé quién es. ¿Un modelo? ¿Un actor?

Me río, aunque el corazón me da tumbos dentro del pecho.

—Lo que me estás contando no es algo típico —digo confundida.

—¿Y qué es «algo típico» para ti?

—No sé. —Alzo los brazos mientras intento ordenar mis ideas—. Algo normal. Por ejemplo, lo que sucedió entre nosotros anoche.

—Mis gustos no son anormales. Solo son diferentes.

—Comprendo.

—El sexo puede ser mucho más complejo de lo que la mayoría imagina. El problema es que sigue siendo un tema tabú y la gente tiene demasiados prejuicios.

—¿Entonces esperas que yo sea tu sumisa? —suelto la bomba antes de volver a llevarme la copa a los labios.

—¿Mi sumisa?

—Era… broma —murmuro mientras me abanico con una mano, estoy hiperventilando—. No creo que a mí me vaya ese rollo y es mejor que lo sepas.

Intento averiguar qué espera realmente de mí. Él hace una mueca y parece reflexionar durante unos segundos.

—No te quiero hacer mi sumisa. Solo quiero que disfrutes y, en realidad, soy switch .

—¿Qué significa?

Le tiendo la copa para que vuelva a llenarla. Necesito ocupar las manos en algo porque esta conversación se está volviendo cada vez más descabellada.

—Versátil. Aunque me guste dominar, tampoco me importa si la mujer toma el control en algún momento. También disfrutaría si jugara conmigo con unas esposas, por ejemplo. Eso me encendería mucho.

Esposas.

Un escalofrío me recorre la espina dorsal y los nervios vuelven a surgir. El hormigueo que recorre mi piel se intensifica.

—¿Y por qué haría algo así?

—¿Lo ves? No estás preparada para hablar de esto.

Su mirada se vuelve seria de repente, igual que su voz.

—Pero no te juzgo —añade sereno.

—¿Y qué pasará con nosotros si yo...?

—¿Si no pudieras hacerlo?

—Sí —la voz me tiembla.

—No pasará nada —responde con calma—. Y si quieres saber si voy a seguir deseándote, la respuesta es sí.

Escuchar aquello me alivia, aun así, sigo teniendo dudas.

—Debo preguntarte algo.

Evado su mirada y me muerdo una uña mientras nuestras rodillas chocan levemente.

—Hoy me has dicho que me castigarás.

—Y quieres saber de qué manera —completa mi frase.

—Así es.

Lo miro con timidez y con un poco de miedo. Jamás sabes qué esperar de él.

—¿Estás segura?

Asiento convencida. Se apoya en un codo, reduciendo la distancia entre nosotros hasta que nuestras bocas quedan a pocos centímetros.

—Te ataría, por supuesto.

Ese «por supuesto» no suena nada bien.

—Jugaría con la sensibilidad de tu cuerpo y con tu mente. Tanto que terminarías olvidándote de todo lo demás.

—¡Oh! —ahogo un sollozo, rezando para que no lo haya escuchado.

—Y después te mantendría a raya. Ese sería tu castigo.

Se relame los labios mientras habla y termina acomodándose a mi lado, apoyado sobre un antebrazo. Yo permanezco inmóvil y con la piel erizada.

Mente fría. Ese será mi lema a partir de ahora.

—Entonces concluyo que me golpearías de verdad si yo te diera permiso.

Para mí nada de aquello tiene demasiado sentido.

—Dicho así suena muy feo. Azotar no es golpear, y depende de la manera en que lo haces y de lo que quieres provocar en la otra persona.

Acerca un poco más el rostro y deja que un dedo resbale por mi pierna. Mi corazón se acelera.

—Yo no podría...

No termino la frase porque, sin previo aviso, bajo la vista bruscamente y noto los ojos nublados.

«No. Ahora no».

Aprieto los labios con fuerza, intentando contenerlas, pero es inútil. Una tras otra, comienzan a caer sobre mis mejillas.

—¿Qué ocurre? —pregunta al instante. Su voz pierde toda la seguridad habitual—. ¿He dicho algo que… ?

Niego con la cabeza mientras tiemblo.

—No... no eres tú.

Me cubro la boca con una mano. Me cuesta respirar.

Su expresión cambia por completo y, sin decir nada, entrelaza sus dedos con los míos y me aprieta la mano con una firmeza serena. No habla, solo espera. Su silencio, curiosamente, me anima a seguir hacia delante.

—Me cuesta mucho...

—Sh... —Besa el dorso de mi mano—. No tienes que contármelo si no quieres.

Pero sí quiero. No quiero contárselo porque sea fácil, es porque llevo demasiados años huyendo. Demasiados años fingiendo que nunca ocurrió.

—Cuando tenía quince años... tenía una especie de novio.

Las palabras salen despacio y siento que cada una me pesa una tonelada. Aun así, sigo.

—Todo iba bien hasta que un día dijo que había llegado el momento de dar un paso más.

Tengo la garganta completamente cerrada así que, al instante, cojo la copa y me bebo el champán de un trago. Ni siquiera noto el sabor.

—Estábamos solos en su casa. Sus padres habían salido. Al principio empezó a besarme... y yo me aparté. Le dije que parara. Pensé que simplemente insistiría un poco más y entendería que aún era pronto para perder mi virginidad.

Cierro los ojos. Ojalá hubiera sido solo eso.

—No se detuvo —mi voz apenas es un susurro—. Me dijo que me iba a gustar y que todas terminábamos queriéndolo.

Las lágrimas vuelven a caer.

—Me empujó contra la cama.

Él aprieta ligeramente mi mano. No interrumpe, no hace preguntas, solo permanece conmigo.

—Cogió las esposas de su padre. Era policía —continúo, pero el aire deja de entrar en mis pulmones—. Me inmovilizó las manos en el cabecero y yo…

Trago saliva.

Maldita sea. Todavía puedo sentir el frío del metal alrededor de mis muñecas.

—Intenté defenderme. Le di patadas. Le arañé. Le supliqué que parara.

Mi respiración se entrecorta y cierro los ojos, queriendo borrarlo de mi maldita cabeza de la manera que sea.

—Entonces me golpeó. Una vez. Y otra…

Mi voz termina rompiéndose.

—Recuerdo el sabor de la sangre en la boca... y que no dejaba de repetir que acabaría gustándome.

Durante unos segundos solo se escucha el mar, el viento y mi respiración deshecha.

—¿Qué pasó? —Noto su fuerte brazo rodeándome la cintura y atrayéndome más a él.

—Alguien abrió la puerta. —Sonrío con una amargura insoportable—. Fue su hermano pequeño, había vuelto antes de lo previsto.

Cierro los ojos.

—Ese niño... me salvó.

Él maldice entre dientes mientras su mano aprieta con más fuerza la mía.

—Maldito cabrón...

Asiento y me mojo los labios.

—Nunca se lo conté a nadie. Ni a mis padres, ni a Berta. No sé, me daba vergüenza.

Vergüenza.

La palabra sale de mi boca y me odio por pronunciarla, como si la culpable hubiera sido yo. Como si hubiera hecho algo para merecer aquello.

—Ven aquí. —Me atrae hacia él con suavidad.