El profesor (El profesor 1) Chapter 32 #3
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Chapter 32 #3

Recuerdo la celebración en la playa que se organizaba después de la conferencia. Y sigo pensando que no tenía que haber creído a Lorraine, fue el propio rector quien le pidió a Álex que viajara con él para la entrega de premios.

Mi corazón late con fuerza, pero a la vez siento alivio. Alivio al comprobar que quizá no sea el psicópata o el manipulador que he imaginado.

Llegamos enseguida cerca de la orilla. La oscuridad de la noche nos envuelve y enseguida levanto la vista hacia un cielo en el que apenas brillan unas pocas estrellas.

Mientras admiro la luna llena, siento la necesidad de hundir los pies en la arena solo que, cuando intento quitarme las sandalias, pierdo el equilibrio y doy un pequeño traspié.

Él me sujeta del brazo antes de que caiga y consigo recuperar la estabilidad.

—¿No te las vas a quitar? —pregunto señalando las suyas.

—No.

—Pues la arena es una maravilla. No sabes lo que te estás perdiendo.

—Me basta con estar aquí contigo —responde distraído, con las manos en los bolsillos.

Lo miro encandilada mientras continuamos caminando. Todavía me cuesta asimilar que el profesor posea ese lado tierno y romántico que suele mantener oculto la mayor parte del tiempo.

A la luz de la luna, su rostro parece diferente. Y, como siempre ocurre, sus palabras terminan tocándome una fibra muy sensible.

—Álex... ¿qué pasará mañana? —le pregunto mientras disfruto del tacto de la arena bajo mis pies y agito distraídamente las sandalias en mi mano derecha.

—Pues volveremos a Boston, eso es lo que pasará.

—Eso ya lo sé. Pero... ¿qué pasará con nosotros?

Seguimos caminando a una distancia de al menos un metro y, lo cierto, es que nuestra conversación se parece demasiado a un témpano de hielo.

—Ya se verá.

—Tu respuesta es…  —contesto rápidamente, deteniéndome en seco.

—La única que tengo —habla con calma, en un tono neutro—. No te puedo ofrecer gran cosa, a diferencia de ti, que me estás ofreciendo tanto.

Cuando me mira, percibo una emoción desconcertante en sus ojos. Una emoción que no sé interpretar.

—¿Qué te estoy ofreciendo? —pregunto.

—Mucho. Me has entregado tu virginidad, para empezar. Te estabas reservando para ese chico ideal. —Hace una pausa antes de extender la mano hacia mí, dejando que sus dedos rocen los míos—. ¿Te arrepientes?

Termina de envolver mi mano con la suya y entrelaza nuestros dedos con firmeza, obligándome a acercarme un poco más.

—No, Álex. No me arrepiento —respondo sin vacilar—. Y si tuviera que volver a hacerlo, lo haría mil veces más.

—Me alegra escuchar eso.

Observo su sonrisa perfecta en la penumbra mientras el calor de su mano consigue relajarme poco a poco. Tengo la sensación de que aprieta sus dedos contra los míos con más fuerza.

—Me estás dando la oportunidad de vivir momentos normales —continúa.

¿Momentos normales?

—¿Qué quieres decir?

—Esto. Caminar por la playa como si fuéramos una pareja. —Levanta nuestras manos unidas y señala el gesto con un leve movimiento de cabeza.

—¿No lo has hecho con nadie hasta ahora? —balbuceo.

—No.

—¿Ni con tu mujer?

—Tampoco.

Mis neuronas intentan procesar la información, pero acaban de recibir un auténtico azote. Su respuesta resulta tan extraña que no sé ni qué pensar.

—¿Me lo podrías explicar?

Me arrepiento de haber formulado la pregunta nada más terminarla. Temo que vuelva a encerrarse en sí mismo y también temo que me confiese más cosas de las que realmente quiero escuchar. Verdades capaces de hacer mucho daño.

—¿Y si nos sentamos? —propone en voz baja mientras señala la orilla.

Caminamos unos pasos más y terminamos dejándonos caer sobre la arena húmeda. El agua parece más tranquila esta noche y la calma del océano se extiende a mi interior. Cuando miro hacia atrás, las luces del hotel apenas brillan en la oscuridad. Todavía quedan algunas personas paseando por la playa.

Contemplo las suaves olas y lleno mis pulmones del aire fresco tan característico del mar. Después, casi doy un brinco cuando escucho el sonido del tapón al salir disparado de la botella de champán. Las burbujas escapan con fuerza del cristal.

—Su copa, señorita Vega.

—Gracias —contesto con un tono involuntariamente coqueto.

Él vierte el líquido dorado y espumoso en nuestras copas y, mientras lo hace, vuelve a analizarme con aquellos profundos ojos oscuros. No se limita a mirarme. Juraría que lo hace de una manera distinta. ¿Cómo es posible que el profesor tenga personalidades tan diferentes?

Alzo la copa al mismo tiempo que él.

—Por nosotros, aunque...

—¿Aunque? —repito expectante.

—Esta noche brindamos especialmente por tu logro. Eres una de las tres personas con mejores notas de nuestra facultad. Que no se te olvide, Aylin.

Nuestras copas chocan suavemente y el sonido cristalino parece fundirse con el rumor constante de las olas. A decir verdad, todavía no soy plenamente consciente de lo que ha ocurrido. Ni del diploma, ni del cheque.

Sin embargo, no quiero desviarme del tema. No puedo fingir que no he escuchado esa palabra. Tomo aire y simplemente me lanzo.

—¿Existe un nosotros ?