El profesor (El profesor 1) Chapter 32 #2
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Chapter 32 #2

Percibo la inseguridad que se esconde detrás de su voz y noto cómo su respiración se vuelve algo más irregular. El brillo de sus ojos desaparece poco a poco, sustituido por una oscuridad que me resulta inquietantemente familiar.

Rezo para que no me rechace. Necesito arreglar esto. La necesito a ella.

—No hay más que hablar —carraspeo—. Tenemos una charla pendiente.

—No sé por qué, pero esta situación me suena mucho.

Su réplica rezuma sarcasmo y me aparta la mirada mientras se pone de pie, gesto que me obliga a incorporarme también. Sin querer, mi vista resbala sobre su cintura.

—¿Qué te parece si nos olvidamos de lo sucedido hoy y celebramos tu logro?

Retrocedo unos pasos y me dirijo hacia la imponente mesa sobre la que descansa una botella de champán en medio de una cubitera plateada.

La tomo entre mis manos y se la muestro.

Ella fija la vista en la botella y, acto seguido, en las dos copas que esperan a su lado.

Lo tenía todo preparado todo antes de llegar a la habitación.

Su mirada me sigue, desconcertada, cuando vuelvo a depositar la botella en la cubitera. Estoy convencido de que intenta adivinar mis intenciones.

—Confía en mí.

Me aproximo con lentitud, invitándola al pecado con la mirada.

—Me pediste que no confiara en ti —susurra mientras se cruza de brazos.

Un golpe bajo. Jodidamente bajo.

—Acepta. —Anclo los pies delante de ella y rozo sus antebrazos con suavidad—. Te prometo que tus deseos serán órdenes.

—Entonces tengo una condición.

Agradezco que no vuelva a huir de mí. No lo soportaría.

—¿Cuál? —Frunzo el ceño.

—Bueno, en realidad dos.

Miedo me da.

—¿Cuáles? —Arqueo las cejas e intento mostrarme calmado, aunque sienta el pecho extrañamente encogido.

—Primero, que no vuelvas a darme órdenes.

—Podré hacerlo. —Aprieto los labios, pensativo—. ¿Y la segunda?

—Que no te lleves el móvil contigo a la playa. Quiero que te olvides del trabajo, aunque sea por una noche.

¿El móvil? Me cuesta ir a cualquier parte sin él.

—Esto se llama chantaje… —constato, aunque confieso que me encanta nuestro juego de seducción—. Recuerdo que dijiste que no te gustaba el chantaje.

—¿Trato hecho? —pregunta sin responder y pasando olímpicamente de mi comentario.

Al instante me tiende la mano. Aprieto sus dedos complacido y estrechamos nuestras manos como si acabáramos de cerrar un importante acuerdo de negocios.

—Trato hecho —afirmo.

Me gusta el juego y me gusta ella. Me gusta Aylin en todas y cada una de sus facetas. Pero lo que más me gusta es ponerla al límite y contemplar cómo sus mejillas se encienden y sus ojos arden mientras intenta mantener la compostura.

Entonces hago trampa.

Aprovecho la mano que me ha tendido para tirar suavemente de ella. La atrapo entre mis brazos en menos de un segundo y presiono mis caderas contra las suyas. Lo hago a propósito, únicamente para que sea consciente de todo lo que despierta en mí.

—Ahora bien... —musito junto a su oído—, prepárate porque esta noche no te voy a soltar.

Noto su cálido aliento rozándome el cuello y un escalofrío me recorre la espalda.

—Álex...

—Me gustaría estrenar la playa contigo y no precisamente tomando el sol. Tú ya me entiendes.

Suspira impaciente mientras clava las uñas en la tela de mi camisa. Percibo los latidos acelerados de su corazón contra mi pecho y aplaudo internamente por haber obtenido el resultado deseado.

No tengo palabras para describir lo satisfecho que me siento al verla temblar de esa manera. Todo está yendo de maravilla.

—Eso dependerá de lo bien que se te dé solventar todas mis dudas —responde con la misma firmeza que me ha demostrado durante todo el día.

—De acuerdo —apruebo—. Veré lo que puedo hacer.

—Solo te advierto que cuando digo todas, es… —presiona mis hombros y me obliga a mirarla directamente— todas.

Me aparta de ella con un empujón brusco, dando por concluido nuestro fugaz acercamiento.

«¡Ahhh!», ruge una parte de mí, atrapada entre la euforia y la excitación. «¡Sí que es una fiera esta mujer!»

—Voy a ducharme.

Escucho embobado su escueto comentario y me obligo a callar la puta boca para no estropear nada. La observo alejarse. Observo el movimiento de sus caderas y su andar decidido. Y ese culo terroríficamente sexy que amenaza con destruir cualquier intento de autocontrol.

¡Por los jodidos dioses!

Mientras la miro como un auténtico imbécil, tomo un cubito de hielo de la cubitera donde descansa la botella de champán y me lo llevo al cuello.

«Ahhh, Aylin», suspiro para mis adentros. «Prepárate, nena».

El cubito se derrite casi al instante sobre mi piel.

Paso número dos en marcha.

AYLIN

Vaya. Pensará que un libro lo soluciona todo.

Pero no.

Dedico una mirada fugaz a mi teléfono y me quedo impresionada por la cantidad de mensajes que hay sin leer en el grupo de Los Fantásticos de H . Cincuenta y dos mensajes.

Los reviso por encima y enseguida me doy cuenta de que mis amigos saben que no estoy en Boston.

Entre cachondeo, emoticonos y GIFs, Rebe y Adam parecen especialmente interesados en averiguar cómo está yendo el fin de semana.

Además, al ver que no contesto, empiezan a insistir hasta el punto de resultar cansinos.

Incluso he recibido una llamada de Rebe.

Ahora a ver qué narices les contaré el lunes cuando empiecen a interrogarme. Solo espero que en mi frente no aparezca escrito, con letras mayúsculas y luminosas: «TENGO UNA AVENTURA CON EL PROFESOR DE FINANZAS». Mentir bien nunca ha sido una de mis virtudes.

Aparto el móvil y procuro darme prisa. Antes de salir, contemplo mi reflejo en el espejo del cuarto de baño. Para esta noche he optado por una camisa blanca de media manga y una falda vaquera corta. Está empezando a refrescar y son casi las diez de la noche.

Inclino ligeramente la cabeza y me examino con atención, intentando encontrar algún fallo. Parezco una auténtica colegiala, solo me faltan las gafas y los libros.

A continuación, hago un nudo en la camisa a la altura del ombligo, dejando parte de mi cintura al descubierto. También desabrocho el botón superior y recoloco ligeramente el escote, justo cuando escucho unos pasos acercándose.

—¿Qué te falta?

Álex entra en el cuarto de baño y se queda observándome durante unos segundos.

Compruebo que sigue vistiendo el pantalón gris del traje, doblado unos centímetros por la parte inferior, y la misma camisa blanca remangada.

Lleva unas sandalias playeras y sostiene la botella de champán y las copas en una mano.

—¿No te has cambiado? —pregunto con una mueca.

Se encoge de hombros y se apoya en el marco de la puerta—. ¿No estoy bien así?

—No es eso —respondo—. Creo que no vas a estar cómodo.

—En realidad, cuando más cómodo me siento es cuando llevo traje. Por cierto… —sus ojos bajan a mis pechos— bonita camisa.

Su comentario, pronunciado con aquella picardía tan característica, provoca que vuelva a sentirme idiota. Y sí, quizá le perdone como siga con esta actitud de Don Juan.

—¿Nos vamos entonces? —pregunta con serenidad cuando no le respondo.

—¿Qué le has dicho al rector?

Aunque intente aparentar orgullo, en el fondo me da muchísima vergüenza no haber acudido a un acto tan importante. La culpa sigue pesándome.

—Nada. Que estabas indispuesta.

—La verdad es que no me esperaba el premio.

—No sé por qué dices eso. —Me observa mientras me indica la salida hacia la planta baja del hotel—. Eres muy válida y muy trabajadora.

—Lo dices solo para halagarme.

—No soy ese tipo de persona.

Sus dedos presionan suavemente mi espalda y, durante un instante, parece distraído. Sus ojos recorren el entorno, pasando de un cliente a otro cuando salimos al jardín. Tengo la impresión de que está buscando algo o a alguien.

—¿Qué estás mirando?

—Nada. —Niega con la cabeza—. Me ha parecido reconocer al vocalista del grupo.

Sigo su mirada hasta un pequeño escenario improvisado junto a la lujosa piscina. Un grupo de músicos está tocando y los turistas parecen disfrutar de la velada. La melodía elegante invade la noche, únicamente acompañada por el rugido constante de las olas golpeando la orilla.

Escucho las notas de un teclado y de un violín. Qué belleza.

Permanezco unos segundos escuchando aquella música, que actúa como un bálsamo para mis oídos y también para la tensión que se ha instalado entre nosotros.

—Parece que hay una fiesta.

—Es sábado —comenta—. Por cierto, ¿hoy todo bien?

—Sí. He dado una vuelta por los alrededores y también he estado en la piscina.

—Me alegro. —Hace una breve pausa—. Seguro que los regalos son preciosos.

¿Regalos? Giro la cabeza hacia él mientras avanzamos entre la multitud.

—¿Cómo sabes que he comprado regalos?

—No lo sé. —Su mano desciende hasta la parte baja de mi espalda—. Puedo imaginarlo. Cuando me he ido a la universidad he visto muchos quioscos de suvenires junto a la carretera.

—Ah, sí, tienes razón. He comprado algunos regalos para mi familia. Y también he adelantado trabajo.

—¿A qué te refieres?

—Me he permitido redactar ya el primer capítulo del libro. Necesita muchas correcciones y tu visto bueno, pero...

—¿Tienes ya el primer capítulo?

Su sorpresa hace que me humedezca los labios. Asiento con cierta inquietud, he tardado más de una hora en redactar unas siete páginas y no me gustaría que pensara que voy por libre.

—Fabuloso —dice para mi sorpresa—. La próxima semana lo revisaré, ¿de acuerdo?

Sonrío aliviada.

—Tenías que haber ido a la fiesta de la universidad.

—No te preocupes. Seguro que me hubiese aburrido mucho, como siempre... —responde con apatía, sin apartar los ojos de mí.