El profesor (El profesor 1) Chapter 32
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Chapter 32

E l acto oficial y mi discurso se llevan a cabo en el Auditorio de la Universidad de Miami, bajo la atenta mirada de una parte de mis hombres.

La otra parte permanece cerca del hotel, vigilando a la señorita Vega.

El evento de hoy está siendo retransmitido incluso por las noticias de una cadena local.

Por mi parte, la he disculpado ante el rector del gran complejo universitario, explicándole que se encontraba indispuesta y que, por ese motivo, no ha podido acudir.

Dedico una hora y media a mi intervención, una conferencia en la que trato asuntos actuales del mundo de las Finanzas y hablo sobre mi trabajo como catedrático, además de abordar diversos temas relacionados con mis publicaciones.

No puedo evitar sentirme agradecido y orgulloso al comprobar cómo el público me aclama.

Tampoco yo puedo relajarme, mi mirada barre a mi alrededor en busca de sospechosos. Nadie me garantiza que, si a Jack le tendieron una trampa, no podría ocurrir lo mismo hoy aquí. Los eventos de este tipo representan la ocasión perfecta para muchos hijos de puta.

Cuando estoy a punto de marcharme, identifico a Robert Kiroski entre los invitados y me acerco a saludarlo. Es el escritor y experto en Finanzas con más libros vendidos de nuestro continente. ¿Qué se puede decir de él? Una verdadera estrella.

Él también se alegra de verme y terminamos entretenidos hablando sobre la bajada de dos dólares del Dólar Blue frente a la subida de un dólar del BNA.

Conversamos durante varios minutos acerca de las consecuencias de esta fluctuación y, no sé muy bien por qué, termino pensando en que a ella seguramente le entusiasmaría conocer a Kiroski, ya que es una auténtica adicta a estos temas, casi tanto como yo.

Cree que no me doy cuenta de que, cada vez que mira atentamente el móvil, está leyendo noticias financieras o vigilando el movimiento de las bolsas en el Wall Street Journal.

Tras casi tres horas, me despido cordialmente y me disculpo por no poder asistir a la fiesta que se celebrará después del acto en una playa cercana.

Le indico a mi chófer que me lleve al hotel.

No veo la hora de regresar para verla. Y, aunque ella no lo sepa, me han informado de cada paso que ha dado.

La señorita Vega ha almorzado a las 14:43 horas —bastante tarde— y después ha salido a pasear.

Su paseo ha durado exactamente treinta y cinco minutos y ha comprado varios suvenires en un quiosco colindante.

Más tarde ha estado bañándose en la piscina durante aproximadamente una hora y quince minutos y, finalmente, ha subido a la habitación.

Asimismo, también he avisado en recepción para que ahuyenten a cualquier hombre que se le acerque. Jamás permitiría que alguien ligara con ella.

Todo despejado. Los dos hombres que han hablado con la señorita Vega en la piscina ya no son un estorbo. Con suma discreción, señor.

Leo el mensaje de texto que me han enviado minutos atrás. Respiro aliviado cuando me informan de que ella no se ha dado cuenta de nada; eso, sin duda, sería lo peor que me podría pasar.

Cuando llego a la quinta planta e ingreso en nuestra suite, me dirijo hacia la habitación con cierta inquietud por su actitud de hoy. Toco una vez y entro, después de respirar profundamente para serenarme. Debo ser inteligente y controlar mis emociones.

La encuentro tumbada sobre la cama, leyendo un libro.

—Hola —musito mientras me siento en el borde del colchón, cerca de ella—. Te tengo que felicitar.

Lo gracioso de la situación es que ni siquiera me mira. Sin embargo, sé perfectamente que se ha dado cuenta de mi presencia porque, sencilla y maravillosamente, frunce los labios y acerca más el libro a su rostro, fingiendo una concentración que no existe.

Ya la he pillado. Quiere hacerme creer que pasa tres pueblos de mí. ¿A quién intenta engañar? La verdad es que resulta adorable cuando está de morros.

—Te he traído algo.

Coloco el diploma y un cheque de mil dólares a su nombre delante de su cara, ocultando parcialmente el libro que estaba leyendo.

Por suerte, consigo captar su atención. Entonces mira el diploma, mira el cheque y finalmente levanta la vista hacia mí. Sus preciosos ojos me observan con desconcierto.

—Te lo mereces.

Empieza a leer en voz alta.

—«Diploma concedido a la alumna Aylin Vega como recompensa por conseguir uno de los mejores resultados académicos de Harvard Business School del...». —Me mira estupefacta—. ¿Año pasado?

—Así es —afirmo—. Señorita Vega, usted ha sido galardonada como una de las tres personas que consiguieron los mejores resultados académicos de nuestra facultad.

—¿Qué es esto?

—Un diploma. —Me encojo de hombros.

—Pero, ¿por qué me entero ahora?

Sus ojos brillan y sus pupilas se dilatan.

—Al saber que trabajabas conmigo, Brighton me avisó de que el acto se iba a celebrar en Miami y me pidió que te trajera de viaje sin decirte nada, para que fuera una sorpresa. Pero tú...

Miro al suelo durante un instante. En el fondo me fastidia que nada haya salido como lo planeamos, tanto el rector de Harvard como yo. Sé perfectamente cuánto aprecia el equipo directivo el esfuerzo académico de Aylin.

—¿Entonces era por eso que insistías tanto en que fuera contigo a la universidad?

Cierra el libro con rapidez, como si acabara de olvidar por completo que estaba enfadada. Yo simplemente asiento y me acerco un poco más.

—Correcto.

—¿Por qué la entrega de premios se ha realizado aquí y no en Boston?

—Porque las universidades van rotando —le explico—. Cada año se celebra en un lugar distinto.

—¡No me lo puedo creer! —Mira el diploma asombrada.

—Es tuyo, Aylin. Te lo mereces. —Toco su rodilla en un gesto amable—. Te doy las gracias por todo el esfuerzo que depositaste el curso pasado, en mi nombre y en el del equipo educativo.

Sigue mirando el papel, incrédula, sin prestar atención alguna al cheque con el dinero.

«No es ninguna interesada», pienso mientras observo su reacción.

Su carrera, en cambio, sí lo es todo para ella.

Y eso, sin duda, representa un arma de doble filo.

Por un lado, me beneficia, porque puedo impulsar su futuro profesional y conseguir que cada vez sienta una conexión más fuerte conmigo.

Pero, por otro, si fuese una mujer materialista, probablemente me resultaría mucho más sencillo alcanzar mi objetivo.

—Gracias.

Mi reflexión queda interrumpida por sus escasas palabras y noto cómo relaja los hombros, escondiendo por fin las garras.

—También se lo agradeceré al rector cuando volvamos a Boston.

—¿Estás feliz? —le pregunto.

—Sí —contesta deprisa y vuelve a echarle un vistazo al diploma—. ¿Cómo ha ido la charla? —intenta sonar amable.

Mis neuronas están aplaudiendo este logro. Pensaba que seguiría enfadada y que no cedería tan fácilmente. Incluso estaba atrapado en la inseguridad y daba por hecho que no me dejaría entrar en su habitación.

—Bien —respondo animado—. En realidad, me hubiese gustado presentarte a Robert Kiroski.

Remato la frase sabiendo perfectamente el efecto que va a provocar en ella.

—¿¡Quién!? —exclama enloquecida—. ¿El mismísimo Kiroski?

Observo cómo la emoción y la ilusión crecen en sus ojos y, al instante, me aprieta el brazo con fuerza. Se coloca de rodillas sobre la cama, como una auténtica niña pequeña, y abre los muslos sin darse cuenta.

«¡No, Aylin! No hagas eso, por favor», pienso crispado.

Claramente, todas mis neuronas desaparecen cuando ella está cerca.

—¿Conoces a Kiroski?

—Sí —contesto complacido al verla tan feliz—. ¿Ves lo que te has perdido por tu cabezonería?

Esboza una adorable mueca y se cruza de brazos.

—No intentes quitarle importancia a lo que ha pasado —dice con semblante serio.

Sonrío sin querer. Todavía me sorprende la facilidad con la que me sale hacerlo desde que ella ha entrado en mi vida.

—Jamás le quitaría importancia. Solo quiero corregir mi error, Aylin… —Separo las piernas y me apoyo en las rodillas con los codos, bajando la cabeza—. No te preocupes, habrá más oportunidades. Y bueno… te he traído algo más.

Le entrego un paquete rectangular envuelto en papel morado. Me he dado cuenta de que le gusta ese color por el vestido violeta que llevaba en el Hotel Gold durante la cena con mis socios y también por la pequeña maleta morada que se ha traído a Miami, además de alguna otra prenda que le he visto.

—¿Un regalo?

Agranda los ojos intrigada, mientras examina el paquete.

—¿Qué es esta vez, un consolador? —pregunta sugerente.

Siento cómo unas pequeñas llamas me suben por las mejillas y me llevo una mano al mentón.

—No se me había ocurrido, pero sería una buena idea.

«Una buenísima idea, de hecho. Apuntado en la lista», pienso.

Pero más que pensar, lo que noto es la vibración entre mis muslos con demasiada nitidez. Y eso se debe a que ahora mismo la imagino tumbada sobre la cama, con las piernas completamente abiertas y yo jugando con un enorme consolador en su sabroso...

Me quito la chaqueta del traje cuando empiezo a sentirme abrasado por un fuego interno surgido de la nada.

—¿Estás bien? —Apoya los codos sobre las rodillas y me observa.

—Sí, pero abre tu regalo.

Despedaza literalmente el envoltorio morado.

—Un libro de… ¡Kiroski! —exclama emocionada mientras acaricia la portada con una sonrisa radiante.

Lee la dedicatoria y sus ojos se iluminan al instante.

—¡No me lo puedo creer! —Sigue con la boca abierta—. ¿Y por qué has pensado en un libro?

—Bueno... —hablo con seriedad, pero reprimo una sonrisa—. Me dijiste que no te gustaba la lencería y que hubieses preferido que te regalara un libro.

Me sonríe al captar la indirecta.

—Veo que estás aprendiendo la lección.

—Ajá. —Pongo los ojos en blanco—. Más o menos.

—Eso no me vale.

—Aylin —la corto—, ¿qué te parece si damos una vuelta por la playa y comemos en algún bar que encontremos por el camino?

—No lo sé.