El profesor (El profesor 1) Chapter 31 #2
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Chapter 31 #2

Salgo al pasillo mientras me abrocho el botón de la impecable chaqueta del traje. Sé que hoy pasaré calor, precisamente por eso odio la playa y el sol. Siempre he preferido la montaña: aire fresco, naturaleza y el aislamiento suficiente para entrenar sin soportar la mirada de ningún curioso.

Cuando llego al ascensor, fijo la vista en las puertas plateadas, irritado por tener que asistir solo a la charla. Más que nada porque la sorpresa que le había preparado a Aylin ha terminado convirtiéndose en un auténtico desastre.

Frunzo el ceño al recordar mi fracaso. Con lo que conozco de la señorita Vega, sé que no dará su brazo a torcer. Y, definitivamente, me niego a perder el tiempo intentando convencerla.

Mientras espero a que las puertas se abran para continuar con mis planes, recibo una llamada.

—¡Woods! —escucho la voz de mi socio de AmExpress Co al otro lado de la línea.

—Carlyle.

—¿Cómo anda todo?

A juzgar por la hora, seguramente sigue en la oficina.

—Sobre ruedas.

—¿Seguro? —pregunta—. Llevo llamándote desde esta mañana. Me enteré de lo que pasó anoche con Clark.

Bufo al comprender el motivo de la llamada. No podría haber elegido un momento peor para fastidiarme aún más el día. Tenía expectativas muy distintas de este maldito viaje.

—Brian, no puedes pegarle a uno de nuestros socios más importantes.

—No quiero que ese cabrón vuelva a trabajar con nosotros —elevo la voz sin darme cuenta. En cuanto entro en el ascensor abarrotado de clientes, me obligo a serenarme mientras me recoloco el cuello de la chaqueta.

—¡Mierda! —resopla, claramente enfadado—. Sabes que Clark tiene muchísimos contactos. Es el mejor agente que podríamos encontrar en el sur.

Su irritación resulta evidente, pero me importa un cojón. Sé perfectamente lo que hago. Y también sé que cada vez que vuelva a verle la cara recordaré las palabras que le dedicó a mi asistente, y me entrarán las mismas ganas de volver a rompérsela.

—No quiero que sigamos colaborando con ese idiota —concluyo.

—¿Estás hablando en serio?

—¡Sí! —berreo, harto del día que llevo.

Una señora mayor se gira sobresaltada para mirarme.

—Vale, ¡joder! —cede finalmente—. Conozco tu carácter y sé que no hay quien pueda contigo. —Hace una breve pausa—. Por cierto, esta semana te quieren en el banco. El director ejecutivo vendrá a Boston y ha solicitado tu presencia.

—Entendido. A la vuelta concretamos. Dile a Brittany que me prepare todos los informes, ¿de acuerdo?

—¡Tienes a Monnihan en la palma de la mano, eh, Brian!

—Ya veremos. No me fío de él.

—Tú no te fías de nadie.

Tiene razón, no confío en nadie, ni siquiera en mi propia sombra.

—Te dejo.

Cuelgo hecho un trapo. Clark. La agencia. Aylin. Monnihan... ¡diablos!

Me acomodo en una mesa del restaurante mientras sigo dándole vueltas a Monnihan, el director ejecutivo de USA Bank. Es un individuo retorcido y, aun así, conseguí cerrar el contrato que tanto perseguíamos.

Recuerdo que, tiempo atrás, después de revisar minuciosamente mi historial, me sometió a varias entrevistas y a más de una prueba. No me sorprendería que solicitar ahora mi presencia fuera otro de sus pequeños exámenes.

Pido un whisky y doy un largo trago en cuanto el camarero lo deja sobre la mesa. Apenas presto atención a la comida que acabo de pedir. No tengo apetito. El disgusto me mantiene la garganta cerrada y, por ahora, prefiero concentrarme en la bebida.

Repaso una vez más en la tablet todo lo relacionado con mi discurso. Lo tengo planificado hasta el último detalle y es imposible que salga mal. Pero antes de terminar de revisarlo, recibo otra llamada. Miro la pantalla. Liam.

Sin darme cuenta, relajo la tensión del cuello y me acomodo en el respaldo. Separo un poco más las piernas, apoyo un codo sobre la mesa y hago girar lentamente la copa entre los dedos. Dejo el tenedor perfectamente alineado, justo al lado del cuchillo.

—Hermano, ¿cómo va todo en Miami?

Mi camarada tiene un talento especial para desaparecer durante días y reaparecer en una playa perdida acompañado de una o varias mujeres, o completamente destrozado por los excesos. A Liam le gusta la fiesta más que a un tonto un lápiz. Al menos hoy no está borracho.

—¿Qué tal tu segundo viaje por Europa en menos de un mes?

—Si tú supieras... —empieza exaltado—. ¡Casi me meten preso!

Mientras habla, pico distraídamente de los aperitivos que dos camareros acaban de dejar sobre la mesa.

—¿Por qué no me sorprende?

Una media sonrisa se dibuja en mis labios.

Conozco demasiado bien el carácter de Liam.

Su mal genio nunca ha sido un secreto y, cuando pierde el control, es capaz de provocar auténticos terremotos.

Es como el mar: aparenta calma, incluso cierta despreocupación, pero bajo la superficie esconde una tormenta.

Inspiro antes de dar otro trago al whisky.

«El mar...», pienso. No podría haber una comparación más adecuada para él.

—¿Cuándo invitas a un whisky, eh? —pregunta.

—Cuando quieras —respondo, siguiéndole la broma.

—Señor, el coche le espera... —El maître se inclina sobre mí para hablarme al oído.

Consulto la hora y asiento con un leve movimiento de cabeza.

—Me han dicho que es bastante difícil localizarte últimamente. ¿Estás bien?

Vuelvo a centrarme en la llamada. Durante unos segundos ninguno de los dos habla. Me remuevo ligeramente en el asiento.

—Sí.

«No».

Aylin vuelve a colarse en mis pensamientos.

—Espero verte en la próxima synántisi [7] . Recuerda que es el jueves.

—Me verás, si eso es lo que te preocupa.

—Debemos hablar. —Su tono cambia por completo—. Sabes que aquí nada funciona sin ti.

Era cuestión de tiempo que sacara el tema.

—Liam... —pregunto con suspicacia—. ¿Me estás ocultando algo?

—Bueno... hay rumores de ti y esa chica —añade con seriedad esta vez—. Conoces el protocolo.

Hago girar la cucharilla del café entre los dedos una y otra vez. Ese pequeño gesto siempre consigue calmarme.

—¿Piensas traerla aquí después de Beth?

El silencio se apodera de la conversación, sabe que es un tema tabú y, aun así, la menciona. Y eso me enfurece.

—Te dejo, el coche está preparado.

—Hermano… —sigue como un disco rayado—. Solo cuando completemos el epitropí [8] todo volverá a estar en orden. Recuerda las normas. Pronto habrá votación, ¿le dejarás ventaja a Jack?

—Esto no es ninguna competición. Es mi hermano —sentencio.

—Pero eres el que debe ganar.

—Ya veremos. —Empiezo a recoger mis cosas—. El jueves nos vemos.

—A ver si puede ser antes. Quiero consultarte una cosa sobre el Ninja.

—¿Ninja? —pregunto mientras humedezco los labios.

—El misil del que te hablé, ¿te acuerdas? —explica con rapidez—. Sin destrucción generalizada, sin muertes colaterales y sin explosión.

Clavo la mirada en un punto perdido de la pared. Sencillamente perfecto.

—De acuerdo. Mañana te llamo. Tengo un discurso en la universidad.

—¡Suerte, que los dioses te acompañen! ¡O esa piba, alumna tuya!

Casi puedo imaginar al rubio delante de mí, guiñándome un ojo.

—¿Desde cuándo hablas argentino?

—Sabes que es mi país favorito.

—Más bien las argentinas... —musito mientras camino a grandes zancadas hacia la salida.

Cuelgo justo cuando diviso a tres de mis hombres, impecablemente vestidos de traje, esperando junto al vehículo. Me coloco las gafas de sol y me acerco al jefe del equipo. Todos mantienen la vista fija en el suelo, respetando el decálogo.

—¿Va todo bien? —pregunto.

—Despejado ayer. Despejado hoy.

—¿Alguna novedad sobre los rumores?

—En ello estamos.

Le lanzo una mirada molesta.

—Antes de esta noche, Steve. Mi paciencia se está agotando —digo inclinándome hacia él.

Aprieto la mandíbula y lo observo unos segundos antes de que me abra la puerta del automóvil.

—Y que ella no se dé cuenta de vuestra presencia, ¿queda claro?

Asiente sin decir una palabra. Solo entonces entro en el vehículo. Steve cierra la puerta tras de mí y el coche se incorpora al tráfico dejando a mis hombres asegurando el perímetro con la misma precisión con la que ejecutamos cualquier operación.

Apoyo un brazo sobre el reposabrazos y observo Miami a través del cristal tintado. Veo palmeras y turistas. Siento el calor y oigo demasiado ruido. Hay demasiada gente, todo lo contrario a los lugares donde realmente me gusta estar.

Cierro los ojos apenas un instante. No debería estar pensando en ella, tengo una conferencia dentro de menos de media hora.

Un auditorio lleno de empresarios, inversores, profesores y estudiantes.

Gente que espera escuchar hablar al Lobo de Boston .

Y, aun así, mi cabeza vuelve una y otra vez al mismo sitio.

Aylin.

Recuerdo la conversación de hace unos minutos y la forma en que su sonrisa ha desaparecido esta mañana cuando he pronunciado esa palabra, «aventura».

Aprieto la mandíbula. Sé que era necesario, no podía permitir que confundiera las cosas. Porque si ella empieza a esperar algo más... todo se volverá mucho más peligroso. Para ella y para mí.

Observo el reflejo de mi rostro en la ventanilla.

Siempre he sabido controlar cualquier situación, pero Aylin Vega se está convirtiendo en una variable imposible de calcular, la misma jodida variable que altera mi rendimiento.

Y, como si eso fuera poco, mi hormonado cerebro no piensa en otra solución óptima que estar dentro de ella. A todas horas.

Respiro hondo y cierro los ojos.

Por desgracia, la probabilidad de que esa chica me haya jodido la puta cabeza es muy… muy… alta.