Chapter 31
«¡M enuda mierda de champú hay en este hotel!», me quejo.
Su aroma es demasiado dulzón, huele a flores y frutas.
¡Frutas del bosque! Además, este jodido gel me recuerda demasiado a ella.
De hecho, la ducha entera me obliga a recordar lo que ha pasado esta mañana: su cuerpo bajo el mío, el sabor de su boca, su tacto.
Ella arrodillada, dándolo todo por complacerme.
No necesito más señales para saber que la estoy consiguiendo, aunque sea solo físicamente. Mentalmente… es otra historia.
Lo que acaba de ocurrir me tiene completamente trastornado. ¿Por qué me cuesta tanto manejarla? ¿Y por qué he sentido ese maldito miedo al pensar que pudiera pasarle algo?
Hasta hoy pensaba que aprendería rápido y que estaría preparada. Que yo la instruiría. Pero el verdadero problema no radica en su preparación, sino en su carácter. ¿Qué hago con ese carácter de mil demonios que tiene?
Sigo hablando conmigo mismo, intentando idear un plan urgente en mi cabeza, uno infalible para no dejarme arrastrar por todas las cosas que me gustan de ella. Porque hay demasiadas cosas que me atraen y que ya no puedo negar.
Me gusta demasiado la inocencia de Aylin, su espíritu libre y esa alegría que parece brotarle incluso cuando intenta hacerse la dura.
Me encienden aquellos ojos azulados que se vuelven grisáceos cuando se irrita y esos labios rosados que frunce con tanta frecuencia.
Y sí, confieso: me declaro esclavo de esa boca voluptuosa que parece reclamar besos a gritos.
Diablos. Esto era lo que me faltaba. Ahora debería estar jodidamente cabreado, sin embargo, mi amigo ha despertado. Desafortunadamente, empiezo a comprender que mi polla mantiene una conexión muy especial con el nombre «Aylin».
Intento relajarme y pensar en otra cosa mientras froto cada rincón de mi cuerpo, pero no hay manera de apartarla de mi cabeza. Ella y su terquedad. Ella y…
«¡Su maldita curiosidad!», grita mi mente.
Sigo dándole vueltas mientras me aclaro con agua abundante y me deshago del gel de ducha barato de este hotel.
Cuando me metí en esto, no contaba con que ella fuera a querer saber tantas cosas de mí. La vi en clase y me puso como un animal desde el primer día. Después sacó sobresaliente, —algo impensable para mí y que avivó más la intriga—, me miró con deseo y, al final, quise tenerla. Fin de la historia.
¿Dónde está el inconveniente? Que después descubrí que es jodidamente lista y eso no me conviene en absoluto.
No es la primera vez que me llevo a una mujer por ahí, pero todas acceden a mis deseos.
Se conforman con lo que les cuento, con el placer que les ofrezco y con los regalos que les hago.
Ninguna se mete en mi vida. Ninguna me ha cuestionado tanto como ella.
Y hoy...
Joder.
Hoy casi la pierdo.
Empiezo a temblar como un maldito flan al pensar en lo sucedido en la playa.
Al final, Aylin ha conseguido que me meta en el agua y sé que volvería a hacerlo mil veces más por ella.
Aun así, aunque me repetía una y otra vez que tenía que salvarla conforme corría hacia la orilla no he podido evitar recordar aquel día.
La realidad es que ella podía haber muerto y sé que no me lo habría perdonado nunca.
¿Y me dice que no ha sido para tanto?
«¡Demonios, Brian! No te ablandes. Prometiste ser fuerte», me recuerda mi conciencia. Me juré que jamás lloraría ni dejaría que mis emociones me dominaran. Sin embargo, hoy casi lo hago. Todo por esta mujer de ojos bonitos y mirada curiosa.
«Debo volver allí», pienso convencido mientras me seco con una toalla. Me acerco al espejo y observo mi reflejo durante unos minutos. Estar fuera está empezando a volverme débil, y eso es algo que no puedo permitirme.
Intento apartar esos pensamientos y me acerco al armario, centrándome en el compromiso de esta tarde.
Debo verme impecable durante el discurso.
Estaré sobre el escenario con personas importantes, como el alcalde de Miami y el rector de la universidad, además de algunos escritores prestigiosos y políticos.
Echo una mirada fugaz a la habitación de Aylin, pero la puerta está cerrada.
Espero que esté lista a tiempo, porque no podemos retrasarnos.
Agarro el traje gris oscuro, perfectamente planchado, y una corbata negra.
Prosigo con el cabello y me arreglo con cuidado frente al espejo, a la vez que carraspeo y repaso algunos puntos del discurso en mi cabeza.
Tras ponerme colonia, vuelvo a fijar la vista en su puerta y presto atención al silencio absoluto que llega desde el otro lado. No se escucha nada.
Decido dirigirme a su cuarto y entro deprisa, sin tocar.
—¿Estás list...?
No termino la frase. Ella no está en la habitación, sino en el balcón. Me da la espalda y simplemente contempla el horizonte.
Me acerco con pasos lentos, viendo que no está vestida para el evento que nos espera, y sospecho cuál es la razón.
Me detengo detrás de ella y la observo. Lleva unos pantalones cortos de color verde agua, que marcan perfectamente sus nalgas y sus muslos.
Viste un top blanco que cubre la parte superior de su pecho y deja al descubierto su ombligo y su cintura.
—¿Por qué no estás vestida? —Doy un paso más y carraspeo.
No responde. Insiste en mantener la mirada fija en algún punto lejano. Sin duda, prefiere mirar la playa antes que mirarme a mí. Y eso, claramente, me jode.
—No queda tiempo y debemos almorzar —insisto.
Mientras hablo con voz entrecortada, me acerco a ella y coloco las manos en su cintura, sintiendo de repente una necesidad casi irracional de tocar su piel.
Soy consciente de que esos ajustados pantalones cortos no me ayudan a pensar con claridad y, en lugar de sacar mi orgullo y recordar que es mi asistente y debe cumplir mis órdenes, aproximo mi cabeza a la suya y rozo su cabello con la nariz. Aprieto los dedos sobre sus caderas.
—Aylin…
Es en vano.
Asisto con desagrado a cómo aparta mis manos. No tarda en dar un paso hacia un lado y sé que algo no anda bien. De hecho, muchas cosas no andan bien.
—No voy a ir. —Su rotunda respuesta me coge por sorpresa.
Actúa de una manera completamente opuesta a la que esperaba, sabiendo lo responsable que es. Nada nuevo.
—Te he dicho que lo siento.
—Eso no soluciona nada —replica con serenidad.
—No lo comprendes, ¿verdad?
Toco su brazo y, finalmente, me mira. Lo hace con esos mismos ojos calmados, pero cargados de una decepción latente que me saca de mis casillas, porque no es lo que suelo provocar en una mujer. Pero ella no es cualquier mujer.
—Eres tú el que no lo comprende… —dice en un suspiro, como si le costara hablar
¿Qué está haciendo? Vamos a llegar tarde al discurso.
La miro incrédulo, porque sabe que odio las impuntualidades.
Su seria mirada desciende de mi rostro a mi mano, que todavía presiona la parte superior de su brazo en un intento de reclamar su atención.
Enseguida se aparta de mí y me veo obligado a soltarla deprisa.
No puedo permitir que piense que sería capaz de hacerle daño. De hecho, necesito que confíe en mí.
Diablos.
Necesito que confíe en mí ciegamente.
—Es tarde, te espero fuera.
—¿Me vas a obligar? —Me lanza una mirada desafiante.
—No, pero debes ir. El rector te espera y...
—Nada de lo que digas me convencerá, Álex —contesta decidida.
Tan decidida que me da miedo.
—Eres mi asistente. —Miro el reloj, cada vez más nervioso—. Debes acompañarme.
—El hecho de que sea tu asistente no me obliga a obedecerte en todo. Hay ciertos límites.
¿Es esto una puta pesadilla? ¿O simplemente no es consciente de que me está tocando los cojones en cada maldito momento?
—Aquí las normas las pongo yo. —Aprieto el puño, sin poder creer que me piensa dejar plantado.
Pero ella no responde y parece estar ausente.
—¡Demonios! —rujo—. ¿Es tan difícil comprender que no me gustan las preguntas?
—No estoy hablando solo de eso —murmura.
—Aylin…
Vuelvo a mirar la hora irritado y extiendo una mano hacia ella, pero retrocede un paso. Sus ojos parecen recién salidos del Inframundo. Mi respiración irregular me traiciona de inmediato.
—Uhmmm… —gruño enfadado, pero terriblemente excitado—. ¡No tientes la suerte, maldita sea!
Todos los músculos de mi cuerpo permanecen tensos. Ella mantiene los labios entreabiertos por la sorpresa. Y, por el maldito Zeus, esos labios están hechos para morderlos. Ahora mismo. En este preciso instante. Pero me controlo y tan solo enlazo las manos en mi regazo.
—Pediré abajo que traigan tu almuerzo a la habitación —indico vencido—. Te advierto que tienes que comer bien porque, de lo contrario, me enfadaré. Espérame despierta. Te prometo que no tardaré.
Mi erección tiene ya el tamaño de la torre Eiffel.
—¿Qué más, señor ? —Se mofa.
—Volveré y aclararemos ciertas cosas. Y también te follaré encima de esta mesa, ¿entendido? —suelto con dureza, casi con la misma dureza que está tomando forma entre mis piernas.
Antes de que pueda responder, la atraigo hacia mí y la abrazo desde atrás mientras le planto un beso firme en el cuello.
Aprieto su cintura y presiono mis caderas contra su culo mientras aspiro su aroma.
Todo ocurre tan deprisa que ni siquiera reacciona.
Noto perfectamente la desorientación que le provocan mis gestos.
Es normal. No debería hacerlo. No debería comportarme así y me estoy dando cuenta que ella siempre consigue sacar la parte más salvaje de mí. De una forma tan brutal que, en lugar de marcharme tranquilo a la universidad, me voy sudando y con las pelotas hinchadas.
Entonces suelto su cintura y me doy la vuelta. Cuando salgo de la habitación, escucho su voz detrás de mí, gritando a pleno pulmón.
—¡No vuelvas a darme órdenes, Brian Alexander Woods!
Sonrío con malicia mientras cierro la puerta. Las órdenes forman parte de mi doctrina y el placer encabeza mis ideales. ¿Cómo demonios podría dejar de hacerlo?