El profesor (El profesor 1) Chapter 30 #4
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Chapter 30 #4

—Me he pasado —susurra sin aliento, taladrándome con esa mirada que a ratos me aterra—. No volverá a ocurrir, pero… no vuelvas a mentirme —dice crispado—. Nunca más, ¿entendido?

Observo el brillo febril de sus ojos, como si estuviera de verdad al borde de las lágrimas y luchara desesperadamente por contenerlas.

—Ha sido una tontería.

—Para ti. No para mí… —Parpadea varias veces.

Hay una sensibilidad desmedida en su reacción, una sobreprotección que no encaja con el hombre frío, calculador e impenetrable que se empeña en mostrar al mundo.

Todo su cuerpo parece convulsionar. Es como si acabara de revivir algo mucho más profundo que un simple susto en la playa.

—No quería asustarte—murmura con la voz quebrada.

—Pues lo has hecho.

Quiero irme, pero no alcanzo dar ni dos pasos. Él me frena por el codo y me da la vuelta en un abrir y cerrar de ojos. Me atrapa entre sus brazos al instante y me aprieta contra él mientras hunde su nariz en mi cabello. Siento su boca en mi coronilla y su aliento veloz.

—Lo siento.

Y mi estúpido corazón no aguanta más. Rodeo su cuello con ambos brazos y me aferro a él. Lo abrazo con fuerza. No. Con toda la fuerza que soy capaz de reunir.

—¡Joder! Ojalá pudiera creerte.

—No volverá a pasar, te lo prometo —me susurra al oído, desesperado—. Se me ha ido de las manos.

Ni yo misma comprendo por qué lo estoy abrazando. Por qué estoy tan empeñada en seguir a su lado cuando debería largarme de una puta vez.

Quizá porque hay algo en él que me intriga demasiado. O quizá porque su dolor —ese que oculta a menudo— se siente en mis propias carnes y eso me convierte en débil.

—¿Qué te atormenta?

Durante unos segundos quedamos unidos en un abrazo tan íntimo que parece aislarnos por completo del resto del mundo.

Mis dedos se hunden en su cabello mientras acaricio la parte posterior de su cabeza.

Él desliza las manos por mi espalda con mucho cuidado como si hasta temiera tocarme.

Juraría que lo hace con una ternura que jamás le he visto mostrarme.

Nuestra respiración empieza a estabilizarse poco a poco. La rigidez que tensaba sus músculos se va disipando, al igual que la mía. Puedo notarlo en el modo en que su cuerpo deja de temblar y en el ritmo de los latidos de su corazón, que vuelven a sonar regulares contra mi pecho.

—No llevo bien que seas tan orgullosa.

Me separo rápidamente y lo miro. Su respuesta no me alivia, todo lo contrario, me desconcierta. Como muchas otras cosas en él.  Y como si no fuese suficiente, simplemente clava la vista en el suelo e intenta ocultar la rojez que ha invadido sus ojos.

—He reservado nuestro almuerzo. Disponemos de tan solo media hora —añade.

Rozo su brazo desnudo para impedir que se aleje mientras siento el corazón instalado en la garganta.

—No puedo comer. Oh, Dios… ¿cómo podría? —explico crispada—. Primero tenemos que hablar.

—No hay nada de qué hablar —rebate.

Se lleva una mano a la frente, incómodo, y acto seguido vuelve a ponerse aquella máscara de autocontrol que tanto detesto.

La misma que utiliza cuando se niega a mostrar quién es realmente.

O la misma que se saca sin querer, mostrándome quién es de verdad; como lo que acaba de hacer. Estoy malditamente confusa.

—¿Pero qué tipo de persona eres? —Le señalo con una mano temblorosa, demasiado alterada.

Estoy cada vez más consciente de que siempre termina dejándome con la palabra en la boca. Y, definitivamente, no pienso permitir que aquello se convierta en una costumbre.

—Un capullo —murmura con frialdad—. Un auténtico capullo.

Mete las manos en los bolsillos, sin añadir nada más, como si esa respuesta bastara.

—Es la peor justificación que he oído en mi vida —suelto mordaz, aunque profundamente dolida.

—No tengo otra.

—Necesitas… ayuda. Y yo necesito respuestas —sigo, muy segura de mí misma.

Mis palabras chocan contra un muro, porque él permanece en silencio. Me está observando con aquella mirada gélida que parece empeñada en expulsarme de cualquier rincón importante de su vida. Y, por supuesto, vuelve a intentar huir como siempre.

—No es el momento.

Camina en dirección al baño.

—Entonces tampoco es el momento de que te acompañe a la universidad —respondo por impulso.

Se detiene a medio camino y se gira bruscamente. Arruga el entrecejo.

—Eso no es negociable.

Sonrío frustrada llevándome una mano a la cadera. ¿De verdad piensa que soy una muñeca de trapo a la que puede mover de un lado para otro?

—No lo estoy negociando.

—Arréglate. Tienes… —habla tranquilo mientras mira su Smartwatch — justo media hora.

Finalmente se da la vuelta y desaparece por el marco de la puerta del cuarto de baño sin añadir una sola palabra más.

Me quedo boquiabierta en medio de una lujosa suite, vestida con un bañador mojado y sintiendo un nudo en el estómago mientras miro la puerta cerrada del baño.

Un escalofrío me recorre y empiezo a preguntarme si realmente conozco al hombre con el que he decidido perder la virginidad. O si, por el contrario, solo conozco aquello que él ha querido enseñarme.

Entonces evoco sus propias palabras en mi mente:

Conocerá de mí lo que yo le permita conocer. Ni más ni menos.

Dios mío. Me lo advirtió.