Chapter 30 #3
Pienso que todavía tengo los oídos taponados y que no he escuchado bien.
Me llevo una mano a la boca reprimiendo una sonrisa.
¿A qué se refiere exactamente? Me está hablando como si yo fuese una adolescente llena de acné y él mi padre.
Como si de un momento a otro fuera a dejarme sin móvil durante un mes o a prohibirme salir con mis amigos.
—¿Crees que estoy bromeando?
—Bueno…
—Vayamos dentro —indica.
Extiende el brazo y me invita a tomar su mano. Vuelvo a mi cara sería cuando me doy cuenta de que no sonríe; todo lo contrario. Sigue bastante enfadado porque sus labios permanecen tensos y su mandíbula rígida. Aun así, tira de mí con cautela y consigue ponerme de pie.
Lo observo con atención mientras avanzamos entre la gente. Camina como si tuviera prisa por llegar a algún sitio, apretándome la mano.
—¡Espera! —aviso, muy molesta por su actitud tan borde y desconcertante.
Se pone la camiseta con rapidez y yo me coloco el vestido playero cuando prácticamente me lo lanza encima.
—Nos vamos ya.
Recogemos nuestras cosas y caminamos hasta el interior del hotel sin intercambiar apenas una palabra. Él no se digna a hablar ni a ofrecerme una mínima explicación sobre lo que le ocurre.
—¡Álex, lo siento! —susurro mirándolo atónita.
Continúa avanzando sin reaccionar, rígido como una estatua. Da la impresión de que se ha encerrado en sí mismo y de que nada de lo que diga puede atravesar la muralla que acaba de levantar a su alrededor.
Al ver que el ascensor no baja, empieza a pulsar con impaciencia el botón del otro elevador que hay en la planta baja. Su mirada permanece clavada en las puertas metálicas mientras nuestra ropa empapada deja pequeñas gotas de agua sobre el suelo brillante del vestíbulo.
Finalmente, las puertas se abren y entramos junto a otras tres personas. Aprovecho el espejo para arreglarme un poco el cabello y entonces soy plenamente consciente de las pintas desastrosas que llevo.
El ascensor. Todo aquí me trae recuerdos.
Lo observo por el rabillo del ojo, pero su expresión sigue siendo la misma. No intento hacerlo hablar porque vamos acompañados y este no es precisamente el momento adecuado para discutir.
Sin embargo, en cuanto llegamos a nuestra planta, vuelve a comportarse exactamente igual que en la playa. Me agarra de la mano y prácticamente me arrastra hasta la habitación.
—¿¡Qué te pasa!? —intensifico mi voz y me quedo sin aliento en el momento en que cierro de un portazo—. ¿Qué he hecho para que te pongas así?
—¿Te parece poco poner tu vida en peligro de esa manera por tu maldito orgullo? —truena a cuatro vientos.
Se quita la camiseta mojada con un movimiento rápido y se deja puesto únicamente el pantalón.
—Tampoco es para tanto…
Lo enfrento sin miedo y muevo las manos despreocupada. Sin embargo, sus ojos sueltan chispas y bufa con furia.
—¿Y si no hubiese llegado a tiempo?
Habla con una gravedad impropia de la situación, como si estuviéramos hablando del fin del mundo. Por mi parte, sigo sin comprender nada.
—Y si no llego a tiempo para salvarte, ¿eh? —musita con expresión atormentada, hasta el punto de que me parece ver lágrimas en sus ojos.
Su cambio de humor es tan brusco que me deja completamente descolocada.
Intento acercarme para tomar su rostro entre mis manos, pero su nerviosismo no me lo permite. Antes siquiera de que pueda reaccionar, me empotra contra la puerta de roble que separa mi habitación de la suya. Mi espalda impacta contra la madera con un golpe severo.
—No se te ocurra volver a ponerte en peligro.
Me amenaza con un dedo y me mira a los ojos fijamente.
—Álex... No es para tanto —afilo mi tono de voz, esperando que entre en razón.
—No me digas que no es para tanto —dice pausadamente, apretando los dientes—. ¡Porque lo es! —grita a escasos centímetros de mi rostro.
Un golpe brutal y sonoro sacude la habitación cuando su puño se estrella contra la puerta, justo al lado de mi cabeza.
—¡Claro que lo es!
Su semblante cambia por completo. Tiene la cara encendida y la mirada le destila ira y dolor.
Los latidos de mi corazón se disparan de inmediato.
Odio sentirme vulnerable y la ansiedad me golpea de lleno cuando revivo el mismo momento.
Un puto golpe. La misma mirada llena de rencor. Aunque no sea la misma persona.
El aliento se me detiene y la vista se me nubla. Cierro los ojos y durante un instante rezo para que todo termine ahí y que no vaya más lejos.
—¡Para! —le ordeno.
De repente, el miedo empieza a abrirse paso en mi interior y me sacude un pensamiento aterrador: que él pueda hacerme daño.
¡Por Dios! ¿Qué está pasando?
Respiro con dificultad cuando su mano sube hacia mi mentón. Me inmoviliza la barbilla y ancla su otra mano a mi cintura con firmeza. Quizá el profesor sea un psicópata que ha sabido ocultarlo muy bien.
—¡He dicho que pares!
Espero que mi grito lo haga entrar en razón. Sin embargo, no es mi voz la que parece alcanzarlo, sino mi mirada. Mi mirada aterrada. Entonces me doy cuenta de algo que me desconcierta todavía más: sus ojos brillan como si estuviera a punto de llorar.
Veo que me observa atónito, como si estuviera regresando a la realidad y empezara a comprender la gravedad de lo que acaba de hacer. O, al menos, eso es lo que mi mente quiere creer.
Las piernas me fallan por la ansiedad, y siento cómo el suelo desaparece bajo mis pies.
—¡Mierda! —murmura pálido mientras me atrapa entre sus brazos en el último momento.
Siento sus fuertes manos bajo mis rodillas cuando me levanta en peso. Camina conmigo deprisa hasta la cama y me deja despacio en el borde.
—Yo…
—No me toques… —tiemblo sin poder controlarme.
Y me odio por ello.
Por no haber superado aún ese maldito episodio y que ni siquiera las clases de judo hayan sido capaces de darme las fuerzas necesarias para enfrentarme a él. Con una patada en la entrepierna hubiese sido más que suficiente, pero me he quedado paralizada.
Me incorporo en el borde, muy mareada. La respiración vuelve poco a poco.
—¡Oh, Aylin! No puedo, no puedo…
Se aleja de mí con rapidez y me mira horrorizado mientras niega una y otra vez con la cabeza.
Se cubre parcialmente el rostro con ambas manos, como si intentara contener algo que amenaza con desbordarlo.
Como si él mismo estuviera horrorizado por haber cruzado un límite que no tenía que haber cruzado.
—No puedo pensar que tú… —Deja caer lentamente las manos en sus caderas—. Que algo malo pudiera sucederte.
Lo observo flotando a la deriva. Aún no me lo puedo creer.
—¿Cómo se te ocurre hacerme… eso?
En lugar de salir corriendo de aquella maldita habitación —que probablemente sería lo más sensato—, algo dentro de mí me empuja a hacer justo lo contrario.
Me pongo de pie aun con el riesgo de volver a caerme mientras me froto las manos con una ansiedad que me da miedo.
—¡Te he tenido miedo, joder! —le grito avanzando hacia él señalándolo con un dedo.