El profesor (El profesor 1) Chapter 30 #2
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Chapter 30 #2

Ladeo la cabeza al escuchar la pregunta. Su mirada recorre mi cuerpo de una manera descarada y familiar. Y, aunque me quiera hacer la fuerte, ese gesto provoca una pequeña sacudida en mi interior.

—Todavía no.

Miro las olas, cada vez más agitadas. El día está adquiriendo un tono extraño. Parece que se aproxima una tormenta.

—¿Y eso? —pregunta con una leve mueca.

—Estoy bien así.

Cierro los ojos una vez más, intentando relajarme.

—Ya veo… —comenta distraído con la tablet—. Me estás recriminando algo que tú tampoco haces. ¿O no sabes nadar?

Su tono es claramente burlón. Básicamente, se está riendo de mí.

—Sé nadar —afirmo obstinada, pese a que es justo lo contrario.

No sé nadar, pero él no tiene por qué enterarse. Después de eso vuelve a centrar toda su atención en la maldita tableta, algo que termina de decepcionarme.

¿Se pueden tener celos de un aparato electrónico? Al parecer, sí.

Vuelvo a darme un duro golpe de realidad. Más allá de querer tenerme en su cama, probablemente no le interese demasiado. Ya ha conseguido lo que quería, y sus palabras y sus gestos parecen empeñados en recordármelo. Este fin de semana el trabajo seguirá ocupando el primer lugar.

«No aprendes, ¡maldita sea!», me regaño.

La cruda realidad es que me había hecho demasiadas expectativas sobre nuestro día de playa. Apenas unos minutos antes me había imaginado al profesor y a mí abrazados en el agua, hablando de cualquier tontería, mientras yo daba rienda suelta, una vez más, a mi lado exageradamente romántico.

—¿Entonces no te vas a bañar? —pregunta él dos minutos después.

—Por supuesto que sí.

Junto los labios y no le doy tiempo a añadir nada más.

Me levanto de la tumbona con deliberada lentitud, plenamente consciente de cada movimiento.

Dejo el sombrero sobre la mesa, junto a las gafas, me sacudo el cabello con cierta provocación y me acomodo el bikini.

Respiro profundamente sin apartar la vista del mar.

Por el rabillo del ojo descubro que me observa.

Lo sé porque acaba de quitarse las gafas de sol y las ha colocado sobre la cabeza.

No estoy completamente segura, pero me parece ver que se pasa una mano por la frente para limpiarse el sudor.

No me cabe ninguna duda de que debe de sentirse como un pollo dentro de un asador.

Sinceramente, ¿a quién se le ocurre ir a la playa con pantalón largo y una puñetera camiseta negra?

Acto seguido me hago la interesante y empiezo a caminar hacia el agua. La arena está ardiendo bajo mis pies, pero procuro mantener la dignidad intacta mientras avanzo en completo silencio.

—Ten cuidado —advierte al comprender mis intenciones—. Se ha levantado viento.

No me giro para mirarlo. Me concentro únicamente en caminar con la cabeza alta y soportar el escozor que me quema las plantas de los pies mientras avanzo hacia las olas.

¡Pero qué demonios! Debo avanzar, aunque no dejo de observar el agua con una desconfianza creciente debido a las inmensas olas que parecen haber surgido de la nada.

Me muerdo los labios, dominada por un miedo repentino cuando la brisa del océano golpea mi piel, e incluso me arrepiento de haberle mentido y haberle dicho que sé nadar.

¿Por qué tengo que ser tan jodidamente vanidosa a veces?

Miro disimuladamente hacia atrás y hasta me planteo tirar la toalla y regresar a mi tumbona, junto a él. Sin embargo, no puedo volver con el rabo entre las piernas. No puedo permitirme parecer una cobarde. No es propio de mí, aunque me esté maldiciendo por dentro.

«¡Aylin, sé fuerte!», me inyecto una dosis de valentía.

Ya he llegado a la orilla y el rugido del agua, unido al estruendo que producen las olas al romper unas contra otras, consigue erizarme el vello. Trazo rápidamente un plan en mi cabeza: entraré un poco, fingiré que estoy nadando durante unos minutos y después saldré. Fácil. Pan comido.

Empiezo a adentrarme en el agua e intento relajarme.

La temperatura resulta agradable y, durante unos segundos, la calidez del mar consigue reconfortarme.

Sin embargo, tampoco puedo confiarme demasiado.

El color del océano ha cambiado y aquel azul turquesa de hace apenas unas horas se ha transformado en un verde oscuro y turbio que no inspira precisamente tranquilidad.

Respiro hondo y avanzo un poco más. En la orilla apenas quedan unos cuantos turistas dispersos. Al sentir la mirada del profesor sobre mí, me da la impresión de que está esperando verme nadar. Entonces levanto una mano y le sonrío desde la distancia, como diciendo: «Todo controlado».

Empiezo a mover los brazos sobre la superficie para que parezca que estoy nadando y no tenga la menor oportunidad de descubrir mi mentira.

¡Maldita la hora!

Me sumerjo durante unos instantes para mojarme el cabello. Sin embargo, en cuanto vuelvo a sacar la cabeza del agua, una ola gigantesca me golpea con una fuerza ciclópea y veo las estrellas.

¿Es posible ver las estrellas dos veces el mismo día?

La ola me sacude de arriba abajo y me absorbe por completo.

El pánico me invade de inmediato. Empiezo a mover los brazos desesperadamente cuando me doy cuenta de que no puedo respirar.

Consigo sacar la cabeza a la superficie, pero, en el breve instante en que recupero la orientación, descubro que estoy mucho más lejos de la orilla de lo que estaba antes.

Muchísimo más lejos.

¡Ohhh!

Comienzo a agitar las manos, completamente aterrada. Grito con todas mis fuerzas; de hecho, estoy convencida de que mis alaridos podrían escucharse hasta en Boston. Rezo para que alguien me saque de allí antes de convertirme en comida para peces.

Entonces otra ola inmensa vuelve a engullirme. Mi cuerpo gira bajo el agua mientras la sal invade mi boca y mi nariz. No sé cómo, pero consigo emerger una vez más. Apenas logro tomar aire antes de volver a gritar desesperadamente. A pesar de todos mis esfuerzos, la corriente vuelve a arrastrarme.

Pero, afortunadamente, esta vez no permanezco demasiado tiempo sumergida. De repente, noto unas manos firmes sujetándome y llevándome hacia la superficie.

Consigo respirar. La sal me escuece en los ojos y apenas puedo distinguir nada.

—¡Aylin, maldita sea!

Jamás en mi vida me había alegrado tanto de escuchar una voz. Lo oigo, pero apenas puedo verlo. Solo percibo la tensión de su cuerpo, su ansiedad y la evidente preocupación que desprende cada palabra.

—¿Estás bien?

Y aunque ya estoy a salvo, no soy capaz de responderle, me escuece la garganta y estoy sufriendo un ataque de pánico en toda regla.

—Sh, tranquila —dice mientras yo me aferro más a su cuello—. Ya no hay peligro.

Finalmente consigo frotarme los ojos y darme cuenta de que tiene razón. Y es gracias a él. Me está sosteniendo entre sus brazos mientras me lleva de vuelta a la orilla. Su respiración es fuerte e irregular, y noto el cansancio acumulándose en cada movimiento.

Cuando por fin pisamos tierra firme, siento la arena áspera clavándose en mi espalda, en los muslos y en el trasero cuando me deposita con sumo cuidado sobre el suelo.

Él se deja caer a mi lado, completamente exhausto.

Los dos tenemos el corazón disparado por lo que acaba de suceder y yo sigo conmocionada por el simple hecho de que, hace apenas unos minutos, he estado a punto de morir.

Cuando consigo recuperar el aliento, Álex se inclina sobre mí. Entonces me doy cuenta de que se ha quitado la camiseta y que solo lleva puesto el pantalón.

—¿Puedes respirar? —pregunta preocupado, con la voz todavía entrecortada.

Al principio no consigo responderle, la sal me ha dejado la garganta en carne viva y siento la piel erizada por el miedo que he sentido.

—Estás bien, ¿verdad?

—Estoy bien. Es más... —continúo intentando controlar el temblor de mi mandíbula—. Ahora que te veo recién bañado y sin camiseta, no solo estoy bien...

Intento distraerme y volver en mí. Mi mirada desciende inevitablemente hacia su torso mojado. Sus pectorales destacan bajo la piel húmeda de una forma tan obscenamente perfecta que una corriente eléctrica recorre todas mis terminaciones nerviosas.

—Creo que estoy de… maravilla —finalizo.

Su expresión se transforma al escuchar aquello.

—¿Lo has hecho a propósito?

—No… —niego mientras apoyo una mano sobre una de sus costillas—. Nunca se me ocurriría.

—¿Entonces? —pregunta arqueando una ceja.

—En realidad... no sé nadar.

—¿En serio?

Roza mi frente con dos dedos mientras mantiene medio cuerpo sobre mí.

—Siento decírtelo, pero no quería reconocer que tenías razón y yo...

—¿Has visto las olas? —Su mirada se vuelve implacable.

Su enfado es tan evidente que aparto la vista, pero él me inmoviliza el mentón con fuerza, obligándome a mirarlo.

—¿Por qué demonios has puesto tu vida en peligro?

—Porque estaba molesta.

—¿Molesta por qué?

Entrecierra los párpados y el sol arranca reflejos marrones de aquellos ojos normalmente oscuros.

—Porque en realidad quería pasar un rato agradable contigo en la playa. En cambio, tú te has puesto a trabajar.

Suelta un bufido y apoya una mano sobre mi cintura.

—¿Quién crees que podría trabajar con una mujer como tú a su lado, eh? ¿Quién?

Me callo y lo miro embobada, como siempre que consigue ponerme nerviosa.

—Fíjate... —dice incrédulo mientras resopla—. Lo irónico de todo esto es que yo quería que fueras tú quien sintiera la adrenalina conmigo, y está ocurriendo justo lo contrario.

—¿Qué quieres decir? —pregunto con cara de estreñida porque no entiendo ni una sola palabra.

—Que estás jodidamente loca… —dice con un susurro.

—Me siento halagada, señor Woods —murmuro de vuelta, sin poder dejar de mirar su pálida cara.

Cuela un dedo por debajo de una de las copas de mi bañador y acaricia mi pezón sensualmente.

—Señorita Vega… muy mal hecho. Se merece castigarla.

—¿Castigarme?