Chapter 30
—P ensaba que no iba a saber de ti hasta mañana.
La alegre voz de mi amiga resuena al otro lado del teléfono. Presto atención a la voz atropellada de Berta mientras acomodo el sombrero de playa con una mano. En realidad, más que hablar, está chillando.
—¡Hola! —saludo de vuelta mientras doy un sorbo a una copa gigantesca repleta de distintos tipos de fruta, hielo picado y una pajita de plástico.
—¿Dónde estás? Se escucha un viento de cojones.
Tiene razón. El tiempo ha empeorado con respecto a esta mañana y las nubes empiezan a adueñarse poco a poco del cielo que, hasta hace unas horas, lucía completamente despejado.
—¡Espera! —la interrumpo—. Te hago una videollamada.
Finalizo la llamada enseguida y vuelvo a pulsar el botón verde, aunque esta vez con la cámara activada.
Me arreglo el cabello y las gafas de sol mientras espero a que conteste.
Cuando Berta aparece en pantalla, descubro que tiene el pelo revuelto y los ojos hinchados, señal inequívoca de que sigue en la residencia.
Es casi la hora del almuerzo y seguro que acaba de despertarse.
No sería nada extraño tratándose de ella.
—¡Mira qué belleza! —continúo animada mientras cambio el enfoque de la cámara.
Empiezo a grabar los alrededores y voy girando el teléfono para enseñarle todo cuanto me rodea.
En estos momentos me encuentro en la playa privada del hotel, una zona reservada exclusivamente para los huéspedes y restringida al resto de turistas.
Hay largas hileras de tumbonas, cada una con su pequeña mesa auxiliar, sillones de mimbre y enormes sombrillas que proyectan sombras perfectas sobre la arena.
Calculo que habrá unas treinta personas cerca, la mayoría está tomando el sol o bañándose. No hay demasiada gente dentro del agua, probablemente porque las olas empiezan a mostrarse más agitadas a medida que el viento gana intensidad.
—¡Espectacular! —grita Berta entusiasmada.
—Sí, la playa es preciosa.
—¿Qué tal? —pregunto alegremente.
—Bien. Muy bien. Por cierto, Adam preguntó por ti y... —Hace una breve pausa— también me dijo que le gustabas.
—Berta —hablo alarmada cambiando el enfoque a mi rostro—, ¿le has contado algo sobre el profesor Woods?
—¡Qué va! —Agita una mano con entusiasmo y alza las cejas—. ¿Qué tal la noche? ¿Abro una botella de champán o qué?
—¿Qué champán? Lo máximo que hay en la nevera es un resto de Coca-Cola.
Nuestras risas irrumpen al mismo tiempo y, sinceramente, hablar con mi amiga me está poniendo de muy buen humor.
—Tranquila, yo consigo esa botella. —Me guiña un ojo—. Aunque, en realidad, prefiero celebrarlo contigo mañana. —Sonríe con picardía—. Porque sí hay algo que celebrar, ¿o no?
—Depende de cómo lo mires.
Me sonrojo cuando pienso en él y en lo intenso que es. Él y yo en la cama. En la ducha. Desnudos. Nuestra respiración entrecortada. Sus palabras, su olor y el tacto de sus manos recorriéndome la piel.
—¡Joder, chica! —brama de repente—. ¡Habla ya!
Vuelvo a reírme. Berta y la intriga jamás han hecho buenas migas.
Necesita saberlo absolutamente todo y sé que esquivar el tema la está poniendo de los nervios.
Se muerde las uñas mientras me observa atentamente.
La posibilidad de descubrir si he perdido la virginidad o no la está matando. Literalmente.
—Está todo hecho —confieso, ruborizada y sin prolongar más su sufrimiento.
—¡Lo suponía! —Su característica soberbia hace acto de presencia—. Lo que te estoy preguntando es cómo fue.
Abre la boca expectante y no puedo evitar sonreír al pensar que solo le faltan unas palomitas.
—¿El profe es potente?
—¿Potente?
Las mejillas me arden y casi me retuerzo sobre la tumbona por lo incómoda que resulta la pregunta.
«Si tú supieras...», pienso como una auténtica chiflada.
Ese hombre es una máquina sexual. Un macho alfa andante. Una bomba hormonal con piernas. Y todavía se me ocurren unas cuantas comparaciones más, aunque prefiero contenerme antes de caer rendida a sus pies.
—Vamos a dejarlo en que «potente» se queda bastante corto.
—¡Lo sabía, lo sabía! —chilla fuera de sí—. ¡Quiero detalles!
—¡Para ya! —la riño.
Jamás entraría en detalles ni le contaría nada sobre nuestros momentos íntimos, por mucho que Berta sea mi mejor amiga.
—¿Cuántas veces lo habéis hecho? —dispara de inmediato—. ¿Qué pasará ahora? ¿Dejará a su mujer?
—¡Berta! —la freno, irritada—. Está casado y claramente, esto no tiene futuro.
Decido cambiar de tema.
— Cazzo! —pone los ojos en blanco—. ¿Quién lo iba a decir? Resulta que el genio de las Finanzas no era tan «inalcanzable». De hecho, ¡está siendo un infiel de mierda!
Su tono resulta divertido, pero también desprende indignación. En eso Berta y yo nos parecemos bastante. Ninguna soporta las infidelidades ni a los mujeriegos, aunque luego ella sea una coqueta empedernida y disfrute del flirteo más que de la comida. Y yo… mejor me callo.
—Pues aquí entre nosotras, el profesor no está siendo infiel. Es que son una pareja liberal.
Acerco los labios a la pantalla y le susurro aquello mirando discretamente a mi alrededor. Obviamente, no pienso contarle que vi a la señora Woods revolcándose con el padre de su novio. Al menos no por ahora.
—¡No me lo creo! —Abre los ojos como platos. Y, sinceramente, la entiendo. La noticia es demasiado fuerte.
Aplaude emocionada. Lo sabía, ella aprobaría cualquier locura que se me ocurriera, a diferencia de mí, que siempre termino regañándola.
—Te dejo ahora, viene por ahí. —Señalo en dirección al hotel y me llevo la mano a la boca para lanzarle un beso.
Me despido justo cuando giro la cabeza y veo al profesor descender los peldaños de una escalera de piedra que conecta la playa con una de las entradas principales del hotel.
Cuelgo deprisa y vuelvo a colocar las gafas de sol sobre mi nariz mientras lo observo con atención, inevitablemente intrigada por su apariencia. Lo que más me desconcierta es que sigue llevando puesto el vaquero negro y una ajustada camiseta del mismo color.
¡Por Dios! ¿Cómo se le ocurre ir vestido así a la playa?
Me incorporo ligeramente sobre un codo mientras identifico el iPad que sostiene en la mano derecha.
No distingo bien sus facciones, ya que las gafas de sol ocultan gran parte de su rostro, aunque encajan a la perfección con aquel atuendo de riguroso luto.
Yo, en cambio, llevo un diminuto bikini de dos colores: verde fosforito en la parte inferior, resaltando mis curvas, y rosa palo en la superior para suavizar el conjunto.
Unas pequeñas flores multicolores decoran el sujetador y aportan un toque alegre que combina sorprendentemente bien con mi sencillo sombrero blanco.
—Hola —dice con sequedad mientras se sienta en el borde de la tumbona situada junto a la mía—. Un Manhattan, si es tan amable.
Gira la cabeza en busca del camarero y pide un cóctel.
—¿Tú quieres algo? —pregunta, dirigiéndose a mí.
«Pues sí. Quiero verte de una vez sin esa ropa de luto, ¡joder!», pienso con sarcasmo.
—No, gracias —respondo mientras tuerzo ligeramente la boca.
Sigo preguntándome por qué no lleva un bañador y por qué tampoco me pide que le ponga crema solar. Es lo que cualquier persona normal haría en la playa. Y no porque yo desee extender protector solar sobre cada centímetro de su cuerpo —que también—, sino porque me resulta muy raro.
Pero él parece ignorar por completo la playa. Lo veo apoyar los codos sobre las rodillas y entrelazar las manos. Aunque percibo su atención, me resulta imposible seguir el movimiento de su mirada a través de sus gafas oscuras.
—¿Qué tal? —pregunta con amabilidad.
Sin embargo, acto seguido enciende la tableta y desvía toda su atención hacia la pantalla.
—Yo bien, pero tú pareces estar en las oficinas de AmExpress Co y no en una playa de Miami —comento con tono inquisitivo mientras señalo su ropa.
Esbozo media sonrisa.
—No lo creo. —Vuelve a mirarme—. Jamás iría a trabajar vestido con una camiseta.
Tira del dobladillo de la prenda y frunce ligeramente el ceño.
—Bastante predecible.
—¿Acaso la has tomado con mi ropa?
Sin duda percibe la molestia que arrastro desde el desayuno, aunque no parece tener intención de suavizar la situación.
—¿No te vas a bañar?
—No —responde con total tranquilidad mientras observa el mar—. No me gusta la playa.
—Podíamos haber elegido la piscina... —sugiero, deseando que él también disfrute de nuestra estancia.
—Hubiese pasado lo mismo, Aylin —me corta mientras vuelve a teclear algo en la pantalla.
—¿Es por las marcas de tu espalda?
No puedo evitar pensar que aquellas cicatrices podrían ser la razón por la que evita mostrarse sin camiseta.
—¿Es este otro interrogatorio? —Alza la vista.
—No. Es solo que hay una lista bastante extensa de cosas que no te gusta hacer, por lo que veo —replico con cierto desasosiego.
—He dicho que no voy a entrar en el agua. Punto.
Sus rasgos se endurecen y la respuesta suena más áspera de lo que esperaba. Después vuelve a concentrarse en la pantalla.
—De acuerdo —contesto molesta antes de cambiar de tema—. ¿Lo tienes todo preparado para la charla?
—Sí.
—¿Te puedo ayudar en algo?
Intento, al menos, desempeñar mi papel de asistente y evitar aburrirme demasiado.
—No.
¡Joder!
Decido callarme porque resulta evidente que no se le ocurre otra cosa que responder con monosílabos.
Sus ojos permanecen unos segundos sobre mí al advertir la tensión de mis facciones, pero giro la cabeza.
Mi curiosidad no conoce límites y empiezo a sospechar que algún día terminará pasándome factura.
Como resultado, me dejo caer de nuevo sobre la tumbona y me prometo coserme los labios para dejar de hacer preguntas.
Al encontrarse con mi repentino silencio, vuelve a concentrarse en la tableta.
Parece estar trabajando y no puedo evitar sentirme molesta al verlo ocupado, incapaz de dedicar un rato a descansar o simplemente a pasar tiempo conmigo.
Mis nervios siguen aumentando y termino entreteniéndome observando a los turistas.
—¿Has ido ya al agua?