El profesor (El profesor 1) Chapter 29 #4
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Chapter 29 #4

—¡Me muero de hambre! —exclamo con una voz casi infantil.

Me inclino varias veces hacia delante para sacudir el cabello y después comienzo a secarlo con una toalla mientras envuelvo mi cuerpo con otra. Él rodea mi espalda con el brazo y aparta un mechón de mi cara.

—¿Dónde hay que pedir el desayuno? —pregunto.

—Está ya pedido. Todo listo en la terraza.

Me guiña un ojo, mucho más relajado que antes, y yo respondo dándole un suave puñetazo en el hombro.

—No sé por qué no me sorprende.

Llegamos a la terraza.

—Por cierto, me debes una explicación… —Me señala con una mano la mesa repleta de comida—. ¿Por qué me llamas Álex?

—Anoche digamos que... tampoco tuvimos mucho tiempo para hablar. —Lo miro con las mejillas encendidas.

—Pero ya sí. Soy todo oídos. —Me anima mientras se está poniendo los pantalones.

Bajo la vista al instante. Unos nervios me recorren y no tengo claro que sea capaz de compartir algo tan doloroso con alguien.

—Ya sé que quizá te resulte raro, pero es algo de lo que me cuesta hablar y…

—Me resulta muy raro —dice mientras se sube la cremallera del pantalón del traje.

«A mí sí que me resultan jodidamente raros tus pantalones de invierno en un sitio de playa», pienso distraída.

—Mejor dejémoslo. —Le doy la espalda, obligándome a volver en mí y no acabar huyendo de nuevo.

—Ey… ¿todo bien?

Siento su mano en mi brazo, pero no consigo responderle porque su teléfono suena de repente.

—No te muevas —susurra con una mueca encantadora y me da un golpecito en el culo.

Se dirige a la mesa y lo coge. Suena un poco tonto, pero me he dado cuenta de que siempre lo deja bocabajo.

No solo eso, queda confirmado que es un maniático del orden.

Nada más llegar a la terraza, ya ha colocado la jarra del zumo a su derecha y ha girado la taza del café, cambiándole la posición.

Vaya. Con un hombre así a tu lado, ni hará falta limpiar.

Aprovechando la llamada, me siento a la mesa para servirme el desayuno. Hay de todo: cruasanes, pan recién hecho, queso, fruta variada, zumo, café, beicon y un sinfín de platos más.

Aun así, no soy capaz de apartarle la mirada porque he detectado algo extraño.

Se gira mientras coge una camiseta negra y, justo antes de ponérsela, distingo varias cicatrices en su espalda.

Parecen antiguos cortes, como si alguna vez la hubiera atravesado la hoja de un cuchillo.

Me sorprende no haberlas visto antes entre la espuma de la ducha.

—Que te aproveche —dice una vez de vuelta a la terraza.

Lo observo atentamente.

—Tienes unos cortes en la espalda —lo señalo con una mano—. ¿Qué te pasó?

Y si esperaba una respuesta, me equivocaba.

Veo cómo me aparta la mirada y cómo su expresión se endurece mientras unta mantequilla sobre una tostada.

—No preguntes cosas a las que sabes que no recibirás respuesta —dice antes de darle un mordisco.

No esperaba un corte tan brusco.

—¿No confías en mí?

Doy un sorbo al zumo sin apartar la vista de él.

—No es eso.

—Sí, es eso —le contradigo.

—Te equivocas —murmura seco—. Solo que hay preguntas que no tienen respuesta, así que no esperes recibirla.

—Pues yo creo que todas las preguntas tienen respuesta. Otra cosa es que tú no me quieras contestar.

Mastica unos trozos de fruta sin añadir nada más y vuelve a mirarme con aquellos ojos vacíos. Es como si el hombre que hace apenas unos minutos me abrazaba en la ducha, lleno de ternura, hubiese desaparecido por completo. Delante de mí solo queda un bloque de hielo.

—No lo entenderías.

«Su esposa me dijo lo mismo en la fiesta de Bram», recuerdo.

—Ponme a prueba. —Extiendo la mano para alcanzar la suya, pero la retira deprisa.

Entonces coge la taza y se la lleva a la boca.

—¿Quieres que vayamos a la piscina? —Da un largo sorbo al café—. ¿O prefieres la playa?

—Playa —respondo con voz neutra, sin dejar de mirar el horizonte.

Y si yo creía que se me daba bien cambiar de tema cada vez que Berta se pone pesada con los hombres, él es un auténtico maestro esquivando cualquier conversación que no quiere mantener.

—Vale. —Se pone de pie—. ¿Estarás lista en un cuarto de hora?

Lee algo en el móvil y se dirige hacia la puerta.

—Lo intentaré. ¿A dónde vas?

No me responde y entonces, dejo el tenedor sobre la mesa. El apetito ha desaparecido por completo.

Lo observo marcharse con paso apresurado. No puedo evitar preguntarme si habrá ido a llamar a su esposa. Ni idea. Es un hombre extremadamente ocupado y no debe de ser fácil sostener una vida con tantas responsabilidades.

Aun así, su trabajo no debería servir de excusa para tratarme de este modo. Muy en el fondo había imaginado que, después de lo ocurrido la noche anterior, bajaría un poco la guardia y que me permitiría atravesar, aunque solo fuera un poco más, esa coraza que se coloca a menudo.

Le daré tiempo. Quiero conocer a la verdadera persona que se esconde detrás de ese traje, de esa dureza y de esa aparente inexpresividad. Lo deseo desesperadamente. Necesito conocer mejor a Brian Alexander Woods.

Pero, sobre todo, quiero entender por qué conocerlo se ha convertido en una necesidad.