El profesor (El profesor 1) Chapter 29 #3
60%

Chapter 29 #3

Al instante me libera y se arrodilla frente a mí, sobre el suelo de la ducha.

Primero me observa en silencio mientras acaricia mi mejilla.

Después apoya el pulgar sobre mis labios, como si quisiera hacerme callar.

No llego a comprender qué pretende. Lo único que sé es que, de un momento a otro, se abalanza sobre mí y captura mi boca en un beso desquiciante.

Lo hace con tanta rapidez y vehemencia que el impulso de su cuerpo termina por derribarme sobre el suelo mojado.

En un solo movimiento tira de mis piernas, las separa y se acomoda entre mis muslos. Todo sucede en apenas unos segundos.

Suelto un sonido gutural de asombro al verme, por segunda vez, tumbada en el suelo.

—Te necesito ya, Aylin. Sabes que soy adicto a ti, ¿verdad? —gruñe.

Sin darme apenas tiempo a reaccionar, presiona su torso contra mis pechos y me embiste de golpe. Un quejido escapa de mis labios porque el primer impacto despierta la sensibilidad que todavía arrastro desde la noche anterior.

—Cuidado... —consigo decir.

Apenas me deja recuperar el aliento. Sus embestidas se vuelven cada vez más profundas y apasionadas.

Me recorre el cuello con la lengua antes de hundir los dientes en mi piel.

Estoy segura de que me dejará marcas. Gimo, incapaz de contener el placer que me recorre, y el momento culmina cuando junta mis piernas y se las carga sobre los hombros.

Después eleva mis caderas, dejándome suspendida mientras continúa moviéndose con un ritmo constante e implacable.

—Eres la única variable que no controlo, Aylin.

Suspiro cuando sus dedos quedan enroscados en mi cuello y me lanza una mirada lasciva.

—Tenías que haber huido mientras podías —continúa.

—¿Por… qué?

Tiemblo bajo él.

—Porque sé que ya no podré parar —dice con esa voz ronca que me lleva al infierno.

Roza mis labios con la lengua de un modo perverso y vuelve a besarme mientras intensifica el ritmo, arrebatándome la respiración.

Es la primera vez que lo siento tan dentro de mí.

La sensación es completamente nueva y desborda cualquier intento de mantener el control.

Percibo que él también está al borde del éxtasis.

Su respiración se vuelve cada vez más agitada, pero, aun así, contiene ese último impulso, como si estuviera esperándome.

El calor que se extiende por cada rincón de mi cuerpo termina por consumir cualquier resistencia. En apenas unos segundos me ha llevado al límite. Mis sentidos estallan y los gemidos de alivio brotan de mi garganta sin que pueda contenerlos.

Él permanece inmóvil apenas un instante, con la frente apoyada contra la mía y la respiración completamente descompuesta.

Lo siento temblar entre jadeos cada vez más profundos.

Aprieta la mandíbula con fuerza, cierra los ojos y un gruñido grave escapa de su garganta cuando termina por abandonarse también al éxtasis.

Sus brazos me rodean con más fuerza, como si necesitara sujetarse a mí para recuperar el control.

Nuestra respiración permanece entrecortada, pero él se aparta apenas unos centímetros, aunque mantiene una mano apoyada sobre mi vientre. Con la otra dibuja distraídamente suaves líneas sobre mi abdomen mientras me contempla.  Entonces caigo en la cuenta.

Frunzo ligeramente el ceño y bajo la vista, intentando recomponer mis pensamientos.

—Espera... —susurro todavía jadeando—. ¿Y la protección?

Una media sonrisa apenas perceptible asoma en sus labios. Mi respiración termina de regularse, pero sigo observándolo con cierta incertidumbre.

—Siempre me cuido, así que puedes estar tranquila. No podría ser de otra manera con la vida que llevo.

Lo dice con mucha tranquilidad.

—Estoy limpio. Puedes confiar en mí.

Sus dedos apartan un mechón de mi pelo y lo colocan con cuidado detrás de mi oreja, sin dejar de sostenerme la mirada. Asiento lentamente.

—Te creo.

O al menos lo intento. No quiero fastidiarlo justo ahora.

Jamás habría imaginado que pudiera llegar a sentir algo así.

Jamás.

Nos quedamos mirándonos con una ternura inesperada. Permanecemos así durante varios minutos. Yo, tumbada sobre el suelo frío y húmedo de la ducha; él, inclinado sobre mí, aplastándome con su cuerpo. Sin decir una sola palabra, completamente inmersos en la conexión de nuestras miradas.

—¿Qué me estás haciendo? —susurro—. ¿Qué hechizo es este?

—A mí me parece que aquí la única bruja eres tú.

Desliza el pulgar por mi mentón sin dejar de observarme.

Las facciones de su rostro, hace apenas unos instantes dominadas por la pasión, vuelven poco a poco a la serenidad.

—No sé, pero siento que esto que hay entre nosotros es más fuerte de lo que…

Me humedezco los labios, emocionada y dejándome llevar, dispuesta a expresar por fin todo lo que siento. Sin embargo, él no parece compartir mi impulso.

—Esto que hay entre nosotros es una aventura, Aylin. Una simple… aventura.

Su mirada vuelve a endurecerse. Lo percibo en el brillo de sus ojos y en la forma en que se aparta de mí bruscamente. Entonces se pone de pie y me tiende una mano.

—Sugiero ducharnos.

Mi sonrisa se desvanece cuando él baja la mirada hacia el líquido blanquecino que cubre mi abdomen. Me reprocho haber sido tan ingenua como para pensar, aunque solo fuera por un instante, que él estaba tan ilusionado como yo. Tiene razón. Esto es una simple aventura.

Y… ¡maldita sea! Sé que no tengo derecho a enfadarme. Desde el primer momento dejó claro que jamás abandonaría su matrimonio. Y, en realidad, tampoco quiero que lo haga.

«¡Mente fría, Aylin!», me repito.

—¿Te vienes? —insiste.

Tomo su mano. El agua vuelve a envolvernos mientras enjabonamos nuestros cuerpos con ese gel de ducha que huele maravillosamente bien.

—¿No tienes hambre?

Es él mismo quien me seca con la toalla, con una dedicación diferente a la frialdad de hace que me ha mostrado hace minutos. Estoy distraída, pensando y pensando. ¿Pero qué sentido tiene?

Intento apartar los pensamientos que amenazan con arruinar el momento. Somos lo que decidimos ser. Nuestra mente solo obedece las órdenes que nosotros mismos le damos. Y debo asumirlo cuanto antes: soy la amante.

Enseguida dibujo una amplia sonrisa y tiro de su mano, decidida a disfrutar de cada instante a su lado, en vez de lamentarme.