El profesor (El profesor 1) Chapter 29 #2
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Chapter 29 #2

Su erección ha alcanzado ya la parte alta de mi abdomen.

—Al final he conseguido que te rías.

—Más o menos. —Mueve la cabeza con una mueca simpática.

Pero durante un instante aparta la mirada hacia arriba, como si quisiera evadirse.

—Creo que tendré que recompensarte.

—No, Álex —respondo en tono travieso, sin dejar de acariciar su brazo, su hombro y su torso—. Hoy deseo recompensarte yo a ti.

—¿Y por qué lo harías?

Su mano también empieza a dibujar círculos lentos a lo largo de mi espina dorsal.

—Por… cómo me trataste anoche —añado con un hilo de voz. Intento sonar atrevida, pero mis mejillas arden.

—Ajam... —ronronea—. Por cómo te traté.

Tenso los labios con deseo e intento no dejarme arrastrar demasiado por todo lo que siento.

He vivido muchos años cohibida y quizá haya llegado el momento de romper algunas cadenas, cueste lo que cueste.

Porque así lo siento y así me nace. Y porque, en el fondo, quiero vivir todas aquellas experiencias que siempre imaginé y nunca me atreví.

—De acuerdo —contesta con suavidad. Sus manos aprietan mis nalgas con fuerza—. Pero ¿estás segura?

Mis senos se endurecen al sentir el contacto firme de sus pectorales y de su cuerpo contra el mío.

—Sí —afirmo decidida; tan decidida que sé que haría cualquier cosa por él—. ¿Qué quieres?

Su respiración varonil me acaricia el rostro y sus dedos se deslizan hacia mis labios. Guarda silencio por un instante mientras sus ojos arden. Entonces lo suelta, sin apartarme la vista:

—Follarte la boca.

Su petición llega sin rodeos.

—¿¡Qué…!?

Lo miro terriblemente asustada.

—Aylin… —susurra acariciándome el mentón esta vez—.

Necesito sentir tus labios. Controlar cada centímetro de tu cuerpo.

Darte placer de maneras que jamás has conocido.

Mostrarte todo lo que he imaginado contigo —gimo cuando una corriente me atraviesa el vientre sin piedad—.

Y ahora dime… —Sus dedos bajan lentamente por mi cuello y juro que su voz es melodía para mis oídos—. ¿Podrás hacerlo?

Las palabras quedan atascadas en mi garganta y, durante unos segundos solo puedo mirarlo aturdida.

Sin embargo, él habla en serio. No titubea.

No sonríe. No parece estar bromeando. Únicamente me observa con aquellos ojos oscuros que parecen capaces de atravesar todas mis capas, incluso aquellas que me empeño en guardar solo para mí.

—Yo...

Muevo un dedo y abro más los párpados. Seré idiota. No me refería exactamente a… eso . Aunque... ¡mierda! Reconozco que mi comentario ha sonado exactamente a eso.

—No es necesario que lo hagas —finaliza.

No asiento, pero tampoco niego. Mi mente gira como un bumerán, volviendo una y otra vez al mismo pensamiento, a algo que no esperaba que me pidiera.

Arrugo la nariz e intento darme ánimos, deseando con todas mis fuerzas disfrutar de aquello que él puede ofrecerme así que, sin mucho preámbulo, bajo la mirada tímidamente y me muerdo el labio por puro nerviosismo.

Es probable que Álex interprete aquel gesto como un sí, porque lo siguiente que hace es llevar una mano a mi nuca y unir sus labios a los míos.

—No puedo dejar de pensar en ti —gime con suavidad.

Entonces sus dedos se adueñan de mi trasero y me besa con frenesí. Su boca es impaciente, voraz, la más hambrienta que he conocido jamás. Si anoche sus besos fueron delicados y parecía el hombre más romántico y paciente del mundo, hoy descubro una faceta completamente distinta.

—Siempre pienso en ti, Aylin. Cuando como, cuando trabajo, cuando respiro... —Nuestras bocas vuelven a encontrarse—. Siempre estás en mi puta cabeza.

Todo lo que está ocurriendo entre nosotros, todo lo que jamás había sentido por nadie, provoca que un temblor incontrolable me recorra.

¿Qué es todo esto? Yo siento exactamente lo mismo.

—Yo también pienso en ti. Te deseo tanto…

Mis nervios aumentan cuando noto el cristal de la enorme ducha contra mi espalda y sus labios recorriendo mi mentón, mi boca y mi cuello. Sí, lo confieso: estoy nerviosa por todo. Y, aun así, no quiero estar en ningún otro lugar.

—¡Ven! —Coge mi mano.

Nos colocamos bajo el agua y deja caer un abundante chorro de gel de ducha con aroma a frutas del bosque sobre la palma de mi mano. Después empieza a extenderlo por mi piel con una delicadeza que contrasta por completo con el beso salvaje que acaba de regalarme.

—¿Dónde estabas?

—Después te lo cuento.

Toma mis pechos entre sus manos y vuelvo a dejarme llevar. Su presencia tiene ese efecto sobre mí, consigue que todo lo demás deje de importar y que sea incapaz de cuestionarlo.

—Tócame —susurra junto a mi oído.

Guía mi mano hasta su miembro y siento con claridad las venas marcándose bajo mi palma.

Mientras sus dedos resbalan por mi cintura, los míos lo acarician suavemente, dejándonos presos, una vez más, de la pasión y el desenfreno.

Cayendo por un precipicio sin nombre, sin frenos y sin cinturón de seguridad.

—¿Estás segura de que quieres? —vuelve a preguntar.

Asiento y, en lugar de responder, me arrodillo frente a él sin apartar la mirada. Mi mano se desliza por su abdomen mientras siento la dureza del plato de ducha bajo mis rodillas y la firme tensión de sus músculos en las yemas de mis dedos. Ese simple contacto consigue despertarme cosquillas.

Sin embargo, mi atención termina deteniéndose en su pelvis. Hay algo que llama poderosamente mi atención. Unos tatuajes. Y no son unos tatuajes cualesquiera.

Al fijarme mejor, descubro que en la parte alta de su ingle izquierda destacan dos dibujos.

Uno parece representar un casco de gladiador y, justo arriba, hay otro más pequeño: un triángulo invertido con unas letras extrañas grabadas en su interior.

Parecen símbolos griegos. Anoche apenas pude distinguirlos en la penumbra y, ayer en el baño, cuando lo miré en el espejo, tampoco me detuve demasiado. Me llamaba la atención otra cosa.

Acaricio con dos dedos su pubis depilado, dudando por un instante si debería preguntar.

—¿Qué pone? —Presiono suavemente el triángulo mientras lo observo.

—Nada importante.

Álex me contempla embelesado. Sus dedos se deslizan primero por mi cabello, completamente entregado al momento, después acarician mi mejilla, recorren el puente de mi nariz y terminan deteniéndose sobre mis labios.

—Estos labios... —susurra abrumado.

Decido no insistir, aunque la semilla de la duda ya ha quedado plantada en mi mente.

Debe de significar algo; nadie suele tatuarse símbolos sin importancia.

Además, ese casco me resulta extrañamente familiar, como si ya lo hubiese visto antes.

Quizá en alguna película o en una serie, tiene toda la apariencia de un casco romano.

—¿Va todo bien?

—Sí. —Sonrío y me muerdo el labio, obligándome a concentrarme en lo que estoy a punto de hacer.

Lo observo detenidamente. Su expresión ha cambiado por completo y no deja de mirarme, expectante.

Yo intento desprenderme de la timidez y, aunque me muera de vergüenza, termino maravillándome con cada detalle de su cuerpo.

Se me antoja una estatua perfectamente esculpida.

Un Adonis de carne y hueso. Un auténtico dios griego y, en este instante, solo para mí.

«¡Oh, Dios! ¿Qué me ocurre? ¿Qué estoy haciendo aquí arrodillada? ¿Y por qué me está gustando?», piensa el lado indecente de mi mente.

—Estás a tiempo de no hacerlo.

—¡Quiero hacerlo! —susurro—. Y creo que… tenías razón. La dignidad no existe en la cama.

Y yo estoy a punto de perder la mía.

De hecho, para mi propia sorpresa, lo único que me importa ahora mismo es verlo disfrutar.

Deseo con todas mis fuerzas hacerlo lo mejor posible y despertar en él lo mismo que él despierta en mí.

Quiero ver al profesor temblar de placer, igual que yo tiemblo cada vez que me convierto en esclava de su boca.

A pesar de mi escasa experiencia y de mis principios.

—¿Estás preparado? —pregunto.

Mi propia pregunta me sentencia.

—No sabes cuánto… —contesta con voz de deseo.

Verlo de aquella manera, completamente pendiente de mí y de lo que pueda hacerle sentir, me alimenta aún más.

Comienzo con una delicada caricia. Recorro la piel con la lengua antes de ejercer una ligera presión.

Su erección florece en mi mano y eso me anima a continuar con más decisión.

Alterno suaves lamidos con movimientos cada vez más seguros, observando atentamente cada uno de sus gestos.

Muevo mi lengua con determinación sobre su sedosa piel mientras él inclina la cabeza hacia atrás y hunde los dedos en mi cabello mojado.

—Lo estás haciendo genial —dice entre gruñidos.

No me cabe ninguna duda de que está disfrutando.

Sus gemidos hablan por él, y eso despierta en mí un inesperado sentimiento de orgullo.

Vuelve a mirarme con los ojos completamente embrujados mientras sus dedos se enredan en mi pelo.

Todo es desconocido, igual que todo lo que he vivido desde que apareció en mi vida.

Poco a poco, la vergüenza desaparece y, en su lugar, nace una poderosa sensación de satisfacción.

Sus gemidos se vuelven cada vez más frecuentes y lo único que deseo es verlo perder definitivamente el control.

Aprieto con más fuerza la mano y continúo con movimientos lentos, constantes y decididos.

Sus facciones, completamente desencajadas por el placer, me confirman que voy por el buen camino.

—Señorita Vega, esto se le da igual de bien que las Finanzas —comenta saleroso.

Sostiene mi cabeza entre sus manos y comienza a marcar el ritmo, invadiéndome con fuerza, obligándome a seguir sus movimientos.

Yo hago todo lo posible por acompasarme a ellos y abro más la mandíbula.

La presión de su mano en mi cabello y la intensidad del momento hacen que esté chorreando. Literalmente.

—¡Ven aquí! —murmura.