El profesor (El profesor 1) Chapter 29
58%

Chapter 29

A bro los ojos cuando la luz traspasa las finas cortinas.

Me siento increíblemente relajada y me estiro mientras bostezo; hasta parece que el colchón tiene propiedades mágicas, resulta tan reconfortante que cuesta reunir fuerzas para abandonarlo.

Los párpados todavía me pesan, pero sé que tarde o temprano tendré que levantarme.

Me revuelvo unos minutos más entre las sábanas mientras ahogo unos quejidos de dolor y alargo la mano hacia la almohada. Sin embargo, no encuentro a nadie a mi lado.

—¿Álex?

Me incorporo despacio, me froto los ojos y barro la habitación con la mirada.

No tardo en darme cuenta de que nuestra ropa está cuidadosamente colocada sobre el sofá de la suite.

Los zapatos también descansan perfectamente alineados junto a él.

Recuerdo que anoche dejamos todo esparcido por el suelo y no puedo evitar sonreír.

El profesor es tremendamente ordenado. Seguramente ha sido él quien ha recogido la ropa y la ha doblado.

Incluso sospecho que pueda tener una especie de comportamiento obsesivo-compulsivo, juzgando por su manía del orden y de ese boli al que le da vueltas entre los dedos.

Dos movimientos hacia delante y dos hacia atrás.

Incluso por su forma de hablar. ¿Será neurodivergente?

Los recuerdos de la noche anterior regresan a mi mente y entonces aparece esa sonrisa, la típica sonrisa de idiota.

Fue una noche espectacular y me siento profundamente feliz. Solo si no me doliera el vientre y sintiera agujas. No solo agujas, es como si me estuvieran apuñalando desde la cintura hacia abajo.

¿Y dónde estará él?

Me levanto despacio y me envuelvo la sábana alrededor del cuerpo antes de caminar hacia el balcón. Nada más salir, me quedo contemplando el paisaje.

El océano parece desprender una calma especial y, aunque no sabría explicar exactamente por qué, lo asocio de inmediato con mi estado de ánimo. Siento que estoy en paz conmigo misma y, lo más sorprendente de todo, es que no me arrepiento de nada.

Miro hacia el horizonte. Veo varias personas practicando surf sobre las olas y decenas de turistas descansando bajo el sol. Las sombrillas de colores salpican la arena a lo largo de kilómetros y el paisaje consigue arrancarme otra sonrisa.

Siempre me ha gustado el mar. Ver aquella playa me recuerda inevitablemente a los veranos de mi infancia, cuando mis padres organizaban vacaciones familiares en el sur.

Creo que supe que la playa me fascinaba desde la primera vez que sentí la arena bajo los pies.

Aunque, no sé por qué, siempre me ha dado miedo el agua.

Finalmente regreso al interior de la habitación y cojo el móvil. Escucho el tono de llamada con atención, pero no obtengo respuesta. Ni rastro de él.

Dejo el teléfono en la mesa y me dirijo al baño.

Mientras me cepillo los dientes, intento adivinar dónde puede estar.

Quizá haya bajado a pedir el desayuno. Tal vez esté tomándose un café.

O puede que haya tenido que atender alguna reunión urgente.

Conociéndolo, cualquiera de las tres opciones es factible.

Abro la ducha y vuelvo a quedarme impresionada por las dimensiones del cuarto de baño. El plato de ducha es enorme y el conjunto entero parece más un spa privado que el baño de una suite de hotel.

Dejo caer la sábana al suelo y empiezo a tararear una de mis canciones favoritas de Harry Styles. Posiblemente mi interpretación se parezca más a un ladrido que a una canción de verdad. Me río sola ante semejante pensamiento mientras me relajo bajo el agua caliente.

—Profesor... —digo en voz alta—. Eres una caja de sorpresas.

Todavía me cuesta comprender cómo, en menos de veinticuatro horas, he pasado de odiarlo a adorarlo.

Y lo peor es que ni siquiera me preocupa, al contrario.

Vaya, hasta siento ganas de cantar en la ducha.

Yo, que normalmente no canto, solo pienso en voz alta.

Sin embargo, hoy me encuentro especialmente inspirada.

La letra de la canción Watermelon Sugar empieza a salir de mis pulmones a pleno volumen mientras me enjabono. Cubro mi cabello con el cremoso champú y disfruto de la cascada de agua caliente.

Todo marcha de maravilla… hasta que el jabón decide rebelarse.

Maldigo entre dientes cuando el bote resbaladizo se me escapa de las manos y cae al suelo, derramando buena parte de su contenido. Una enorme mancha azulada aparece junto a mis pies y frunzo el ceño. Empiezo a sospechar seriamente que debería buscar una solución para mi torpeza crónica.

Me encojo de hombros y continúo cantando mientras termino de lavarme el pelo.

Tarareo feliz, muevo las caderas y cierro los ojos para evitar que el champú me escueza.

Lo más sorprendente es que me acuerdo de la letra.

Joder. Toda la letra. Como si estuviera sufriendo una especie de flashback musical.

Tampoco debería sorprenderme tanto, he cantado aquella canción con mis amigas tantas veces en los karaokes que seguramente podría recitarla dormida.

Entonces, chillo a pleno pulmón. Sacudo mi cabello empapado y me vengo completamente arriba.

Watermelon sugar high!!!!

Watermelon sugar high!!!!

Watermelon su...

—Buenos… días.

Doy un brinco monumental al escuchar una voz masculina a mi espalda y sentir unos dedos sobre mi piel desnuda.

Giro la cabeza sobresaltada y, aunque el champú todavía me invade los ojos, reconozco inmediatamente aquella silueta.

—¡Álex! —exclamo.

Está completamente desnudo delante de mí y me pregunto en qué momento ha entrado sin que me diera cuenta. Me llevo una mano al pecho, intentando controlar el susto y la vergüenza.

Joder. Me ha encontrado cantando. O sea… cantando de verdad. Más bien berreando.

—Buenos días... —añado como puedo mientras intento recuperar algo de dignidad.

—¿Interrumpo algo?

—No, yo… —Muevo las manos agitada, intentando aclararme los ojos para verlo mejor.

Pero, por supuesto, nada sale según lo previsto.

Estoy convencida de que los astros, los dioses o quienquiera que dirija el universo tiene algo en mi contra.

Sin previo aviso, piso los restos de champú derramados sobre el suelo.

Todo sucede a cámara lenta: siento cómo mi pie resbala, cómo mi cuerpo pierde el equilibrio y, por último, cómo me aferro instintivamente a su brazo para evitar caerme.

Sin éxito.

Él, completamente desprevenido, se tambalea delante de mis narices y el resultado es catastrófico. Lo arrastro conmigo.

Patinamos sobre las malditas baldosas y ambos terminamos desplomándonos sobre el suelo de la ducha.

—¡Ahhh! —gritamos al unísono.

El impacto me provoca un dolor considerable en la espalda y en el trasero. Me froto los ojos intentando apartar el agua mientras Álex aterriza a mi lado con un gruñido y una evidente mueca de dolor.

—¡Demonios!

Abro los ojos como platos. Al parecer se ha golpeado la cabeza, pero está vivo.

Lo veo presionar una mano contra la sien y, de inmediato, empiezo a rezar internamente para que no se haya hecho daño de verdad por mi culpa.

Podría haber sido mucho peor. Y aunque sé perfectamente que tiendo a dramatizar las cosas —aunque jamás tanto como Berta—, ya me estoy imaginando los titulares del día siguiente:

Profesor de Harvard encontrado muerto en el baño de un hotel de Miami mientras se duchaba con su asistente.

Joder, eso me faltaría.

Parpadeo e intento recuperarme. No me cuesta deshacerme rápidamente del champú, teniendo en cuenta que estamos prácticamente debajo de la alcachofa de la ducha. Pero entonces ocurre algo casi mágico.

Ninguno de los dos hace el menor intento de levantarse. Al contrario, permanecemos unos segundos más en el suelo, inmersos en una extraña mirada que parece suspender el tiempo a nuestro alrededor.

—Profesor... —pregunto preocupada y a la vez juguetona—. ¿Está bien?

—¿A usted qué le parece?

Y entonces ya no puedo contenerme más. Estallo en carcajadas.

La caída ha sido tan absurda y tan ridícula que me resulta imposible no reírme.

Casi al instante veo cómo la comisura de sus labios se curva y deja entrever su bonita dentadura.

Primero aparece una sonrisa y, acto seguido, una especie de risita, franca e impetuosa. Lo miro incrédula.

—Álex... tú...

—Yo... —vuelve a poner una mueca seria—, ¿qué?

Sus ojos brillan y su cabello mojado me corta la respiración. Lo único que soy capaz de hacer es seguir riéndome. Él tampoco parece en condiciones de responder nada coherente, igual que yo. Se limita a mover una mano, completamente anulado, a punto de estallar en carcajadas.

Cuando por fin conseguimos regular la respiración y ayudarnos mutuamente a ponernos en pie —él bastante más a mí que yo a él—, nos apartamos del chorro de agua.

—¿Sabes lo peligrosa que eres? —dice, con el mismo aire extraño apartándome del sitio.

—¿Yo, peligrosa?

Separo los labios con una sorpresa claramente fingida.

—Pues, digamos que... señorita Vega... —Coloca las manos sobre mis brazos y desliza los dedos por mi piel hasta alcanzar la curva desnuda de mi cintura—.

Desde que la conozco me ha pasado de todo.

Me quemó con café, por poco me asfixio dentro de un armario, casi me rompo la mano dándole un puñetazo a un gilipollas anoche y ahora…

—pone los ojos en blanco con gesto reflexivo— acabo de ver las estrellas en un plato de ducha, en Miami. ¿Qué más me espera?

Su ocurrencia consigue arrancarme una sonrisa inmediata. Acabo acariciándole los hombros y aquel gesto termina convirtiéndose en un abrazo, porque él mismo se ha convertido en una especie de imán para todos mis sentidos.

—No se queje, usted se lo ha buscado.

—¡Vaya! Menuda seguridad, estoy sorprendido.

Nuestras bocas se aproximan de manera casi hipnótica y nuestros cuerpos parecen reclamar aquella cercanía.

Dios mío. Lo necesito pegado a mí. Lo necesito a cada instante. No sé si esto es normal.

—¿Pero sabes qué? —prosigo mientras dibujo círculos lentos sobre su fuerte brazo.

—¿Qué? —pregunta con interés.