Chapter 45 #3
—Al parecer, el señor Larrison tiene asuntos pendientes con personas bastante menos civilizadas que yo. Lo sospeché desde el principio.
Trago saliva.
—¿Qué quieres decir?
—Se fue de Los Ángeles por problemas con una banda latina. De ahí el traslado a Harvard.
No aparta los ojos de los míos mientras yo niego, incrédula.
—¿Y por qué Adam sería tu asunto? —Lo señalo, histérica mientras estampo la carpeta contra el escritorio.
Él da dos pasos en mi dirección y me agarra por el brazo, acercándome más a él. Sus ojos me fulminan cuando queda a solo unos centímetros de mi rostro.
—¡Todo lo que tenga que ver contigo es mi maldito asunto! —exclama furioso—. No olvides que le hice un favor. Lo saqué de la puta mierda en la que estaba metido.
Lo observo fijamente y empiezo a unir las piezas. Su forma de hablar y la seguridad con la que responde. Esa serenidad. Lo conozco y sé cómo funciona su cabeza.
—¿Qué le pediste a cambio?
Él sostiene mi mirada durante unos interminables segundos.
—Que desapareciera de mi vista.
La calma con la que pronuncia esas palabras me producen un escalofrío.
—¿Solo para apartarlo de mí? —murmuro como si estuviera en un trance—. ¿Cómo pudiste?
—¡Por Zeus! —ruge desquiciado—. Ese tipo representaba una amenaza y simplemente la he eliminado. No me fiaba de él. Y he dicho que firmes, Aylin.
«Por Zeus», pienso. Hasta su manera de hablar es muy extraña.
¿Qué está pasando aquí?
Sus ojos vuelven a endurecerse y se vuelven impacientes.
—No lo haré. —Niego con la cabeza—. No te conozco ni sé de lo que serías capaz. Pensaba que este hotel era solo un club privado, ¡no una organización criminal!
Álex aparta la mirada. Durante unos segundos permanece completamente quieto, como si estuviera valorando cuánto está dispuesto a contarme.
—Y lo era —responde finalmente, dándome la espalda—. Pero ya no. Tenemos la mejor mercancía. La más pura, y directa para nuestros clientes.
Siento que el mundo se inclina bajo mis pies.
—¿Qué mercancía?
Dios, está hablando de mujeres. Esto debe ser un prostíbulo de lujo. Álex está traficando con mujeres.
—Cocaína, principalmente —responde con voz grave mientras baja la mirada al percibir mi expresión.
Lo observo como si estuviera delante de un desconocido. Como si el hombre del que me he enamorado hubiera desaparecido y alguien hubiera ocupado su lugar.
—¿Cómo...? —susurro horrorizada dando un paso hacia él—. Sé que tu infancia fue un infierno. ¿Cómo puedes traficar con lo mismo que consumían tus padres? ¿¡Cómo!?
La reacción es inmediata. Aprieta los puños y la oscuridad regresa a sus ojos.
—¿¡Infierno!? —ruge—. ¡Mi verdadero infierno empezó cuando pisé Estados Unidos! ¡Piensas que lo sabes todo, pero no tienes ni idea! —Suspira con frustración y me señala con el dedo.
Parpadeo, confundida.
—¿A qué te refieres?
—¡Da igual! —vocifera mientras se acerca hasta quedar frente a mí—. ¡No soy el maldito hombre que esperabas!
—¿También eres un asesino? —le espeto con frialdad mientras un escalofrío me recorre la espalda—. ¿Por qué ese tipo te acusó de matar a su primo?
El silencio que sigue a mi pregunta resulta devastador y simplemente me da la espalda. Eso, por supuesto, es peor que cualquier respuesta que podría soltar por la boca.
—Solo… firma.
—Lo hiciste.
El corazón me golpea el pecho con tanta fuerza que noto cada latido retumbando en la nuca. Apenas puedo respirar y todo empieza a difuminarse a mi alrededor.
—Me quiero ir.
Corro hacia la puerta sin pensarlo. Solo existe un objetivo: alcanzar la cerradura y salir de este despacho. Pero la libertad se queda a apenas unos centímetros de mis dedos.
—Aylin… ¡Joder! —Su voz me persigue—. ¡No te muevas!
El sonido metálico de un arma al montarse rompe el aire y hace que me detenga. El corazón parece querer atravesarme las costillas y aún pienso si esto es real.
Permanezco inmóvil, de espaldas a él, a apenas unos centímetros de la puerta y la única vía de escape. Ni siquiera me atrevo a respirar. Entonces me giro lentamente y mi mundo termina de romperse.
Álex...
No.
Mi profesor de Finanzas está frente a mí, apuntándome con una pistola.
—¡Diablos! —gruñe.
Su aspecto resulta tan perturbador como el arma que sostiene. Tiene el mentón tan tenso que los músculos se marcan bajo la piel, como si estuviera haciendo un esfuerzo inhumano por no derrumbarse antes que yo. Los ojos le brillan y un leve temblor termina por delatarlo.
—No puedes huir, te encontrarían. ¡Sander estaba allí! No puedo ir contra las reglas del clan... ¡soy su líder! —Su voz se quiebra—. Solo intento protegerte, Aylin.
Una risa amarga amenaza con escapar de mi garganta.
Qué ironía. El hombre al que amo me apunta con una pistola mientras intenta convencerme de que está salvándome la vida. Y lo más aterrador de todo es que parece creer cada una de sus palabras.
—No firmaré, Álex. —Mi voz apenas tiembla, aunque siento que por dentro me estoy desmoronando—. No voy a ser vuestra puta en El Templo.
Las lágrimas vuelven a empañar mi vista, pero me niego a apartarla de él.
—No lo entiendes —murmura sin dejar de apuntarme—. O estás dentro o... estás muerta.
Inspiro despacio porque el aire me araña la garganta. Exhalo igual de lento. Si voy a romperme no será delante de él.
—¿Quién eres? —pregunto con serenidad.
—Sabes quién soy.
—No. No lo sé. ¡¿Quién eres?! —alzo la voz en un auténtico grito de guerra.
Entonces él cierra los ojos apenas un instante y eleva el rostro hacia el techo mientras aprieta la mandíbula. Después vuelve a mirarme, implacable.
—Soy Ares —afirma—. Dios del Olimpo y uno de los diez soberanos de nuestro clan. Soy el líder supremo de Álympos, el clan hedonista más antiguo del mundo. Nuestra sede es El Templo, un santuario donde se arrodillan magnates de más de cuarenta países. Venero la civilización griega y...
Hace una pausa.
—Soy narcotraficante.
Trago saliva. Las palabras siguen cayendo dentro de mí una detrás de otra, igual que piedras lanzadas al fondo de un lago. Cada una hunde un poco más todo aquello en lo que había creído.
Ya no queda nada. El hombre que amo me ha mentido desde el principio y acaba de confesarme que dirige una organización criminal.
Y, como si eso no fuera suficiente, el maldito hombre que amo me está apuntando con una pistola en este instante. Pero no hace falta apretar un gatillo para destruir a alguien.
Mi alma está en llamas.
«Niña tonta, los cuentos de hadas no existen… ».
Y los finales felices tampoco.
Para vivir este capítulo con mayor intensidad, te recomiendo escuchar
Cóseme de Beret y Vanesa Martín.