El profesor (El profesor 1) Chapter 28 #2
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Chapter 28 #2

Se agacha justo detrás de mí sin apartar la vista de mi rostro, como si disfrutara comprobando el efecto que me provoca cada uno de sus movimientos. Y, cuando intento moverme para descubrir qué pretende hacer, me inmoviliza la cadera.

—No te muevas —su voz apenas es un susurro.

Obedezco.

El silencio y la calma que hay entre los dos resulta casi tan excitante como cualquier roce. Siento su respiración cerca de mi piel y cierro los ojos un instante, completamente incapaz de controlar el temblor que recorre mi cuerpo.

—Nos pueden ver... —murmuro.

Él deja escapar una leve sonrisa. Lo veo en el espejo, ya que estoy completamente de espalda a él.

—Sh... Eso es parte del juego.

Mis manos buscan apoyo sobre el cristal mientras intento recuperar el aire. La idea de que alguien pueda llamar el ascensor en cualquier momento hace que el corazón se me acelere. Aun así, intento disfrutar de sus caricias en mi abdomen y de cómo desliza sus dedos hacia mis pechos, bajo el vestido.

De repente, siento su húmeda boca sobre mis nalgas besándome cada centímetro con pasión. Dios… mío. Su voraz boca en mi trasero y sus dedos apretándome los pechos, hacen que una corriente placentera me recorra.

—Separa más las piernas —dice de pronto.

Lo hago sin apartar la mirada de la suya. No necesito nada más. La intensidad con la que tira de mis caderas hacia él obligándome a agacharme sutilmente, y cómo me observa, bastan para hacerme olvidar dónde estamos.

Mi pulso aumenta cuando aparta con una mano mi ropa interior y, sin preámbulo alguno, su lengua alcanza el objetivo.

Suelto un jadeo ahogado y cierro los ojos con un gemido sonoro cuando los músculos de mi parte más profunda se tensan por el placer de sentir su ávida lengua recorriendo cada milímetro.

Mientras tanto, uno de sus dedos me roza el ano.

Es jodidamente insaciable, tanto que siento una vergüenza terrible, pero el placer me paraliza.

—Me encantas… —dice presionando mi punto más sensible.

Pero justo cuando el momento parece devorarme por completo, unos golpes secos resuenan al otro lado de las puertas del ascensor.

—¡Mierda!

Las manos me tiemblan mientras intento colocarme el vestido. Él se incorpora con rapidez y, sin perder la calma, rodea mi cintura.

—Tranquila...

Pulsa el botón de la quinta planta y el ascensor vuelve a ponerse en marcha. Yo apenas puedo dejar de sonreír. Me apoyo en la pared intentando recuperar el aliento mientras noto un temblor persistente en las piernas. Este jodido hombre acaba de dejarme completamente sin fuerzas.

—¿Estás bien?

Su mano aprieta con suavidad mi cintura antes de depositar un beso breve sobre mis labios.

—¿Tú qué crees?

Esboza esa media sonrisa tan suya, que destila orgullo y satisfacción. Y, cuando las puertas se abren y comprobamos que el pasillo está vacío, me observa apenas un segundo antes de levantarme en brazos.

—¡Por Dios! ¿Y tú estás bien? —digo con un hilo de voz, rodeando su cuello por puro instinto.

—Contigo entre mis brazos, sí. —Su respuesta llega pegada a mi oído.

El profesor no me deja en el suelo en ningún momento. Mientras sigue sosteniéndome entre sus brazos, saca la tarjeta y la acerca a la cerradura. La luz verde se enciende y, antes incluso de empujar la puerta, vuelve a buscar mis labios.

El beso es todavía más intenso.

Una patada basta para abrir la habitación. La tenue luz del dormitorio nos envuelve cuando me deposita con cuidado sobre la cama. Apenas me da tiempo a recuperar el aliento antes de inclinarse de nuevo sobre mí y reclamar mi boca con la misma necesidad de antes.

Le acaricio la nuca y la espalda, completamente eufórica. Entonces se aparta apenas unos centímetros. Empieza a descalzarse sin dejar de mirarme. Yo lo observo en silencio, apoyada sobre los antebrazos, mientras los nervios y el deseo me abrasan por dentro.

—Yo... ya sabes que no... —balbuceo cuando comienza a desabrochar lentamente los botones de la camisa.

Sus ojos recorren mi cuerpo con una calma que me asusta. No sé cómo puede estar tan tranquilo. Mi vestido se ha deslizado a un lado y el escote apenas consigue cubrirme.

—No te preocupes. Disfrutarás mucho.

Su voz consigue tranquilizarme porque sé que no me hará daño. Confío en él, a pesar de todo; ya me ha demostrado que puedo hacerlo. Hoy me podía haber mentido, sin embargo, me ha hablado de su realidad y sus preferencias. Aunque me duela.

Cuando desliza la camisa por sus anchos hombros, mi respiración se detiene. Su torso se ve incluso más impresionante de lo que me ha parecido esta mañana. La penumbra marca cada músculo de su cuerpo y, durante un instante, me resulta imposible apartar la mirada.

«Solo espero que no me rompa en dos...»

Ni siquiera estoy segura de querer que no lo haga.

Cuando clava una rodilla en la cama, mi corazón vuelve a acelerarse.

—Sabe lo mucho que la deseo, ¿verdad, señorita Vega?

Sonrío al notar esa manera de llamarme.

—Relájate.

Sus dedos ascienden sensualmente por mi pierna, despertando cada centímetro de mi piel.

Entonces su otra mano se detiene sobre la mía.

No me doy cuenta de que estoy temblando hasta que entrelaza sus dedos con los míos durante un instante.

Aquel gesto, tan sencillo, consigue calmarme mucho más que cualquier palabra que podría pronunciar.

—¿Me va a doler? —pregunto cuando vuelve a inclinarse sobre mí.

Sus labios rozan mi frente antes de responder.

—Voy a ser un caballero, lo prometo. Pero solo esta noche.

Una sonrisa nerviosa escapa de mis labios.

Esta vez soy yo la que busca su boca, mientras él, con una paciencia infinita, desliza el vestido por mis hombros hasta dejar mi piel al descubierto.

Sus manos recorren mi cuerpo y su mirada arde con tanto deseo, y a la vez admiración, que lo atraigo con fuerza hacia mí.

Joder, lo necesito.

—Eres preciosa... ¿Te lo he dicho alguna vez?

No puedo evitar soltar una risita.

—Posiblemente sí. Me has dicho tantas cosas…

Él sonríe apenas un instante, satisfecho de arrancarme aquella risa. Después vuelve a concentrarse en mí y todo su mundo parece reducirse únicamente a mi cuerpo. Levanta mis piernas y me acerca bruscamente hacia él. Deposita un beso en uno de mis tobillos antes de levantar la vista.

—Te voy a follar con los tacones puestos. ¿Lo ves bien?

Virgen Santa. Trago saliva cuando contemplo su perturbadora imagen.

—Me dejo en tus manos, Álex. —Mi propia voz me sorprende.

Verlo así, arrodillado entre mis muslos, con esa seguridad abrumadora y esa calma que parece esconder un incendio, resulta infinitamente más excitante de lo que jamás habría imaginado.

Y, durante unos segundos no responde, solo me observa mientras besa primero mis tobillos y después los stilettos negros de tacón fino. Y esa mirada...

—Túmbate —ordena.

No puedo evitar pensar que este tipo de órdenes me encantan. Obedezco mientras él se inclina sobre mí. Sus labios recorren mi piel y cada roce consigue que mi respiración se vuelva más irregular. Mis dedos terminen perdiéndose entre su cabello cuando sus dedos me abren más las piernas y me tientan.

—Estás muy húmeda y eso me encanta.

Sonrío, completamente sin aliento. Gotas de sudor empieza a cubrir mi piel mientras lo observo atenta. Se desabrocha el pantalón y se baja el bóxer, mostrándome lo que es una erección en condiciones. Siento cómo la saliva se me atora en la garganta.

—¿Estás segura de que quieres hacerlo? —Me dedica una mirada oscura, que esta noche me parece preciosa.

—¿Crees que podría haber marcha atrás?

Deposita otro beso sobre mis labios, lento y profundo, mientras sus dedos vuelven a perderse entre mi cabello. Después se aparta apenas unos centímetros.

—Espera.

Frunce ligeramente el ceño y alarga el brazo hacia la mesilla. Abre uno de los cajones, saca un preservativo y, con la misma serenidad con la que me habla, rompe el envoltorio con los dientes. No aparta la vista de mí ni un solo instante mientras se lo coloca.

—Ahora sí.

Regresa a mi lado y vuelve a besarme. Entrelaza los dedos con mi cabello y acerca su pelvis a la mía con infinita lentitud. Casi me da un vuelco el corazón cuando noto el primer roce en mi entrepierna. Me pregunto en silencio si podré soportar el dolor que me provocará semejante monstruosidad.

—¿Siempre eres tan precavido? —susurro con la respiración todavía agitada.

Una leve sonrisa surge en su rostro.

—Siempre. Pero cuando se trata de ti, más.

Sus pulgares acarician mis mejillas.

—No pondría en peligro tu futuro, Aylin. Aunque me muera de ganas por sentirte.

Asiento, todavía con el corazón desbocado. Una parte de mí intenta recuperar la cordura, pero la otra hace tiempo que ha dejado de escucharla. La adrenalina termina imponiéndose y mi mente se vacía de cualquier pensamiento que no sea él.

Me siento como si fuese un caballo al galope.

Él no espera más, se inclina enseguida y queda suspendido sobre mí, apoyado en los codos. Aprieta sus caderas contra las mías y empuja, avanzando en mi interior con delicadeza mientras sus labios suben lentamente por mi cuello. Aun así, le cuesta continuar por la tensión que entumece mis músculos.

—Sh, relájate. —Me besa la mejilla.

Su respiración es acelerada y sus ojos, ardientes.

De inmediato, su boca atrapa la mía con ímpetu y yo le respondo, clavando mis uñas en su espalda.

Pero, a los pocos segundos, su cuerpo se tensa dominante.

Mis latidos se disparan y ahogo un pequeño gruñido en su cabello cuando me embiste con más fuerza, desgarrando mi virginidad.

La cabeza me da vueltas por las jodidas sensaciones que me provoca, algo que jamás he sentido.

—¿Te duele? —Sus labios cambian de mi boca a mi mentón y de vuelta a mi cuello.

Aprieto sus hombros mientras niego con la cabeza, totalmente anulada entre sus brazos. Adoro verlo y sentirlo sobre mí. Y dentro. Su sabor, su olor, su tacto, su intensidad. Sus movimientos cuidadosos y la manera en la que absorbe cada uno de mis gestos.

—¿Te gusta?

Retrocede. Avanza. Despacio. Sin apartar los ojos de mí.