Chapter 28
C uando regreso a la terraza, descubro al señor Clark tendido en el suelo.
Durante un instante me quedo paralizada, preguntándome qué demonios habrá ocurrido mientras estaba en el servicio.
Todo el mundo observa la escena con una atención casi morbosa.
El profesor se pone de pie frente a él y su expresión resulta tan sombría y desencajada que remueve algo en mi interior.
En cuanto me ve aparecer, se dirige hacia mí con rapidez y me sujeta del codo.
—Nos vamos ya —dice con voz severa, mientras percibo el ritmo acelerado de su respiración.
Algo ha pasado. Algo malo.
—¿Le acabas de dar un puñetazo al señor Clark?
—Esa escoria ni es señor ni es nada —murmura con una expresión diabólica.
Su mano se instala en mi cintura y tira de mí hacia la salida con una firmeza que apenas me deja margen para reaccionar.
Nos alejamos deprisa del restaurante y, aun así, no puedo evitar volver la cabeza.
Veo al otro hombre, Mark, ayudándolo a levantarse del suelo.
Clark se toca la herida del labio y mira hacia nosotros en estado de shock.
—¿Qué ha ocurrido?
Los cinco minutos que tardamos en llegar al hotel se parecen demasiado al trayecto de ida al restaurante.
El profesor no responde a ninguna de mis preguntas y supongo que es lógico.
Acaba de golpear a uno de los socios más importantes de la costa sur y, teniendo eso en cuenta, resulta comprensible que se encuentre fuera de sí.
Llegamos en un abrir y cerrar de ojos, pero él continúa sumido en un silencio sepulcral. Ni siquiera me mira. Todos sus movimientos están cargados de tensión y empiezo a preocuparme de verdad.
El sonido rítmico de nuestros pasos resuena sobre el brillante suelo de la entrada principal. Mientras avanzamos hacia el ascensor a grandes zancadas, varias personas de recepción nos saludan con una sonrisa.
—¿Estás bien? —pregunto con cautela, acercándome un poco más a él.
—Sí. Pero estaría mejor si no le hubiese puesto las tetas en la cara al imbécil de Clark.
Gira la cabeza de repente y la dureza de su mirada me atraviesa como una corriente helada.
Entiendo. Yo soy la razón de la pelea así que me reprendo mentalmente. Acercarme a ese hombre y provocarlo de aquella manera ha sido infantil, sí. La verdad es que únicamente pretendía sacarlo de quicio y, por lo que parece, lo he conseguido.
—¿Por qué lo ha hecho, eh? —Se aprieta el mentón con dos dedos, exactamente igual que hace siempre cuando está enfadado—. ¡Conteste!
—No he hecho nada —lo corto de inmediato; no es nadie para cuestionarme—. Y aunque lo hubiese hecho, ¿qué necesidad había de pegarle? ¿Acaso lo solucionas todo con la fuerza, joder?
No me siento culpable. Él me está empujando a cometer auténticas locuras y me irrita profundamente que ahora me lo reproche.
—¡Señorita Vega! —exclama con brusquedad mientras eleva la voz y me agarra del brazo para conducirme casi a rastras hasta el interior del ascensor. Por suerte, no hay nadie dentro.
—¡Basta ya! —le grito todavía más enfadada que él—. ¡No me puedo creer que después de todo lo que ha ocurrido entre nosotros me sigas llamando "Señorita Vega"!
Me libero de su agarre con una sacudida y sostengo su mirada desafiante mientras pulsa el botón de nuestra planta. El ascensor comienza a ascender.
—Aylin... —Su voz pierde fuerza—. No voy a permitir que nadie te insulte.
Escuchar mi nombre en sus labios provoca una fuerte vibración dentro de mí. Pero no es mi nombre, no es la primera vez que lo pronuncia. Es cómo lo hace.
—Entonces le has pegado porque... —murmuro suspicaz, aunque no puedo evitar mirarlo con una ternura que me traiciona—. ¿Me has defendido?
Inclina ligeramente la cabeza y da un paso en mi dirección.
—Siempre lo haría.
La convicción que desprenden sus palabras me golpea con más fuerza de la que mi mente puede tolerar. No hay duda, vacilación ni arrepentimiento en su voz. Habla con certeza y pasión. Y eso… ¡por Dios!
—Álex, yo no sabía que...
—¿Álex? —Frunce una ceja—. ¿Por qué Álex?
Las palabras se atascan en mi garganta y mi corazón parece dispuesto a abandonar mi pecho.
—Es una larga historia —balbuceo mirando el suelo—. Lo siento si no te gust…
—¡No! —me frena deprisa—. Me gusta, solo que nadie me llama así.
Su voz desprende una carga de sensualidad tan intensa que me deja sin aire. Además, tengo la sensación de que escuchar su nombre —aunque no sea ese al que está acostumbrado— le emociona.
—Dilo otra vez… —susurra mirándome fijamente.
Está sorprendido. Lo sé porque sigue acercándose. Porque la distancia entre nosotros desaparece poco a poco. Porque su pecho ya está rozando el mío. Porque… maldita sea. Me mira como si yo fuera la única persona que existe en el mundo.
Sin apartar los ojos de mí, levanta la mano izquierda y pulsa un botón del ascensor. De repente, el mecanismo emite un fuerte chirrido y el ascensor se detiene. La tensión que se instala entre nosotros es tan espesa que podría cortarse con un cuchillo.
—Por favor, dilo otra vez, Aylin. Di… mi nombre.
Su rostro se enciende poderosamente y, contra toda lógica, aquello me emociona. Siento los latidos como si fuesen aves rapaces revoloteando en mi pecho, en mi estómago y en todo mi jodido cuerpo.
—Álex...
Pronuncio su nombre una segunda vez, dejando escapar toda la emoción que llevo acumulada dentro.
El deseo me inmoviliza y se me olvida todo lo ocurrido durante las últimas horas. Se me olvida la discusión, las lágrimas, incluso las advertencias de mi mente, que sé que debería escuchar.
Solo existe él. Álex. Brian. Mi profesor de Finanzas.
Mi mirada baja a su boca. Sus labios ejercen sobre mí una fascinación tan poderosa que apenas consigo respirar.
Observo la intensidad de sus ojos y tengo la sensación de que él también se ha quedado sin aliento.
El deseo parece recorrer cada rincón de su cuerpo, filtrándose a través de cada gesto y cada respiración.
La sensación se intensifica cuando apoya una mano al lado de mi cabeza y acorta todavía más la distancia entre nosotros. Puedo sentir su aliento cálido y varonil rozando mi rostro.
Entonces inspiro profundamente y me quedo inmóvil, con el corazón golpeando con fuerza contra mis costillas. La adrenalina invade cada centímetro de mi cuerpo y el contacto de su pecho firme contra el mío resulta embriagador.
—Sé que he dicho que no te tocaría, pero... —murmura con voz profunda mientras apoya su frente contra la mía.
Su respiración es rápida y sus labios permanecen demasiado cerca de los míos. Tan cerca que resultan irresistibles.
Dios mío.
Tan dolorosamente irresistibles que un deseo intenso me parte en dos y entonces… no aguanto más. Cierro los ojos.
—Bésa...
No espera a que termine de pronunciar esa mágica palabra.
—Basta con que me lo pidas —susurra.
Se lanza a mi boca, poderosamente hambriento. Su beso es exigente y sus labios extremadamente persuasivos; su lengua roza la mía con mucha fuerza y noto la calidez de su interior.
Cielo Santo. Me besa con ese dominio que solo él posee. Una de sus manos se desliza hasta mis caderas mientras la otra acaricia mi nuca, obligándome a sostener el beso. Ya no existe nada fuera de aquel ascensor.
Estoy temblando y respiro entrecortadamente mientras nos fundimos en un abrazo desesperado, tan intenso que parece que se nos va a ir la vida en ello. Parece que este preciso y maravilloso momento vaya a ser el último de nuestras vidas. Pero es nuestro momento y es jodidamente perfecto.
Entonces, sin previo aviso, gira mi cuerpo hacia el espejo. El cristal recibe el peso de mis senos y un pequeño gemido escapa de mis labios cuando mi trasero tropieza con sus caderas.
Sus dedos recorren mis brazos despacio, desde los hombros hasta las muñecas, provocándome un escalofrío que me eriza la piel. Después me inmoviliza las manos detrás de la espalda con delicadeza y nuestras miradas se encuentran en el reflejo.
—¡Mírate! Eres preciosa.
El calor de su voz me desarma. Mis rodillas apenas responden cuando su boca encuentra el lóbulo de mi oreja y comienza a descender lentamente por mi cuello. Sus labios se entretienen sobre mi piel tan posesivos que me obliga a inclinar la cabeza hacia un lado.
No aparta los ojos del espejo. Quiere que vea exactamente lo mismo que él está viendo.
—Aylin... —dice con una voz grave e hipnótica.
—Dime...
Aprieta un poco más mis muñecas mientras su respiración me acaricia el oído.
—¿Tienes idea de lo que te voy a hacer?
No soy capaz de contestar. El simple roce de sus caderas contra las mías hace que el corazón me golpee frenético dentro del pecho.
La fricción de su erección a través de las telas hace que me sienta húmeda, de repente.
No sé qué hacer, solo puedo respirar, esperando el siguiente movimiento, completamente rendida a sus deseos.
Sus manos abandonan mis muñecas y comienzan a recorrer mi cintura mientras su boca regresa a mi cuello.
Con una lentitud desesperante, desliza los dedos bajo el fino vestido y lo eleva hasta mi cintura.
Su mirada se detiene en mi ropa interior.
No dice nada durante unos segundos, como si quisiera memorizar cada detalle.
—Bonito tanga, señorita.
¿Debería sentirme halagada?
Me emociono. Además, la formalidad de aquella palabra —señorita—, pronunciada con esa voz grave, me hace contener el aliento.
—¿Aunque no sea la lencería que me enviaste?
Me humedezco los labios, todavía con los ojos clavados en nuestro reflejo.
—Me da igual la lencería. Me importas tú.
Su mano atrapa mi mentón y me obliga a girar la cabeza hacia la izquierda.
Hacia él. Me mira un segundo largo a los ojos y vuelve a besarme.
Con la otra, acaricia mis caderas con firmeza, obligándome a abrir un poco más las piernas mientras nuestros labios siguen buscándose con la misma urgencia.
Sus dedos se adueñan de mi trasero tras liberar mi boca.