El profesor (El profesor 1) Chapter 27 #2
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Chapter 27 #2

Pero ni siquiera me mira. Se limita a entrar en el dormitorio y cerrar la puerta tras de sí.

—Menuda terca... —murmuro para mí.

Empiezo a pensar que su orgullo es más grande que el mismísimo Templo. Después me doy una ducha fría. El calor de Miami me resulta insoportable, y siento como si caminara constantemente envuelto en llamas.

Media hora más tarde, después de haber recolocado el nudo de la corbata varias veces, revisado el traje otras tantas y respondido unos cuantos correos electrónicos, la veo salir finalmente de la habitación.

Me quedo paralizado y, para mi desgracia, también molesto.

Lleva un vestido dorado escandalosamente corto y con un escote tan pronunciado que apenas deja espacio para la imaginación.

Resulta evidente que no lleva sujetador.

El escote desciende peligrosamente, resaltando la curva de sus tetas y dejando al descubierto la piel nívea de su cuello.

—¿Está lista? —pregunto.

Ella sigue sin responder y eso empieza a sacarme de quicio.

—Creo que existe un malentendido. —Doy un paso hacia ella, aunque inmediatamente se aparta—. Hoy solo he compartido mis gustos con usted porque me lo ha pedido. Pero puede tener muy claro que jamás la obligaría a hacer algo que no quisiera. Es más, no volveré a tocarla si así lo desea.

Ni una palabra, tan solo me mira enfadada mientras recoge un pequeño bolso. Decido no insistir. Viendo su actitud, resulta evidente que no tiene ninguna intención de hablar conmigo.

Me limito a abrirle la puerta. Ni un sonido de su boca.

Genial.

Avanzamos hacia el restaurante donde vamos a reunirnos con mis socios mientras intento conservar la calma, aunque no dejo de maldecir mentalmente durante todo el trayecto. Lo bueno es que la reunión está a tan solo una calle del hotel.

Esta mujer me vuelve loco.

Me acomodo discretamente el pantalón y fijo la vista en el móvil para evitar situaciones incómodas delante de los demás. Más que nada porque estoy tremendamente duro desde la habitación y necesito serenidad. Esta cena es importante para la empresa y no puedo permitirme cometer errores.

Bajo la mirada hacia la pantalla después de asegurar el perímetro y descubro varias llamadas perdidas de Lorraine, además de un mensaje.

Haz lo que tengas que hacer. El domingo no estaré, viajo a Los Ángeles. A la vuelta hablaremos, sabes que tenemos asuntos pendientes.

—¿Qué espera exactamente de mí esta noche? —me pregunta obligándome a alzar la cabeza, mientras camina callada a mi lado.

—Nada en concreto. Solo quiero que sea usted misma.

Ella gira el rostro y aparta la mirada.

Unos pocos minutos después llegamos a la terraza privada de uno de los restaurantes más exclusivos de Miami. Le indico la entrada con una mano mientras mis dedos rozan apenas la piel descubierta de su espalda.

Vuelvo a observar el vestido. Menudo combo: demasiado corto, demasiado ajustado y demasiado provocativo.

«Todos la mirarán». No consigo apartar esa idea de mi cabeza.

Al fondo reconozco a Stephen Clark, sentado ya en una de las mesas. Es uno de los responsables de atraer clientes estratégicos en la costa sur y una pieza importante para nuestros negocios. Dentro de la empresa se le considera un socio valioso y un profesional extraordinariamente eficaz.

Sin embargo, también es uno de los mayores hijos de puta que he conocido en toda mi vida. Ya advertí a Carlyle sobre él en más de una ocasión. No sé exactamente por qué, pero jamás he conseguido fiarme de Stephen Clark y mi instinto rara vez se equivoca.

—¡El lobo de Boston está aquí! ¡Auuugh! —exclama el imbécil cuando nos acercamos a la mesa, acompañando el saludo con una cutre imitación del aullido de un lobo.

—Clark... —musito—. Señores... señora...

Saludo a los otros dos hombres que lo acompañan y también a la esposa de Stevenson, que está presente. Stevenson es la mano derecha de Clark y uno de los responsables de supervisar buena parte de las operaciones de la zona.

—¿Pero tú nunca envejeces, cabronazo? —dice Mark, un buen amigo que hace tres años empezó a trabajar con Clark y que actualmente se encarga de gran parte de Florida.

Mi amigo se levanta de la silla y me propina una palmada en la espalda.

Mark, a diferencia de Stevenson, es mi hombre de confianza.

Básicamente, es quien me mantiene informado sobre todo lo que ocurre en la costa sur, muchas veces a espaldas de Stephen Clark y de Carlyle.

Y sí, me gusta tenerlo todo bajo control.

—¿Quién es esta hermosura que has traído esta noche, Woods? —vuelve a hablar mi socio.

Menudo estúpido.

Conoce perfectamente a Lorraine y sabe que la mujer que me acompaña no puede ser mi esposa.

—Ella es mi asistente, la señorita Aylin Vega. Además, colabora conmigo en mi futura publicación.

Cuando la presento, sintiéndome extrañamente orgulloso, ella saluda con educación y les dedica una sonrisa cortés.

—¡Encantados! —responden casi al unísono.

Aparto una silla para que Aylin se siente mientras todos intercambian miradas curiosas.

—¿Cómo va la cosa por el norte?

—Todo marcha bien. Seguimos ampliando operaciones —informo—. De hecho, quiero aprovechar la ocasión para felicitaros. Han llegado resultados excelentes desde Florida.

—Aun así, incomparables con tu último éxito, Brian —comenta Mark—. Ya nos hemos enterado de que hace menos de un mes cerraste el contrato con USA Bank, el segundo banco más importante de Estados Unidos.

—Cierto —añade Stevenson, satisfecho—. Solo M. Chase está por delante.

—¡Eso es porque tuvo mucha suerte! —interviene Clark, incapaz de ocultar la envidia y siempre dispuesto a minimizar cualquier logro ajeno.

Que diga lo que quiera ese jodido cabrón. Nunca me ha soportado y el sentimiento es mutuo.

—Eso es lo que dicen todos, Clark. Ya sabes, cuando alguien alcanza sus objetivos, siempre resulta que ha sido «cuestión de suerte» —replico, cerrándole la boca al instante.

Aunque la conversación gira alrededor de lo que más me apasiona —los negocios—, me resulta imposible concentrarme. Mi atención se desvía constantemente hacia Aylin. Esta noche está especialmente guapa. Nunca la había visto tan elegante y sensual.

A la vista está que no soy el único que se ha dado cuenta.

El buitre de Clark no deja de mirar su escote cada vez que cree que nadie lo observa. Ella, por suerte, apenas le presta atención. Está conversando con la esposa de Stevenson y agradezco internamente que, al menos, permanezca entretenida, pues a mí continúa ignorándome. No me dedica ni una mirada.

Después de la cena, uno de los camareros nos invita a pasar a una zona más privada del local, una especie de lounge reservado donde la música suena más baja y resulta posible mantener una conversación sin tener que alzar la voz.

Nos acomodamos junto a la barra mientras seguimos hablando sobre los últimos informes de la financiera de la costa sur. Pero al cabo de unos veinte minutos, Stevenson y su esposa, Marie, se despiden de nosotros. De ese modo, terminamos quedándonos únicamente Mark, Clark, la señorita Vega y yo.

Voy ya por mi tercera copa, estoy sentado junto a Mark en la barra mientras él intenta ponerme al día de ciertos movimientos que Clark está realizando dentro de la empresa.

Sin embargo, soy incapaz de prestar atención.

No escucho ni una sola palabra de lo que me está diciendo porque toda mi atención está puesta en Aylin.

Se ha quedado con Clark y el muy cabrón se la está comiendo con los ojos. Están apenas a un par de metros de nosotros, también sentados en la barra. Él no deja de inclinarse hacia ella para susurrarle cosas al oído.

Lo extraño es que ella está actuando de una manera completamente distinta a la habitual. Tiene una actitud provocadora, casi seductora. La observo tocarle la corbata con los dedos mientras se muerde el labio y da pequeños sorbos a su copa.

¿Está borracha?

Por su parte, Clark parece un maldito tomate. Está rojo, sudando y sonriendo como un idiota. Su brazo rodea la espalda de Aylin mientras continúa hablándole al oído. Seguro que hasta se le ha puesto dura. Y, sinceramente, ¿a quién no?

Aprieto la copa entre los dedos. Me doy cuenta de que la situación me está irritando a un nivel completamente irracional.

Mark sigue hablándome, yo sigo sin escuchar nada.

La ansiedad me oprime el pecho y empiezo a mover una pierna de forma compulsiva.

En este momento él ha apoyado una mano sobre su muslo y le acaricia lentamente la pierna con una familiaridad que me revuelve el estómago.

Después acerca aún más su silla y poco después le ofrece un cigarrillo.

Ella continúa con aquella actitud provocadora y acepta el maldito cigarro.

Clark le acerca el mechero, Aylin lo enciende, tose ligeramente, después vuelve a intentarlo y termina expulsando el humo como si fuese una seductora nata.

Cuando ella le dedica una sonrisa especialmente insinuante, él termina rodeándole la cintura y acercándola todavía más a su cuerpo.

Definitivamente, no aguanto más. Me hierve la sangre.

—Hijo de puta… —maldigo entre dientes antes de alzar la voz—. ¡A este hijo de puta lo voy a matar!

Lo digo tan alto que incluso Mark deja de hablar para mirarme.