El profesor (El profesor 1) Chapter 27
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Chapter 27

—¡J oder! —mascullo entre dientes—. ¡Mil veces joder!

«¿Por qué ella es tan terca?», me pregunto mientras la frustración me consume.

Le doy una patada a una silla. En estos momentos, mi furia y mi carácter agrio me superan por completo. Me siento como si estuviera librando un combate de boxeo y acabara de quedar contra las cuerdas.

El estruendo de la silla al golpear el suelo de mármol despierta demasiados recuerdos.

Durante un instante, es como si hubiera retrocedido años en el tiempo.

Siento unas gotas de sudor en la frente, así que agarro la botella de whisky que descansa sobre la mesa de la suite y me sirvo una copa con la intención de recuperar el control.

Sé que, muy probablemente, lo haya fastidiado todo.

Mi mirada se desvía hacia la puerta de su habitación.

¿Por qué diablos tiene que ser todo tan complicado?

Acaba de echarme de su cuarto y le cuesta aceptar una verdad que ella misma quería saber.

¡Maldita sea!

No consigo entender por qué me lo está poniendo tan difícil cuando todo podría ser mucho más sencillo. Lo peor es que su resistencia no está consiguiendo alejarme de ella, sino exactamente lo contrario.

Aprieto los dedos alrededor del vaso de cristal mientras el whisky desciende quemándome la garganta. Ella no tiene ni idea de que, en realidad, está alimentando el incendio que arde dentro de mí. Cuanto más se resiste, más intenso se vuelve mi deseo de poseerla.

Porque sí, quiero tenerla. Quiero poseerla por completo.

Su cuerpo. Su mente. Su alma.

La deseo con una intensidad tan feroz que estoy temblando y hasta noto una presión constante en la pelvis que me resulta insoportable.

¡Por Zeus! No aguanto más.

La señorita Vega es como la fruta prohibida del jardín del Edén.

Como la lluvia que cae en el desierto. Como el jodido aire que necesito para seguir respirando.

Y sé perfectamente que podría obligarla, pero eso no entra dentro de mis principios —esos que ella piensa que no tengo—.

También podría salir ahora mismo ahí fuera y buscar a cualquier mujer dispuesta a compartir mi cama.

Pero no. Ya no puedo y no sé por qué. No quiero a cualquier otra mujer. La quiero a ella, ¡joder!

Es como si tuviera la sensación de que, cuando por fin la tenga, todo volverá a la normalidad. Después de satisfacer esta necesidad enfermiza que siento por ella, podré recuperar mi vida.

Mi vida antes tenía un orden, una coherencia, un maldito equilibrio. Entonces apareció ella y todo se fue directamente a la mierda.

Nunca he soportado que alguien alterara mis planes o interfiriera en mi manera de hacer las cosas. Sin embargo, también sé que siempre termino consiguiendo aquello que quiero y, por eso mismo, estoy convencido de que esta noche acabará siendo mía. Es por eso que estoy aquí.

Quizá haya empeorado la situación al contarle parte de la verdad que tanto insistía en conocer. Quizá si me hubiese callado la puta boca, ahora mismo estaría entre mis brazos en vez de encerrada en esa habitación.

«Es cuestión de tiempo, Brian», hablo conmigo mismo.

Debo reconocer que es mucho más inteligente de lo que imaginé al principio. Sí, la señorita Vega es lista, observadora y peligrosamente perspicaz. Durante estas semanas se ha fijado en cada detalle, ha unido piezas que no debería haber unido y ha descubierto demasiadas cosas que no debería saber.

Por ahora, eso supone un problema y sé que no puede enterarse de nada más. Al menos no hasta que la tenga sometida y domine también su mente, no únicamente su cuerpo. Quitarle la virginidad será el primer paso para hacerla mía por completo.

De repente, escucho el tono de llamada de mi móvil. Lo recojo de la cama con rapidez mientras doy el último trago a la copa de whisky y abandono la habitación, aunque no sin antes dedicar una última mirada a su puerta.

Camino deprisa hacia el ascensor y decido bajar a la planta baja del hotel para tomar un café. Lo necesito desesperadamente.

—¿Dónde andas?

Al otro lado de la línea me recibe una voz conocida que, precisamente ahora, no tengo ninguna gana de escuchar. No me apetece que me calienten la cabeza y, además, estoy decepcionado con mi propio hermano por haberme ocultado el atentado del coche.

—Jack…

—¿Dónde estás?

—Tengo una conferencia en Miami. ¿Por qué llamas?

—Lorraine está muy enfadada y vuestra situación de mierda nos está perjudicando —añade.

—No dejes que te afecte algo que no es tu problema.

—Vale, pero llevas tiempo ausente y…

—No te atrevas… —lo amenazo mientras aprieto la mandíbula—. Me sigo preguntando donde estabas tú la semana pasada, después de largarte sin informar. ¿No te das cuenta de que esos hijos de puta van a ir a por ti? ¿Y de que llevo días investigando quién demonios ha filtrado información?

—¿No hay novedades? —carraspea al otro lado.

Todavía no comprendo cómo puede estar tan tranquilo. Jack siempre ha sido un lobo solitario y le ha costado abrirse conmigo, pero eso no significa que no sea mi hermano y quiera lo mejor para él.

—Lorraine me contó algo y quería preguntártelo personalmente.

Lorraine otra vez. Mi mujer insiste en meter las narices donde no la llaman. Y, antes de que Jack me preguntara por Aylin, detengo el rumbo de la conversación.

—Habla desde el despecho, la conoces —finalizo—. Te tengo que dejar.

—Entra en razón y vuelve cuanto antes, ¿entendido? —me recuerda algo que ya sé—. Te necesitamos.

—Quédate al mando este fin de semana —lo amenazo—. Sin riesgos sinsentido ni viajes a Nueva York. Si todo empeora, activaré la alarma.

Cuelgo con esa maldita garra que siento en el pecho cada vez que recuerdo cómo todo puede cambiar en una fracción de segundo. Igual que hoy, con la señorita Vega.

Me acomodo en la barra de la cafetería del hotel, pido un café y abro el portátil para trabajar.

Detrás de la barra hay una morena de labios gruesos que me sonríe sin ningún disimulo.

Al instante, comienza a juguetear con un mechón de cabello.

Conozco perfectamente esa mirada sugerente, quiere algo más.

Mi vista baja a sus pechos y reconozco que no está nada mal. Unos suaves escalofríos me invaden al pensar en su húmeda boca y en qué sentiría al embestirla. Ella lo desea, esa sonrisa lasciva no miente.

Sin embargo…

Aprieto mis dedos en la taza. La boca que necesito en este instante es la de Aylin. Esos labios tremendamente hedonistas me vuelven loco, tanto que no soy capaz de pulsar la llamada de la videoconferencia que debería haber iniciado ya.

Miro la hora. Llevo ya diez minutos de retraso, algo que no es propio de mí y todo gracias a la escenita de dignidad que la señorita Vega me ha montado minutos atrás. Me tengo que conectar con unos clientes de Singapur urgentemente y odio sentir que la situación se me está yendo de las manos.

Inspiro y espiro profundamente mientras noto la mirada insistente de la camarera clavada en mí.

—¿Se encuentra bien?

Asiento.

«Me encontraría mejor si ahora mismo estuviera dentro de ella, demonios», pienso frustrado.

◆◆◆

Tras poco más de una hora de conferencia, durante la cual me he tomado dos cafés para mantener la cabeza en su sitio, regreso a la suite sin haber conseguido apartarla de mi mente ni un solo instante.

No sé por qué, pero siento algo muy parecido al miedo.

Me preocupa que mi confesión la haya asustado más de la cuenta y que, a partir de ahora, se niegue a escuchar cualquier cosa que tenga que decirle durante el resto del viaje.

Me preocupa, incluso, que sus principios sean más fuertes que todo lo que soy capaz de despertarle.

Mi mirada se posa en la puerta que comunica mi habitación con la suya.

—Señorita Vega... —digo con cautela mientras acerco el oído a la madera—. ¿Está bien?

No recibo respuesta así que, tras unos segundos de espera, decido entrar.

La encuentro tumbada en la cama, con los ojos cerrados y la respiración pausada.

Está dormida. Me aproximo despacio mientras observo la elegante curva de su cuerpo bajo la tela del vestido blanco, una prenda sencilla que apenas cubre sus muslos y que deja al descubierto unas piernas largas y bien definidas.

No puedo evitar pensar que el blanco le favorece extraordinariamente.

Suelto un suspiro desconcertado y me rasco el mentón con nerviosismo.

Me muero de ganas de llevarla allí… a mi mundo.

Pero también sé que debo ser paciente y, sobre todo, estar seguro.

Así, dormida, con el rostro relajado y esa expresión serena que rara vez le veo despierta, parece todavía más joven, más inocente, y más terriblemente virginal. Y he de reconocer que es preciosa.

Me siento con cuidado en el borde de la cama y termino cediendo a la tentación de acariciarle una mejilla. Su piel es tan suave que uno podría pasarse horas enteras recorriéndola con la yema de los dedos.

De repente, carraspea levemente y abre los ojos. Sus iris azules, que en este momento tienen un matiz grisáceo, me observan con desconcierto. También advierto algo más. Los tiene enrojecidos. Sin duda, ha estado llorando y eso me jode aún más.

—¿Qué haces aquí?

Se incorpora de golpe y puedo leer el temor en su mirada.

—Quería saber cómo estaba —respondo con calma—. ¿Podríamos firmar una tregua?

Por dentro, espero es que no haya decidido renunciar a mí.

—Esto no es una guerra —replica con esa astucia tan característica de ella.

—Dentro de poco tenemos la cena —comento, intentando mantener la conversación en un terreno más seguro—. Me alegra ver que está más tranquila.

—Señor... —Su tono adquiere un matiz burlón mientras inclina ligeramente el rostro hacia mí—. No estoy más tranquila. Simplemente voy a cumplir con mi trabajo y punto. Cuando este viaje termine, no volverá a saber de mí, ¿vale?

Pronuncia aquellas palabras con una claridad demoledora antes de levantarse de la cama y dirigirse al baño. En el fondo, espero que cambie de opinión.

Mientras permanece en el servicio, abro el armario y selecciono la ropa que voy a ponerme esta noche.

—¡Póngase algo elegante! —le digo cuando sale.