El profesor (El profesor 1) Chapter 26 #3
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Chapter 26 #3

—Podría llamarlo así. —Hace girar otra vez el cuchillo—. Yo lo llamo placer.

Siento que la cabeza va a estallarme. Ni siquiera reconozco las palabras que salen de mi boca, jamás he sido tan vulgar.

—¿Placer? Lo único que me falta por saber es que también le van las orgías.

—También me van.

Lo dice con una serenidad aterradora. Continúa jugando con el cuchillo mientras mi respiración se vuelve completamente irregular.

—Me está diciendo que... ¿también ha participado en orgías?

—Así es.

Me quedo con la boca entreabierta. Sin palabras.

—¿Algo más? —pregunta tras aclararse la garganta.

Levanto una mano, como si pudiera detener la siguiente barbaridad antes de que salga de su boca.

—De hecho, debería preguntarle yo. ¿Hay algo más que deba saber?

Temo la respuesta. Muchísimo.

—Que a veces me gusta hacer uso de ciertos juguetes.

—¿Juguetes?

—Sí. Juguetes sexuales. Y también determinados artilugios.

¿¡Qué coño…!?

—¿También le gusta ese rollo? —pregunto boquiabierta.

—Me gusta todo lo relacionado con el sexo no convencional —se aclara la garganta—. Y lo cierto es que soy insaciable.

Dios mío, no sé dónde meterme.

—¿Y no puede tener sexo normal y ya está?

Se inclina hacia mí, con un aire misterioso. La pequeña arruga que se forma en su mejilla derecha llama mi atención.

—Puedo. Durante un tiempo. Pero «el sexo normal y ya está» no es para mí, señorita Vega.

Siento como si un terremoto acabara de sacudirme, así que me llevo ambas manos a la cabeza. Literalmente.

—¡Joder! —maldigo en voz alta, desesperada—. ¿Y por qué no me lo ha dicho antes? ¿Por qué ha esperado a que viajáramos hasta aquí?

Una leve sonrisa aparece en sus labios. Se encoge de hombros. Es la segunda vez en menos de una semana que siento unas ganas irrefrenables de desaparecer de la faz de la tierra.

—Recuerde que es mi asistente. Independientemente de su decisión, tendrá que acompañarme en todo lo relacionado con los negocios y la investigación.

—¿Y qué pasará si no acepto? —pregunto con valentía, aunque ya estoy temblando.

—¿Está segura de que no quiere experimentar todo lo que le he dicho? Yo… la necesito. ¿Usted a mí no? —habla con una intensidad casi eufórica e intenta tocar mi mano, pero se la retiro enseguida.

—¡Usted lo que necesita es un psicólogo!

Me estoy conteniendo para no echarme a llorar. Definitivamente, no esperaba una conversación tan descabellada como esta, pero no pienso permitir que me vea derrumbarme. Mi dignidad es lo único que me queda.

Me levanto de la silla, abandono el restaurante sin mirar atrás y me dirijo a la suite a toda prisa. Sin embargo, me está siguiendo. Por supuesto. Escucho sus pasos detrás de mí, rápidos y decididos. No necesito girarme para saber que no respetará mi silencio.

Entro en el ascensor con el corazón desbocado y pulso el botón una y otra vez, como si eso pudiera hacer que las puertas se cerraran antes. Miro hacia fuera con el corazón en un puño, pero por suerte, no llega a tiempo. Las puertas se cierran.

Apoyo la espalda contra el espejo del ascensor y cierro los ojos. Todas las ilusiones que había depositado en este viaje acaban de hacerse añicos.

«¿Piensa, Aylin. Piensa».

¿Qué debería hacer? ¿Coger mis cosas y largarme? El vuelo me costaría más que todos mis ahorros juntos, ni siquiera puedo pagarlo.

Cuando llego a la planta, corro hasta la suite. Apenas consigo llegar a la habitación cuando escucho su voz detrás de mí.

—¡Señorita Vega!

—¡No se acerque! —grito mientras empujo la puerta con todas mis fuerzas.

—Yo soy así, ¿vale? —ruge con una desesperación que jamás le había oído—. Soy así de retorcido, pero usted no quería verlo. Veía en mí algo que no existe.

—¡¿Y por qué demonios no te mantuviste lejos de mí?! —le espeto mientras le lanzo una sandalia que acabo de sacar de la maleta.

La esquiva por los pelos.

—¡Porque no pude!

La respuesta sale tan deprisa que incluso me da la impresión de que él mismo no esperaba decirla. Se queda inmóvil justo delante de mí. Aprieta la mandíbula con tanta fuerza que los músculos del cuello se marcan bajo la piel. Se pasa una mano por el cabello.

—Diablos... —murmura para sí—. Porque la necesito.

Le cierro la puerta de la segunda habitación en las narices.

No hay cerrojo.

Mierda.

Tengo que hacer fuerza con todo mi cuerpo para impedir que entre. Al otro lado solo escucho su respiración agitada y profunda. Muy distinta a la del hombre frío y calculador que conozco.

—¡Abra! —ordena.

Pero esta vez no suena igual, hay algo diferente en su voz.

—Déjame tranquila... por favor.

Empujo con todas mis fuerzas. Noto cómo él también ejerce presión sobre la puerta, aunque no intenta derribarla. Simplemente permanece ahí, como si dudara entre marcharse o insistir.

—Está decepcionada. Lo sé —su voz desciende varios tonos—. Pero todo lo que le he dicho es verdad. No le he mentido.

Cierro los ojos. Las lágrimas empiezan a rodar en mis mejillas, como si fuese una gilipollas. Confieso que, aunque no estoy enamorada, me siento engañada y profundamente decepcionada. Sin embargo, ahora también empiezo a ver ciertas cosas con más claridad.

—Escúcheme... por favor.

Nunca le había oído decir «por favor» de esa manera. Al instante apoyo la frente contra la madera sin dejar de sujetar la puerta.

—Tú... me tendiste una trampa. Me dijiste que fuera a tu despacho a las once y media y llamaste a esa mujer para que yo os encontrara.

Golpeo la puerta con la palma de la mano.

—¿Por qué?

Durante unos segundos no responde. Solo hay un silencio pesado e incómodo. Y, cuando vuelve a hablar, tarda unos instantes en hacerlo.

—Porque...

Se interrumpe y solo escucho su respiración profunda al otro lado.

—Porque necesitaba ver cómo reaccionaba.

Y ahora es cuando me doy cuenta de que fui peor que una rata de laboratorio.

Este pensamiento devastador me debilita porque aflojo la mano sin querer.

Él aprovecha para entrar de inmediato. No lo hace con brusquedad, todo lo contrario.

Avanza con una cautela impropia de él, como si temiera que cualquier movimiento terminara de joderlo todo.

—Ya me había dado cuenta de ciertas cosas. Sabía que me deseaba igual que yo a usted. Pero no sabía que era virgen. Si lo hubiera sabido... jamás habría hecho aquello.

Se pasa otra vez la mano por el cabello. Nunca lo había visto hacer ese gesto tantas veces seguidas y parece descolocado.

—¿¡Has fingido todo lo que ha pasado entre nosotros!?

—¡No! —Da un paso hacia mí y me sujeta por los brazos casi por impulso—. Lo único que planeé fue aquel encuentro en el despacho. ¡Todo lo demás ha sido real!

Respira con dificultad. Durante un instante parece arrepentirse de haber pronunciado esas palabras.

—Lorraine me dijo que podías haber fijado la charla en la universidad durante la semana y que también podías haber venido solo. Otra maldita trampa, ¿verdad?

Afloja ligeramente la presión de sus manos. Después baja la cabeza apenas un segundo y, cuando vuelve a levantarla, ya no encuentro en sus ojos la seguridad de siempre.

—Está claro que quería que pasáramos tiempo asolas —finaliza con ese maldito tono formal que ya no tiene sentido, por la sencilla razón de que él ya no es solo mi profesor. Es el hombre que me dice que soy suya, sin embargo, me quiere compartir con otros.

—¡Sal de mi cuarto!

Le señalo la puerta con rabia. Pero él permanece inmóvil unos segundos y no aparta la vista de mí. Después da un paso más y su mano asciende lentamente hasta mi mejilla.

—Señorita Vega...

Su voz se quiebra apenas un instante y la oscuridad vuelve.

—Los dos necesitamos esto... y usted lo sabe.

Apoya su frente contra la mía. Parece dispuesto a decir algo más porque abre los labios, pero las palabras no llegan.

Entonces me besa. Simplemente me planta un beso brusco y posesivo.

Aprieta primero sus dedos en mi mentón con fuerza y después presiona sus labios contra los míos mientras su lengua invade mi boca.

Su respiración es acelerada y puedo sentir la intensidad casi salvaje con la que embiste la lengua en mi interior y me aprieta la cintura.

Mi cabeza choca violentamente contra la pared que hay justo al lado de la puerta y casi quedo empotrada allí.

Pero no. Dios… no puedo.

Me revuelvo entre sus brazos y, finalmente consigo empujarle.

—¡Fuera! —rujo como una fiera.

—Saldré, ¿vale? —Se aleja de mí y levanta las manos en señal de rendición al ver mi mirada endemoniada—. Es lo mejor, de lo contrario…

Intento controlar el latido frenético que me está doblegando sin piedad mientras sale de la habitación y cierra la puerta con un sonoro portazo.

¿Qué ha querido decir?

Niego con la cabeza, incapaz de procesar todo lo que acabo de oír. Me apoyo contra la puerta cerrada antes de que las piernas terminen por ceder. Me tiemblan de tal manera que apenas consigo mantenerme en pie.

«¿Qué me has hecho, Brian Alexander Woods?»

Dios...

¿En qué demonios me he metido?

Llevaba semanas empeñada en conocer la verdad. Ahora la tengo delante y desearía no haberla descubierto nunca. Quería entender quién era realmente. Ya lo sé, y eso me jode. Porque cuanto más descubro sobre él, menos fuerza encuentro para alejarme.

¿Cómo es posible que siga deseándolo tanto?

Las lágrimas empiezan a deslizarse por mis mejillas. Aprieto los ojos, pero ya es demasiado tarde. Sé que acabo de entrar en un juego del que no será fácil salir.

Para vivir este capítulo con mayor intensidad, te recomiendo escuchar

Wicked Game , de Chris Isaak.