El profesor (El profesor 1) Chapter 26 #2
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Chapter 26 #2

Se me escapa una risita intentando imaginar cuál es la diferencia. Me ha salido gracioso hoy.

—Ni siquiera eso hará que cambie de idea.

Se da la vuelta y abre la puerta, invitándome a salir.

—Es demasiado testaruda.

Cojo un sombrero muy simplón que me he traído de Boston y mis gafas de sol antes de abandonar la suite.

—Se tendrá que aguantar. Usted quiso viajar conmigo. Sonrío maliciosamente y le guiño un ojo.

◆◆◆

La terraza del restaurante donde hemos quedado para almorzar está repleta de clientes que destilan dinero y arrogancia.

El estruendo de las olas rompiendo contra la orilla acompaña el murmullo de las conversaciones, mientras la brisa marina me revuelve el cabello y me obliga a sujetar el sombrero con una mano.

Echo un vistazo al elegante restaurante del hotel y, unos metros más allá, descubro una piscina descomunal que está rodeado de palmeras, sombrillas y sofisticadas tumbonas de mimbre, creando una estampa digna de una postal.

Un camarero trajeado se acerca y nos acompaña hasta nuestra mesa.

—¿Qué quiere tomar? —me pregunta.

—Lo mismo que usted —respondo mientras acomodo la servilleta blanca sobre mi regazo. La verdad es que no sabría qué comer, ningún plato me suena.

—Lo de siempre —le indica al camarero, señal de que se conocen.

Unos tres minutos más tarde, este vuelve con una botella de vino blanco y varios platos, casi todos de marisco. No me sorprende. Hace tiempo que me di cuenta de que siente auténtica debilidad por el pescado fresco y el marisco.

—¿Le gusta el sitio? —pregunta mientras señala el hotel con un leve movimiento de cabeza.

—Mucho, la verdad.

Mi mirada resbala por el polo oscuro que se ajusta a la perfección a su torso y a sus brazos. Aun así, sigo preguntándome por qué es incapaz de renunciar al negro incluso en un lugar como Miami.

—Me alegro —responde con su habitual seriedad—. Entonces, comprendo que desea tener una charla.

—Así es.

Mi respuesta es firme. De todas formas, si él no hubiera sacado el tema, lo habría hecho yo.

—Dígame. ¿Qué quiere saber?

—¿Qué quiere de mí? —pregunto sin rodeos antes de dar un sorbo a la copa de vino.

—Es obvio lo que quiero.

Intento acompasar la respiración. Conozco demasiado bien su facilidad para darle la vuelta a cualquier conversación y su extraordinaria habilidad para manejar las palabras.

—Quiero saber qué más quiere de mí, aparte de... eso.

—Lo único que quiero es hacerla disfrutar. No tengo otro propósito.

—¿Qué pasará después de esta noche? —Cruzo las piernas para disimular el temblor que me recorre por dentro.

—Sabe que estoy casado.

Mis ojos se quedan atrapados en sus labios mientras rozan lentamente el borde de la copa.

—Pero… —Bajo la vista por un instante, sin saber cómo decirlo—. ¿Y si llegara a enamorarse de mí?

Alzo la mirada expectante, al notar que guarda silencio unos segundos. Unos segundos demasiado largos. Siempre va un paso por delante de mí y sé perfectamente que ha entendido la verdadera intención de mi pregunta.

—El amor no se me da bien, señorita Vega.

Sus ojos adquieren un matiz más oscuro, difícil de descifrar.

—Al igual que bailar —añado con cierto resquemor, incapaz de ocultar la decepción que me invade.

Quizá porque, en el fondo, una parte de mí sigue deseando que el profesor termine enamorándose de mí. Que, contra toda lógica, sea ese hombre que llevo demasiado tiempo imaginando.

—Así es.

—Entonces, ¿por qué tiene un cuadro en su dormitorio donde pone «amor» en griego?

—No tiene importancia...

Mientras habla, acaricia distraídamente el cristal de la copa con el pulgar.

—¿No le parece raro?

—No puedo contestar a eso.

—¿Por qué le da miedo volar en avión?

—No es miedo. —Aparta la vista—. Y... tampoco puedo contestar.

—¿Qué es El Templo? —insisto, sosteniéndole la mirada.

Sé que es ahora o nunca.

—¿A qué se refería su esposa cuando dijo que no había ido al Templo la mañana que nos encontró juntos?

Sus ojos se abren apenas un instante. No esperaba esa pregunta.

—Si buscó el significado de la palabra que había en el cuadro, supongo que también habrá buscado información sobre El Templo. ¿Por qué me lo pregunta?

Se acaricia el mentón, intentando aparentar una calma que ya no resulta del todo convincente.

—Sí, lo hice. Es el nombre de un hotel a las afueras de Boston.

—Ha hecho muy bien la tarea, aunque no debería sorprenderme. Es una alumna muy aplicada.

Se reclina en la silla sosteniéndome la mirada.

—¿Es verdad que… —me mojo los labios— una mujer se suicidó por su culpa?

Mi atención desciende hasta sus manos y observo algo extraño. Aprieta el puño con fuerza y sus facciones se endurecen al escuchar mi pregunta.

—En realidad… es un tema delicado del que prefiero no hablar.

—Se suponía que íbamos a tener una conversación honesta —digo con un hilo de voz—. Pero me parece que ha sido una pérdida de tiempo.

Soy incapaz de disimular mi enfado. El temor de que en realidad me enrede con una persona que no conozca en absoluto me funde lentamente.

Joder. No le costaría nada contarme sobre ese hotel y sobre su amante, Elizabeth Stuart. ¿Qué tanto misterio?

Me siento muy mal y ahora lo único que quiero es levantarme e irme de allí. Pero, cuando intento hacerlo, él me sujeta la muñeca con firmeza.

—¡Quédese! —ordena con una seriedad que me hiela la sangre—. Necesitamos hablar, ¿de acuerdo?

Mis facciones se suavizan casi sin darme cuenta. Vuelvo a sentarme porque todavía quiero creer que, esta vez, terminará hablando.

—Le voy a decir la verdad, aunque eso suponga que no quiera volver a verme nunca más —confiesa tras permanecer unos segundos con la vista fija en el suelo.

Me cruzo de brazos, expectante y a la vez nerviosa. Muy nerviosa. ¿Qué podría ser tan grave para decidir no volver a verle?

—Soy muy diferente a cualquier hombre que pudiera conocer.

—En eso estamos de acuerdo —completo.

—El cuadro es una reliquia familiar, pero no puedo hablar de ello. No porque no quiera sino porque no puedo. —Hace una breve pausa—. Y también quiero dejarle claro que no deseo que se haga ilusiones conmigo. Nunca dejaré a Lorraine, ni seré su novio. Y mucho menos me casaría con usted.

No podría haber sido más claro. En el fondo, era justo la respuesta que esperaba. Pero duele.

—No la ama —afirmo, tensando los labios.

—No lo está entendiendo —responde sin apartar la vista de mí—. Nunca la he amado. Ni a ella ni a nadie. Y dudo que alguna vez pueda amar a una mujer.

—¿Por qué no? —Entreabro los labios, decepcionada—. ¿Cómo puede una persona vivir sin amor?

—Al igual que una persona puede vivir sin sexo, señorita Vega. Le recuerdo sus propias palabras.

—Entonces, si no la ama... —Mi voz se quiebra sin que pueda evitarlo—. ¿Por qué no se divorcia?

—Porque no es necesario.

Veo cómo tensa la mandíbula. Juraría que está jodidamente incómodo. Más que nunca.

—No confía en mí… —Bajo la vista cuando un horrible nudo se me instala en la garganta.

—Y usted... ¿confía en mí?

Típico de él. Responder una pregunta con otra.

—Es lo que estoy intentando, pero...

—No lo haga. De hecho, le aconsejo que no confíe en mí ni intente conocerme, ¿vale? Señorita Vega... —carraspea— sufriría mucho.

Sus palabras me atraviesan como dardos envenenados.

—¿De verdad piensa que eso es algo que se puede controlar?

—Yo solo le estoy exponiendo la situación. Quería sinceridad.

—Me ha hecho pensar que era especial para usted —le recuerdo mientras algo me cierra la garganta y me impide respirar con normalidad.

—Y lo es.

Toma mi mano entre las suyas y, por primera vez desde que lo conozco, juraría que percibo una emoción real en su rostro.

—Ahora mismo no puedo sacarla de mi mente.

—¿Y las demás mujeres?

—Le aseguro que en este momento no hay nadie más.

—No lo entiendo... —Alzo la voz y retiro la mano de golpe.

Su tono vuelve a endurecerse mientras bebe otro sorbo de vino.

—Comprendo su reacción, pero yo soy así. Soy una persona extraña y... —Hace una pausa— mis gustos sexuales también.

—De eso tampoco puede hablarme, ¿cierto? —pregunto mordaz mientras me cruzo de piernas—. Usted me ha expuesto su situación y yo le diré la mía. No puedo tener algo, ni siquiera una noche, con alguien que siento que no conozco.

—Conocerá de mí lo que yo le permita conocer. Ni más ni menos.

—¿Y qué tengo que conocer?

Durante un instante, mi mirada desciende hasta el cuchillo que descansa sobre la mesa y que él hace girar entre los dedos como si fuera ese bolígrafo que suele tener en la mano.

—Hay cosas que... —explica mientras me mira fijamente— me producen placer y no sé si usted será capaz de tolerarlas. Quizá otra mujer sí. Usted, no lo sé.

—¿A qué se refiere?

Hace una pausa demasiado larga.

—Me produciría placer verla en la cama con otro hombre.

El vino se me va por donde no debe. Empiezo a toser sin control mientras lo miro con los ojos completamente abiertos.

—¿Está hablando de usted... y otro hombre?

Necesito creer que he entendido mal y que mi cerebro acaba de jugarme una mala pasada.

—Sí —responde con una naturalidad insultante—. Sé que no debería hablarle de esto. Es virgen. Y sí, confieso que todo lo que está pensando de mí en este preciso momento es cierto.

—Eso se llama depravación, señor Woods.

Una leve sonrisa curva sus labios.

—Pues sí. Posiblemente esté compartiendo habitación en este hotel con un depravado.

—¿Por qué se puso tan celoso cuando bailé con mi amigo Adam? —Agito la mano, nerviosa.

—No es lo mismo que lo haga con una persona que yo elija a que lo haga con cualquier otro hombre.

Siento un escalofrío. No entiendo ni una maldita palabra de esto. ¿Pero de qué demonios está hablando?

—Es decir... —Lo miro horrorizada—. ¿Que yo no puedo elegir con quién hacerlo? ¿Lo haría usted por mí?

No sé cómo sigo sentada en esta silla. Estoy en shock.

—Así es. Me niego a que usted esté con otros hombres que no sea yo.

—¿Cómo? —pregunto inclinándome hacia él, indignada—. ¿Por qué pensaría eso?

—Porque es mía.

Parpadeo incrédula.

—¿Suya? —escupo con brusquedad—. Y de los que llame para que me follen mientras mira.