El profesor (El profesor 1) Chapter 26
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Chapter 26

—¿C ómo sé que dice la verdad? —El suspiro me sale del alma—. ¿Cómo sé que siente todo eso que está diciendo cuando me mira?

Él no entiende de distancias. Sus manos se deslizan desde mis caderas hasta mis costados y, finalmente, regresan a mis mejillas.

—Creo que se lo he demostrado. Ya le he dado a entender que la deseo —responde—. Muchísimo.

Su mano asciende hasta la parte inferior de mi cabeza y sus dedos se enredan en mi cabello rebelde mientras aproxima su frente a la mía. Me estremezco y un miedo infundado me sacude por dentro.

—¿Es consciente de que tenemos una charla pendiente? —consigo decir.

Tensa los labios y retira la mano enseguida, al mismo tiempo que baja la mirada hacia el suelo. Acabo de interrumpir su ritual de seducción, pero era necesario.

Hay una verdad irrefutable en todo esto: si vuelve a besarme, estaré perdida.

Llámenoslo chantaje, pero siento que, si llegáramos a consumir eso que tanto deseamos los dos, él podría no acceder a responder a todas mis preguntas.

Siempre he pensado que la paciencia es el arma de los fuertes, y la impaciencia de los débiles.

—En veinte minutos bajaremos al restaurante del hotel para almorzar —añade, consultando el reloj inteligente con el que ha sustituido su Rolex—. No tarde.

—¿Dónde está mi baño? —pregunto.

Pienso en la ropa que llevaré durante el almuerzo.

—Solo hay un baño.

Me señala la puerta de la terraza, insinuando que pase yo primero.

—Todo un caballero…

—Aproveche que lo sea —murmura junto a mi oído—, porque cuando la tenga entre mis brazos, todos estos modales habrán desaparecido.

Mientras habla, me rodea desde atrás con un brazo y, con el otro, señala la inmensa cama.

—Es la segunda vez que lo insinúa. ¿Me quiere asustar? —Giro la cabeza en su dirección cuando sus dedos se mueven con suavidad sobre mi abdomen.

—No. De hecho, solo quería advertirla.

Mi traicionera mente empieza a confabular escenas placenteras de él y yo enredados en aquellas sábanas sedosas, dejándonos arrastrar por ese deseo demente que parece recorrer cada milímetro de nosotros. Maldigo mi propia imaginación y me intento controlar, mostrándome relajada.

—Habla como si me fuera a pegar y no a acostarse conmigo, señor Woods.

—Piensa que estoy bromeando…

—Por curiosidad, ¿dónde tiene el látigo? —Me río al instante, fruto de los nervios que siento.

Él percibe mi burla y se separa de mí, distraído. Acto seguido, mete las manos en los bolsillos, otro de sus gestos estrella.

—Le quiero hacer muchas cosas. Ya le contaré con más detalle. Y, en realidad… probaríamos la cama ahora mismo si no tuviéramos esa estúpida charla pendiente —suelta con un gruñido antes de dar varios pasos hacia la puerta—. Tengo que hacer una llamada. ¡Dúchese!

Sale de la habitación mientras tira del cuello de su camiseta con dos dedos.

¿Ducharme? Frunzo la frente al ver cómo la puerta se cierra. Necesito ducharme, sí, y también echarme por encima un camión de cubitos de hielo.

Jesús.

Empiezo a buscar el cuarto de baño, medio desquiciada e intentando volver en mí. Cuando finalmente lo encuentro, me quedo impresionada por su tamaño. Aquello es más grande que nuestra habitación de la residencia.

En el centro se encuentra la ducha, pero también hay una bañera moderna y enorme que parece un jacuzzi.

Mientras abro el agua y examino los distintos jabones y champús colocados sobre un estante metálico, vuelvo a pensar en lo directo que es el señor Woods.

Cuando me habla así, tan descaradamente, pierdo la cordura y me enciendo como una adolescente.

Me enjabono tarareando una canción, entretenida con la espuma, y disfruto del agua y del gel de ducha con olor a frutas del bosque. Al terminar, decido ponerme un vestido floral, muy colorido y alegre. Es corto y tiene botones desde arriba hasta abajo. Bastante fácil de quitar.

Sonrío con malicia. Me acaba de salir una vena provocativa que desconocía por completo. Admito que quiero provocarlo y confieso que, en este momento, tengo a Berta metida en la cabeza, diciéndome: «¡Tíratelo!».

Me seco el pelo mojado y pienso que, en realidad, más bien él me tirará la caña a mí. Yo soy novata.

Hasta ahora no me he detenido demasiado en ese detalle, pero no tengo nada de experiencia. Nada. ¿Y si no le gusta? Él está acostumbrado a mujeres experimentadas, fogosas, mujeres que saben perfectamente lo que hacen.

Me sonrojo porque yo no tengo ni la más remota idea de lo que me espera.

¿Y si no podré hacerlo? Joder. ¿Y si esos recuerdos volverán a mí y lo joderán todo como siempre me pasa?

Él no sabe nada y aquella noche en el ático probablemente pensara que lloré por el miedo que le tenía.

No podría saber que cuando me inmovilizó las muñecas por encima de mi cabeza repitió el mismo patrón que ese cabrón, y me devolvió recuerdos que quería enterrar.

De repente, mis pensamientos quedan interrumpidos por un ruido procedente de la habitación. Me asomo de puntillas y veo su silueta. Parece molesto.

Corro deprisa hacia el lavabo cuando observo, desde detrás de la puerta, que camina rápidamente hacia el baño. Me giro y finjo calma, de modo que me encuentra frente al espejo, con un estuche de maquillaje entre las manos.

—Hola.

—Hola… —respondo.

—Muy buenas vistas.

Nuestras miradas se encuentran en el espejo del baño.

—¿Ehm? —pregunto con cara de idiota.

Me vuelvo hacia él, aunque quizá habría sido mejor quedarme quieta. Miro con estupor cómo se quita la camiseta de golpe y la deja sobre un mueble. Su torso brilla bajo la intensa luz de los focos y varias gotas de sudor se deslizan por su pecho.

Me muerdo los labios. Hasta sudado se ve terriblemente sexy.

—Le queda muy bien el vestido.

Le sonrío y llevo una brocha hasta mi rostro, dispuesta a aplicarme colorete y maquillar mis mejillas ruborizadas.

—Bueno, quedarme bien, no sé —hablo porque, al parecer, mi instinto de supervivencia ha decidido suicidarse—. Eso es subjetivo, como usted bien dijo…

Pero él no se detiene ahí. Se baja la cremallera del pantalón y se lo quita con una naturalidad devastadora. A continuación, se deshace del bóxer, que se desliza por sus piernas musculosas.

Oh… Dios. OH. DIOS.

¿De verdad acaba de quedarse completamente desnudo?

Madre mía. Se me olvida respirar, ni siquiera parpadeo. En realidad, solo sé que no sé dónde meterme.  Sigo mirando al espejo, extremadamente incómoda. Si antes me había sonrojado, ahora mismo mi cara parece un tomate maduro.

—Lo que para usted es atractivo, para otros no —hablo por hablar—.

Este es un claro ejemplo de que la subjetividad existe, como bien afirmaba en nuestro «espectacular» almuerzo en el Blue Lagoon, tras encontrarlo con una mujer en su ofi…

—Me detengo y pongo los ojos en blanco—.

Mejor no lo recuerdo. Señor, para mí, sin duda, este es un vestido más y… y…

—Señorita…

Tartamudeo.

No puedo evitar mirarlo y mi corazón empieza a latir con fuerza cuando percibo su firme acercamiento. La brocha se me cae dentro del lavabo y mis manos tiemblan.

—¿Ha terminado con su discurso sobre la subjetividad?

No puedo darme la vuelta, así que solo cruzo mis ojos con los suyos a través del espejo. Me siento asustada, aunque… esa no es exactamente la palabra.

Sería mejor no mirar hacia abajo.

¿Qué coño digo?

Sería mejor mirar, ¿por qué no?

«Aylin, contrólate, no es para tanto». Todos los hombres la tienen, ¿qué puede haber diferente? Eh… vale. Agrando los ojos porque la palabra disimular ya no entra en mi vocabulario.

Examino con ojo crítico, en medio segundo y he de decir que es…

¿imponente? Creo que no está teniendo una erección, he visto algunas películas porno —pocas—pero por la forma, se ve que está más bien…

a medias. Y, según mis conocimientos de anatomía, si ahora se ve así, y no está teniendo una erección propiamente dicha , cuando la tenga de verdad…

JO-DER.

Estoy tan bloqueada que casi no me he dado cuenta de la tinta negra en un lado de su pelvis. ¿El profesor tiene tatuajes?

—¿Qué está haciendo? —susurro con un hilo de voz cuando coloca una mano en mi cintura.

—Nada. Solo voy a ducharme.

Se agacha para coger una toalla del montón de toallas blancas apiladas en la parte baja del mueble. Aun así, no pierde la oportunidad de apretarme el culo.

Sonrío crispada y recojo el estuche deprisa, sin saber dónde demonios meterme. Solo rezo aguantar sin saltarle encima —o él a mí —hasta el jodido almuerzo.

—Aunque… confieso que me está haciendo pasar una cruel prueba. —Me coge por la cintura de pronto y sus labios rozan mi oreja—. Una prueba que no sé si seré capaz de superar.

—No sé de qué prueba habla. Yo no pretendo…

—Mantenerme alejado de usted, por supuesto —murmura con precisión, provocándome un escalofrío en la espina dorsal.

Presiona su boca contra mi mejilla y se aparta con brusquedad. Mi cabeza da vueltas y, antes de que entre en la ducha, aprovecho para mirarlo de espaldas mientras clavo los dientes en mi labio inferior.

«Pedazo de culo», pienso, alzando una ceja.

Suspiro. Necesito que me dé el aire y olvidarme de su apretado trasero, todo músculo.

Mis hormonas están por las nubes y, tras aplicarme el maquillaje y un poco de pintalabios, salgo al balcón deprisa, con el agua de la ducha de fondo.

Sin duda alguna, será mejor admirar el océano y olvidarme del río desbocado que fluye entre mis piernas ahora mismo.

Me quedo en la terraza hasta asegurarme de que el profesor se ha vestido, pero, unos tres minutos más tarde, él me llama.

—¿No se ha traído la lencería que le compré? —pregunta, señalando mi maleta abierta sobre la cama, donde asoman mi ropa interior y el bikini.

—¿Pensaba que estaba bromeando? —respondo con otra pregunta—. Le devolveré la caja cuando volvamos.

Lo escucho emitir un bufido, pero mantiene el control.

—No hace falta. Es su regalo. Vamos a bajar a almorzar antes de que me enfade más. Todavía estoy pensando si usar un látigo o una fusta en su culo.