Chapter 25 #4
Algo se agita en mi interior y, si antes estaba acalorada, ahora me siento peor que si hubiera salido a correr envuelta en una bolsa de plástico bajo el sol de agosto.
—Pensaba que no le gustaban los pañuelos. —Sonrío al recordar nuestro vergonzoso primer encuentro.
—¿Sabe una cosa? —Su voz suena provocadora—. Me parece que hasta les he tomado cariño. Usted tiene la culpa.
Me guiña un ojo. Después retira la mano y se baja del coche con rapidez. Se coloca las gafas oscuras y yo me descubro suspirando como una auténtica idiota.
Porque, cuando quiere, puede resultar hasta encantador. Aun no me creo que me haya guiñado un ojo. ¿Lo ha hecho de verdad?
Un empleado del hotel se apresura a abrirme la puerta del vehículo y, unos minutos después, atravesamos una de esas puertas giratorias que tanto me gustan en los hoteles, y accedemos al interior.
La recepción es espectacular. Una mujer de mediana edad nos recibe con una sonrisa impecable y nos acompaña hacia las habitaciones mientras el botones nos sigue cargado con nuestro equipaje.
Ver a otra persona transportando mis maletas vuelve a provocarme esa incómoda sensación de inutilidad.
Siempre he llevado mis propias cosas. Y aunque reconozco que resulta cómodo, no termino de acostumbrarme.
—Les deseamos una feliz estancia en nuestro hotel. Señor. Señorita.
Tras dejar el equipaje, ambos se retiran discretamente y la puerta se cierra a nuestra espalda.
Me quedo atónita. Aquello no parece una habitación de hotel, ni siquiera parece una suite. Tiene pinta de una residencia privada sacada de la casa de algún aristócrata europeo.
El perfume de las flores frescas colocadas en jarrones estratégicos impregna el ambiente. Los sofás de líneas clásicas, los cuadros enormes, las esculturas decorativas y los detalles dorados convierten el lugar en algo tan elegante que durante unos segundos olvido incluso respirar.
—¿En qué está pensando?
Su mirada vuelve a estar sobre mí, analizándome.
—En que... dormiremos aquí juntos.
—No si usted no lo desea.
Aparto la vista de la estancia y la llevo hacia él.
—No comprendo. Pensaba que había reservado esta suite para los dos.
¿Otra vez esa actitud? ¿Otra vez ese maldito deseo reflejado en sus ojos y esa jodida frialdad en sus gestos?
Mi mirada se posa sobre la cama gigantesca que domina la habitación mientras escucho sus pasos acercándose.
—Así es. Pero quería que mantuviera su privacidad y... —carraspea levemente— no tenía muy claro si se sentiría cómoda compartiendo cama conmigo desde la primera noche.
Parpadeo varias veces. Me siento confusa y, por mucho que me esfuerce en encontrar defectos, hay momentos en los que su caballerosidad aparece cuando menos la espero.
—Venga por aquí.
Lo sigo. Sinceramente, apenas presto atención a sus palabras porque continúo observando fascinada cada rincón de la suite. Estoy tan distraída que casi choco contra su espalda cuando se detiene frente a unas puertas dobles de roble.
Las abre.
—Dormirá aquí si no se siente cómoda conmigo.
Al otro lado encuentro una segunda habitación igual de impresionante y unas vistas que me dejan completamente sin habla.
Camino hacia la terraza como si alguien tirara de mí con una cuerda invisible.
Y cuando salgo al balcón, me quedo paralizada.
El océano se extiende hasta el horizonte, inmenso y salvaje.
—Aquí el azul es más intenso que en Boston... —murmuro mientras me apoyo en la barandilla e inspiro profundamente.
Aunque Boston también sea una ciudad costera, esto es distinto. Todo aquí parece más vivo.
—Es precioso, ¿verdad?
Cuando apoya los brazos sobre la barandilla, su codo roza el mío.
— Precioso es una palabra demasiado pequeña comparada con lo que siento cuando la miro.
Su voz se vuelve más grave.
—Y cuando miro sus ojos. Tienen exactamente el mismo color que el océano.
Mis dedos se aferran con fuerza al metal. Siento cómo toma mi mano entre las suyas. Nos quedamos frente a frente, completamente en silencio.
—¿Lo dice de verdad?
La piel me arde allí donde me toca.
—Es la pura verdad. Amo el azul de sus ojos, señorita Vega.
Su mano asciende lentamente hasta mi rostro.
Me acaricia la mejilla. Después sostiene mi barbilla entre dos dedos y me obliga suavemente a levantar la cabeza.
Y entonces ya no puedo mirar a ningún otro sitio.
Solo a él. A esos ojos oscuros que siempre parecen esconder algo.
A esa mirada capaz de hacerme temblar más que cualquier palabra.
—¿Qué...?
Ni siquiera termino la frase porque su boca encuentra la mía antes.
El beso llega rápido y con fuerza, como si llevara mucho tiempo conteniéndose.
Entonces cierro los ojos, aturdida. Lo comprendo.
Comprendo el significado de las rosas azules, el océano, y comprendo por qué eligió precisamente ese color. Le recuerda a mis ojos.
Por Dios.
Mi corazón golpea contra mis costillas mientras el beso se vuelve más profundo. Y cuando sus brazos rodean mi cintura y su mano desciende a mi trasero, sé que ya no hay marcha atrás.
Lo quiero sí o sí, con todas las malditas consecuencias. Ya no puedo fingir, ni engañarme a mí misma. Por mucho que intente resistirme, Brian Alexander Woods me tiene irremediablemente fascinada.
Pero antes…
—No puedo. —Aprieto mis manos en su pecho.