Chapter 25 #3
El hombre del enorme bigote canoso nos dedica una sonrisa impecable. Yo respondo con un gesto amable y el profesor simplemente asiente. Sin embargo, noto algo extraño en él.
Mientras avanzamos hacia las escalerillas del avión, su atención parece dispersarse unos instantes.
Observa la explanada, varios vehículos cercanos —al menos tres—, e incluso hace una señal discreta a alguien que permanece junto a otro coche oscuro aparcado a cierta distancia.
Después vuelve a centrarse en mí como si nada hubiera ocurrido.
Robert se ocupa del equipaje y nosotros comenzamos a subir las estrechas escaleras. Voy delante, él justo detrás.
—Me encanta su culo, ¿se lo he dicho alguna vez?
A estas alturas sería absurdo fingir escándalo, así que decido jugar.
—Me parece que aquí tiene mejores vistas... —Le indico con un leve movimiento de cabeza a una de las azafatas, que en ese mismo instante se inclina sobre uno de los compartimentos superiores, permitiendo que la ajustada falda lápiz marque unas curvas exuberantes.
—¿Está celosa?
—¿De cuál de ellas exactamente? —Arqueo una ceja sin mirarlo—. Hay tantas mujeres orbitando a su alrededor que ya me estoy perdiendo. Me volvería loca si tuviera que ponerme celosa de todas.
—Póngase cómoda.
Me señala uno de los enormes sillones de cuero blanco situados frente al suyo. Obedezco. Apenas me siento, comprendo que jamás había viajado en algo parecido.
El interior del jet desprende lujo por cada rincón.
Los asientos parecen más cómodos que muchas camas y todo reluce impecable.
El aroma a lavanda perfuma suavemente el ambiente y una mesa central exhibe una colección de aperitivos perfectamente colocados junto a una botella de champán descansando en una cubitera.
Todo está tan cuidado que parece irreal. Tan perfecto que me resulta imposible no pensar en Berta. Se volvería completamente loca si viera esto.
—¿Puedo sacar una foto?
—Sí, no hay problema —responde distraídamente mientras enciendo una tablet de color blanco.
Hago unas cuantas fotos, incapaz de contener la emoción, y se las envío inmediatamente a Berta.
Esto tiene que verlo ella. De hecho, casi puedo imaginarla chillando desde la universidad al descubrir donde estoy.
Mientras reviso las imágenes en la pantalla del móvil, noto por el rabillo del ojo que el profesor me observa con una atención casi clínica, como si estuviera estudiando cada una de mis reacciones.
No me sorprendería en absoluto que pensara que soy una auténtica cateta de pueblo.
—No ha viajado nunca en un jet, ¿verdad? —pregunta.
—¡Ni yo ni el noventa por ciento de la población!
—Muy ocurrente. —Se lleva las manos a los bolsillos y carraspea suavemente—. Entonces, ¿le gusta?
¿Acaso está bromeando?
—¿A quién no? —respondo, gesticulando emocionada—. La verdad es que solo lo vi en películas. Bueno... y en un vídeo que Harry Styles grabó durante un viaje a los Emiratos Árabes. —Me escucho hablar demasiado deprisa, víctima de su insistente mirada—. Pero todo se ve muchísimo mejor en persona.
Yo esperaba que aquello fuera el inicio de una conversación más o menos normal. Sin embargo, el silencio vuelve a instalarse entre nosotros apenas unos segundos después.
Él consulta el reloj otra vez, como si la hora tuviera alguna importancia cuando estamos a punto de cruzar medio país en un avión privado.
Me santiguo mentalmente y llego a la conclusión de que el profesor Woods es una de las personas más herméticas que he conocido jamás. A veces tengo la sensación de que resulta más fácil descifrar un jeroglífico egipcio que averiguar qué está pensando realmente.
De todos modos, ya he preparado un interrogatorio mental bastante completo y pienso ponerlo en práctica durante el almuerzo. Esta vez no se me escapará.
—¿Quiere tomar algo? —pregunta con educación.
De pronto da dos pasos hacia mi sillón mientras yo cruzo las piernas. Lo observo acercarse y su rostro queda tan cerca que, durante una fracción de segundo, llego incluso a pensar que va a besarme. Mantengo la respiración mientras mi corazón da un salto.
¿De verdad va a hacerlo?
Pero no, por supuesto que no. Simplemente se inclina sobre mí y ajusta el cinturón de seguridad que cuelga a ambos lados del asiento.
—Su cinturón. —Las comisuras de sus labios se arquean apenas unos milímetros—. Vamos a despegar.
—Ah... por supuesto. —Me humedezco los labios rápidamente mientras él regresa a su asiento y se abrocha el cinturón.
Mierda.
Por la forma en la que se acaricia la barbilla, estoy convencida de que ha adivinado exactamente lo que se me acaba de pasar por la cabeza.
Y ahora el señor Woods vuelve a hacerse el distante y el correcto.
El que no me dijo hace dos días que tenía muchas ganas de verme.
Empiezo a sospechar que disfruta torturándome.
Los motores comienzan a rugir, primero suavemente y después con fuerza. Las ruedas empiezan a deslizarse por la pista y siento cómo la aeronave gana velocidad hasta que, de repente, el suelo desaparece bajo nosotros.
Cierro los ojos, siempre hago lo mismo, y da igual cuántas veces vuele. Hay algo en los despegues y en los aterrizajes que consigue revolverme el estómago. Una sensación extraña, es una mezcla entre vértigo, adrenalina y pérdida de control que no soporto.
—¿Se encuentra bien?
Claro. No hay forma humana de escapar a su vigilancia permanente.
—Sí. Es solo la sensación de volar.
Cuando vuelvo a abrir los ojos me doy cuenta de algo que no había observado antes. Todas las ventanillas están cubiertas. Las cortinas permanecen completamente cerradas y resulta imposible ver el exterior.
Frunzo ligeramente el ceño, me gustaría contemplar las nubes. Siempre me han gustado porque me recuerdan al algodón de azúcar.
—Ahora vuelvo.
Se levanta cuando alcanzamos la altitud de crucero y se dirige hacia la zona de los servicios. Aprovecho para sacar el móvil, Berta me ha respondido, como era de esperar.
Sonrío nada más leer su mensaje.
¡Qué pasada! Eso faltaba para que el ogro sea un partidazo. Espero que la próxima vez te apiades de tu amiga y la invites.
La frase viene acompañada de una cantidad absurda de corazones, aviones y nubes.
Miro las ventanillas cubiertas y, llevada por la curiosidad, aparto las cortinas.
La luz inunda inmediatamente el interior, y ahí están.
Kilómetros y kilómetros de algodón blanco suspendidos bajo nosotros.
Los rayos del sol se reflejan sobre las nubes, creando destellos dorados que convierten el paisaje en algo casi irreal. Es precioso.
—¿¡Qué está haciendo!?
La voz del profesor retumba a mi espalda. Me sobresalto tanto que casi dejo caer el teléfono. Me giro, conmocionada. Ha regresado sin que me dé cuenta y se encuentra a apenas un metro de distancia. Su atención está completamente centrada en las ventanillas.
—¿Qué...? —balbuceo—. ¿Las cortinas?
—¡Déjelas como estaban!
Su tono resulta tan brusco que me apresuro a cerrarlas.
—Vale... —murmuro—. No sabía que tenía vértigo.
—No es vértigo.
—¿Entonces qué es?
Mi curiosidad se dispara de inmediato, y eso es exactamente lo peor que me puede pasar.
—No puedo contestarle.
Su respuesta llega tan tranquila como frustrante.
—Debo realizar una llamada urgente. Disculpe.
No insisto, aunque me muero de ganas de hacerlo. La reacción que acaba de tener ha sido demasiado extraña. Me doy cuenta que, cuanto más intento comprender al profesor Woods, más enigmas aparecen.
Durante los siguientes minutos me coloco los auriculares y me refugio en la música. Él trabaja con intensidad en su tablet , yo intento concentrarme en un libro sobre rentabilidad financiera.
Pero cada cierto tiempo noto cómo levanta la vista y me observa. Cada vez que lo hace, tengo la jodida sensación de que ninguno de los dos está leyendo realmente.
Las horas transcurren mucho más deprisa de lo que esperaba. Entre la música, los apuntes, varios mensajes con una amiga de Long Island y algunas notas que tomo para la investigación del libro, apenas me doy cuenta de que estamos aterrizando en Miami.
Menos de media hora después ya nos encontramos dentro de otro vehículo exageradamente lujoso, avanzando por una avenida rodeada de palmeras bajo un sol abrasador.
Empiezo a sospechar que desde que el profesor Woods apareció en mi vida no he vuelto a subirme a un coche normal.
—Ha estado muy callada durante el viaje —comenta.
—Igual que usted.
—No debí reaccionar así en el jet. —Aparta la vista unos segundos—. Le debo una disculpa.
—Creo que a veces es demasiado impulsivo.
Me abanico con una mano mientras observo el paisaje a través de la ventanilla. Miami parece una gigantesca ola de calor.
—¿Le digo al chófer que suba el aire acondicionado?
Ahora mismo viajamos los dos en los asientos traseros y el calor resulta sofocante. Tengo la sensación de estar dentro de una sauna con ruedas.
—Sí, por favor —respondo, apartándome varios mechones pegados al cuello.
La pantalla digital del coche marca 28,5 ºC.
El cambio entre Boston —una ciudad del norte, mucho más fría— y el sur resulta más evidente de lo que imaginaba.
Siento el calor pegado a la piel como una segunda capa de ropa y tengo la impresión de que me suda hasta el alma.
Lo único que deseo en estos momentos es llegar al hotel, encerrarme en una habitación con aire acondicionado y darme una ducha interminable.
—Aquí tiene un pañuelo.
También él se pasa una mano por la frente, que brilla ligeramente bajo la luz que entra por las ventanillas.
—Gracias.
Suelto un pequeño bufido mientras observo cómo saca un pañuelo del bolsillo. Sin embargo, en lugar de entregármelo en la mano, se inclina hacia mí y lo acerca a mi cuello.
Me pilla completamente desprevenida. Con movimientos lentos, casi deliberadamente sensuales, desliza el tejido por mi piel sin apartar la vista de mis ojos. Después baja un poco más, rozando la base de mi clavícula y acercándose peligrosamente al escote.