El profesor (El profesor 1) Chapter 25 #2
47%

Chapter 25 #2

—¿Qué hubiese hecho si se hubiese echado atrás?

—Sí, ¿qué hubiese hecho?

Durante unos instantes permanece en silencio, concentrado en la carretera.

—¿De verdad quiere saberlo?

—Me lo prometió. —Mantengo la mirada fija en él—. Me dijo que hoy hablaríamos abiertamente.

—Si me hubiese dejado plantado, habría ido a su habitación y habría destrozado su puerta. Y después, la habría raptado.

La afirmación me golpea por sorpresa. Al mismo tiempo, su mano abandona el volante unos segundos y se posa sobre mi pierna con descaro, como si quisiera remarcar sus palabras.

Lo observo fascinada, aunque la respuesta no me sorprende en absoluto.

Hay algo en él que siempre me ha transmitido la sensación de que no acepta bien las derrotas ni los rechazos.

Aun así, aparto su mano de mi pierna disimuladamente.

Todavía no hemos tenido esa charla que tanto necesito.

Él carraspea y se rasca la barbilla, mirando al frente, como si intentara disimular.

—¿Sin tocar a la puerta siquiera? —pregunto atenta, con una sonrisa—. ¿Aun con el riesgo de que…?

Esta vez sí me sostiene la mirada.

—Con todos los riesgos —afirma.

El aire parece atascarse en mis pulmones.

Maldita sea. No sé si debería sentirme halagada, preocupada o ambas cosas a la vez. Aunque una parte de mí sospecha que Brian Alexander Woods posee un talento innato para decir exactamente lo que una mujer quiere escuchar, otra parte —una jodidamente real y la que más miedo da— quiere creerle.

Froto las manos sobre mi regazo intentando concentrarme en lo importante. Vale, primero hablaremos. Después decidiré. Él responderá a todas mis preguntas. A todas. Y cuando tenga las respuestas que necesito... entonces ya veré qué hago.

—¿Contenta con mi respuesta o se lo digo de otro modo por si le he parecido muy brusco?

—No sé por qué lo dice.

—Porque su expresión ahora mismo me desconcierta. Creo que mis intenciones ya no son ningún secreto.

Sus intenciones son claras y lo fueron desde el principio. La pregunta realmente importante es otra. ¿Qué quiero yo? Por desgracia, la respuesta resulta bastante menos sencilla.

Veo dos posibilidades.

La primera consiste en que sus respuestas me convenzan. En ese caso, perderé la virginidad con él y seguiremos disfrutando de nuestra compañía durante un tiempo limitado, porque tarde o temprano aparecerá el hombre adecuado para mí. Soy muy joven.

Mi mirada se desvía hacia la alianza que brilla en su mano mientras mueve el volante.

La segunda posibilidad es parecida. Si sus respuestas no me convencen, probablemente me lo tire igualmente esta noche y después lo mande al carajo cuando volvamos a Boston.

La conclusión es preocupante porque ambas opciones terminan exactamente en el mismo sitio.

—Bueno, dígame cuáles son los planes para hoy. —Abro ligeramente la ventanilla intentando escapar de mis propios pensamientos.

—Primero cogeremos el vuelo a Miami. Tardaremos unas tres horas en llegar.

—¿A qué hora sale?

—A ninguna. Cuando lo decidamos.

Me quito las gafas de sol de golpe y me giro hacia él. Estoy convencida de haber escuchado mal.

—¿Cómo?

Las comisuras de sus labios se curvan suavemente.

—¿A qué se refiere con "cuando lo decidamos"?

—El avión despegará cuando yo lo indique.

—Pero, ¿quién es usted? ¿El puto presidente?

Por primera vez, veo aparecer una sonrisa auténtica en su rostro. Una sonrisa pequeña, arrogante y terriblemente atractiva. Pero, al fin y al cabo, una sonrisa.

Se me seca la boca.

—No se preocupe. Lo sabría si fuera el «puto presidente». —Repite mis palabras, divertido—. La habría llevado a la Casa Blanca, no a un ático en Back Bay. Viajaremos en un jet privado —aclara finalmente.

Parpadeo. Después vuelvo a parpadear. Y después me planteo si debería volver a hacerlo una tercera vez por si esto fuese un sueño y no he oído bien.

—¿Entonces está metido en la droga?

—¿Droga?

Su tono resulta tan desconcertado que durante unos segundos incluso dudo de mi propia pregunta.

—Sí. Droga. Ya sabe. Cocaína, crack, marihuana...

Estoy tan confundida que incluso me he olvidado de la posibilidad de que intente meterme en su cama esta misma noche.

—Vaya. Me sorprenden sus conocimientos sobre sustancias estupefacientes.

—Profesor... —Lo miro preocupada—. Si es narcotraficante, mejor dígamelo.

La sonrisa desaparece de su rostro. Por completo.

—¿Por qué pensaría eso de mí? —Su mandíbula se endurece.

—Porque con lo que gana en la universidad sería imposible que fuera dueño de un jet privado. —Expongo mi teoría con absoluta sinceridad—. ¡Eso vale millones de dólares!

—¿Está subestimando a los profesores?

—No. Pero tampoco soy idiota.

—Siento decepcionarla, pero mi respuesta es no. —Su mirada se desliza hacia mí una vez más—. Aunque sí tengo ciertos negocios.

—Ya lo entiendo. AmExpress Co.

—Correcto —asiente levemente—. ¿Algo más?

Respiro aliviada. El jet tiene sentido, sus negocios y absolutamente todo.

—Lo mismo pensaba —comenta al notar mi silencio—. Por cierto, después de llegar al hotel iremos a la habitación para cambiarnos y prepararnos para el almuerzo. Almorzaremos solos hoy, pero esta noche tenemos una cena.

—¿Con qué fin?

—Conocerá a varios socios de la costa sur y creo que la conversación le resultará atractiva.

—¿Y cuándo es la charla en la universidad? —Apoyo el codo en la ventanilla mientras intento absorber toda la información que me está dando.

—Mañana por la tarde —informa con naturalidad—. Y después asistiremos a una fiesta en la playa.

—Suena interesante.

La idea me entusiasma bastante así que una sonrisa se abre paso por sí sola en mi rostro. Resulta imposible ocultar la ilusión que siento. Al fin y al cabo, jamás he estado en Miami y todo aquello suena muy distinto a la rutina universitaria que tengo.

—¿Le gusta bailar?

—¡Mucho! —respondo enseguida, juntando las manos sobre mi regazo con entusiasmo—. ¿Y a usted?

No contesta de inmediato, simplemente gira la cabeza en mi dirección y me observa durante unos segundos que se hacen eternos.

Lo percibo de inmediato. Algo invisible se instala en el interior del coche, una especie de complicidad, como si fuese un lazo que nos une.

Y juro que, como siga mirándome de esa manera, vamos a terminar estampados contra el primer árbol que aparezca en nuestro camino.

—No tenía que haber preguntado, perdón. —Me froto la frente al comprender que quizá no haya sido la pregunta más brillante del mundo.

—No se preocupe. Solo que bailar no se me da especialmente bien. Aunque con usted podría hacer una excepción.

—Viajamos a Miami por cuestiones de trabajo —me apresuro a recordar, utilizando exactamente las mismas palabras que él empleó en mi habitación apenas unos días atrás.

—Entonces ya no le da miedo quedarse a solas conmigo.

Cuando el vehículo se detiene en un semáforo, fijo la vista en el horizonte. A lo lejos ya puede distinguirse la estructura del aeropuerto Logan de Boston, imponiéndose entre los edificios.

—Nunca me ha dado miedo.

—Yo no estaría tan seguro.

No respondo. Evidentemente, no pienso reconocer delante de él que en ocasiones consigue intimidarme.

Que a veces despierta en mí emociones que preferiría no sentir y que existen momentos en los que me hace perder el control de una forma que me jode.

Reconocer algo así sería prácticamente lo mismo que bajarme las bragas yo sola. Opto por el silencio.

Y el silencio dura lo suficiente para sacar la cabeza por la ventanilla y dejar que el aire fresco golpee mi rostro. Necesito oxígeno, distancia y, lo más importante… necesito dejar de recordar que hace apenas unos días el profesor Woods estaba en mi cama.

Por suerte, el aeropuerto aparece poco después ante nosotros y la conversación queda suspendida antes de que ninguno de los dos continúe.

Él aparca el deportivo en una zona restringida y, nada más detener el motor, un hombre vestido con uniforme se aproxima para recibirnos. Intento sacar mi maleta del maletero, pero me detiene con un simple gesto de la mano.

—No es necesario. Ya llevarán nuestro equipaje.

—Pero...

—Robert.

El hombre ya está cargando las maletas antes incluso de que termine la frase. Y yo me siento ligeramente inútil. Claro, se me había olvidado durante unos minutos que el profesor parece tener empleados repartidos por cada rincón del planeta.

Avanzamos hacia unas puertas metálicas alejadas de las terminales principales y, a medida que caminamos, varias personas giran la cabeza para observarnos. No sé si es por él, por su evidente seguridad o porque algunas de esas personas lo reconocen de entrevistas, conferencias y artículos de prensa.

—Buenos días, señor Woods —saluda uno de los oficiales con impecable profesionalidad—. Señorita.

Inclina la cabeza ligeramente hacia mí.

—Por aquí, por favor.

Las dos auxiliares de vuelo permanecen en silencio, aunque sus miradas hablan bastante más de la cuenta. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que ambas se están comiendo al profesor con los ojos.

Una de ellas nos guía por un pasillo prácticamente vacío que desemboca directamente en una zona privada del aeropuerto. Y lo más curioso es que nadie me pide ningún documento de identidad o tarjeta de embarque. Simplemente atravesamos varias puertas y salimos directamente a la pista.

—¿Se encuentra bien?

Su mano roza mi cintura cuando nos acomodamos en un vehículo que nos traslada hasta el avión. Al mismo tiempo, se quita las gafas de sol y las guarda dentro de un elegante estuche de cuero.

—¿Por qué lo dice?

—La veo muy seria.

—No creo que esa sea la palabra.

Tres minutos después, el coche se aproxima a la aeronave y examino embobada el sitio a través del cristal.

El jet brilla bajo el sol de la mañana como si hubiera salido de una película. Su fuselaje blanco refleja la luz con tanta intensidad que durante unos segundos me quedo contemplándolo sin decir nada. A pie de pista nos esperan un oficial de vuelo y una azafata.

—¡Bienvenidos a bordo!