Chapter 25
D espierto sobresaltada por unas estridentes carcajadas procedentes de la habitación de al lado.
Esto es precisamente lo que más odio de vivir en una residencia universitaria.
Hoy es viernes y muchos de mis compañeros han debido de pasar la noche entera divirtiéndose, algo bastante habitual dentro de nuestro maravilloso campus.
El estruendo de unos cristales rompiéndose al otro lado de la pared hace que aparte el edredón y me incorpore apoyándome en los antebrazos.
La alarma aún no ha sonado, así que deduzco que son menos de las ocho y cuarto de la mañana.
Cuando paseo la mirada por la habitación, descubro que la cama de Berta está vacía.
Qué raro.
Me cuesta imaginarla levantándose tan temprano, aunque sonrío para mis adentros. Cuando quiere, puede ser sorprendentemente responsable. El problema es que ese «cuando quiere» suele aparecer con la misma frecuencia que los eclipses solares.
Frunzo el entrecejo al escuchar unos gemidos que atraviesan la pared sin ningún pudor. Parece que los vecinos se lo están pasando genial, y distingo varias voces. Una femenina. Dos masculinas. O quizá tres.
Arqueo una ceja, ni siquiera quiero saber lo que están haciendo. Entre gemido y gemido empiezo a ponerme de mal humor —parece que a la chica la están matando—, y termino golpeando la pared del cabecero con los nudillos.
—¿No sabéis que son las ocho de la mañana, joder? ¡La gente está durmiendo!
—¡Métete en tus asuntos! —responde una voz masculina desde el otro lado.
Acto seguido, los ruidos vuelven a intensificarse. Aprieto los dientes. Vuelvo a golpear la pared con más fuerza, fantaseando seriamente con derribarla de una patada. Y sí. Estoy tremendamente encabronada esta mañana.
El silencio dura apenas unos segundos antes de que otra voz, distinta a la anterior, atraviese nuevamente el tabique.
—¡Para ya, amargada! ¿O es que necesitas un meneo?
¿Qué?
Aprieto los dedos contra la pared mientras lleno los pulmones de aire.
—¡Idiota! ¡Tu cara sí que necesita un meneo!
Estoy deseando plantarle dos puñetazos.
—Chica, tú lo que necesitas es que te monten —vocifera la primera voz—. ¡Únete si quieres!
Las carcajadas que siguen son tan desagradables que me producen auténtico rechazo. Al instante aparto el oído de la pared, humillada y furiosa a partes iguales, y termino dándole una patada a la almohada. Esta sale despedida y aterriza sobre el suelo de parqué.
—¡Imbéciles!
Mi voz resuena por toda la habitación. Menuda manera de empezar el día y de joderme media hora más de sueño.
Y pensar que, en lugar de discutir con unos completos desconocidos a través de una pared, debería estar preparándome para coger un vuelo.
Mejor voy con tiempo y así no me arriesgo a llegar tarde.
Miro el reloj. Quedan menos de cuarenta minutos para viajar a Miami con el profesor Woods.
«Chica, tú lo que necesitas es que te monten».
Las palabras vuelven a mi cabeza y hago una mueca como si acabara de probar algo en mal estado. Aunque, por desgracia, una parte de mí sospecha que aquellos idiotas han dado en el clavo más de lo que me gustaría.
Mi mente se niega a olvidar la imagen de cierto bulto bajo cierta bragueta el día que encontré al profesor con aquella morena. Tampoco olvido la dureza de su pelvis al abrazarme y casi aplastarme contra la puerta de su despacho el día que nos besamos por primera vez.
Maldición. No sé qué me ocurre esta mañana, pero tengo la sensación de que alguien ha sustituido mis neuronas por afrodisiacos.
Intentando dejar de pensar en ello, camino hasta la pequeña cocina y descubro que Berta me ha dejado un café preparado encima de la mesa. A su lado hay una nota.
Sonrío emocionada. Berta es un amor.
Le doy un sorbo al café mientras arranco un trozo de pan y me obligo a desayunar algo. El tiempo corre demasiado deprisa y, cuando compruebo que apenas me quedan veinte minutos, cierro los ojos, frustrada. Los malditos gemidos de la habitación contigua siguen escuchándose.
Reviso la pequeña maleta morada que llevaré conmigo.
He metido varias prendas cómodas, mi bikini, un par de vestidos algo más elegantes y todo lo necesario para el fin de semana, teniendo presente la conferencia que él impartirá en la Escuela de Negocios de Miami.
También llevo mi propia ropa interior. No es tan sofisticada como la que él me regaló, pero es mía.
Mi mirada se desplaza automáticamente hacia la caja de lencería que continúa escondida en el armario. La devolveré. Definitivamente la devolveré.
Después de una ducha rápida que consigue despejarme por completo, me unto la habitual crema corporal con aroma a coco y me visto deprisa.
Opto por unos pantalones blancos, unas Converse cómodas y una camiseta ajustada y colorida que combina perfectamente con el ambiente veraniego que espero encontrar en Florida.
Completo el conjunto con un poco de maquillaje, unos pendientes discretos y mi reloj. Lista. Tan lista como se puede estar para pasar un fin de semana entero con Brian Alexander Woods.
Arrastro la maleta por el pasillo de la residencia y salgo al exterior ocultando mis ojos tras unas gafas de sol color tostado de Chik , que me costaron veinte pavos en el centro comercial.
Tras avanzar apenas unos pasos, escucho un pitido. Levanto la vista, busco un coche, o a cualquier persona que haya venido a recogerme. Lo que no esperaba encontrarme es a él.
¿Qué?
Mi respiración se atasca. Aparto ligeramente las gafas de sol y lo observo, boquiabierta, incapaz de creerlo. Yo esperaba un chófer, un empleado suyo, incluso un guardaespaldas. No esperaba que fuera a presentarse personalmente.
«Allá vamos».
Inspiro profundamente y me preparo mentalmente. Más que nada porque estoy decidida a cantarle las cuarenta y a aclarar nuestra situación de una vez por todas.
Camino hacia él con toda la determinación que soy capaz de reunir, arrastrando la maleta defectuosa que va golpeando el suelo cada pocos segundos.
Me acabo de dar cuenta de que le falta media rueda y eso me pone más nerviosa aún.
Seguramente ese hombre jamás ha tenido maletas a las que le faltasen una rueda, incluso apuesto que guarda una rueda de repuesto en su espectacular maletín.
No me gustaría saber qué más guarda ahí.
Mientras me acerco, observo cómo sale de su deportivo, cierra la puerta del conductor y me saluda con un gesto tranquilo.
Curiosamente, hoy no lleva traje y eso es raro en él.
Viste unos vaqueros negros perfectamente ajustados y una camiseta gris oscura que parece diseñada específicamente para hacerme perder el conocimiento.
Creo ver que es una camiseta de Armani y la tela se adapta a cada músculo de su torso y a esas venas marcadas que recorren sus brazos.
—Joder… —susurro aturdida y excitada.
También acojonada. De repente, toda la seguridad que llevaba ensayando desde que me he despertado, desaparece. La sangre calienta mis mejillas, mis piernas empiezan a temblar y la metáfora aparece sola en mi cabeza.
Yo soy un cachorro y él es un león. El cachorro se acerca dispuesto a ladrar, convencido de que puede imponerse, pero el león ni siquiera necesita moverse. Basta con que levante la cabeza para recordar quién manda. Así me siento, como un jodido cachorro, acobardado y con el rabo entre las piernas.
Y eso que el señor Woods todavía no ha abierto la boca.
—¡Hola! —saluda con energía.
Coge el asa de mi maleta y sus dedos rozan los míos. El contacto dura más de lo previsto y su tacto me provoca calambres en todo el cuerpo.
—Buenos días.
—Me alegro mucho de verla.
No puedo distinguir su expresión porque las gafas de sol ocultan sus ojos, pero vuelvo a fijarme en su aspecto informal y demasiado atractivo. Diría que demasiado humano. Y eso, curiosamente, me encanta, pero también me resulta mucho más peligroso que cualquiera de esos trajes.
—¿Señorita Vega?
Mi boca forma una pequeña «o» mientras me limpio las babas, mentalmente.
«Tierra llamando a Aylin».
Mi conciencia vuelve a intervenir cuando examino sus sabrosas y toqueteables nalgas. Por desgracia, empiezo a sospechar que convivir con Berta está teniendo consecuencias irreversibles en mi cerebro. No puedo seguir observando a mi profesor de Finanzas como si fuera comida. O bueno… sí.
¿Por qué no?
Sacudo ligeramente la cabeza y recupero algo de compostura.
—Dijo que iba a mandar un coche a recogerme.
—Cierto. Lo dije.
Mientras acomoda mi maleta, mis ojos no se despegan de sus biceps hinchados. Bendita camiseta. O más bien maldita, porque ahora no podré concentrarme.
—Pero cambié de opinión.
El maletero se cierra con un golpe seco.
—¿Suele cambiar mucho de opinión?
—No mucho… —Me abre la puerta del copiloto—. Solo cuando es necesario.
—¿Y en este caso era necesario?
—Lo era, por supuesto —matiza mientras rodea el vehículo y ocupa el asiento del conductor.
El motor ruge suavemente cuando lo pone en marcha y abandona el aparcamiento de la residencia con una tranquilidad que me irrita.
Se comporta como los acontecimientos de los últimos días no hubieran sucedido o, peor aún, como si estuviera convencido de que ya tiene la situación completamente bajo control.
—Pensaba que me echaría atrás, ¿verdad? —pregunto mordaz.
—Admito que se me pasó por la cabeza.
Se acomoda en el asiento mientras conduce y su respuesta me deja ligeramente insatisfecha. Esperaba una negativa inmediata. Una mentira elegante. No sé, algo diferente.
—¿Y qué hubiese hecho si me hubiese arrepentido en el último momento? —insisto, observándolo atentamente cuando gira la cabeza en mi dirección durante apenas un segundo.
—Doy por hecho que ha empezado ya con el interrogatorio.
—Puede ser… —Me encojo de hombros—. Hoy es día de preguntas, esa fue mi condición.
—El tiempo nos acompaña —comenta, cambiando de tema—. Por cierto, en Miami hará mucho calor. Espero que se haya llevado ropa adecuada.
—No se preocupe por mi equipaje. —Sonrío, algo más relajada—. Pero no ha contestado a mi pregunta.