Chapter 24 #2
Aquella confesión debería dejarme indiferente.
Debería , pero no lo hace.
—Señor Woods, dejemos las cosas claras desde el principio. No voy a estar disponible siempre que me necesite.
—Por supuesto... —Permanece callado durante unos segundos—. Disculpe el ruido. Nuestro coche se ha quedado atrapado en el tráfico. Hay una especie de huelga aquí.
Efectivamente, su voz llega entrecortada y el sonido constante de los cláxones se cuela en nuestra conversación.
—Que tenga buen viaje.
—No cuelgue. —Me corta enseguida—. Debemos concretar ciertos detalles para mañana. Irán a recogerla para llevarla al aeropuerto sobre las nueve de la mañana.
—No lo tengo tan claro —replico convencida mientras me paso una mano por la frente, incapaz de dejar de pensar qué demonios debería hacer.
—Comprendo.
—No quiero que me trate como si fuese un objeto que puede mover de un lado a otro cuando le conviene —aclaro dolida.
—No era mi intención, de verdad —se apresura a responder—. Y le aseguro que no volverá a pasar.
—¿Y cómo sé que no volverá a pasar?
—Lo prometo.
Su voz se quiebra ligeramente al pronunciar aquellas palabras. Y eso me desconcierta. Porque no sé si estoy escuchando al profesor manipulador que intenta convencerme de algo o al hombre que realmente lamenta lo ocurrido.
Joder. No consigo pensar con claridad cuando se trata de él.
—¿Qué puedo hacer para reparar el error?
La pregunta me pilla desprevenida. Tanto, que me quedo unos segundos en silencio.
—Tengo muchas dudas y necesito que me las aclare —digo finalmente, con la respiración alterada—. Le acompañaré a Miami solamente si está dispuesto a tener una charla honesta. De lo contrario, no pienso subir a ese avión.
—De acuerdo —acepta sin discutir—. Tendremos esa charla.
—Muy bien. Le tengo que dejar ahora y...
—Tengo muchas ganas de verla.
Cierro los ojos. Ahí está otra vez, la manera que tiene de meterse bajo mi piel y envenenar mi sangre.
—¿Usted no?
Otra encerrona. Otra más.
Lo peor de todo es que sabe perfectamente lo que hace.
—Hasta mañana, señor Woods.
Le cuelgo con las manos temblorosas, negándome a permitir que sus comentarios aduladores me ablanden. Acto seguido guardo el móvil y apresuro el paso, reflexionando sobre toda nuestra conversación.
He venido para correr, no para andar. Y mucho menos para soportar a cierto profesor controlador.
Lo que en un principio iba a ser un simple footing termina convirtiéndose en una auténtica carrera porque mis pasos son cada vez más rápidos. Necesito expulsar de alguna manera toda la tensión que se ha acumulado dentro de mí durante estos días. Necesito cansarme. Necesito dejar de pensar.
Respiro profundamente y me obligo a concentrarme en el ejercicio. Las canciones motivacionales que me descargué de YouTube retumban en mis auriculares y me empujan a seguir avanzando a pesar de la resaca, del cansancio y del caos mental que llevo encima.
Cuando por fin empiezo a reducir el ritmo y mis piernas dejan de protestar, recuerdo que llevo demasiados días sin llamar a Long Island. Mis padres seguramente estarán desesperados. Según ellos, las ciudades son peligrosas y no llamar todos los días equivale prácticamente al fin del mundo.
—Papá, ¿cómo va todo? —pregunto con tono neutro cuando descuelga.
Prefiero llamarlo a él, siempre ha sido el más dócil de los dos, y también el que mejor me comprende.
—¡Cariño! —exclama, provocándome una sonrisa inmediata—. Muy bien. Aquí todo bien. Estaba lavando el coche en el jardín. ¿Y tú?
—Bien, papá.
—Entonces este fin de semana te vemos, ¿no?
Me rasco la cabeza mientras intento improvisar una excusa. Y deberá ser una excusa bastante convincente porque, de lo contrario, no solo tendré que soportar las sospechas de mi padre, sino también el interrogatorio completo de la matriarca de la familia.
—Me parece que al final no podré ir a Long Island. —Espero que cuele—. Tengo muchos proyectos que entregar y debemos presentar un trabajo la próxima semana.
Muy pocas veces he recurrido a la mentira con mis padres. Además, soy pésima mintiendo. Cada vez que lo hago, siento que llevo un enorme cartel luminoso sobre la cabeza donde pone «ESTÁ MINTIENDO».
—Bueno, si es así, ¡mucha suerte con el trabajo! —Mi padre siempre está de buen humor—. Se lo diré a tu madre. Está en la cocina haciendo galletas.
—¿De las que me gustan? —Me relamo los labios al pensar en el postre estrella de mi madre—. ¿De vainilla y coco?
—Sí. No te preocupes, a ti también te hará cuando vengas.
—Sí, por supuesto. —Sonrío con cierta culpabilidad.
—Bueno, te dejo. Don tiene una disputa con el gato de Bob.
—¡Bebé! Siempre están peleando —digo entre risas mientras intento imaginar a mi grandullón peludo correteando detrás del gato del vecino.
—¿Peleando? —Escucho maullidos y ladridos al otro lado de la línea, como si estuvieran asesinando a alguien—. Estos dos se han declarado la tercera guerra mundial.
Me llevo una mano a la boca ahogando una carcajada mientras reduzco un poco el ritmo después de más de cuarenta minutos corriendo. La camiseta está completamente empapada y doy por hecho que hoy he quemado una cantidad considerable de calorías.
—Besos, cariño.
Cuando cuelgo, le doy varios tragos largos a una botella de agua que acabo de comprar en un quiosco. Mientras tanto, intento decidir qué demonios voy a contarle a Berta. Sin embargo, cambio de opinión casi al instante. Estoy cansada de darle vueltas a todo.
Para mi sorpresa, cuando minutos más tarde entro en la habitación encuentro a la italiana tumbada en la cama, viendo la televisión y sujetando una bolsa enorme de cubitos de hielo sobre la cabeza.
—¡Me voy a morir! —se queja nada más verme.
La observo con suspicacia. Sé perfectamente que está intentando llamar mi atención porque conozco de sobra sus dramas, pero aun así no puedo evitar sonreír.
Admito que está especialmente graciosa con el cabello revuelto, el rímel corrido por las mejillas y el flequillo húmedo por el agua que se escurre de la bolsa de hielo.
—¡Llámame cuando eso pase!
Le guiño un ojo mientras dejo las llaves sobre la mesita de la entrada.
—¡No me fastidies, chica! —protesta sin abandonar su expresión de mártir—. Siento que me va a explotar la cabeza.
Me dirijo hacia la cafetera. No sé si la cabeza de Berta va a explotar, pero la mía desde luego amenaza con hacerlo.
—Voy a ser buena y te haré un café para que despiertes —añado.
Sus facciones se suavizan un poco, aunque sigue manteniendo aquella expresión de enferma terminal que tan bien se le da interpretar.
—No me digas que vienes de correr —pregunta con los ojos abiertos de par en par.
—Sí, ¿por?
Me quito la camiseta empapada.
—¿Acaso eres de Marvel y no lo sabía? —Cierra los ojos y pone una mueca de dolor—. ¿Tienes superpoderes o qué?
Sí. Superpoderes para soportar a una mosca cojonera que me ha estado enviando regalos obscenos a primera hora de la mañana. De lo contrario, seguramente seguiría durmiendo.
—¿Te doy un analgésico?
—Creo que no hay nada ahora mismo que me quite este dolor de cabeza. Ni siquiera un buen polvo, que ya sabes que eso te quita todas las penas y dolencias —continúa con sus quejidos dramáticos.
—Bueno, de todas maneras, eso no es precisamente algo que te falte. —La señalo con gesto acusador—. Anoche desapareciste con Bram al menos dos veces.
—Y tú no te moviste de la pista —replica molesta—. Habiendo habitaciones en esa mansión y pudiendo haberte ido con Adam. Pero mira, tienes suerte de que ahora mismo no tenga ganas de discutir ni de mandarte al carajo.
—Y yo no te mando al carajo porque me das mucha pena, que lo sepas —contesto intentando parecer seria.
Jadea escandalizada y vuelve a recolocarse la bolsa de hielo.
—Creo que se me está congelando el cerebro. Encima que tenía pocas neuronas, ya me estoy quedando sin ninguna.
La carcajada se me escapa sola mientras remuevo el café con una cucharilla. La italiana odia el café durante todo el año, excepto en situaciones de resaca extrema como esta.
—Voy a ducharme —sigo riéndome.
—¡Espera!
Y, de repente, la moribunda resucita. Salta de la cama como si alguien acabara de prenderle fuego al colchón y corre hacia la mesa junto a la encimera, señalando el ramo de rosas azules como si acabara de descubrir un tesoro.
—¡Ese ramo no es mío! —grita horrorizada—. ¿Es tuyo? Es tuyo, ¿verdad?
—Sí, es mío. —Miro al suelo, avergonzada.
— Mio Dio [6] … ¿qué es esto?
Señala las flores una vez más.
—Flores —respondo encogiéndome de hombros.
Me acerco a la mesa, me agacho y comienzo a olerlas. Antes estaba demasiado enfadada y demasiado humillada por la lencería como para apreciar el detalle. Ahora inspiro profundamente y descubro un aroma dulce que me encanta.
—¡No me jodas, ragazza ! —grita detrás de mí—. ¿De quién son?
—Del profesor Woods.
—¿Te intenta seducir o qué?
—Berta... —Empiezo a respirar con fuerza. Me cuesta muchísimo decir una mentira cuando ella me mira así—. Es un gesto de agradecimiento por la investigación del libro.
—¡Sí, claro, y yo soy virgen!
Mi amiga es más lista que el hambre.
—Es muy caballeroso. Además, te quería decir que le voy a acompañar a Miami este fin de semana. Volvemos el domingo.
—¡Vais a dormir juntos!
—Bueno, juntos no. En el mismo hotel, pero en habitaciones separadas —aclaro, intentando que mi voz no me delate.
Necesito esperar. Necesito ver cómo evoluciona todo esto antes de contárselo. La noticia es demasiado grande y ni yo misma tengo las cosas claras.
—Voy a ducharme —repito, intentando escapar de sus preguntas.
—¡Nena!
—¿Qué? —pregunto ya desde la puerta del baño.
—¡Tíratelo!
No respondo. Me limito a poner los ojos en blanco y a levantar los brazos al cielo antes de entrar. Cierro la puerta tras de mí y apoyo la espalda contra la madera. Después alzo la cabeza y respiro hondo, intentando serenarme.
Me guste o no admitirlo, el momento se acerca.