Chapter 24
L a mezcla de sabores —principalmente ron y tequila— que predomina en mi paladar ahora mismo es francamente desagradable.
No recuerdo a qué hora me acosté y, sinceramente, tampoco sé qué me está ocurriendo con el alcohol este curso.
Es la segunda vez que me paso con la bebida en apenas unos días, desde que comenzaron las clases.
Me revuelvo somnolienta entre las sábanas, pero el estruendo que llega desde el exterior me impide volver a conciliar el sueño. Otra vez el maldito atasco de siempre en el tráfico de la calle Stanford.
Bostezo todavía adormilada mientras miro de reojo la cama de Berta y agradezco haber conseguido convencerla anoche para regresar conmigo a la residencia.
Me doy la vuelta y cierro los ojos una vez más, pero mi mente regresa inevitablemente a mi teléfono móvil, que permanece apagado sobre la mesita de noche.
Ni siquiera me atrevo a mirar la hora. Seguro que es casi mediodía y no quiero pensar en todo el tiempo que he desperdiciado. El curso pasado apenas salía de la residencia. Mis horas de sueño estaban perfectamente controladas y mi único objetivo era estudiar, estudiar y seguir estudiando.
«¿Y cuál es tu objetivo este curso, Aylin?», me reprocho en silencio al recordar aquella lista mental que elaboré hace apenas unas semanas.
Conseguir unas prácticas en una prestigiosa agencia financiera.
Ese era uno de mis grandes propósitos para este año y, sin embargo, cada día siento que ese momento se aleja un poco más.
Lo cierto es que anoche podría haberme marchado perfectamente de la fiesta de cumpleaños de Bram si no hubiese recibido aquella llamada en la que el mandón del profesor Woods me ordenaba volver a casa.
Y como soy así de cabezota, me negué a darle el gusto.
Además, no somos nada. Me dice que me necesita, pero no lo entiendo. Ni sus palabras, ni su actitud, y cada día sus gestos hablan por él; me está tratando como si le perteneciera. No soy propiedad de nadie. Ninguna mujer lo es.
¿Qué demonios se ha creído?
Por más vueltas que le doy, no consigo entender nada. Ni siquiera sé qué lugar ocupo dentro del interminable desfile de mujeres que parecen formar parte de su vida, y tampoco quiero imaginar hasta qué cifra asciende esa colección.
Y cada vez que recuerdo a su mujer, que se dejaba esposar en uno de los dormitorios de la mansión Sander, una desagradable sensación de rechazo me revuelve el estómago.
Estoy convencida de que intentó llamarme varias veces anoche y de que, si hubiese estado en Boston, probablemente habría estado esperándome en la puerta de la residencia antes incluso de que yo colgara el teléfono. Tuve suerte de que se encontrara a más de cuatrocientas millas de distancia.
Mientras pienso en eso, escucho unos pequeños golpes procedentes de la entrada. Abro los ojos como platos. Me incorporo y presto atención porque curiosamente, alguien está llamando.
—¡Joder!
Miro a Berta, que también empieza a removerse en la cama como consecuencia del ruido. Ella también lo ha escuchado. Camino deprisa hacia la puerta, pero justo antes de abrirla me detengo.
¿Y si es él?
Lo dudo. Si realmente tiene tantos contactos como presume, sabrá perfectamente que mi compañera sigue aquí dentro. Pero tras otros dos o tres golpes insistentes, maldigo entre dientes y giro el pomo mientras intento recolocarme un poco el pijama.
—Buenos días.
—Buenos... días. —Me aclaro la garganta, con cara de muerta.
—¿La señorita Aylin Vega?
Asiento mientras observo el enorme ramo de flores que un desconocido sostiene entre los brazos. Las flores son impresionantes. Al menos veinte rosas, todas azules.
¿Rosas azules?
Junto los labios mientras las observo fascinada. Nunca había visto unas así fuera de fotografías o películas. Mi experiencia con las rosas se limita a las rojas y las blancas. Además del enorme ramo, el hombre sostiene una nota y una caja rectangular de aspecto sofisticado.
No me da tiempo a preguntarle de quién es porque enseguida se da la vuelta y se marcha. Yo me quedo plantada en la puerta, atrapada en una especie de niebla matutina. Intento averiguar quién podría enviarme flores, pero me siento estúpida incluso antes de terminar el pensamiento.
Solo hay una persona capaz de hacer algo así.
Él.
Cierro la puerta con cuidado para no despertar a Berta y camino de puntillas hacia el interior. Lo último que necesito es que me descubra sujetando flores, regalos y cara de imbécil sin ser mi cumpleaños y sin tener novio.
Porque Berta todavía no sabe nada del profesor.
—Lyn... —murmura desde la cama sin abrir los ojos—. ¿Quién es?
«No, no, no. No te levantes», suplico mentalmente.
—Nadie.
Corro hacia el baño con el ramo entre los brazos.
Cierro la puerta en cuanto veo que vuelve a desplomarse sobre la almohada.
Después bajo la vista hacia las flores. Son preciosas.
Las acaricio con suavidad antes de coger el pequeño sobre escondido entre los pétalos.
Abro la nota y leo la única palabra que hay.
Nada más. No hay una explicación y tampoco una firma. No la necesito, sé perfectamente quién la ha escrito. Con curiosidad, paso a la caja y, cuando termino de retirar el envoltorio, me quedo completamente atónita.
Lencería.
Vale, las rosas podía aceptarlas. ¿Pero esto?
De repente, siento vergüenza, indignación y mucha curiosidad. Al parecer, el profesor no estaba bromeando cuando dijo que iba a comprarme ropa interior.
¿Qué clase de regalo es este?
Examino la elegante caja. Sobre la tapa destacan unas letras doradas que forman la palabra Angels . No conozco la marca, pero salta a la vista que se trata de algo caro.
Empiezo a revisar el contenido con una ceja arqueada. Hay varios conjuntos cuidadosamente doblados. Seda, encaje, cuero. Todo resulta excesivamente llamativo y destila lujo y sofisticación. Entonces recuerdo sus palabras, incluso me advirtió que tuviera cuidado con la ropa interior que eligiera.
Uno de los conjuntos incluye unas ligas y unas bragas negras con una abertura en la parte de la vagina que consigue que me ruborice solo con mirarlas. Gran parte de la lencería es negra, justo lo que esperaba.
¿Cuánto demonios se habrá gastado?
Busco alguna nota adicional, pero no encuentro nada.
Finalmente dejo la caja a un lado y entro en la ducha, aunque, siendo sinceros, ya estoy completamente despierta. Su atrevido e inapropiado regalo ha conseguido lo que ni siquiera un café cargado habría logrado, y eso es despejarme por completo y hacer desaparecer la resaca por arte de magia.
Cuando salgo del baño me pongo la ropa deportiva de siempre. También agradezco que hoy no tengamos clases por la ausencia de varios profesores y sentirme algo mejor, aunque siga profundamente indignada.
Termino de ponerme las zapatillas, cojo los auriculares y guardo la caja de lencería en el armario con toda la discreción posible. El ramo, sin embargo, lo dejo sobre la mesa de la cocina. Berta lo verá tarde o temprano.
De todos modos, ya tenía pensado contarle lo de Miami, aunque cada vez tengo menos claro que quiera acompañarlo. Su extraña actitud me provoca rechazo y necesito pensar las cosas con calma.
Cuando salgo de la habitación enciendo el móvil. Cinco llamadas perdidas me esperan en la pantalla, tres de anoche, dos de esta misma mañana, y también un mensaje.
Lo abro de inmediato.
Hola, ¿va todo bien? Necesito que hablemos, estoy preocupado.
Me quedo mirando la pantalla durante unos segundos.
Una parte de mí debería sentirse satisfecha.
Después de todo, fue él quien perdió los nervios anoche y quien decidió hablarme como si tuviera algún derecho sobre mí.
Sin embargo, otra parte de mí —la más débil, la más tonta y probablemente la que me traerá problemas— no puede evitar fijarse en una palabra concreta.
Preocupado.
Anoche me dijo lo mismo.
Resoplo con fuerza y guardo el teléfono, necesito despejarme. Camino hacia el parque más cercano a paso rápido, mascullando todas las palabrotas que se me ocurren por el camino. Pero, joder… no me puedo reprimir más. Finalmente saco el móvil del bolsillo, respiro hondo y marco su número.
El tono apenas suena unos segundos.
—Buenos días… —contesta casi de inmediato.
Noto que su tono de voz es muy diferente al que usó anoche, y más le vale. De lo contrario, le volveré a colgar el teléfono en su puñetera cara y, si lo tuviera delante de mí, seguramente también le tiraría algo a la cabeza. La caja de la lencería sería una magnífica opción.
—¿Hola? —insiste al notar mi silencio.
—¿Piensa que con rosas y ropa interior de lujo va a solucionar algo? No soy su puta —suelto de carrerilla, sin darle tiempo siquiera a intentar regalarme los oídos.
Oigo una exhalación profunda al otro lado.
—Se está confundiendo —replica, visiblemente afectado por mis palabras.
—Me parece que el que se está confundiendo es usted.
—Le quería pedir perdón de alguna manera —prosigue.
—Hay muchas formas de pedir perdón.
—Le quería hacer un regalo —explica, aunque sus argumentos me importan un pimiento.
—No me gusta este tipo de regalos, ¿entendido?
—Es únicamente un detalle, no le dé más importancia.
—Si realmente me quería hacer un regalo, con un libro hubiese sido más que suficiente —lo interrumpo, dejando claro una vez más lo molesta que me siento.
—Perdón, entonces —dice convencido—. No la quería ofender.
—Lo ha hecho —intento sonar segura de mí misma, pero por dentro tiemblo—. Y quiero que tenga muy claro que no me puede comprar.
—Señorita Vega... —carraspea—. No caería tan bajo.
Sigo, sin darle tiempo a continuar con su confesión de hombre arrepentido.
—No sé con qué tipo de mujeres ha tratado, pero conmigo no le funcionará.
—Sé que es diferente.
Su sorpresa atraviesa el teléfono. Está demasiado callado, demasiado prudente para ser él. Casi parece estar midiendo cada palabra.
—Ahora solo dígame que se encuentra bien —añade finalmente, y su voz suena extrañamente sincera—. Anoche casi me volví loco cuando no cogió mis llamadas. No tolero bien no poder hablar con usted.