El profesor (El profesor 1) Chapter 23 #3
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Chapter 23 #3

—No tienes ni idea... —dice con rabia mientras se lleva una mano a la cadera—. De ti cogerá lo que le interesa: tu cuerpo. Después te desechará como ha hecho siempre con todas las perras que se le han abierto de piernas.

Sus palabras me golpean como un puñetazo. Me quedo inmóvil porque, por mucho que quiera negarlo, una pequeña parte de mí teme que tenga razón.

—Vaya. Al final va a ser verdad que eres muda.

—¡No tiene ningún derecho a hablarme así! —estallo, furiosa—. ¡Yo...!

Aprieto el puño, pero me detengo. Lo único que la salva es que sea su mujer y yo... Bueno. Yo no sé exactamente qué soy.

—¿Tú qué?

—Solo le advierto que la próxima vez no seré tan educada —suelto con voz firme y después me doy la vuelta.

Necesito alejarme antes de perder completamente los nervios y mostrarle que no soy una chica indefensa a la que le puede hablar cómo le dé la gana. Aunque probablemente tenga casi veinte años menos que ella.

—¡Espero que no haya una próxima vez!

Ignoro su grito y tomo otra copa de una bandeja cercana. A continuación, empiezo a caminar a grandes zancadas por el jardín. Necesito aire, distancia y un puto tiro en la cabeza. Por favor y gracias.

Pregunto a una camarera dónde está el servicio y recorro los pasillos de la planta baja deseando quedarme sola con mis pensamientos y con mis dudas. Claramente, las malditas dudas ya están aquí y como si todo me va de mal en peor, una lágrima amenaza con escapar por el rabillo del ojo.

—¡Ocupado! —me informa una mujer que espera delante de la puerta—. Creo que arriba hay otro baño.

Subo las escaleras hasta la primera planta y cada vez estoy más convencida de que debería marcharme. Y no, no quiero volver a encontrarme con esa mujer ni escuchar una sola palabra más de su boca.

Cierro la puerta del baño tras de mí e intento recuperar la respiración. También empiezo a plantearme seriamente cancelar el viaje a Miami. Sospecho que, en el fondo, ella tiene razón y que él podía haber organizado ese viaje en cualquier otro momento, sin necesidad de llevarme con él.

O quizá debería volver a la residencia. Sí, eso es exactamente lo que debería hacer. La maldita rubia me ha arruinado la noche.

Mientras me acerco al lavabo del elegante cuarto de baño, el móvil empieza a sonar. Por suerte lo llevo en la mano, porque con el volumen de la música me habría resultado imposible escucharlo.

Miro la pantalla y… ¡sorpresa! Veo su nombre.

Profesor Woods.

—Sí —contesto todavía alterada, pero con una necesidad urgente de hablar con él.

—Señorita Vega…

Su voz atraviesa el teléfono con rapidez, ni siquiera se ha molestado en saludar.

Me sigo preguntando si él es tan cuadriculado que no me está llamando por mi nombre porque yo fui tan tajante al decirle que no me tuteara.

Pero las cosas han cambiado entre nosotros.

O quizá solo le dé morbo llamarme así, me lo dijo.

—¿Dónde está?

—¿Hola? —respondo con sarcasmo.

—¿Me podría decir con quién estaba bailando hace un momento?

Parece molesto. No, molesto no. Furioso.

—¿Cómo lo sabe? —Aprieto los párpados y me apoyo en una mano mientras le respondo con otra pregunta. Y en el mismo tono formal.

Ha sido ella. Seguramente la señora Woods le ha contado que me ha encontrado bailando con Adam hace apenas unos minutos. No sé con qué intención.

—No importa —dice con sequedad—. ¿Hace falta repetir lo que le he preguntado? El chico ese…

—No sé por qué le importaría a usted con quién estaba bailando —le interrumpo.

Intento tranquilizarme, aunque resulta imposible. Ya vengo bastante calentita.

—¡Ah! —exclamo con un dramatismo deliberado—. Ya sé. Se lo ha dicho su esposa, ¿verdad? —añado con aspereza—. Por cierto, «el chico ese» se llama Adam y está en mi clase, como bien sabe.

Recalco el nombre de mi amigo mientras aprieto los dedos alrededor del teléfono, decidida a no dejar que me toque demasiado las narices. Me conozco. Sé perfectamente que tengo tendencia a ahogarme en un vaso de agua, pero esta vez no seré dócil ni educada.

—No me importa cómo se llama. Solo sé que lo quiero lejos, ¿entendido? —dice más calmado al otro lado de la línea.

Su voz llega distorsionada y entrecortada. Lo escucho respirar profundamente, como si estuviera intentando controlar los nervios.

—¿Qué quiere decir? —pregunto angustiada.

—No me gusta —clama.

Parpadeo sobresaltada.

¿Pero de qué coño va?

Un escalofrío me atraviesa de arriba abajo.

—¡Oh, señor Woods! —exclamo desquiciada—. No le gustan mis bragas, no le gustan mis amigos, ¿qué será lo siguiente? ¿También elegirá mi comida?

—No estoy para bromas.

—¡Yo tampoco! —rujo en el teléfono.

—Cálmese. Me preocupo y…

—¡Usted y yo no tenemos nada! —replico antes de que siga.

—Si prefiere seguir engañándose a sí misma... adelante —responde—. Y si es tan ingenua como para pensar que yo podría estar tranquilo aquí, sin saber si está bien, se equivoca.

Aprieto el bolso contra mi cuerpo mientras siento que me falta el aire. Ahí está, el cazador. El hombre que se esconde bajo los trajes impecables, los modales perfectos y las palabras calculadas.

—Está exagerando.

—¿Por qué? —murmura con la misma calma—. ¿Porque le estoy avisando del peligro?

—¡No lo necesito!

—Oh, sí, señorita Vega… —su voz pausada me lleva de vuelta al Infierno—. Me necesita más de lo que piensa, igual que yo a usted.

Su tono me asusta porque no parece una broma ni tampoco una exageración. Su voz me transmite una convicción tan cruel que me quedo inmóvil unos segundos.

Después empiezo a pasearme por el baño como una loca. No es posible. No puede ser posible que él me llame para pedirme explicaciones.

—¡Cuide sus palabras! —sigo colérica—. No necesito a nadie.

—Solo intento ayudarla.

—Me ayudaría diciéndole a su esposa que no vuelva a faltarme al respeto, ¿me ha oído? —le ordeno.

—¡Ahhh! —suspira al otro lado del teléfono—. No le haga caso a Lorraine.

—Es muy fácil decir eso desde su posición, pero no desde la mía.

—¿Le parece si hablamos mañana?

Varias voces se escuchan de fondo, acompañadas por ruido y movimiento. Parece que alguien lo reclama y al instante recuerdo que está en Washington.

—Me están esperando. Sería mejor que vaya a descansar, sabe que no le sienta bien el alcohol.

Aunque ahora habla más calmado, sigue utilizando ese tono autoritario que tanto me irrita. No sabe con quién está tratando si cree que eso va a funcionarle.

—¿Hola? —pregunta ante mi silencio.

Le cuelgo, sin más. Y acto seguido pongo el móvil en silencio. Él piensa que voy a obedecer sus malditas órdenes.

¡Y un cojón!

Salgo del baño y avanzo por el pasillo hecha una furia mientras guardo el teléfono en el bolso. Sin embargo, apenas he recorrido unos metros cuando escucho gemidos y risas procedentes de una habitación cercana.

Me detengo, no porque me interese espiar a nadie. Lo que ocurre es que me ha parecido reconocer una voz, la voz de la señora Woods. Y no me equivoco.

Asomo discretamente la cabeza por la puerta entreabierta y, en la penumbra de la habitación, descubro una escena que me deja clavada al suelo. La rubia y el senador Sander se están besando apasionadamente.

—Oh, Dios...

Me llevo una mano a la boca. La esposa del profesor está abrazada al padre de Bram, que la sujeta por la cintura y le enseña una especie de… ¿esposas?

Intento recuperarme cuando se me nubla la vista. Retrocedo inmediatamente, con el rostro ardiendo y una sensación extraña instalada en el pecho. Y no sería para menos: lo observo levantarle la falda mientras ella le rodea el cuello y le hunde los dedos en el cabello.

Después de esta noche ya no me queda ninguna duda. Tanto el señor como la señora Woods están atrapados en una clase de matrimonio que jamás terminaré de comprender.

¿Cómo no temen que alguien los descubra? ¿Y dónde demonios está la madre de Bram?

Cuando reparo en un cartel que indica «Prohibido el paso» en la escalera de la primera planta, comprendo parte de la respuesta. Probablemente daban por hecho que nadie subiría. Y si ella hace esto aquí, en Boston... ¿Qué estará haciendo él a miles de kilómetros de distancia, en Washington?

Me encojo de hombros, con un sabor agridulce, porque sé que no debería importarme. No me importa, o eso intento repetirme. A estas alturas lo único que me apetece es relajarme y olvidar.

Cuando regreso a la planta baja, localizo a Adam junto a Rebe y Mary Anne, que parecen haber llegado a la fiesta.

—¡Lyn! —gritan agitando los brazos.

—¿A quién le apetece unos chupitos? —pregunto con una sonrisa desafiante, preguntándome vagamente dónde estará Berta. Aunque quizá sea mejor no saberlo.

—Buena idea, chica —dice Mary Anne mientras se dirige a la barra improvisada.

—¡Que sea de tequila!

A estas alturas queda bastante claro que no pienso marcharme de aquí, ni alejarme de Adam solo porque al ilustre —y depravado— profesor Woods le apetezca.

Que se joda.