Chapter 23 #2
—¡Bienvenidos a mi humilde casa! —exclama Bram, devolviéndome a la Tierra.
El moreno abre los brazos y nos señala el jardín presidido por una enorme piscina de agua cristalina.
—Hay comida, bebida, droga, chicas...
Se echa a reír cuando Berta le clava un codazo en las costillas.
—... chicos... todo lo que queráis. ¿Os hago un tour?
—¡Sí, uno privado!
—¡Soy todo tuyo!
Rodea los hombros de Berta y ambos se alejan abrazados hacia la entrada principal. Antes de desaparecer, la muy cabrona vuelve la cabeza hacia mí y me dedica un gesto descaradamente evidente. Uno de esos gestos que significan: «¡Lánzate!»
Lo ha hecho aposta, su intención era dejarme sola con el amiguito .
—¿Has visto a los demás? —pregunto a Adam mientras observo el jardín en busca del resto del grupo.
—Parece que no han llegado todavía.
Es entonces cuando me fijo en un pequeño moratón que asoma en uno de sus pómulos. Hasta ahora había pasado desapercibido bajo la tenue iluminación del jardín.
—¿Qué te ha pasado en la cara?
Adam se lleva la mano al pómulo casi por instinto y aparta la vista durante un instante.
—Nada importante.
Frunzo el ceño. No me convence ni su respuesta ni la forma tan torpe en que intenta quitarle importancia.
—Pues no tiene pinta de ser nada.
Esboza una sonrisa incómoda.
—Un gilipollas que la tomó conmigo.
No añade nada más. Al contrario, parece estar deseando cambiar de tema cuanto antes. Me resulta extraño. Adam siempre habla por los codos, pero esta vez levanta un muro en cuestión de segundos.
Sin poder evitarlo, me viene a la cabeza el caso de la abogada inglesa. La mujer que, según la versión oficial, se suicidó y cuyo nombre lleva días resonando en mi cabeza.
Bajo un poco la voz.
—Oye... me quedé pensando en lo que me contaste. ¿De verdad crees que esa abogada era la amante del profesor Woods y que se suicidó por su culpa?
Adam tarda unos segundos en responder y su expresión cambia apenas un instante.
—No lo sé.
—Pero los rumores dicen...
—Bueno, teniendo en cuenta el éxito de Woods con las mujeres, no dudo de que pudo quedarse prendada —comenta receloso—. Hablando de él, ¿cómo llevas la investigación?
Tenso los labios cuando Adam cambia de tema. Me gustaría tener más información, pero no quiero seguir dándole vueltas al asunto. No ahora que él y yo estamos tan bien. Además, no me puedo arriesgar a que mi amigo descubra mi relación con el profesor.
—Bien. Erik es muy simpático —le contesto mientras tomo una copa de una bandeja que pasa junto a nosotros.
—Has tenido más suerte que yo, así que enhorabuena.
—¿Y eso?
Me río al ver cómo juega nerviosamente con los dedos en torno a su copa.
—Digamos que nuestra compañera Sharon...
—La rubia del bótox —especifico.
—Sí. —Me señala con el dedo—. En lugar de ayudarme con la investigación, se dedica a hablarme de su nuevo proyecto: aumentarse el pecho dos centímetros en la próxima cirugía.
—¡Vaya! Me parece que eres un chico raro. Hasta donde yo sé, a los tíos les encanta hablar de... pechos.
Los dos soltamos una carcajada. La complicidad que apareció aquella noche en la fiesta de los Omega vuelve a instalarse entre nosotros con total naturalidad.
—Tienes razón, pero a mí me gustan más los naturales.
Se apresura a corregirme, y su mirada baja unos segundos hacia el discreto escote de mi vestido. Claramente, está flirteando conmigo.
La música continúa sonando suavemente de fondo y me sobresalto cuando noto la mano de Adam rozando mi brazo.
Quiere algo conmigo, y ni siquiera intenta ocultarlo.
De hecho, esta noche parece mucho más decidido que de costumbre.
El problema es que, aunque Adam me parezca atractivo e interesante, el dueño de mis pensamientos sigue siendo otro.
—¿Quieres bailar? —pregunta.
Sus ojos color avellana poseen un brillo especial. Acepto, al fin y al cabo, ¿por qué no?
Entrelazo mis manos con las suyas y aparto la mirada, quizá sea lo mejor. Quizá una voz sensata me esté diciendo que enamorarme de alguien como Adam sería exactamente lo que necesito. Porque sería fácil y porque no implicaría correr hacia el incendio.
Adam rodea mi cintura satisfecho y yo apoyo los brazos sobre sus hombros. La melodía resulta hipnótica y poco a poco nos acerca más. Cada vez más.
—Estás muy guapa, Lyn.
Su voz suena ligeramente entrecortada. Lo observo y siento cierta ternura porque la forma en que lo dice resulta muy sincera.
Bajo la mirada y deseo con todas mis fuerzas que no dé un paso más.
Porque no estoy preparada para gestionar a dos hombres intentando conquistarme al mismo tiempo.
Y mucho menos cuando uno de ellos ya ha invadido por completo mi mente.
—Adam, te agradezco, pero...
—Ahijado, ¿cómo estás?
La interrupción llega en el momento perfecto. Un hombre robusto de unos cincuenta años se acerca y coloca una mano sobre el hombro de Adam.
Respiro aliviada.
—Douglas... —murmura este mientras se separa de mí—. ¿Qué tal?
—Bien, hijo. ¿Y tú?
—Muy bien. —Sonríe—. Aylin, es el padre de Bram. El senador Sander.
No soy capaz de articular una sola palabra.
Y no es porque el padre de Bram me provoque ninguna reacción especial, sino porque a su lado aparece, como surgida de la nada, una mujer de cabello dorado y media melena que viste un precioso vestido negro de lentejuelas. El vestido es lo de menos, es ella.
Su rostro capta mi atención al instante o, mejor dicho, sus labios. Aquellos labios pintados con un estridente carmín rojo. Y aquellos ojos...
Imposible.
La observo desconcertada porque, para mi sorpresa, es la señora Woods.
«¡Joder, lo que me faltaba!», maldigo para mis adentros.
Trago saliva, preguntándome si me ha reconocido. La sola idea de volver a encontrarme con ella ya me resulta desagradable y vergonzosa. También humillante, pues fue ella quien me colocó la etiqueta de «nuevo juguete» la última vez que nos vimos.
—Buenas noches, señorita Vega —saluda con una amabilidad aparente, aunque su sonrisa la delata.
—Buenas noches.
—¿Os conocéis? —Sander pregunta sorprendido.
Su mirada se posa sobre mí y me examina con un detenimiento que me resulta incómodo. Tengo la jodida sensación de que es de esos hombres que antes te miran el escote que la cara.
—Sí, por supuesto —responde antes de que pueda decir nada—. Es alumna de mi marido, igual que Adam.
—Encantado.
El senador toma mi mano y deposita un beso sobre ella con una cordialidad excesiva. Lo cierto es que este hombre me importa un comino. Toda mi atención está centrada en la rubia y en el miedo irracional de que decida irse de la lengua y contar su versión de los hechos delante de todo el mundo.
—Bueno, encantada también. Ahora iré al servicio, si me disculpan.
La señora Woods aprovecha la ocasión antes de que termine la frase.
—¿Puedo hablar contigo? —pregunta mientras me sujeta del brazo—. Será un momento.
«Tierra, trágame», suplico mentalmente.
No me deja tiempo para protestar. Con una sonrisa impecable, me aparta del grupo y deja atrás a Adam y al senador, que continúan conversando.
—¿Tienes ya las maletas hechas?
Saluda con una inclinación de cabeza a varios invitados mientras me acerca ligeramente hacia ella.
—¿Perdón?
—Mi marido ya me ha contado que irás con él a Miami este fin de semana.
La presión se instala en mi pecho de inmediato. Me ruborizo sin control y me aparto unos centímetros. Sus labios rojos están demasiado cerca de mi oído.
—Así es —asiento, sin saber qué más decir.
No tiene sentido ocultarlo. Está claro que el señor Woods no le esconde nada, ¿por qué lo haría yo?
—Voy a serte franca —dice de repente—. Puedes acostarte con él si quieres, pero después de este fin de semana quiero que desaparezcas de su vida.
Me quedo petrificada. La altivez de su voz y la frialdad de aquella petición me atraviesan de la nada. No parece una petición, suena a amenaza.
—Tienes que comprender que estás empezando a ser una distracción para él.
¿Qué demonios? No entiendo ni una sola palabra de lo que me está diciendo.
—No comprendo... —susurro.
—Da igual. —Hace un gesto despreocupado con la mano—. Solo quiero que comprendas que él tiene una vida que no encaja contigo.
Su mirada se mueve constantemente de un lado a otro, como si temiera ser observada.
—Creo que se está confundiendo.
—No, querida.
Se detiene y yo también.
—Lo conozco muy bien. Brian jamás ha actuado de esta manera. No está cumpliendo con ciertos compromisos, algo muy poco habitual en él. ¿Y sabes por qué?
—¡Un momento! El profesor tiene una conferencia en Miami este fin de semana —me apresuro a aclarar—. Yo no tengo nada que ver.
—Eso es lo que tú crees—rebate—. Podía haber organizado esa conferencia durante la semana. Sin embargo, la ha programado en fin de semana para que tú —me señala directamente— puedas acompañarlo.
Su mirada llena de reproche me atraviesa y empiezo a comprender que estoy metida en un jodido problema mucho más grande de lo que imaginaba. Porque ya no estoy tan segura de que la señora Woods sea tan liberal como él me dio a entender. Más bien parece lo contrario, hasta diría que está celosa.
—No tenía ni idea. Yo...
—Eso no importa —me corta—. Después de este fin de semana todo habrá terminado. Seguirás con tu vida y punto. Mi marido no es para ti.
Frunzo el ceño, cada vez más confundida.
—Bueno, yo haré lo que considere oportuno. —Levanto la barbilla—. Y ahora discúlpame.
La carcajada que suelta resulta tan repentina como desagradable, de modo que no consigo irme. Noto cómo me recorre de arriba abajo con una mirada cargada de desprecio.
—No lo conoces. —Aprieta mi brazo de nuevo—. Y te aconsejo que no intentes conocerlo o, de lo contrario... te romperá el corazón.
Una corriente extraña me recorre. ¿Qué se piensa esta mujer, que estoy enamorada de su marido?
Su arrogancia termina de agotar mi paciencia, así que me libero de su agarre con brusquedad. Estoy harta. Harta de ella. Harta de él. Y harta de este matrimonio de dementes.
—No sé de qué habla —replico, insegura—. Soy simplemente su… alumna.